Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder

viernes, 13 de julio de 2012

El libro que leería durante la película que no puedo perderme

La revista Jotdown ha propuesto a sus colaboradores que redacten un artículo con el siguiente motivo: el libro que leería durante la película que no puedo perderme. Hasta la fecha los que más me han gustado han sido los de Enric González, José Lapidario y Félix de Azúa. Como veis no se trata sólo de nombrar el título de nuestro libro y película favorita (cosa imposible por otra parte) sino de establecer una relación de afinidad entre el libro y la película seleccionados. Al menos así entiendo yo el encargo. Y aunque a mí nadie me ha pedido nada, voy a entretenerme un rato escribiendo sobre el libro que leería durante la película que no puedo perderme.
El jinete polaco es el título de una pintura de Rembrant que puede contemplarse en la sala principal de la Frick Collection (a mi entender la sala principal es la más grande, en este caso la west gallery). De ese cuadro tomó Muñoz Molina el nombre para la novela con la que ganó el Premio Planeta en 1991. El jinete polaco. Yo no sabía nada de esto cuando leí la novela en la primavera de 1996. Estaba en casa de mis padres (en mi casa) haciendo la maleta para regresar a Swansea (Reino Unido) y encarar el tercer trimestre del curso que estaba pasando en tierras galesas gracias al Programa Erasmus. En el último instante decidí incluir un libro en el equipaje. A esas alturas del curso tenía más que comprobado que después de asistir a clase, estudiar (no mucho, la verdad), salir de marcha, visitar a los amigos, jugar al baloncesto, pasear por la playa (nunca bañarme), hacer excursiones y navegar por internet en las múltiples salas habilitadas para ello en la universidad (descubrí internet en Swansea. Me pasaba al menos un par de horas al día navegando por la web y eso que en aquellos tiempos la oferta de contenidos era ridícula en comparación con la actual. Baste decir que ninguno de mis conocidos tenía dirección de correo electrónico o que el diario El País no lanzó su edición digital hasta mayo de 1996) todavía me sobraban muchas horas a la semana de tiempo libre. Un libro estaría bien y cuanto más gordo mejor. Ese fue mi criterio de selección. Curioseé los libros de mi madre buscando uno que garantizase muchas horas de lectura. ¡Que ocasión perdí de leer el Quijote! O la Biblia ya puestos. Esto fue lo que encontré:

571 páginas de lectura. Bien. Al autor lo conozco por los artículos de opinión que publica en El País de Andalucía cada fin de semana. Bueno, es posible que también sea un buen novelista. A la maleta.

La lectura de El jinete polaco fue una de las experiencias más intensas que viví durante los últimos meses en Swansea. Fue la primera novela que leí que hablaba sobre mí. Hasta esa fecha las novelas me contaban la vida de otras personas: viajeros, curas, policías, viejos, mujeres, elfos, músicos, adolescentes rebeldes, niños fantasiosos... personajes cuyas peripecias me interesaban y entretenían, a los que llegaba a tomar cariño hasta el punto de entristecerme al terminar el libro (y volver a leerlo casi de inmediato), pero cuya existencia era totalmente ajena a la mía. En cambio, El jinete polaco parecía relatar mi pasado, mi presente y mi futuro.

Para que el impacto de la novela fuera tan profundo hubieron de coincidir varios factores, algunos de ellos puramente circunstanciales. Estoy dando rodeos. No me atrevo a iniciar el comentario de la novela porque no he vuelto a leerla en estos dieciséis años. Temo que ahora me parezca ridículo el entusiasmo de aquel entonces. Pero bueno, allá vamos. El talento narrativo de AMM está fuera de toda duda y El jinete polaco es una de sus obras cumbres. Pero para que te impacte de la manera en que lo hizo conmigo creo que hay que leerlo en la frontera con la vida adulta, cuando por primera vez sientes el peso abrumador del futuro y de las decisiones que debes tomar. El protagonista de la novela, Manuel si no recuerdo mal, es un traductor que vive gran parte de su tiempo en el extranjero. Ha cumplido su sueño juvenil: dejó el pueblo y salió a ver mundo. Gracias a su trabajo ha visitado todas las ciudades que le parecían míticas en su juventud.

Yo, al igual que Manuel, vivía en el extranjero cuando leí la novela, estaba en camino de cumplir mi propio sueño y dejar el terruño atrás. Pero tras más de medio año en Swansea también podía comprender muy bien el regusto amargo del sueño: la soledad, la lejanía de la familia, de las raíces que explican y dan sentido a una parte sustancial de tu identidad. Así que cuando Manuel hablaba de sí mismo en su presente adulto yo intuía que ese era uno de los posibles futuros que me esperaban, el que de alguna manera había empezado a experimentar en Swansea.

La familia de Manuel es de Mágina, un pueblo de Jaén. Mi familia materna también es de un pueblo de Jaén. Y aunque Andújar no se parezca en nada a Mágina, ni la familia de Manuel a la mía (en una cosa sí coincidimos: mi abuelo materno, una persona decente que no había pegado un tiro en toda la guerra, fue apresado y encarcelado al terminar la contienda al igual que el abuelo materno de Manuel) mi imaginación lectora asumía plenamente que así pudo ser la vida de mis tíos y abuelos. Ese era mi pasado.

¿Y qué decir de mi presente? Estaba perfectamente descrito en los recuerdos adolescentes de Manuel. La desorientación, la impaciencia, los deseos, los temores... todo estaba ahí. Una de las primeras cosas que hice al terminar la lectura de El jinete polaco fue ir a una tienda de segunda mano de CDs y comprarme uno de Lou Reed y otro de The Doors, después de asegurarme de que en el primero estaba incluido Walk on the wild side y en el segundo Riders on the storm, canciones recurrentes en el transcurso de la novela (o así lo recuerdo). Aunque no las únicas porque El jinete polaco es una novela que transpira música.


La historia de amor entre Manuel y Nadia (que ahora, restrospectivamente, me parece un poco inverosimil aun sabiendo que la realidad es más inverosimil todavía) me imbuía de esa falsa nostalgia que uno siente de cosas que no ha vivido ni experimentado. Algo parecido le sucede a Manuel cuando todavía no se ha reencontrado con Nadia y visita a una pareja de antiguos amigos, ahora matrimonio feliz, que vive en Granada. El amor que nos salva de nosotros mismos. Por unos instantes, por unos días, por unos años o, si se tiene verdadera fortuna, para siempre.

Una historia del Bronx también encierra una historia de amor que salva al protagonista de lo peor de sí mismo. No es descabellado afirmar que la atracción que Calogero siente hacia Jane lo termina alejando de sus amigos y le salva literalmente el pellejo.

Hay otros muchos puntos en común entre El jinete polaco y Una historia del Bronx. La Mágina de Manuel no es un universo más cerrado que las calles del Bronx en las que crece Calogero. Ambas historias están relatadas desde el punto de vista del protagonista que ha conseguido salir de ese universo y que recuerda el pasado con la tranquilidad de espíritu de quien está a gusto con su vida. El peso y la influencia familiar es fundamental en los recuerdos tanto de Manuel como de Calogero. Ahí está el padre: trabajador humilde (hortelano en un caso, conductor de autobuses en el otro), persona decente, sin vicios ni defectos reseñables, amable, cariñosa, que cuida y quiere a su mujer e hijos, pero que a ojo de estos últimos representa una figura apocada, resignada ante las injusticias, anticuada en sus valores y modo de vida. Manuel y Calogero quieren a su padre, lo respetan, pero no lo admiran ni lo consideran un ejemplo. Habrá que esperar al futuro desde el que narran la historia para que lleguen a comprenderlo y valorarlo de manera más justa. No es de extrañar que Robert de Niro dedicase la película a la memoria de su padre. Antonio Muñoz Molina hizo lo propio en El viento de la luna, que no deja de ser una revisitación al tiempo y al lugar en el que transcurre la adolescencia de Manuel.

Creo que la frescura y la verdad que transmiten ambas historias se debe, talento narrativo aparte, a su importante contenido autobiográfico. Si la novela está construida en parte con los recuerdos infantiles y adolescentes de Muñoz Molina, el guión de la película está basado en los recuerdos infantiles y adolescentes de Chazz Palminteri, el actor que interpreta a Sonny, el capo mafioso del barrio que acoge bajo su tutela al joven Colagero. De hecho el verdadero nombre de Palminteri, que nació y vivió en el Bronx, es Calorego Lorenzo y su padre, de nombre Lorenzo como el personaje que interpreta Robert de Niro, era conductor de autobuses.

Otro punto en común es la importancia de la música. Desde los títulos de crédito iniciales hasta los finales la película entera está sostenida con una banda sonora espectacular y magistralmente acompasada a las sucesivas escenas. Ahí se nota la influencia de Martin Scorcese en el debutante De Niro. Es antológico el uso de la música en la escena de la pelea con los moteros macarras. Arranca la escena al son de Come together (por cierto, es la única película que recuerdo en la que suene una canción original de The Beatles, no una versión. Aunque no consiguieron los permisos para que la canción estuviera incluida en el disco de la banda sonora) y cuendo empieza de verdad la pelea suena de repente The Moonglows cantando The ten commanders of love (los diez mandamientos del amor). Pero bueno, mejor verlo que contarlo:


Una historia del Bronx es la película que le pongo a los alumnos cuando tengo ocasión. Y confío en que les cale la moraleja y especialmente la frase final: en la vida no hay nada más triste que el talento malgastado. Una de las enseñanzas que se pueden sacar de la lectura de El jinete polaco o de la visión de Una historia del Bronx es que el porvenir de una persona no está determinado ni por su familia, ni por sus amigos, ni por el barrio o pueblo donde nació. Todos tenemos oportunidad de autodeterminarnos, de elegir libremente quiénes somos y cómo queremos vivir. No hay mejores herramientas para librarnos de lo peor de nosostros mismos que la educación y el amor.

Es una pena que Lillo Brancato, el actor que interpreta a Calogero en la película, no aprendiera esa lección. O peor aún, que terminara creyéndose uno de esos matones descerebrados como el que interpretaba en la segunda temporada de los Soprano. En junio de 2005 fue arrestado por primera vez por posesión de drogas (heroina) y otros delitos menores. En diciembre de ese mismo año fue arrestado junto al padre de su novia tras un tiroteo con la policía. Sucedió en el Bronx y así recogía la noticia El País: El joven, de 29 años, trató de asaltar una casa del Bronx, al parecer para robar droga, junto con su cómplice, Steven Armento, de 48 años, pero fueron sorprendidos por un policía, con el que se cruzaron disparos. El agente, Daniel Enchautegui, murió de un disparo en el pecho, en tanto que Brancato y Armento resultados heridos de gravedad. Ambos acabaron ingresados en estado crítico en el centro hospitalario Jacobi Medical Center. Según los primeros indicios, Brancato no estaba armado, por lo que podría ser acusado de asesinato en segundo grado y robo, pero su cómplice podría enfrentarse a los cargos de asesinato en primer grado y posesión de armas.
Lillo Brancato, primero por la izquierda, en una escena de los Soprano
Tras el juicio Brancato fue condenado a diez años de prisión (su compañero que fue quien al parecer disparó el arma fue condenado a cadena perpetua). Según la wikipedia a partir de 2014 podrá solicitar la libertad condicional. Un final triste y paradójico. Brancato está viviendo en carne propia el desgraciado destino que Calogero supo esquivar en la ficción. Pero no conviene sacar ninguna conclusión aleccionadora. Como diría el propio Calogero, al fin y al cabo no se trata más que de otra historia del Bronx.

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