Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder

sábado, 27 de abril de 2013

Aeropuerto de Frankfurt

Tengo la impresión, acentuada por el cansancio, de que el aeropuerto de Frankfurt desborda cualquier límite. Da igual el pasillo y la dirección que decida enfilar, es todo una sucesión periódica e infinita de salas de embarque, controles de acceso, tiendas caras, locales de comida poco apetecible, cintas transportadoras que aligeran el paso de los viajeros, paneles informativos y señales indicadoras. Me aburro y cambio de planta en busca de otro pasillo que sólo se diferencia del anterior en el nombre. Pasillo B, pasillo A. Ni lo intento con los dos restantes, el pasillo C y el Z. Me sorprende el salto alfabético A, B, C, Z. ¿Una pizca de desorden en un universo terriblemente monótono y ordenado? Podría acercarme al pasillo Z y comprobar si posee alguna característica que haga honor a su distinción. Todavía quedan más de cuatro horas para que despegue nuestro vuelo.

Pero estoy cansado y me desanima imaginar las innumerables salas de espera que debo de atravesar antes de llegar a Z. Busco un lugar tranquilo y me siento a leer. No consigo mantener la concentración más de dos párrafos seguidos. La cabeza se me va a otro sitio. Pienso en Álvaro y Javier. Me vienen flashes de esta mañana:

- ¿Quién es?
- Javier, soy Eduardo. ¿Os queda mucho? Ya está aquí el taxi que nos lleva al aeropuerto.
- ... Pero...¿qué hora es?
- No bromees y bajad ya.
- No es broma, Eduardo, que...
- Déjate de pegos -le interrumpo-. Bajad ya que vamos a llegar tarde.

Verlos aparecer por la puerta del ascensor, con las maletas y tres o cuatro bolsas de plástico en la mano. Las caras desencajadas, nerviosos y medio zombis. No era broma.

En el taxi, al llegar al aeropuerto de Vilna:
- Álvaro, ¿y la cámara?
- No la tengo, Javi.
- Tío, ¿dondé está?
La cámara no está en el taxi. Álvaro cree que se la ha dejado en la recepción del hotel. Tantas bolsas de plástico en la mano. Los dos están convencidos de que Álvaro llevaba la cámara colgada al hombro cuando dejaron la habitación.

Hablamos con el chófer. Dentro de quince minutos tiene que recoger a otro huesped para traerlo al aeropuerto. Si encuentra la cámara, nos la trae. Mientras podemos ir facturando. Entro en el aeropuerto y busco en los paneles informativos el número de mostrador al que debemos dirigirnos.
- ¿Dónde está Álvaro?
- Se ha ido con el chófer a buscar la cámara.
Faltan setenta minutos para que salga nuestro vuelo. Javier y yo facturamos.

Veinticinco minutos más tarde aparece Álvaro con la cámara (estaba en la habitación) y un ataque de nervios. Javier está incluso más nervioso. Es el resultado de dos noches seguidas sin dormir.
¿Qué vais a hacer con todas esas bolsas de plástico? No atinan a abrir la cremallera de la maleta de mano.

A media hora de que salga el vuelo por fin estamos preparados para pasar el control. A Javier lo registran con detenimiento. Álvaro tarda una barbaridad en despojarse de todos sus abalorios. Se le olvida sacar el portátil de la maleta y tiene que volver a pasarla por el escaner. Llegamos a la puerta de embarque justo en el momento en que se abre. Menos mal que el aeropuerto de Vilna es pequeño.

Me arrepiento de haberlos dejado marchar, de no haber impuesto mi autoridad. Querían hacer una visita express a Frankfurt al igual que hicimos en Copenhague. Intenté disuadirlos. Primero les dije que yo no me apuntaba, confiando que eso los disuadiría. Después intenté convencerlos: ¿no veis lo grande que es el aeropuerto? Esto no es una pequeña capital como Copenhague donde las distancias son manejables y las horas cunden. Aquí vais a dedicar prácticamente todo el tiempo en los desplazamientos. No vais a ver nada. Finalmente intenté meterles miedo: como no habéis conseguido perder el primer avión lo vais a intentar de nuevo con el segundo. Cuando se marchaban les advertí: sois mayores de edad (28 y 24), entiendo que os hacéis responsables de vuestra decisión, si llegáis tarde os quedáis solos en Frankfurt.

Ahora temo que se presente la odiada tesitura. ¿De verdad sería capaz de dejarlos en tierra? ¿Por qué no me habré negado más explícitamente? De este modo su desobediencia (en el caso de que me desobedecieran, cosa que no creo) me liberaría de cualquier responsabilidad. Pero me parecía ridículo negarle a adultos un permiso que, por otra parte, ni siquiera me estaban pidiendo. Con la edad de Álvaro yo estaba casado y había vivido tres años de mi vida en el extranjero. Con la edad de Javier yo estaba divorciado y ya era profesor.

Me vienen más flashes. En Copenhague, hace una semana, esperando el tren que nos lleve de regreso al aeropuerto:
- Eduardo, ¿estás seguro de que este es el andén?
- Sí, mira el panel.
- ¿Por qué no preguntamos a alguien? - y pregunta a otro turista más perdido que él-.
...
- Venid, que han cambiado la vía por la que pasa el tren.
- Espera, vamos a preguntar.
- Seguidme.
- ¿Pero a qué andén vamos?
- Tú sigue a los daneses, que ellos saben a donde van.
Subo por las escaleras mecánicas, cambio de andén y cuando miro para atrás no los encuentro. ¿Dónde se han metido? De repente los veo en el andén de enfrente todavía intentando preguntar a otros turistas por donde pasa el tren hacia el aeropuerto. Les grito. Tengo que correr, volver a subir y bajar las escaleras, llevármelos casi a la fuerza y coger el tren por los pelos. ¿Estás seguro? ¿estás seguro? ¿estás seguro? Que sí, joder.

También me viene a la memoria aquella vez que Sonia y yo estuvimos a punto de quedarnos tirados en Berlín por no entender el funcionamiento del tren de cercanías a partir de ciertas horas de la noche. Berlín, Alemania. Igual que Frankfurt. Me parece que no van a llegar a tiempo. ¿Qué haré?

Una visión me saca del ensimismamiento. Es Álvaro que se acerca hacia mí. Compruebo en el reloj que todavía faltan dos horas y media para la salida del vuelo.
- ¿Qué haces aquí? ¿Al final no habéis ido?
- No, hemos preguntado y nos han dicho que no merecía la pena para tan poco tiempo.
- Me alegro. ¿Y qué habéis estado haciendo en estas dos horas?
- Buscándote, que tienes el móvil apagado.
- Pues me parece un milagro que me hayáis encontrado en este laberinto.

miércoles, 24 de abril de 2013

Día tonto

Hoy nos han llevado al campo, a un lugar llamado fiesta, un recinto de cuarenta hectáreas (el mismo tamaño que el Vaticano, repetía una y otra vez el anfitrión-showman) que parecía ideado por Emir Kusturica. Ramas de árbol en cuyo extremo estaba encajada la quijada de un animal o un grifo reluciente; botellas de plástico formando timones suspendidas de los árboles, un telescopio gigante, delirios varios. La sensación de irrealidad se acrecentó cuando casi piso a una rana. No una rana como las que yo veía de niño en el club Neptuno. Estas ranas (luego vi más) eran parduscas y gelatinosas. Parecían babosas con forma de rana.

En fiesta hemos estado retenidos casi ocho horas. Espero al menos que los chavales se hayan divertido realizando las actividades chorras programadas (entre las que estaban incluidas una partida de twister). Señores, eso está bien para un campamento de verano en el que no hay nada mejor que hacer, pero estamos en Lituania y la mayoría de nosotros nunca vamos a volver. ¿No podríamos dedicar el día a visitar Vilnius o Kaunas? O al menos que nos reduzcan la pena de fiesta a cuatro horas y así poder aprovechar la tarde en otra cosa.


Por la noche, de vuelta en Vilnius, he visto el partido del Real Madrid en un pub cercano al hotel. 4 - 1 y todo el pub celebrando los goles del Borussia. Nada, que cuando el día se presenta tonto no hay manera.

martes, 23 de abril de 2013

Baloncesto

No puedo decir que se haya hecho realidad un sueño porque algo tan inverosímil nunca pasó por mi imaginación. Y no se puede desear lo que no se imagina. El caso es que esta tarde he jugado un partido de baloncesto  en la tierra de Sabonis y de tantos otros jugadores míticos, pero sobre todo de Sabonis. Cinco contra cinco, en el modélico gimnasio de un pequeño colegio lituano, con el suelo de parqué y las canastas perfectamente niveladas. Mi equipo estaba formado por dos italianos (Jaco, chupón), dos lituanos y yo mismo. En el equipo contrario jugaban dos griegos, dos lituanos y Javier. Nos han ganado sobradamente.

Mediados los años ochenta, cuando el baloncesto parecía disputarle al fútbol la condición de deporte rey (al menos esa es la impresión que yo tenía en esa época y sigo teniendo al recordarla: la mayoría de los adolescentes preferíamos jugar al baloncesto antes que al fútbol. Para nosotros, Larry Bird, Fernando Martín, Magic Johnson, Drazen Petrovic, Michael Jordan, Sabonis... eran ídolos deportivos en un escalón muy superior a los futbolistas de la época o a cualquier otro deportista), antes de que la NBA entrara en nuestras vidas, digamos 1985, a mis diez años, había tres equipos europeos cuya simple mención evocaba partidos de dificultad extrema. Es posible que el recuerdo lo magnifique, pero dudo que nunca haya vivido con tanta emoción previa ninguna retransmisión deportiva como aquellos enfrentamientos del Real Madrid con el Maccabi de Tel Aviv, con la Cibona de Zagreb o con el Zalguiris de Kaunas. Estos dos últimos estaban asociados a la figura de un jugador. La Cibona era Drazen Petrovic (o los hermanos Petrovic, que tampoco olvido a Alexander, no sé cuál de los dos me caía peor), jugador odiado, insoportable, al que nunca pude reconocer ninguna cualidad ni quise en mi equipo (me alegré cuando dio la espantada y se marchó a la NBA confirmando punto por punto mi opinión sobre su persona). El Zalguiris era Sabonis, el hombre que pudo reinar a pesar de sus gravísimas lesiones. Un jugador imperial como no he visto a otro en Europa. Todos los elogios me parecen pocos para Sabonis, el mejor fichaje del Real Madrid desde que yo sigo el baloncesto, el jugador que siempre querría para mi equipo.


La llegada de Sabonis al Real Madrid coincidió en el tiempo con el desplome de la URSS y la independencia de Lituania (la recuperación de la independencia lo llaman aquí. La independencia sucedió en 1918, su recuperación en 1991). En 1992 la recién recuperada selección lituana de baloncesto ganó la medalla de bronce en los juegos de Barcelona sólo por debajo del Dream Team y de Croacia (todavía Petrovic, pero ya Kukok, Radja y la nueva generación). De esa época, surge mi simpatía por la selección lituana, a quien siempre apoyo en las competiciones internacionales sólo por detrás de España y Argentina. Pero a diferencia de estos dos países, la vinculación que me une a Lituania es (¿era?) puramente baloncestística. Por eso me ha hecho tanta ilusión jugar un partido aquí.

No me lo esperaba. Swetlana nos pidió que trajésemos ropa deportiva, pero no especificó para qué. Es más, no creo que hubiera previsto un partido de baloncesto. Intuyendo que la actividad principal, si no única, era aerobic (el del caballo y macarena, menuda pesadilla) ayer empecé mi campaña: Swetlana, no puede ser que nos estés mostrando la cultura lituana a través de su cocina, sus costumbres, sus edificaciones, etc. y la tarde dedicada al deporte no practiquemos el deporte nacional.

Al finalizar el encuentro nos han entregado un diploma a cada uno de los países for participation in the SPORTS DAY... Eitminiskes, Lithuania. Este diploma va directo a mi despacho. A la documentación del proyecto adjuntaré una fotocopia. Mejor regalo no me podían hacer. No sé cuántos años hace que no jugaba a campo completo un cinco contra cinco. Posiblemente no vuelva a jugar otro. Sabonis se retiró a los 38 años en el Zalguiris de Kaunas. A la misma edad me retiro yo. Gracias a este viaje no olvidaré mi último partido.

Pd. Muchos jugadores han vuelto después de anunciar su retirada. Michael Jordan regresó dos veces. Para convencerme sólo necesito una buena oferta, un proyecto atractivo. Jugar en Massachusetts, por ejemplo.


lunes, 22 de abril de 2013

Reminiscencias de un viaje a Lituania

Ese es el título de una película que vi con mis padres en la Filmoteca de Andalucía. La proyectaron a finales de 2004 o en 2005. Yo vivía en Azuqueca pero ese fin de semana decidí bajar a Córdoba. El viernes por la tarde mis padres me recogieron en la estación. Les pedí que me llevaran a la filmoteca, que había una película que parecía interesante y me acompañaron a verla. Recuerdo que al salir del cine mi padre dijo que había tenido que cerrar los ojos porque le daba dolor de cabeza el montaje de la película (bueno, no utilizó la palabra montaje).

A mí me gustó mucho, aunque comprendo las razones de mi padre. Nunca he visto un película que se ajustara tanto a la realidad de un viaje. Sin argumentos ni coherencia. Un video casero, diría mi padre. Sí, pero rodado por alguien que sabe de cine. Aquí está la película completa, para quien quiera verla:


Hoy, desde la ventanilla del autobús, recordaba las imágenes de la película. Se rodó hace cuarenta años pero el paisaje sigue ahí a pesar de los cambios propiciados por el desarrollo económico. Lo que sí se nota es la estación. Jonas Mekas realizó su viaje en verano. El suelo de los campos que no son de cultivo es del color verde de la hierba. Ahora el suelo tiene un color terrizo indescriptible. Parece tierra con brillo o, en algunos momentos, arena seca de la playa que refleja los rayos del sol. Pero no, es hierba seca, de una longitud considerable, aplastada por el peso de la nieve derretida hace pocas semanas (todavía quedan manchas de nieve donde no da el sol). El resultado es desconcertante, como un desierto de ciencia ficción.

Cada poco tiempo atravesábamos una aldea de casas espaciadas. Anatevka, pensé. El shtetl de las narraciones de Isaac Bashevis Singer. Pero no queda rastro judío en Lituania. Y no me refiero a rastro físico, que desgraciadamente era de esperar, sino a rastro histórico, a algún tipo de referencia en algún sitio acerca de que en esta región hasta hace 70 años vivía una importante comunidad judía. Nada.

Cuando estuve en Auschwitz, me quedé perplejo al comprobar que los paneles informativos distinguían entre víctimas polacas y víctimas judías. Es decir, las víctimas del gueto de Cracovia, por ejemplo, se sumaban a las de los judíos procedentes de otras naciones, pero no a la de los polacos gentiles. Que quede claro que una cosa es ser polaco de pura cepa y otra es ser judío. Los judíos no forman parte de la historia de la nación polaca (de la historia oficial, se entiende), ni de la nación lituana, ni supongo que de la nación ucraniana. Ni, ya puestos, de ningún lugar que no sea Israel o Nueva York.


El autobús da mucho tiempo para pensar. Esa está siendo mi sesión de yoga.

domingo, 21 de abril de 2013

Trakai

A 17 km al norte de Vilna se encuentra el centro geográfico de Europa. En Polonia, Estonia, Bielorrusia y Hungría hay otras localizaciones que se disputan ese honor, pero el record Guinness se ha decantado por la lituana y sus razones tendrá. Me cuesta creer que estoy en el centro del continente. Tengo la impresión de estar en el quinto pino y resulta que no, que los que están en el quinto pino son los demás.

Hoy visitamos Trakai y su famoso castillo. It is the only castle in Eastern Europe that was built on an island. ¿Pero cómo que Eastern Europe? ¿no estábamos en el centro geográfico?
Ha sido una visita relámpago porque a las 17.00 habíamos quedado en el hotel con Swetlana, la coordinadora del proyecto, y con los estudiantes lituanos en cuyas casas se van a alojar Álvaro y Javier. Tampoco daba para más. El castillo luce más en las fotos que en la realidad. Si digo que es una miniatura del castillo de Malbork, todavía me parece demasiado elogio.

Lo que no esperaba encontrar en Trakai y me conmovió de veras fue la visión del lago helado. A estas alturas del año y con la temperatura tan buena que estamos disfrutando la fase de deshielo se encuentra avanzada. El grosor de la capa no superaría los 15 centímetros en la orilla. Me sorprende hasta qué punto se puede olvidar un paisaje que en otra época fue cotidiano. Un paisaje espectacular e hipnótico. Me dio pena no tener más tiempo para poder comer tranquilamente a la orilla del lago. Hicimos fotografías. A diferencia del castillo, el lago luce infinitamente más en la realidad que en cualquier fotografía que se pueda tomar.

Copenhague visto y no visto

Después de muchos días de trabajo intenso, ayer le comenté a Sonia que la idea de pasar seis horas en el aeropuerto de Copenhague, haciendo trasbordo de camino a Vilna, me parecía tan atractiva como una buena clase de yoga. Seis horas sin hacer nada, mejor aún, sin poder hacer nada. Seis horas dedicadas en cuerpo y alma a aburrirme y a no pensar. En todo caso a leer, pero ni siquiera eso.

Javier y Álvaro, los dos jóvenes que me acompañan en este viaje, no hacían más que insistir desde que los recogí en Almacenes Blanco esta mañana: Eduardo, vamos a Copenhague. Yo les respondía con evasivas, sin querer parecer un aguafiestas desde el primer día de viaje, confiando en que la suerte decidiera por mí: ya veremos. Depende de lo lejos que esté el aeropuerto, del clima que nos encontremos... no me apetece ir paseando con las mochilas bajo la lluvia. Sí, sí, claro, además no nos hemos traído paraguas.

Aterrizamos a las 14.15. Nuestro vuelo salía a las 20.50. Poco más de seis horas hasta la hora de embarque y las maletas facturadas desde Málaga. Nos informamos de que un tren cercanías te dejaba en el centro de Copenhague en 12 minutos. El precio del billete ida y vuelta es de 50 coronas (unos siete euros).

¿Y la lluvia? No se veía una nube en todo el horizonte. Hacia un tiempo estupendo y el centro de la ciudad era una fiesta con todos los daneses copando las terrazas y los parques. El azar decidió visita a Copenhague y acertó de pleno. La sesión de yoga puede esperar