Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder

viernes, 20 de julio de 2012

¿Dónde está la marcha en el Pirineo aragonés?

Anoche me dormí pensando en el estupendo artículo sobre Toni Kukoc que había leído esa tarde en la revista Jotdown. Lo último que recuerdo antes de caer dormido son imágenes mentales de viejos partidos de la Jugoplastika.

Entro a media mañana en una cafetería situada entre San Miguel y la plaza de las Tendillas, una de esas cafeterías de toda la vida en la que sirven churros con chocolate. Me siento en una mesa en el interior del local y pido un refresco al tiempo que agarro el periódico que hay a disposición de los clientes. Esa es la razón por la que entro en la cafetería: me apetece leer el periódico, especialmente la sección de Deportes donde pienso encontrar jugosos textos acerca del partido que se juega esa noche. La cafetería está vacía. Soy el único cliente.

Llamo por teléfono a mi hermana, que está fuera de vacaciones. Le pregunto por mi sobrina, que se ha quedado en casa sola por primera vez (a sus seis años). Mi sobrina va a ver el partido en casa de mis padres, que están abonados a canal plus. Mis padres también se encuentran fuera de la ciudad, así que decido ir a ver el partido a su casa para acompañar a mi sobrina y que no esté todo el día sola. Cuando cuelgo el teléfono me asalta una duda: ¿debo acompañar a mi sobrina a su casa al término del partido o se va a quedar a dormir en casa de los abuelos? Inquieto por la duda y con prisas por ir a ver a mi sobrina decido pedir la cuenta. Como no veo a ningún camarero me levanto para pagar en la barra.

Pido la cuenta y el camarero me constesta que en seguida me la lleva a la mesa. En ese momento repara en el ejemplar de la revista Jotdown que llevo conmigo. Temo que piense que el ejemplar es del establecimiento cuando lo compré hace un mes en la Librería Luque. Pero no. Me sonríe, como reconociéndome miembro de una sociedad lectora a la que también él pertenece, y pregunta: ¿te gustaría trabajar ahí? -señala con la cabeza la revista.
-¿Cómo?
- Que si te gustaría trabajar ahí.
- Bueno -contesto tan sorprendido como poco convencido.
- Tienes que contestar a cuatro preguntas.

La primera pregunta me parece un jeroglífico indescifrable. No se me ocurre ninguna respuesta. El camarero me dice disgustado: está bien, esta podemos dejarla para el final. Quedan otras tres preguntas- parece contrariado por haberse equivodado conmigo.

La segunda pregunta es otro jeroglífico. En esta ocasión se me ocurre aventurar una respuesta que, al igual que los malos estudiantes, expreso como una interrogación: ¿la búsqueda de Dios?
El camarero hace un gesto que viene a significar que la respuesta no es del todo correcta pero que me he acercado lo suficiente. Al menos sigo en el juego.

¿Dónde está la marcha en el Pirineo aragonés? Esa es la tercera pregunta. Estoy seguro de saber la respuesta: en el pueblo de Luis Buñuel, el de los tambores, ahí está la marcha. El camarero asiente dando a entender que la pista es buena pero que debo decir el nombre del pueblo. Lo tengo en la punta de la lengua.

Sin que me haya dado cuenta la cafetería vacía se ha trasformado en un pub lleno de gente joven bien vestida. El camarero ya no está detrás de la barra sino en un habitáculo elevado como el de un pinchadiscos. Es más, el camarero ya no parece un camarero sino un gurú indio. Ahora me doy cuenta de que es igualito a Walter Laturpeirissa, el bajo que vimos tocar la semana pasada en San Javier.

Tengo el nombre del pueblo en la punta de la lengua. Pero no doy con la respuesta. Me irrita tanto ruido y tanta gente dando voces. Una chica joven me empuja. Le devuelvo el empujón tratando de no perder mi sitio bajo el gurú. La chica no se inmuta. Le pellizco fuerte y nada, como si no me viera. Intento concentrarme en el nombre del pueblo. Desisto. Es una tontería y estoy perdiendo un tiempo precioso. Mi sobrina me está esperando para ver el partido.

Es salir del local (que debe estar de moda entre los jóvenes más pudientes) y sentir el alivio del silencio y el aire fresco. Ha anochecido. Ando a buen paso hacia las Tendillas. Veo muchas tiendas de chucherías. Pienso que hace unos años habría comprado cacahuetes y fritos para ver el partido. Ahora no me apetece nada. Me alegro. Me siento ligero y contento. Tan ligero que no llevo peso encima: he dejado olvidada la revista Jotdown en la cafetería/pub.

Regreso a por ella. Cuando estoy en la puerta veo salir a un chico que lleva la revista bajo el brazo, intentando ocultarla. Se la quito limpiamente y no reacciona. Ni requiere explicación de por qué le quito la revista ni ofrece explicación de por qué intentaba ocultarla. Se sienta en una mesa de la terraza donde le espera su novia. Sonrientes. Como el resto de jóvenes que atestan el local.

Retomo mi camino con un estado de ánimo muy diferente. Estoy irritado. ¿Cómo se puede tener tanta caradura? A los pocos pasos me detengo y doy la vuelta. Así no va a quedar la cosa. Pienso interpelar al rubiales: ¿Es que no te habías dado cuenta de que la revista........ 

Qué fascinantes son los sueños para quien los sueña. Es muy divertido analizarlos tratando de identificar los distintos materiales de la realidad que el subconsciente toma prestados para montar su pequeña obra de teatro (ese bajo transmutado en camarero-gurú). Pero eso sólo le puede interesar a la persona que sueña el sueño que es la única que puede realizar la identificación y asombrarse del batiburrillo resultante.

En cambio, las interpretaciones de los sueños me aburren. Por eso me aburren (o me exasperan, que es peor) las ficciones que recurren a los sueños, porque casi siempre son sueños con una interpretación que conviene al desarrollo de la ficción o al conocimiento del personaje que sueña. Me parece un recurso fácil y tramposo. Una obra maestra continuada como los Soprano sólo decae en los episodios, afortunadamente pocos, que recrean los sueños de Toni Soprano.

La única disculpa que puedo ofrecer al lector de esta entrada es que el relato de mi sueño es corto y que la interpretación, de haberla, corre por cuenta y riesgo del propio lector.


Walter Latupeirissa
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2 comentarios:

  1. El pueblo de llama Calanda, pero está lejos del Pirineo aragonés, aunque no importe mucho.

    Un saludo

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    1. Está claro que debo visitar el Pirineo aragonés.

      un saludo

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