Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder
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viernes, 28 de agosto de 2015

Entre todos la mataron

Es fácil, extremadamente fácil, encontrar culpables:

Sí, al escuchar el zumbido de nuestra colmena pedagógica, en cuanto nos desalentamos, nuestra pasión nos impulsa primero a buscar culpables. El sistema educativo parece, por otra parte, estructurado para que cada cual pueda designar cómodamente al suyo:
—Pero ¿en el parvulario no les han enseñado a comportarse? –pregunta el maestro de escuela ante unos chiquillos inquietos como bolas del «flipper».
—Pero ¿qué han hecho en primaria? –maldice el profesor de secundaria al recibir a sus alumnos, a quienes considera iletrados.
—¿Alguien puede decirme qué han aprendido hasta ahora? –exclama el profesor de instituto ante la propensión de sus alumnos a expresarse sin vocabulario.
—¿Realmente han ido al instituto? –se pregunta el profe de facultad al corregir sus primeros exámenes.
—¡Explíquenme qué coño hacen en la universidad! –berrea el industrial ante sus jóvenes empleados.
—La universidad forma exactamente lo que su sistema desea –responde un empleado, no tan tonto–: ¡esclavos incultos y clientes ciegos! Las grandes escuelas formatean a sus capataces, perdón, sus «ejecutivos», y sus accionistas hacen girar la manivela de los dividendos.
—Fracaso familiar –deplora el Ministerio de Educación Nacional.
—La escuela ya no es lo que era –lamenta la familia.
Y a ello se añaden los procesos internos de toda institución que se respete. La eterna disputa de los antiguos y los modernos, por ejemplo:
—¡Qué vergüenza esos «pedagogos estupidizantes»! –aúllan los «republicanos», martillo de la demagogia.
—¡Abajo los republicanos elitistas! –responden los pedagogos en nombre de la evolución democrática.
—¡Los sindicatos agarrotan la maquinaria! –acusan los funcionarios del ministerio.
—¡Permanecemos atentos! –responden los sindicatos.
—¡Semejante porcentaje de iletrados no se veía en mis tiempos! –deplora la vieja guardia.
—En sus tiempos, el colegio solo admitía a consejos de administración con pantalones cortos –se burla el guasón–, eran buenos tiempos, ¿no es cierto?
—¡Este mocoso es el vivo retrato de su madre! –fulmina el enojado padre.
—Si hubieras sido algo más severo con él, no estaríamos así –responde la madre ofendida.
—¿Cómo trabajar con semejante atmósfera familiar? –se lamenta el adolescente deprimido al oído del profesor comprensivo.
Hasta el propio zoquete que, tras haber practicado una metódica ferocidad para enviar a su profesor a tratarse en el hospital de una larga depresión nerviosa, es el primero que te cuenta santurronamente:
—Al señor Fulano le faltaba autoridad.

Yo encuentro más culpables: los medios de comunicación, un sistema laboral con horarios que impiden a los padres tener contacto con sus hijos... ¿Hay solución? ¿Esto tiene arreglo? Habría que poner a taaanta gente de acuerdo. Gente por lo demás encantada de estar en desacuerdo, convencida de que su simplista visión de la realidad es la correcta.

Seguimos hablando de este libro

La de bobadas que habrá soltado mi generación sobre los rituales considerados corno muestra de ciega sumisión, las notas envilecedoras, el dictado reaccionario, el cálculo mental embrutecedor, la memorización de los textos infantilizante, ese tipo de proclamas.
Sucede con la pedagogía como con todo lo demás: en cuanto dejamos de reflexionar sobre casos particulares (pero, en este campo, todos los casos son particulares), para regular nuestros actos, buscamos la sombra de la buena doctrina, la protección de la autoridad competente, la caución del decreto, el cheque en blanco ideológico. Luego nos plantamos sobre certezas que nada hace vacilar, ni tan siquiera el desmentido cotidiano de la realidad.

Mis convicciones sobre lo que está bien y lo que está mal en mi trabajo han evolucionado con los años. Aunque la evolución es paulatina podríamos distinguir tres etapas: lo que yo pensaba de la enseñanza antes de trabajar como profesor; lo que yo pensaba antes de trabajar en mi actual centro; y lo que pienso ahora. ¿Y qué pienso ahora? Uff. Hoy una cosa y mañana otra. Como dijo aquel, sólo sé que no sé nada. Lo que sirve para un grupo de alumnos no sirve para otro. Lo que sirve para Fulano no sirve para Setano. Una cosa tengo clara: la enseñanza se basa en las relaciones personales (del profesor con los alumnos, de los alumnos entre sí, de los profesores entre sí, de las familas con los alumnos, de las familias con los profesores, de...) y cada persona debe ser atendida y evaluada en su individualidad. Imagino que algo parecido le ocurre a los médicos con sus pacientes. Dos personas que tienen la misma enfermedad son dos enfermos distintos, cada uno con sus reacciones y necesidades personales. Requieren distintos tratamientos. Educar, enseñar, es un arte no una ciencia, aunque existan algunas técnicas pedagógicas cuyo conocimiento y puesta en práctica sea de utilidad. En cada caso hay que descubrir cuál es el mejor camino. Para eso hay que tener en cuenta también el carácter del profesor. Mi manera de enseñar va ligada a mi carácter personal. Profesores distintos enseñan de manera distinta, ni mejor ni peor, no puede ser de otra forma. Digamos que la tarea del profesor es descubrir cuál es la mejor manera, partiendo de su carácter y personalidad, de enseñar a este grupo de alumnos en particular. Cada relación profesor-alumnos tendrá matices distintos y producirá diferentes procesos de enseñanza-aprendizaje (mira que intento no utilizar la jerga pedagógica, pero a veces se cuela).
¿Mandar tareas es bueno o malo? Pues depende.
¿Enseñar operaciones combinadas de números enteros con paréntesis en primero de la ESO es adecuado o no? Pues depende.
Aunque al final, claro, tienes un objetivo ineludible a alcanzar: que los alumnos adquieran los conocimientos mínimos que les sirvan para continuar sus estudios con garantía de éxito.

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miércoles, 26 de agosto de 2015

Apología del internado

Daniel Pennac fue rescatado (de su zoquetería) en un internado. Tal vez por ello achaca al internado cualidades pedagógicas que sorprenden a los que asociamos a esa palabra connotaciones siniestras (internado: cárcel para adolescentes rebeldes). Veamos sus argumentos:

La cuestión de saber si fui «feliz» al estar interno es bastante secundaria. Digamos que la condición de interno me fue infinitamente más soportable que la de externo. Es difícil explicar a los padres de hoy las ventajas del internado, pues lo contemplan como un penal. A su modo de ver, mandar allí a los hijos supone un abandono de la paternidad. Solo con mencionar la posibilidad de un año de internado, pasas a ser un monstruo retrógrado, defensor de la prisión para zoquetes. Es inútil explicar que uno mismo ha sobrevivido a ello, de inmediato te oponen el argumento de que era otra época: «Sí, pero en aquellos tiempos se trataba a los chiquillos con mano dura».
Hoy, que hemos inventado el amor paterno, la cuestión del internado se ha convertido en un tema tabú, salvo como amenaza, lo que demuestra que no se considera una solución.


En este colegio estuvo interno Mario Vargas Llosa. Su terrible experiencia le sirvió para escribir La ciudad y los perros

No hace falta decir que no ha hecho los deberes. A primera hora tiene una clase de matemáticas y los ejercicios de mates son de los que no están hechos. Entonces pueden pasar tres cosas: o no ha hecho los ejercicios porque estaba ocupado en otra cosa (de juerga con los colegas, o viendo una peli sanguinaria en el vídeo de su habitación cerrada a cal y canto...), o se ha dejado caer en la cama bajo el peso del agotamiento y se ha sumido en el olvido, con una oleada de música aullando en el cráneo, o –y es la hipótesis más optimista– durante una o dos horas ha intentado hacer sus ejercicios, pero no lo ha conseguido. En los tres casos mencionados, a falta de deberes, nuestro externo debe proporcionar una justificación a su profesor. Ahora bien, la explicación más difícil de dar en estas condiciones es la verdad pura y simple: «Señor, señora, no he hecho los deberes porque he pasado buena parte de la noche en el ciberespacio, combatiendo a los soldados del mal, a los que por lo demás he exterminado del primero al último, pueden creerme», «Señora, señor, siento mucho no haber hecho los deberes pero ayer noche caí bajo el peso de un aplastante embotamiento, me era imposible mover el meñique, apenas tuve fuerzas para calzarme los cascos».
La verdad tiene aquí el inconveniente de la confesión: «No he hecho mi trabajo», lo que supone una sanción inmediata. Nuestro externo preferirá una versión institucionalmente más presentable. Por ejemplo: «Como mis padres están divorciados, olvidé los deberes en casa de mi padre antes de regresar a casa de mamá». En otras palabras una mentira. Por su lado, el profesor prefiere a menudo esta verdad arreglada a una confesión en exceso abrupta que cuestionaría su autoridad. Se evita así el choque frontal, al alumno y al profesor les parece bien ese diplomático paso a dos. Por lo que a la nota se refiere, la tarifa es conocida: tarea no entregada, cero.
El caso del externo que ha intentado, valerosamente aunque en vano, hacer sus deberes, no es muy distinto. También él entra en clase cargando con una verdad difícilmente aceptable: «Señor, dediqué ayer dos horas a no hacer sus deberes. No, no, no hice otra cosa, me senté ante la mesa de trabajo, saqué el cuaderno, leí el enunciado y, durante dos horas, me sumí en un estado de pasmo matemático, una parálisis mental de la que solo salí al oír que mi madre me llamaba para la cena. Ya lo ve usted, no he hecho los deberes pero les dediqué dos horas. Después de cenar era demasiado tarde, me aguardaba una nueva sesión de catalepsia: los ejercicios de inglés». «Si escucharas más en clase, comprenderías los enunciados», puede objetar (y con razón) el profesor.
Para evitar esta humillación pública, también nuestro externo preferirá una presentación diplomática de los hechos: «Estaba leyendo el enunciado cuando estalló la caldera».
Y así sucesivamente, de la mañana a la noche, de materia en materia, de profesor en profesor, día tras día, en un exponencial de la mentira que desemboca en el famoso «¡Ha sido por mi madre!... ¡Ha muerto!», de François Truffaut.
Tras esa jornada pasada mintiendo en el centro escolar, la primera pregunta que nuestro mal externo escuchará al volver a casa es el invariable:
—Bueno, ¿cómo te ha ido hoy?
—Muy bien.
Nueva mentira.
Que también exige ser sazonada con una pizca de verdad:
—En historia, la profe me ha preguntado por mil quinientos quince, le he contestado que Marignan, ¡y se ha quedado muy contenta! (Así la cosa aguantará hasta mañana.)
Pero mañana también llega y las jornadas se repiten, y nuestro externo prosigue sus idas y sus venidas entre la escuela y la familia, y toda su energía mental se agota tejiendo una sutil red de pseudocoherencia entre las mentiras proferidas en la escuela y sus medias verdades servidas a la familia, entre las explicaciones proporcionadas a unos y las justificaciones presentadas a otros, entre las descripciones de los profesores que hace a los padres y las alusiones a los problemas familiares que vierte al oído de los profesores, con una pizca de verdad en las unas y las otras, siempre, pues esa gente acabará encontrándose, padres y profesores, es inevitable, y hay que pensar en ese encuentro, perfeccionar sin cesar la ficción verdadera que será el menú de esa entrevista. Esta actividad mental moviliza una energía que no puede compararse con el esfuerzo que necesita el buen alumno para hacer bien los deberes. Nuestro mal externo se agota. Aun que lo quisiera (y esporádicamente lo quiere), no tendría ya fuerza alguna para ponerse a trabajar realmente. La ficción en la que chapotea le mantiene prisionero en otra parte, en algún lugar entre la escuela que debe combatir y la familia a la que debe tranquilizar, en una tercera y angustiante dimensión donde el papel que corresponde a la imaginación consiste en tapar las innumerables brechas por las que puede brotar la realidad en sus más temidos aspectos: mentira descubierta, cólera de unos, pesar de otros, acusaciones, sanciones, expulsión tal vez, ensimismamiento, culpabilidad impotente, humillación, taciturno deleite: Tienen razón, soy nulo, nulo, nulo.
Soy una nulidad.


Los cuatrocientos golpes. ¡Qué gran película!

Las razones por las que profesores y padres dejan pasar a veces esas mentiras, o se hacen cómplices de ellas, son demasiado numerosas para ser discutidas. ¿Cuántas trolas diarias en cuatro o cinco clases de treinta y cinco alumnos?, puede preguntarse legítimamente un profesor. ¿De dónde sacar el tiempo necesario para esa investigación? ¿Soy, por otra parte, un investigador? ¿En el plano de la educación moral debo sustituir a la familia? Y, en caso afirmativo, ¿dentro de qué límites? Y así sucesivamente, una letanía de preguntas cada una de las cuales es un día u otro objeto de apasionada discusión entre colegas.

Pero hay otra razón por la que el profesor ignora esas mentiras. Una razón más oculta que, si accediese a la clara conciencia, vendría a ser más o menos así: este muchacho es la encarnación de mi propio fracaso profesional. No consigo hacerle progresar, ni hacerle trabajar, apenas si consigo hacerle venir a clase, y además solo estoy seguro de su mera presencia física.
Afortunadamente, apenas entrevisto, este cuestionamiento personal es combatido por gran cantidad de argumentos aceptables: fracaso con este, de acuerdo, pero lo consigo con muchos otros. ¡A fin de cuentas no es culpa mía que el muchacho haya pasado de curso! ¿Qué le enseñaron mis predecesores? ¿Solo debe cuestionarse el colegio? ¿En qué piensan los padres? ¿Alguien imagina, acaso, que con los recursos que tengo y mis horarios puedo hacerle recuperar semejante retraso?
Otras tantas preguntas que, apelando al pasado del alumno, a su familia, a los colegas, a la propia institución, nos permiten redactar con plena conciencia la anotación más frecuente en los boletines escolares: Le falta base (¡y la he encontrado incluso en un boletín de un curso preparatorio!). Dicho de otro modo: patata caliente.

Patata caliente sobre todo para los padres. No dejan de hacerla saltar de una mano a otra. Las mentiras cotidianas del muchacho les agotan: mentiras por omisión, fabulaciones, explicaciones exageradamente detalladas, justificaciones anticipadas: «De hecho, lo que ha ocurrido...».
Hasta las narices ya, buen número de padres fingen aceptar esas fábulas, en primer lugar para calmar momentáneamente su propia angustia (pues la pizca de verdad —Marignan, 1515— desempeña el papel de aspirina), en segundo lugar para preservar la atmósfera familiar para que la cena no se convierta en un drama, esta noche no, por favor, esta noche no, para retrasar la prueba de la confesión que les desgarra el corazón a todos. En resumen, para aplazar el momento en que se evaluará sin verdadera sorpresa la magnitud del desastre escolar cuando lleguen las notas del trimestre, maquilladas con mayor o menor destreza por el principal interesado, que no le quita ojo al buzón familiar.

Hasta Bart Simpson pasa un mal trago con el boletín. No es tan pasota como aparenta.

Al limitar las idas y venidas entre la escuela y la familia, la condición de interno tiene sobre la de externo la ventaja de instalar a nuestro alumno en dos temporalidades distintas: la escuela del lunes por la mañana al viernes por la tarde, la familia durante los fines de semana. Un grupo de interlocutores durante cinco días laborables, el otro durante dos días festivos (que recuperan la posibilidad de volver a ser dos días de fiesta). La realidad escolar por un lado, la realidad familiar por el otro. Dormirse sin tener que tranquilizar a los padres con la mentira del día, despertar sin tener que inventarse excusas por el trabajo no hecho, puesto que ya lo hizo en el estudio vespertino, en el mejor de los casos ayudado por un supervisor o un profesor. Descanso mental, en suma; una energía recuperada que tiene posibilidades de ser invertida en el trabajo escolar. Es bastante para propulsar al zoquete hasta los primeros puestos de la clase? Al menos supone darle una oportunidad de vivir el presente corno tal. Ahora bien, el individuo se construye en la conciencia de su presente, no huyendo de él.
Y aquí finaliza mi elogio del internado.
Ah, sí, de todas formas, para aterrorizar a todo el mundo añadiré, puesto que yo mismo enseñé en ellos, que los mejores internados son aquellos en los que los profesores también están internos. Disponibles a cualquier hora, en caso de S.O.S.

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Alguna vez he pensado, antes incluso de leer a Pennac, que la única solución para los chavales del barrio sería estudiar en internados. Alejarlos de sus familias (o de sus no-familias) y del entorno callejero en el que viven. Tener rutinas, horarios, alimentos, atención. No tener peleas, falta de recursos, malos ejemplos... No se trata de retirar la patria potestad, no llego tan lejos. Tuve una compañera, estupenda profesora muy comprometida con los alumnos y que ahora milita en Podemos, que pensaba que los padres deberían pasar un examen de "responsabilidad paterna" para poder mantener la custodia de sus hijos. ¿Y quién decidiría si un padre es apto o no? ¿Tú? Uff.
El internado es un término medio. Los chavales estarían alejados cinco días de su ambiente, protegidos, cuidados, atendidos. Y el fin de semana lo pasarían en el barrio de manera que no perderían los vínculos afectivos con sus familias. Los casos más graves (que no escasean) podrían quedarse en el internado durante el fin de semana. 
Esto nunca va a ocurrir. A nadie le importa los chavales de estos barrios y es impensable dedicar tantos recursos para ofrecerles un futuro más allá de los patios y el mercadillo.


sábado, 8 de agosto de 2015

Perros y tiburones

En uno de los escasos paneles informativos que hay en el oceanográfico se puede leer: Los perros causan más muertes de personas al año que los tiburones. Héctor reclama mi atención y no me puedo parar a comprobar si algún texto complementa y explica el llamativo titular. Pero lo dudo. La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia es el primer lugar de interés que visito primero como hijo y en una segunda ocasión como padre. En marzo de 2004 me trajeron mis padres a verlo. La principal razón que nos ha hecho visitarlo ahora es Héctor. El verano pasado disfrutó de lo lindo en la Casa de los Peces de La Coruña.

Once años después la experiencia ha sido muy parecida. El oceanográfico, impresionante; el museo, decepcionante; el conjunto arquitectónico, llamativo. En el fondo de eso se trata, de llamar la atención. Igual que la frase de los perros y los tiburones. Cuando vine con mis padres el museo llevaba poco tiempo abierto. Daba la impresión de que no habían tenido tiempo de rellenarlo. Mucho edificio para tan poco contenido. Sigue igual. De las tres plantas que consta el museo, la segunda es un conjunto de paneles con textos y fotografías sobre varios científicos galardonados con el premio Nóbel. Tal cual. En los tiempos de internet y wikipedia, ¿quién va a perder un minuto en esas instalaciones? Me recuerda a las exposiciones que se hacen en el pasillo del instituto con los trabajos de los alumnos:

Jean Dausset, premio Nóbel de medicina, fruto de su sagacidad investigadora, en 1958, descubrió en la superficie de los glóbulos blancos unas pequeñas estructuras químicas dispuestas en forma de antena, capaces de provocar la aparición de un anticuerpo que se fija en ellas específicamente; este antígeno, que denominó Mac, fue el primero aislado en el sistema HLA (Human Leucocyte Antigen). Ello le hizo deducir la importancia capital de estos antígenos en la defensa del organismo contra toda agresión exterior o interior, basándose en la capacidad de distinguir entre constituyentes propios del individuo y de lo extraño a él... (todo copiado/pegado de la wikipedia sin necesidad de leerlo y mucho menos entenderlo). Menganito, alumno de 4º A.

La Ciudad de las Artes y las Ciencias es, ante todo, un parque temático. Su interés por el arte y la ciencia es tangencial. Fueron la excusa para gastar un dineral en un parque temático de titularidad pública. ¿Cómo se explica que en una Ciudad así no exista una librería especializada en arte y ciencia? Un buen museo científico (El Museo de la Evolución Humana, por ejemplo) tiene siempre una buena librería (o sección de libros, dentro de la tienda del museo) para quien quiera profundizar en algún aspecto contemplado en la visita. Por mucho nombre rimbombante, si no existe vocación pedagógica no hay museo científico que valga. Lo que queda es espectáculo circense (animales exóticos) y atracciones de feria (espejos deformantes, magia "científica"...). Ojo, a mucha honra del circo y de la feria. Pero que no nos vendan gato por liebre. La liebre es espectacular y atractiva sin necesidad de que la dignifiquen presentándola como gato.


En la imagen se puede observar la última atracción del parque. Waterballs. Al menos ya no se molestan en disimular. Podrían haberla denominado La esfera y los fluidos para darle un toque científico al divertimento.

Los perros causan más muertes de personas al año que los tiburones. Teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de la humanidad se pasa la vida sin tener ningún contacto directo con tiburones... lo sorprendente sería lo contrario. Se puede sustituir perro por cualquier otra causa y la frase seguiría siendo cierta. Los charcos causan más muertes de personas al año que los tiburones. ¡Terror a los charcos! Los ciervos causan más muertes de personas al año que los tiburones (por accidentes de tráfico). ¡Cuidado con los ciervos, tan inocentes que parecen! Ya puestos a impactar, los padres causan más muertes de personas al año que los tiburones. Si quieres ver a una fiera ahí la tienes, te lleva de la mano. Suerte que los niños sólo tienen ojos para los tiburones y no leen las cuatro frases que decoran la pared.

Merece la pena visitar el oceanográfico (no así el museo, ni el resto de la Ciudad). Es divertido, asombroso, entretenido, curioso. Lo pasamos bien. No aprendimos nada.


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jueves, 5 de septiembre de 2013

Al otro lado

Después de diez años reuniéndome con los padres de los alumnos de mi tutoría al comienzo de cada curso, ahora se me hace extraño ser el padre que acude a la reunión convocada por la maestra de su hijo. Es como estar al otro lado del espejo. Observando a la maestra reconozco el nerviosismo de los momentos previos, cuando da la hora de comienzo y pides cinco minutos de cortersía para los padres rezagados. Esos minutos son incomodísimos, los padres ya sentados, observándote, y tú aparentando revisar el guión que tienes preparado, saliendo al pasillo una o dos veces a la espera de algún asistente más.

Aprovecho esos instantes para observar de reojo al resto de madres y padres, imaginando cómo serán sus hijos, los niños con los que Héctor va a crecer los próximos nueve años si no sucede nada imprevisto. La maestra rompe el hielo pasando lista en voz alta (yo lo que hago es pasar una hoja para que los asistentes apunten su nombre, el de sus hijos y algún otro dato de interés). Como era de esperar parece más tranquila según avanza en sus explicaciones.

Siempre he creído que los padres acuden a estas reuniones por dos motivos: para informarse (de las normas de funcionamieto del centro, de la programación que van a seguir sus hijos, etc.) y para darse a conocer al tutor. Sí, así de equivocado estaba. He tenido que pasar al otro lado para caer en la obviedad de que los padres no vienen a que yo los conozca sino a conocerme a mí, a examinar qué tipo de persona va a velar por sus hijos mientras estén en el instituto.

La maestra de Héctor ha superado con éxito el examen. Este curso, por primera vez desde que empecé a trabajar en la enseñanza, no voy a ser tutor.


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domingo, 10 de junio de 2012

Despedida extraña

No me apetecía ir. Hace años que no voy a ninguna comida ni cena "de empresa", salvo las que celebramos de manera informal en el propio centro de trabajo. En estas ocasiones algún compañero se brinda a cocinar una paella o unas migas y por un módico precio echamos un buen rato en el taller de arte. Todos de pie, en corrillos, charlas con unos y con otros haciendo equilibrios para que no se te caiga el arroz del plato de plástico que sostienes precariamente con una mano (la otra mano se alterna en el uso del tenedor, el vaso, la servilleta, el pan y lo que se tercie). A esas comidas sí me apunto.

Lo que no me apetece es pagar 50 € por estar sentado dos o tres horas en un local cerrado, esperando a que traigan el siguiente plato, intentando mantener algún tipo de conversación amena con las dos o tres personas más cercanas en medio de un griterío generalizado. Y para colmo al día siguiente estoy para el arrastre. No, no y no. El motivo de la cena era la graduación de los alumnos de Bachillerato y Ciclos de grado superior. He trabajado muy a gusto con los alumnos de mi tutoría durante estos dos años (los dos años que yo llevo en el instituto, los dos años de su bachillerato), pero especialmente en este último. No quería hacerles el feo de no acudir a la cena de su graduación. Así que hice de tripas corazón y pagué en su honor los 37 € del menú (precio de crisis) dispuesto a soportar la cena lo mejor posible.

A las siete de la tarde empezó el acto de graduación propiamente dicho. Alumnos vestidos de gala; las chicas con tacones imposibles, algunos chicos manifiestamente incómodos con la chaqueta y la corbata. Parecían no saber cómo acomodar los brazos. Familias y profesores con ropa de diario. Si acaso con un afeitado más cuidado y una camisa un poco más vistosa de lo habitual. Todos  reunidos en el patio del instituto, dispuestos a escuchar los discursos (más o menos elocuentes pero todos emotivos) y a aplaudir la imposición de becas y entrega de orlas.

Después una copa de confraternización en el otro patio. Profesores felicitando a alumnos y padres. Padres y alumnos agradeciendo su trabajo a los profesores. Todos felices repartiendo sonrisas, piropos y parabienes. Una fiesta de autocelebración: ¡Lo hemos conseguido! El éxito de los alumnos también es vivido como propio por familias y profesores. El chorro de alegría resulta balsámico, especialmente después una semana de exámenes finales y sesiones de evaluación de una tensión inaguantable.

A las diez y media comienza la recepción en el hotel Alfaros. En un patio con piscina sirven los aperitivos. Es enternecedor escuchar los comentarios entusiasmados de alumnos que nunca antes habían entrado a un hotel de esa categoría. Me sorprende y desborda el cariño con el que nos tratan los alumnos. Incluso se disputan los asientos libres en la mesa que tenemos asignada los profesores que les hemos dado clase.

Una vez que entramos en el salón para cenar ocurre lo de siempre: el ruido del ambiente me aisla. Esta vez no es un aislamiento incómodo. Más bien melancólico. Observo uno a uno a los chavales con los que he compartido gran parte de mi tiempo en los últimos dos años. Casi un tercio de mis horas lectivas en este periodo (5 horas de 18 el curso pasado; 6 horas de 18 en este). La proporción aumenta notoriamente si incluyo las horas no lectivas: reuniones con padres, charlas por los pasillos, alguna excursión... Los observo y no puedo reconocer a los alumnos que han sido hasta hace una semana. De repente los veo mayores, casi adultos. Sé que es un espejismo provocado por los trajes que visten y las circunstancias del momento pero no me cuesta nada imaginarlos con treinta años. Me gustaría saber qué va a ser de sus vidas.

Mirando a mi alrededor, sumido en estos pensamientos, me fijo en Paco, un compañero de Departamento al que estimo y que se traslada a otro centro el próximo curso. Un excelente compañero, un profesional como la copa de un pino que siempre estaba dispuesto a echar una mano y que me ha ayudado mucho en estos dos años. También lo echaré de menos. Caigo en la cuenta de que por primera vez desde que soy profesor me tengo que despedir de gente que se va mientras yo me quedo. Hasta ahora había sido al revés, yo me iba y los demás se quedaban (o también se iban, pero a efectos prácticos era lo mismo. La despedida radicaba en que yo me iba, dejando atrás alumnos, compañeros, centro e incluso localidad). Parece que las despedidas son más tristes cuando son los demás los que se van.

Los camareros sirven cava. Reúno a los alumnos de mi tutoría para proponer el último brindis. No recuerdo qué dije pero sí lo que quise decir. A pesar de que en estos dos años hemos tenido algunos disgustos, cosa inevitable, lo cierto es que tengo que agradecerles su comportamiento en todo este tiempo. Han formado un grupo de una gran calidad humana, que va a dejar un buen recuerdo en todos los profesores que le hemos dado clase. Los voy a echar de menos. El curso que viene se me va a hacer extraño acudir al instituto y no darles clase ni verlos por los pasillos. Les deseo lo mejor.

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sábado, 25 de febrero de 2012

Huelga de estudiantes


En lo que llevamos de curso se han convocado tres huelgas de estudiantes en mi centro. La ley reconoce el derecho a hacer huelga a los alumnos del segundo ciclo de la ESO y a los de Bachillerato y Ciclos profesionales. Los requisitos para poder ejercer el derecho son tres:
  1. Que la huelga esté convocada oficialmente por un sindicato de estudiantes (¿quién elige a estos representantes estudiantiles? ¿Cúando se celebran elecciones sindicales estudiantiles, que yo no me he enterado?).
  2. Que los alumnos que piensan ejercer su derecho a huelga informen de este hecho a la dirección del centro con dos días lectivos de antelación.
  3. Que los padres de los menores de edad firmen un escrito autorizando a que su hijo haga huelga.
La primera huelga fue convocada para el día 28 de octubre, viernes anterior al puente del día 1 de noviembre. Cuando entro en clase me encuentro un revuelo anormal. Pregunto y me informan de que tienen que firmar urgentemente un papel para entregarlo en Jefatura de Estudios. ¿Y eso? Es que vamos a hacer huelga este viernes. ¿Cual es el motivo?..... Los recortes, salta uno de los más avispados. ¿Los recortes? ¿Y qué estáis haciendo vosotros para protestar por los recortes, aparte de decidir no venir a clase el viernes?...

Finalmente esa huelga no se llevó a cabo porque no cumplía el requisito número uno. No había convocatoria alguna y todo fue fruto de un falso rumor (que iban a suprimir la llamada beca-6000) y de las ganas locas de no dar clase. Aquel suceso provocó esta entrada en el blog que mantengo con los alumnos de mi tutoría (2º de Bachillerato) para la asignatura Proyecto Integrado. En ella les mostraba mi opinión sobre las huelgas de estudiantes.

El azar trajo la oportunidad de demostras mi nula capacidad de convicción. Justo a la semana siguiente de publicar la entrada y debatir el tema en clase se convocó otra huelga a propósito de no se qué protestas contra la Universidad de Córdoba. La convocatoria era firme y cumplía todos los requisitos. El 16 de noviembre el éxito de la huelga en mi centro fue total. Ni un alumno de mi tutoría asistió a clase ese día. Ningunto asistió tampoco a la manifestación de protesta.

Ayer estaba dando clase en 3ºA cuando pidieron permiso para entrar unos representantes del Consejo estudiantil (formado por los delegados y subdelegados de todos los grupos).
- ¿Queréis hacer huelga el miércoles? Rápido, tenéis que fimar el papel y que el delegado se lo lleve al Jefe de Estudios enseguida.
- ¿Cuál es el motivo?, pregunté yo. Los chavales estaban firmando en la hoja en blanco sin preguntar por qué. Evidentemente querían hacer huelga. A lo mejor ni siquiera sospechan que las huelgas se convocan por alguna razón.
- Por lo de Valencia.

Cuando se marcharon los representantes con sus firmas bajo el brazo no pude evitar hacer algunas preguntas. A diferencia de los alumnos de mi tutoría, casi todos mayores de edad, estos chicos de 3º necesitan la autorización de sus padres para poder hacer huelga. El 16 de noviembre tampoco vino ninguno a clase:
- vosotros, ¿qué les contáis a vuestros padres? ¿les decís que "hay huelga", como si fuera algo inevitable, o que "vosotros queréis hacer huelga"? ¿les dejáis claro que la huelga es de los alumnos, que el instituto está abierto y que todos los profesores acuden para impartir sus clases?
- Si, claro, profe.
- ¿Y vuestros padres firman la autorización? Es que me cuesta mucho creerlo.

Finalmente no van a poder disfrutar de su día de huelga, los pobres. La dirección del centro no la ha autorizado por no cumplir el requisito número dos, dado que el lunes y el martes no hay clases por el Día de Andalucía. Otra vez será. Siempre hay motivos para la huelga.

Si tenéis curiosidad, aquí podéis consultar la convocatoria de huelga para el día 29 de febrero.




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lunes, 30 de enero de 2012

Quisiera pedirle perdón

Este curso los lunes son mi mejor día laboral. Sólo dos horas de clase: de 8.15 a 10.15.

A primera hora tengo clase con mi tutoría. Están medio dormidos y el silencio se palpa. Ni los más charlatanes abren la boca salvo para contener a duras penas un bostezo. Termina la clase y se acerca M, a quien previamente he notificado que el miércoles está expulsada por su comportamiento del pasado viernes (marcharse del centro sin permiso, sin ni siquiera notificarlo):
- Profe, quería disculparme por irme sin permiso. Sé que hice mal ...

Entro en el aula de 3º y en la puerta me está esperando JM:
- Profe, quisiera pedirle perdón, que sé que me porté mal...
Durante la hora de clase, JM atiende y trabaja como no lo ha hecho en todo lo que llevamos de curso.

Lo tengo más que comprobado, no hay medida más eficaz que llamar a los padres, ni tiempo mejor invertido que entrevistarse con los padres. Si los padres te conocen personalmente están más predispuestos a confiar en tu criterio y te darán su apoyo cuando lo necesites.

Incluso si los padres no son colaboradores, también es una buena medida llamarlos y tomar tú la inciativa. Pongamos el caso de M. Cuando el viernes llamé a su madre, ésta me dijo que pensaba pedirme una cita porque su hija estaba enfadada con el profesor de matemáticas (es decir, conmigo). No sé si es verdad que quería pedir una cita o fue una manera de salir al paso, pero le cogí la palabra y mañana nos vemos. No es lo mismo entrevistarnos siendo yo el que ha llamado, el que marca la agenda y con el tema del comportamiento de su hija como prioridad, que si hubiera sido al contrario, la madre llamando y con las quejas de su hija gobernando la conversación.

Conozco a profesores que tienen pánico a los padres. También conozco a más de uno que aprueba a un alumno con tal de no enfrentarse a la reclamación del padre (no es que yo sospeche malintencionadamente, es que lo van pregonando a los cuatro vientos). Esto último me parece una falta de profesionalidad lamentable. Y una injusticia. ¿Qué pasa, que a los alumnos cuyos padres no son maleducados ni pesados se les puede suspender tranquilamente? ¿Se premia a la mala educación y a las malas formas aprobando al hijo?

En lo que a mí respecta, entiendo que atender a los padres forma parte de mi trabajo e intento movilizarlos a mi favor. Si no lo consigo, al menos que no vayan en mi contra. Y en el peor de los casos, si me encuentro ante un padre belicoso y que no atiende a razones (que también los he tenido) prefiero ser yo el que lo llame a él y no al contrario. Llevar la iniciativa y no estar a la defensiva.

Al terminar la clase de 3º me fui en busca de C para comunicarle su sanción. He acordado con el jefe de estudios que este viernes C se va a encargar de limpiar la clase antes de que termine la jornada. Después de M y JM sentía curiosidad por ver la reacción de C. ¿Se disculparía también de manera espontánea? ¿Admitiría el castigo sin más disculpas pero tampoco rechazos? ¿Persistiría en su actitud del viernes? Me quedé con las ganas porque C no ha ido hoy a clase.

viernes, 27 de enero de 2012

Buen día para olvidar

Los viernes tengo tres horas de clase. De 11.45 a 12.45 un curso de 3º ESO y de 12.45 a 14.45  dos horas seguidas (la primera de Matemáticas, la segunda de "Alternativa") con mi tutoría de 2º de Bachillerato. Son las últimas horas de la semana y todos estamos cansados. Aún así estoy bastante contento de cómo estamos aprovechando el tiempo los viernes, incluyendo esa última hora de "Alternativa". Pero hoy la cosa se ha ido torciendo desde el principio y he terminado con un cabreo monumental y una sensación de impotencia que me ha retrotraido a los peores momentos del curso pasado.

3º ESO: El ambiente en la clase es un poco tenso porque algunos alumnos no están conformes con el cambio de metodología que he introducido esta semana. Estamos a verlas venir, cada uno en su papel. Yo haciendo ver que eso es lo que hay. Ellos, los inconformes, demostrando que los cambios son una tontería porque piensan seguir igual. Después de la explicación, reparto el trabajo por grupos. Poco a poco se va elevando el tono de voz y en un momento dado les digo "Vamos a ver", que es una de las muletillas que utilizo como sinónimo de "Bajad la voz". Es entonces cuando JM (cabezilla de los inconformes) me hace burla repitiendo la muletilla en tono jocoso para su grupo. Inmediatamente le echo de clase con un parte disciplinario.
Como al resto del grupo, es el segundo año que le doy clase a JM. Es un buen chaval que se está descentrando progresivamente. El curso pasado empezó muy despistado llegando a suspender la primera evaluación. Luego se recompuso y terminó aprobando sin problemas aunque por debajo de sus posibilidades. Este curso empezó igual de despistado y pensé que se iba a repetir la historia. Pero no. Al contrario. Empezó a la vuelta de Navidad con alguna contestación más impertinente de lo normal, continuó con una actitud ostensiblemente pasota en clase (recostándose sobre el respaldo de la silla con las piernas apoyadas en el pupitre. Esta semana ha entrado a clase con unos enormes auriculares de disc-jokey rodeándole el cuello) y hoy ha llegado a la cota de la burla.
Los padres de JM están muy pendientes de su hijo. La madre le tiene amenazado con quitarle del fútbol si se descuida en los estudios. Así que cuando termina la clase y le informo de que pienso llamar a sus padres para informarles de su comportamiento se le saltan las lágrimas.

2º Bachillerato 1ª Parte: La clase transcurre con normalidad aunque tengo que llamar la atención a más de uno. También es un grupo formado por alumnos a los que llevo dos años dándoles clase (salvo los  repetidores de 2º y alguna incorporación de otros centros). A media clase expulso a un alumno (de los "nuevos") por gastar una broma en voz alta. Es una tontería pero la verdad es que a esas alturas ya no tengo paciencia. No le pongo parte disciplinario. A falta de quince minutos le pido que entre para realizar un controlillo de matrices junto a sus compañeros.

2º Bachillerato 2ª Parte: Toca el timbre de cambio de clase. Quien haya terminado el controlillo puede entregar y salir a beber agua. El resto tiene cinco minutos para terminarlo. Algunos alumnos salen y la puerta de la clase se queda abierta. A través de la puerta veo a C tirar un papel al suelo del pasillo.
C es alumno del grupo de 2º de Bachillerato que ocupa el aula de enfrente. El año pasado le daba clase a C y era su tutor. Me entrevisté varias veces con su padre. La relación tanto con el padre como con C era estupenda. Aunque académicamente flojo, tenía (y sigo teniendo pese a lo de hoy) la mejor opinión personal sobre C: un muchacho tranquilo, agradable y educado.
Me molesta mucho que los alumnos tiren basura al suelo. Especialmente los mayores. En la medida que puedo intento evitarlo. Cuando pillo a algún alumno tirando basura le pido que limpie esa zona. En el caso de C tenía que recoger "su" papel y otro más que había cerca. Sorpresa mayúscula: sólo acepta recoger lo que él ha tirado. Esa es la actitud que hubiera esperado de un alumno que no me conoce, pero C, especialmente C. Es como si Net Flanders se rebelase indignado ante una leve y justa sanción administrativa.
No salía de mi asombro: C echándome un pulso en el pasillo. Parte disciplinario, castigo que tengo que meditar este fin de semana (algo relacionado con la limpieza, claro está) y llamada telefónica a su padre.

2º Bachillerato 3ª Parte. Dejo a C en el pasillo de momento porque no quiero descuidar la vigilancia del controlillo. Al entrar de nuevo en el aula veo in fraganti a dos alumnas ("nuevas", vienen rebotadas de otros centros) pasándose la prueba. Dos alumnas que, por lo demás, están suspendiendo claramente la asignatura desde el comienzo de curso. Les recuerdo que ese comportamiento implica un cero (en una prueba, la de hoy, que apenas supone el 5% de la nota de la evaluación. Es decir, nada dramático ni definitivo). Enfados y malos modos. Negar la evidencia.
Recojo los controlillos. Aprovecho la hora de "Alternativa" para realizar las llamadas a los padres de JM y de C. Le pido a los alumnos que se queden tranquilos haciendo las tareas que tengan que enseguida vuelvo. Conciente de que dejándolos solos eso es pedir demasiado, me conformo con que no armen jaleo.
De camino a Jefatura de Estudios intento que C recapacite y acepte algún tipo de castigo "simbólico" por negarse a recoger el papel. Nada, no hay manera. Ni con la amenaza cierta de llamar a su padre y que el asunto, que ha nacido de una simpleza, adquiera tintes desagradables. Ya no estamos hablando de recoger un papel, estamos hablando de desobedecer sin motivo y reiteradamente las indicaciones de un profesor. Hablo por teléfono con el padre delante de C (para que compruebe que no cargo las tintas, que me limito a relatar lo sucedido). El padre, como no podía ser de otra forma, está conforme con que se obligue a C a limpiar alguna instalación. En eso quedamos.
Aprovecho para llamar a la madre de JM. También respalda una sanción a su hijo y me agradece la llamada.

2º Bachillerato 4ª Parte. Al regresar al aula me percato de que M, una de las alumnas que había pillado copiando, se ha marchado. Es nueva de este año y no conozco a los padres, aunque la impresión que tengo por algunas justificaciones y comentarios que me ha hecho es que se trata de unos padres "comprensivos", de los que justifican cualquier comportamiento de su "niña" que tiene veinte años.
Esta vez las justificaciones las quiero de viva voz. Así que retomo el camino hacia Jefatura y llamo a casa de M. Constesta su madre. Resumen de la conversación:
Le explico quién soy y le pregunto si M tenía alguna cita médica o algún otro tipo de compromiso ineludible.
- Mi hija está aquí en casa. Ha venido muy mal.
- ¿Y eso?
- Ha tenido un problema con el profesor de matemáticas y se encuentra fatal.
- Ese no es motivo para irse del instituto sin permiso y sin notificarlo. Lo que tenía que haber hecho es hablar con el profesor de matemáticas o con el tutor, que en este caso somos la misma persona.
- Ya, si se lo he dicho, pero es que se encuentra muy mal. Ha venido a casa para pedirme que hable con usted. Yo se lo he dicho: M, en un examen tú no tienes que mirar a nadie ni aunque te llamen.......
En vista de que la madre quería hablar conmigo y de que yo tenía clase (aunque fuese "Alternativa") concertamos una cita para la semana que viene. De todas formas antes de despedirme le aviso:
- El comportamiento de M (marcharse del centro sin permiso) va a implicar una sanción. Seguramente sea expulsada un día, que es la sanción que se ha impuesto esta misma semana a un compañero de clase por un hecho semejante. Lo contrario podría crear un agravio comparativo.
- Lo coprendo, aunque mi hija ha venido a casa para pedirme que yo fuese al instituto a hablar con usted. Y yo le he dicho: M, ¿cómo voy a ir a hablar con tu tutor si entro a trabajar a las tres?

Y te tienes que morder la lengua, porque lo que me pide el cuerpo es decirle a la madre: ¿su hija necesita acudir a casa para comunicarse con usted? ¿su hija no tiene móvil? Sí, espere. Sí que lo tiene. Lo sé porque han sido varias veces las que he interrumpido una explicación en clase para pedirle que lo guarde. ¿Su hija está preocupada por que la he pillado copiando en un control sin importancia? Su hija debería estar preocupada porque en los exámenes de verdad, en los que no la he pillado copiando ni se le ha rebajado la nota por ninguna circunstancia, no es capaz de llegar al cuatro.....

Al salir del despacho me cruzo con el secretario que me dice que tengo mala cara. ¿Te encuentras mal? No, sólo que en menos de 180 minutos he expulsado a dos alumnos de clase, he puesto tres partes disciplinarios, he hablado con tres "progenitores". Y de regalo, para la semana que viene, me espera una cita con la madre de M y el castigo a C.

Menos mal que siempre nos quedará 091. Escucharlos toda la tarde ha sido una terapia impagable.


Hay días que agobia respirar el mismo aire que la gente.
Pues que la suerte se tapó los ojos hoy para no verme.
Pasa de largo si me ves,
hoy sólo te podría decir hola y adiós.

Es de esos días que te da por quemar libros de poesía.
Y si no arden suavemente se te viene el mundo encima.
No hay broma que pueda animarme,
ni nada que puedas hacer.

Buen día para olvidar,
buen día para olvidar,
cansado de andar, cansado de andar,
de andar siempre y de no ir a ningún lado.

Es de esos días que mejor no hubiera amanecido nunca.
Es cuando al vaso una gota solamente lo desborda.
Nena no agotes mi paciencia,
no hay nada que puedas hacer.

Buen día para olvidar,
buen día para olvidar,
cansado de andar, cansado de andar,
de andar siempre y de no ir a ningún lado.



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