Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder

lunes, 23 de julio de 2012

Automatismo

Me quedé de piedra cuando me di cuenta de lo que había hecho. Estaba en la cama, tumbado, leyendo un ensayo escrito por Bruno Bettelheim. Es un libro de pasta blanda y formato pequeño. Una edición de bolsillo con letra diminuta en exceso.

Absorto en la lectura, voy recorriendo las líneas del texto a golpes de vista hasta llegar al final de la página. En ese momento acerco el dedo índice de la mano derecha y pulso la página levemente. No ocurre nada y es entonces cuando me doy cuenta de lo que ha pasado. Y no me lo puedo creer.

Sólo he leido tres novelas y un ensayo en el libro electrónico desde que me lo regalaron en el mes de febrero. Tanto las novelas como el ensayo eran de poca extensión. ¿Cómo es posible que con tan escasa experiencia mi cerebro haya automatizado de tal manera el nuevo mecanismo de lectura? Centenares de libros leidos, treinta años pasando la hoja de papel y, tras apenas una semana de uso intensivo del libro electrónico, el cerebro intenta reproducir el nuevo mecanismo de lectura en un libro de los de toda la vida. No lo hubiera podido creer.


Moraleja: el libro electrónico es comodísimo.

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viernes, 20 de julio de 2012

¿Dónde está la marcha en el Pirineo aragonés?

Anoche me dormí pensando en el estupendo artículo sobre Toni Kukoc que había leído esa tarde en la revista Jotdown. Lo último que recuerdo antes de caer dormido son imágenes mentales de viejos partidos de la Jugoplastika.

Entro a media mañana en una cafetería situada entre San Miguel y la plaza de las Tendillas, una de esas cafeterías de toda la vida en la que sirven churros con chocolate. Me siento en una mesa en el interior del local y pido un refresco al tiempo que agarro el periódico que hay a disposición de los clientes. Esa es la razón por la que entro en la cafetería: me apetece leer el periódico, especialmente la sección de Deportes donde pienso encontrar jugosos textos acerca del partido que se juega esa noche. La cafetería está vacía. Soy el único cliente.

Llamo por teléfono a mi hermana, que está fuera de vacaciones. Le pregunto por mi sobrina, que se ha quedado en casa sola por primera vez (a sus seis años). Mi sobrina va a ver el partido en casa de mis padres, que están abonados a canal plus. Mis padres también se encuentran fuera de la ciudad, así que decido ir a ver el partido a su casa para acompañar a mi sobrina y que no esté todo el día sola. Cuando cuelgo el teléfono me asalta una duda: ¿debo acompañar a mi sobrina a su casa al término del partido o se va a quedar a dormir en casa de los abuelos? Inquieto por la duda y con prisas por ir a ver a mi sobrina decido pedir la cuenta. Como no veo a ningún camarero me levanto para pagar en la barra.

Pido la cuenta y el camarero me constesta que en seguida me la lleva a la mesa. En ese momento repara en el ejemplar de la revista Jotdown que llevo conmigo. Temo que piense que el ejemplar es del establecimiento cuando lo compré hace un mes en la Librería Luque. Pero no. Me sonríe, como reconociéndome miembro de una sociedad lectora a la que también él pertenece, y pregunta: ¿te gustaría trabajar ahí? -señala con la cabeza la revista.
-¿Cómo?
- Que si te gustaría trabajar ahí.
- Bueno -contesto tan sorprendido como poco convencido.
- Tienes que contestar a cuatro preguntas.

La primera pregunta me parece un jeroglífico indescifrable. No se me ocurre ninguna respuesta. El camarero me dice disgustado: está bien, esta podemos dejarla para el final. Quedan otras tres preguntas- parece contrariado por haberse equivodado conmigo.

La segunda pregunta es otro jeroglífico. En esta ocasión se me ocurre aventurar una respuesta que, al igual que los malos estudiantes, expreso como una interrogación: ¿la búsqueda de Dios?
El camarero hace un gesto que viene a significar que la respuesta no es del todo correcta pero que me he acercado lo suficiente. Al menos sigo en el juego.

¿Dónde está la marcha en el Pirineo aragonés? Esa es la tercera pregunta. Estoy seguro de saber la respuesta: en el pueblo de Luis Buñuel, el de los tambores, ahí está la marcha. El camarero asiente dando a entender que la pista es buena pero que debo decir el nombre del pueblo. Lo tengo en la punta de la lengua.

Sin que me haya dado cuenta la cafetería vacía se ha trasformado en un pub lleno de gente joven bien vestida. El camarero ya no está detrás de la barra sino en un habitáculo elevado como el de un pinchadiscos. Es más, el camarero ya no parece un camarero sino un gurú indio. Ahora me doy cuenta de que es igualito a Walter Laturpeirissa, el bajo que vimos tocar la semana pasada en San Javier.

Tengo el nombre del pueblo en la punta de la lengua. Pero no doy con la respuesta. Me irrita tanto ruido y tanta gente dando voces. Una chica joven me empuja. Le devuelvo el empujón tratando de no perder mi sitio bajo el gurú. La chica no se inmuta. Le pellizco fuerte y nada, como si no me viera. Intento concentrarme en el nombre del pueblo. Desisto. Es una tontería y estoy perdiendo un tiempo precioso. Mi sobrina me está esperando para ver el partido.

Es salir del local (que debe estar de moda entre los jóvenes más pudientes) y sentir el alivio del silencio y el aire fresco. Ha anochecido. Ando a buen paso hacia las Tendillas. Veo muchas tiendas de chucherías. Pienso que hace unos años habría comprado cacahuetes y fritos para ver el partido. Ahora no me apetece nada. Me alegro. Me siento ligero y contento. Tan ligero que no llevo peso encima: he dejado olvidada la revista Jotdown en la cafetería/pub.

Regreso a por ella. Cuando estoy en la puerta veo salir a un chico que lleva la revista bajo el brazo, intentando ocultarla. Se la quito limpiamente y no reacciona. Ni requiere explicación de por qué le quito la revista ni ofrece explicación de por qué intentaba ocultarla. Se sienta en una mesa de la terraza donde le espera su novia. Sonrientes. Como el resto de jóvenes que atestan el local.

Retomo mi camino con un estado de ánimo muy diferente. Estoy irritado. ¿Cómo se puede tener tanta caradura? A los pocos pasos me detengo y doy la vuelta. Así no va a quedar la cosa. Pienso interpelar al rubiales: ¿Es que no te habías dado cuenta de que la revista........ 

Qué fascinantes son los sueños para quien los sueña. Es muy divertido analizarlos tratando de identificar los distintos materiales de la realidad que el subconsciente toma prestados para montar su pequeña obra de teatro (ese bajo transmutado en camarero-gurú). Pero eso sólo le puede interesar a la persona que sueña el sueño que es la única que puede realizar la identificación y asombrarse del batiburrillo resultante.

En cambio, las interpretaciones de los sueños me aburren. Por eso me aburren (o me exasperan, que es peor) las ficciones que recurren a los sueños, porque casi siempre son sueños con una interpretación que conviene al desarrollo de la ficción o al conocimiento del personaje que sueña. Me parece un recurso fácil y tramposo. Una obra maestra continuada como los Soprano sólo decae en los episodios, afortunadamente pocos, que recrean los sueños de Toni Soprano.

La única disculpa que puedo ofrecer al lector de esta entrada es que el relato de mi sueño es corto y que la interpretación, de haberla, corre por cuenta y riesgo del propio lector.


Walter Latupeirissa
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viernes, 13 de julio de 2012

El libro que leería durante la película que no puedo perderme

La revista Jotdown ha propuesto a sus colaboradores que redacten un artículo con el siguiente motivo: el libro que leería durante la película que no puedo perderme. Hasta la fecha los que más me han gustado han sido los de Enric González, José Lapidario y Félix de Azúa. Como veis no se trata sólo de nombrar el título de nuestro libro y película favorita (cosa imposible por otra parte) sino de establecer una relación de afinidad entre el libro y la película seleccionados. Al menos así entiendo yo el encargo. Y aunque a mí nadie me ha pedido nada, voy a entretenerme un rato escribiendo sobre el libro que leería durante la película que no puedo perderme.
El jinete polaco es el título de una pintura de Rembrant que puede contemplarse en la sala principal de la Frick Collection (a mi entender la sala principal es la más grande, en este caso la west gallery). De ese cuadro tomó Muñoz Molina el nombre para la novela con la que ganó el Premio Planeta en 1991. El jinete polaco. Yo no sabía nada de esto cuando leí la novela en la primavera de 1996. Estaba en casa de mis padres (en mi casa) haciendo la maleta para regresar a Swansea (Reino Unido) y encarar el tercer trimestre del curso que estaba pasando en tierras galesas gracias al Programa Erasmus. En el último instante decidí incluir un libro en el equipaje. A esas alturas del curso tenía más que comprobado que después de asistir a clase, estudiar (no mucho, la verdad), salir de marcha, visitar a los amigos, jugar al baloncesto, pasear por la playa (nunca bañarme), hacer excursiones y navegar por internet en las múltiples salas habilitadas para ello en la universidad (descubrí internet en Swansea. Me pasaba al menos un par de horas al día navegando por la web y eso que en aquellos tiempos la oferta de contenidos era ridícula en comparación con la actual. Baste decir que ninguno de mis conocidos tenía dirección de correo electrónico o que el diario El País no lanzó su edición digital hasta mayo de 1996) todavía me sobraban muchas horas a la semana de tiempo libre. Un libro estaría bien y cuanto más gordo mejor. Ese fue mi criterio de selección. Curioseé los libros de mi madre buscando uno que garantizase muchas horas de lectura. ¡Que ocasión perdí de leer el Quijote! O la Biblia ya puestos. Esto fue lo que encontré:

571 páginas de lectura. Bien. Al autor lo conozco por los artículos de opinión que publica en El País de Andalucía cada fin de semana. Bueno, es posible que también sea un buen novelista. A la maleta.

La lectura de El jinete polaco fue una de las experiencias más intensas que viví durante los últimos meses en Swansea. Fue la primera novela que leí que hablaba sobre mí. Hasta esa fecha las novelas me contaban la vida de otras personas: viajeros, curas, policías, viejos, mujeres, elfos, músicos, adolescentes rebeldes, niños fantasiosos... personajes cuyas peripecias me interesaban y entretenían, a los que llegaba a tomar cariño hasta el punto de entristecerme al terminar el libro (y volver a leerlo casi de inmediato), pero cuya existencia era totalmente ajena a la mía. En cambio, El jinete polaco parecía relatar mi pasado, mi presente y mi futuro.

Para que el impacto de la novela fuera tan profundo hubieron de coincidir varios factores, algunos de ellos puramente circunstanciales. Estoy dando rodeos. No me atrevo a iniciar el comentario de la novela porque no he vuelto a leerla en estos dieciséis años. Temo que ahora me parezca ridículo el entusiasmo de aquel entonces. Pero bueno, allá vamos. El talento narrativo de AMM está fuera de toda duda y El jinete polaco es una de sus obras cumbres. Pero para que te impacte de la manera en que lo hizo conmigo creo que hay que leerlo en la frontera con la vida adulta, cuando por primera vez sientes el peso abrumador del futuro y de las decisiones que debes tomar. El protagonista de la novela, Manuel si no recuerdo mal, es un traductor que vive gran parte de su tiempo en el extranjero. Ha cumplido su sueño juvenil: dejó el pueblo y salió a ver mundo. Gracias a su trabajo ha visitado todas las ciudades que le parecían míticas en su juventud.

Yo, al igual que Manuel, vivía en el extranjero cuando leí la novela, estaba en camino de cumplir mi propio sueño y dejar el terruño atrás. Pero tras más de medio año en Swansea también podía comprender muy bien el regusto amargo del sueño: la soledad, la lejanía de la familia, de las raíces que explican y dan sentido a una parte sustancial de tu identidad. Así que cuando Manuel hablaba de sí mismo en su presente adulto yo intuía que ese era uno de los posibles futuros que me esperaban, el que de alguna manera había empezado a experimentar en Swansea.

La familia de Manuel es de Mágina, un pueblo de Jaén. Mi familia materna también es de un pueblo de Jaén. Y aunque Andújar no se parezca en nada a Mágina, ni la familia de Manuel a la mía (en una cosa sí coincidimos: mi abuelo materno, una persona decente que no había pegado un tiro en toda la guerra, fue apresado y encarcelado al terminar la contienda al igual que el abuelo materno de Manuel) mi imaginación lectora asumía plenamente que así pudo ser la vida de mis tíos y abuelos. Ese era mi pasado.

¿Y qué decir de mi presente? Estaba perfectamente descrito en los recuerdos adolescentes de Manuel. La desorientación, la impaciencia, los deseos, los temores... todo estaba ahí. Una de las primeras cosas que hice al terminar la lectura de El jinete polaco fue ir a una tienda de segunda mano de CDs y comprarme uno de Lou Reed y otro de The Doors, después de asegurarme de que en el primero estaba incluido Walk on the wild side y en el segundo Riders on the storm, canciones recurrentes en el transcurso de la novela (o así lo recuerdo). Aunque no las únicas porque El jinete polaco es una novela que transpira música.


La historia de amor entre Manuel y Nadia (que ahora, restrospectivamente, me parece un poco inverosimil aun sabiendo que la realidad es más inverosimil todavía) me imbuía de esa falsa nostalgia que uno siente de cosas que no ha vivido ni experimentado. Algo parecido le sucede a Manuel cuando todavía no se ha reencontrado con Nadia y visita a una pareja de antiguos amigos, ahora matrimonio feliz, que vive en Granada. El amor que nos salva de nosotros mismos. Por unos instantes, por unos días, por unos años o, si se tiene verdadera fortuna, para siempre.

Una historia del Bronx también encierra una historia de amor que salva al protagonista de lo peor de sí mismo. No es descabellado afirmar que la atracción que Calogero siente hacia Jane lo termina alejando de sus amigos y le salva literalmente el pellejo.

Hay otros muchos puntos en común entre El jinete polaco y Una historia del Bronx. La Mágina de Manuel no es un universo más cerrado que las calles del Bronx en las que crece Calogero. Ambas historias están relatadas desde el punto de vista del protagonista que ha conseguido salir de ese universo y que recuerda el pasado con la tranquilidad de espíritu de quien está a gusto con su vida. El peso y la influencia familiar es fundamental en los recuerdos tanto de Manuel como de Calogero. Ahí está el padre: trabajador humilde (hortelano en un caso, conductor de autobuses en el otro), persona decente, sin vicios ni defectos reseñables, amable, cariñosa, que cuida y quiere a su mujer e hijos, pero que a ojo de estos últimos representa una figura apocada, resignada ante las injusticias, anticuada en sus valores y modo de vida. Manuel y Calogero quieren a su padre, lo respetan, pero no lo admiran ni lo consideran un ejemplo. Habrá que esperar al futuro desde el que narran la historia para que lleguen a comprenderlo y valorarlo de manera más justa. No es de extrañar que Robert de Niro dedicase la película a la memoria de su padre. Antonio Muñoz Molina hizo lo propio en El viento de la luna, que no deja de ser una revisitación al tiempo y al lugar en el que transcurre la adolescencia de Manuel.

Creo que la frescura y la verdad que transmiten ambas historias se debe, talento narrativo aparte, a su importante contenido autobiográfico. Si la novela está construida en parte con los recuerdos infantiles y adolescentes de Muñoz Molina, el guión de la película está basado en los recuerdos infantiles y adolescentes de Chazz Palminteri, el actor que interpreta a Sonny, el capo mafioso del barrio que acoge bajo su tutela al joven Colagero. De hecho el verdadero nombre de Palminteri, que nació y vivió en el Bronx, es Calorego Lorenzo y su padre, de nombre Lorenzo como el personaje que interpreta Robert de Niro, era conductor de autobuses.

Otro punto en común es la importancia de la música. Desde los títulos de crédito iniciales hasta los finales la película entera está sostenida con una banda sonora espectacular y magistralmente acompasada a las sucesivas escenas. Ahí se nota la influencia de Martin Scorcese en el debutante De Niro. Es antológico el uso de la música en la escena de la pelea con los moteros macarras. Arranca la escena al son de Come together (por cierto, es la única película que recuerdo en la que suene una canción original de The Beatles, no una versión. Aunque no consiguieron los permisos para que la canción estuviera incluida en el disco de la banda sonora) y cuendo empieza de verdad la pelea suena de repente The Moonglows cantando The ten commanders of love (los diez mandamientos del amor). Pero bueno, mejor verlo que contarlo:


Una historia del Bronx es la película que le pongo a los alumnos cuando tengo ocasión. Y confío en que les cale la moraleja y especialmente la frase final: en la vida no hay nada más triste que el talento malgastado. Una de las enseñanzas que se pueden sacar de la lectura de El jinete polaco o de la visión de Una historia del Bronx es que el porvenir de una persona no está determinado ni por su familia, ni por sus amigos, ni por el barrio o pueblo donde nació. Todos tenemos oportunidad de autodeterminarnos, de elegir libremente quiénes somos y cómo queremos vivir. No hay mejores herramientas para librarnos de lo peor de nosostros mismos que la educación y el amor.

Es una pena que Lillo Brancato, el actor que interpreta a Calogero en la película, no aprendiera esa lección. O peor aún, que terminara creyéndose uno de esos matones descerebrados como el que interpretaba en la segunda temporada de los Soprano. En junio de 2005 fue arrestado por primera vez por posesión de drogas (heroina) y otros delitos menores. En diciembre de ese mismo año fue arrestado junto al padre de su novia tras un tiroteo con la policía. Sucedió en el Bronx y así recogía la noticia El País: El joven, de 29 años, trató de asaltar una casa del Bronx, al parecer para robar droga, junto con su cómplice, Steven Armento, de 48 años, pero fueron sorprendidos por un policía, con el que se cruzaron disparos. El agente, Daniel Enchautegui, murió de un disparo en el pecho, en tanto que Brancato y Armento resultados heridos de gravedad. Ambos acabaron ingresados en estado crítico en el centro hospitalario Jacobi Medical Center. Según los primeros indicios, Brancato no estaba armado, por lo que podría ser acusado de asesinato en segundo grado y robo, pero su cómplice podría enfrentarse a los cargos de asesinato en primer grado y posesión de armas.
Lillo Brancato, primero por la izquierda, en una escena de los Soprano
Tras el juicio Brancato fue condenado a diez años de prisión (su compañero que fue quien al parecer disparó el arma fue condenado a cadena perpetua). Según la wikipedia a partir de 2014 podrá solicitar la libertad condicional. Un final triste y paradójico. Brancato está viviendo en carne propia el desgraciado destino que Calogero supo esquivar en la ficción. Pero no conviene sacar ninguna conclusión aleccionadora. Como diría el propio Calogero, al fin y al cabo no se trata más que de otra historia del Bronx.

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sábado, 7 de julio de 2012

Ritual en San Javier

Anoche asistimos al concierto inaugural del Festival de Jazz de San Javier. Hace cinco años que acudimos por primera vez al auditorio del Parque Almansa y aquel día establecimos un ritual que repetimos con gusto en cada ocasión.


Para aquel primer concierto salimos de Cartagena con mucho tiempo de antelación, no fuera a ser que llegásemos tarde por no saber encontrar el camino o no tener donde aparcar. Decir mucho tiempo es quedarse corto. En menos de media hora recorrimos en autovía los 25 km que separan Cartagena de San Javier, localizamos el auditorio y dejamos el coche aparcado en una de las decenas de plazas libres que habían en el parking anexo. A dos horas del inicio no estaban abiertas ni las taquillas. Dimos un paseo por los alrededores: chalets y calles anodinas que desembocan en un polígono industrial. No encontramos ni un sitio apetecible para tomar un refresco o un helado y hacer tiempo.
Regresamos al Parque Almansa dispuestos a esperar pacientemente sentados en un banco a la sombra. El recinto seguía vacío, las taquillas cerradas. Nos llamó la atención una pareja que parecía esperar a que abrieran una puerta. Tenían toda la pinta de ser una de tantas parejas jubiladas de extranjeros que tienen una segunda residencia por la zona. Lo llamativo de la situación es que estaban esperando en una puerta situada en la parte posterior del auditorio, no en ninguna de las puertas señalizadas para que entre el público.

No sé si los extranjeros se percataron de nuestra presencia y también nos observaban con disimulo preguntándose qué haría esa pareja de treintañeros españoles sentados en un banco a semejantes horas, como unos novios de hace medio siglo. De repente la puerta ante la que esperaban se abrió, se asomó un chico con ademanes de portero, los señores mostraron su entrada, el chico les dejó pasar y la puerta se cerró nuevamente. Todo ocurrió muy deprisa.

 

¿Eso qué ha sido? Intrigados y aburridos ante la perspectiva de quedarnos media hora más en el banco sin nadie a quien observar, nos acercamos a la puerta misteriosa. Desde el interior llegaba el rumor de pasos y conversaciones en voz baja. Llamamos golpeando la puerta con palma de la mano. Al cabo de unos instantes salió el chico de antes. Le mostramos nuestras entradas al tiempo que preguntamos tímidamente si se podía entrar. No recuerdo que hiciera ningún comentario. Simplemente rasgó las entradas y cerró la puerta tras nosotros.

Entramos en un patio, situado a la derecha del escenario, habilitado como cantina. Había varias mesas y dos barras, una en la que sólo servían bebida y otra con cocina. Las mesas estaban ocupadas por extranjeros, casi todos parejas mayores como la que habíamos visto entrar. Nos quedamos en una de las barras, la que tenía cocina, un poco intimidados, como si nos hubiésemos colado en una fiesta sin invitación. Pero finalmente pudimos disfrutar de un refresco y una cerveza en un lugar apetecible con buena música de fondo.

Al rato notamos que los extranjeros pagaban sus cuentas y se acercaban a la puerta de rejas que separaba la cantina del auditorio, todavía vacío. Hicimos lo propio. Alguien de la organización dio su permiso y entramos en el auditorio antes que el público que accedía por las puertas señalizadas. Pudimos elegir la localidad desde donde mejor presenciar el concierto (excluyendo las reservadas a los abonados e invitados) sin agobios ni prisas.

Desde entonces siempre que vamos a un concierto a San Javier llegamos con media hora de antelación a la apertura de puertas, entramos por nuestro pasadizo secreto a la cantina y esperamos tranquilamente a que nos dejen pasar tomando una cerveza y anticipando la emoción del concierto. Ese es nuestro ritual.


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lunes, 2 de julio de 2012

Una reliquia

Hace poco, no recuerdo dónde ni a cuentas de qué, leí el nombre de Carmen Kurtz. Por el contexto inferí que se trataba del nombre de una escritora, nada más. Carmen Kurtz. Tenía la sensación de que no era la primera vez que oía hablar de ella. ¿Tal vez alguna recomendación de Muñoz Molina? Me quedé intrigado pero no lo suficiente como para acordarme de buscar el nombre en la wikipedia al llegar a casa.

Hoy me ha sorprendido Carmen Kurtz donde menos lo esperaba, en la estantería de la que era mi habitación en casa de mis padres. Ahí estaba el nombre, de eso me sonaba, de tantas veces que mi vista se habrá posado en el lomo de ese libro sin ser demasiado consciente de ello.

Duermen bajo las aguas es el título del libro. Edición del Círculo de Lectores, año 1961. El ejemplar pertenece a mi madre. Lo hojeo con curiosidad, buscando alguna reseña acerca de la autora. Merece la pena que reproduzca íntegramente los tres primeros párrafos:

LA AUTORA Y SU OBRA

Carmen Kurtz es acogedora, sencilla y trabajadora. Tiene una hija y una nieta y es viuda desde hace 5 años. Su origen está en una familia de la alta burguesía barcelonesa. Su padre, un hombre abierto, químico y farmaceútico de profesión, un intelectual. Su madre muere joven y su padre se vuelve a casar. Carmen estudia en el colegio Sagrado Corazón y el colegio Loreto.
Siendo niña todavía sufre una enfermedad larga y no prosigue sus estudios. A los 16 años tiene ya novio y enfoca su vida hacia el matrimonio como cualquier mujer de su ambiente y de su época. Pero no se casa hasta los 23 años. Antes tiene tiempo de pasar un año en Inglaterra y de preparar allí una licenciatura en lengua inglesa. Tiene también tiempo de pasar muchas horas con su padre y de sostener con él largas charlas.
A los 23 años conoce a un alsaciano, Pedro Kurtz, y se casa con él. Kurtz trabaja en una fábrica de cervezas. Van a vivir a Alsacia y tienen una hija. A los cinco años estalla la Segunda Guerra Mundial y él es llamado a filas. Carmen envía a su hija a España y entra a trabajar como secretaria en el consulado español. Por fin, en 1942, liberan a su marido y al año siguiente vienen a España. En 1957 Carmen se separa de su marido, que muere cinco años después.

Con esa muestra es suficiente para hacerse una idea del tipo de información que en 1961 era considerada oportuna para definir a "la autora y su obra". ¿Se imaginan una reseña similar en un libro de Torrente Ballester, Cela, Delibes o cualquier otro escritor varón coetáneo? Miguel Delibes es acogedor, sencillo y trabajador. Tiene un hijo y está casado desde hace 23 años... A los 16 años no pensaba en tener novia porque prefería dar paseos por el campo....


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