Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder
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miércoles, 21 de octubre de 2015

Regreso al futuro

Teníamos contratadas las cenas en un restaurante céntrico, La Chaine D'or. Muy cerca había un cine de los de toda la vida, Cinéma Vox, con mucho ambiente. Cada noche sentía una sana envidia al contemplar la escena de los espectadores haciendo cola en la taquilla o tomando algo en el ambigú antes de entrar en la sala. Una estampa de otros tiempos. En Córdoba ya no quedan cines en el centro de la ciudad. El último en cerrar fue el Alkazar, donde hace muuuuchos años vi por primera vez Regreso al futuro.

Precisamente esa era la película que proyectaban en el Cinéma Vox el pasado sábado. Entre eso, los miles de kilómetros recorridos, el frío riguroso y los adornos navideños que se vendían en multitud de tiendas, me hizo sentir que era yo el que había hecho un viaje al pasado en el que se estrenó la película.

Ahora me entero de que la película ha regresado a las salas de los cines porque hoy, 21 de octubre de 2015 es el día exacto en el que Martin McFly vuela al futuro. Así que el futuro era hoy. Este es el primer futuro que alcanzo y me hace sentir un poco de vértigo. Recuerdo 1984 y las conmemoraciones orwellianas (aunque no supiera quién era Orwell ni cuál su profecía), así como 2001 y su odisea particular. Pero esos eran futuros creados antes de mi nacimiento y, por lo tanto, no me afectaban en absoluto. Es más, me parecía de lo más natural que el futuro concebido en un pasado remoto hubiera al fin llegado.

Regreso al futuro es otra cosa. Vi la película en el cine y muchas más veces después. Apodamos McFly a un amigo del colegio (porque se parecía a McFly padre de joven, no a Michael J. Fox). ¿Ya ha llegado 2015? ¿Martin McFly ha dejado de ser el modelo de adolescente guay para convertirse en padre de familia agotado por el trabajo? ¿Tan rápido? Glups.

Los medios de comunicación están celebrando el día de Regreso al futuro haciendo una lista de los aciertos y fallos que la película tiene acerca de los avances tecnológicos que disfrutaríamos en 2015. Sí, existe la videoconferencia. No, no existen los coches voladores. Sí, no, sí, no... Hasta el USA Today ha salido hoy con la portada con la que aparece en la película:


Y hablando de periódicos, ¿quién me hubiera dicho a mí hace 30 años que el día en que Martin McFly aterrizase en el futuro el periódico de mi ciudad publicaría unas declaraciones mías? La coincidencia me hubiera parecido más increíble que los patinetes voladores.

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sábado, 8 de agosto de 2015

Perros y tiburones

En uno de los escasos paneles informativos que hay en el oceanográfico se puede leer: Los perros causan más muertes de personas al año que los tiburones. Héctor reclama mi atención y no me puedo parar a comprobar si algún texto complementa y explica el llamativo titular. Pero lo dudo. La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia es el primer lugar de interés que visito primero como hijo y en una segunda ocasión como padre. En marzo de 2004 me trajeron mis padres a verlo. La principal razón que nos ha hecho visitarlo ahora es Héctor. El verano pasado disfrutó de lo lindo en la Casa de los Peces de La Coruña.

Once años después la experiencia ha sido muy parecida. El oceanográfico, impresionante; el museo, decepcionante; el conjunto arquitectónico, llamativo. En el fondo de eso se trata, de llamar la atención. Igual que la frase de los perros y los tiburones. Cuando vine con mis padres el museo llevaba poco tiempo abierto. Daba la impresión de que no habían tenido tiempo de rellenarlo. Mucho edificio para tan poco contenido. Sigue igual. De las tres plantas que consta el museo, la segunda es un conjunto de paneles con textos y fotografías sobre varios científicos galardonados con el premio Nóbel. Tal cual. En los tiempos de internet y wikipedia, ¿quién va a perder un minuto en esas instalaciones? Me recuerda a las exposiciones que se hacen en el pasillo del instituto con los trabajos de los alumnos:

Jean Dausset, premio Nóbel de medicina, fruto de su sagacidad investigadora, en 1958, descubrió en la superficie de los glóbulos blancos unas pequeñas estructuras químicas dispuestas en forma de antena, capaces de provocar la aparición de un anticuerpo que se fija en ellas específicamente; este antígeno, que denominó Mac, fue el primero aislado en el sistema HLA (Human Leucocyte Antigen). Ello le hizo deducir la importancia capital de estos antígenos en la defensa del organismo contra toda agresión exterior o interior, basándose en la capacidad de distinguir entre constituyentes propios del individuo y de lo extraño a él... (todo copiado/pegado de la wikipedia sin necesidad de leerlo y mucho menos entenderlo). Menganito, alumno de 4º A.

La Ciudad de las Artes y las Ciencias es, ante todo, un parque temático. Su interés por el arte y la ciencia es tangencial. Fueron la excusa para gastar un dineral en un parque temático de titularidad pública. ¿Cómo se explica que en una Ciudad así no exista una librería especializada en arte y ciencia? Un buen museo científico (El Museo de la Evolución Humana, por ejemplo) tiene siempre una buena librería (o sección de libros, dentro de la tienda del museo) para quien quiera profundizar en algún aspecto contemplado en la visita. Por mucho nombre rimbombante, si no existe vocación pedagógica no hay museo científico que valga. Lo que queda es espectáculo circense (animales exóticos) y atracciones de feria (espejos deformantes, magia "científica"...). Ojo, a mucha honra del circo y de la feria. Pero que no nos vendan gato por liebre. La liebre es espectacular y atractiva sin necesidad de que la dignifiquen presentándola como gato.


En la imagen se puede observar la última atracción del parque. Waterballs. Al menos ya no se molestan en disimular. Podrían haberla denominado La esfera y los fluidos para darle un toque científico al divertimento.

Los perros causan más muertes de personas al año que los tiburones. Teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de la humanidad se pasa la vida sin tener ningún contacto directo con tiburones... lo sorprendente sería lo contrario. Se puede sustituir perro por cualquier otra causa y la frase seguiría siendo cierta. Los charcos causan más muertes de personas al año que los tiburones. ¡Terror a los charcos! Los ciervos causan más muertes de personas al año que los tiburones (por accidentes de tráfico). ¡Cuidado con los ciervos, tan inocentes que parecen! Ya puestos a impactar, los padres causan más muertes de personas al año que los tiburones. Si quieres ver a una fiera ahí la tienes, te lleva de la mano. Suerte que los niños sólo tienen ojos para los tiburones y no leen las cuatro frases que decoran la pared.

Merece la pena visitar el oceanográfico (no así el museo, ni el resto de la Ciudad). Es divertido, asombroso, entretenido, curioso. Lo pasamos bien. No aprendimos nada.


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lunes, 27 de julio de 2015

Sillón Poäng

Esta tarde se fue Héctor a casa de su tía Vanessa a merendar, ver una película y jugar (los juegos se los llevó él. Ahora que ha instalado la máquina de aire acondicionado, lo único que le falta a la casa de la tía Vanessa son juguetes). El resto de la familia estábamos invitados a cenar.

Héctor nos recibió excitadísimo. A Pedro sólo hay que darle suelo para que acelere y recorra la casa de un lado a otro a toda pastilla, buscando qué agarrar, qué empujar, qué tirar y qué arrastrar (encontró una maleta que se prestaba a todo eso y más). Poco a poco se fueron tranquilizando (a Pedro lo cercamos entre Sonia y yo) y disfrutamos de una cena la mar de agradable.

Al finalizar me senté en el sillón Poäng. Ese sillón estuvo en nuestro salón varios años, hasta que Sonia se encaprichó de la mecedora que ahora ocupa su lugar. Coincidió que compramos la mecedora al tiempo que Vanessa compró su piso y ahora el sillón Poäng está aquí, en Cartagena.


Héctor, ¿sabes que yo te dormía la siesta en este sillón hasta que cumpliste tres años? Te mecía y cuando te quedabas dormido te llevaba a la cuna (luego cama). Le pido a Sonia que nos haga una foto. Héctor se acurruca entre mis brazos exactamente igual que cuando era más pequeño. A pesar de su estatura, se encoge y acomoda su cuerpo al mío y al sillón. Se nota que es tarde y está cansado. Seguro que si me pongo a mecerlo se duerme. Recuerdo que el motivo por el cual dejé de dormirlo no fue otro que el cambio del sillón por la mecedora, tan bonita como incómoda.

Le pido a Sonia que me haga otra foto con Pedro. Intento acomodarlo pero no hay manera. Se despereza, se estira, me lanza una mirada de protesta a la vez que intenta zafarse y finalmente, ante mi insistencia, se pone a llorar con todas sus fuerzas (que son muchas). A Pedro no lo duermo en brazos desde poco después de cumplir la cuarentena. No se deja. Es una batalla con un único perdedor: mi espalda. Durante un tiempo lo dormimos meciéndolo en el cochecito, pero tras una dolorosa tendinitis en el codo producida por el movimiento repetitivo también abandoné esa táctica. La única manera de que Pedro se duerma (solo) es agotándolo. Ponerlo en el suelo y dejar que ese niño recorra la casa, se suba a los sofás, agarre y empuje, hasta que su cuerpecito de año y medio dé síntomas de cansancio (suele ocurrir cuando tú llevas un buen rato para el arrastre). Entonces bañito, cena y biberón. Si hay suerte con el biberón se le cierran los ojos y a la cuna. Si no hay suerte, al parque, a seguir escalando por las paredes hasta que el cuerpo aguante.

Qué diferentes son.

lunes, 26 de enero de 2015

Bronquiolitis



Hemos terminado de comer cuando emiten ese vídeo en el telediario. Héctor está en el salón viendo unos dibujos animados, Sonia se ha quedado en Écija porque tiene claustro por la tarde y yo estoy de pie en la cocina, meciendo el cochecito, intentando dormir a Pedro, a quien la pediatra ha diagnosticado bronquiolitis esta misma mañana. Veo la noticia y pienso en toda esa gente (especialmente personas mayores) para la que el telediario todavía es sinónimo de realidad. ¿Cuántas personas se habrán alarmado innecesariamente al escuchar que su hijo, nieto o sobrino tiene "una enfermedad poco conocida pero que puede llegar a ser mortal"?

¿Una enfermedad poco conocida? Será para quien no tenga contacto con recién nacidos. Nosotros ya llevamos seis. Cuatro tuvo Héctor y Pedro va por su segunda. Muchos hijos de conocidos nuestros han padecido bronquiolitis. El propio reportaje reconoce que "la bronquiolitis es la principal causa de hospitalización de los niños menores de 14 años en España".

¿Para qué sirve una televisión pública que se dedica a alarmar a la población en lugar de informar con un mínimo de rigor? Ya no se trata sólo de asuntos políticos donde damos por sentado el partidismo, ni de sucesos morbosos donde prima el espectáculo, sino de simples noticias de interés general en las que bastaría con un mínimo de rigor profesional para cumplir con la función de servicio público. La noticia se titula "lanzan una campaña para prevenir la bronquiolitis" pero sólo menciona de pasada cuatro medidas de prevención, algunas de las cuales son de imposible aplicación para muchas familias (¿lactancia materna cuando hace semanas o meses que destetaste al bebé?, ¿sacamos al niño de la guardería cuando no tenemos con quien dejarlo?). El grueso del reportaje se dedica a enumerar, imagen de bebé intubado incluida, las consecuencias más dramáticas de la enfermedad, que no las más frecuentes.

Cuando diagnosticaron a Héctor su primera bronquiolitis nos asustamos un poco. Afortunadamente la pediatra de los niños es una persona muy sensata y nada alarmista que nos tranquilizó con sus explicaciones. También ayudó que para entonces ya había leído sobre la enfermedad en el blog de Amalia Arce, Diario de una mamá pediatra. En él pude encontrar la información que hoy ha escamoteado la reportera del telediario.



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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Cumpleaños (2ª parte)

Este año hice uso de la hora de lactancia a la que tiene derecho uno de los progenitores (por usar el término legal) de un niño menor de 18 meses. Solicité entrar a trabajar a segunda hora (a las 9.15 en lugar de a las 8.15) y así poder llevar a Héctor todas las mañanas al colegio (entra a las 9.00 y su colegio está al lado de mi instituto, así que me sobra tiempo para acompañarlo y llegar puntual al trabajo, incluso cuando hace buen tiempo y vamos andando).

A Héctor le encanta ir al cole. Va contentísimo. El año pasado me tiraba de la manga y señalaba con el dedo cada vez que veía a algún compañero de clase. Mira papá, Martín. Y mira papá, Pablo. Este año se suelta de la mano y se acerca a donde esté su compañero para saludarlo por su nombre. El miércoles, después de haber pasado dos días en casa convaleciente, iba con más ganas todavía de encontrarse con sus amigos del cole. Y al primero que vimos fue a Carlos con su mamá. ¡Carlos!

- Hola Héctor - saluda la mamá de Carlos - Carlos tiene una sorpresa para ti.
En el colegio hay costumbre de que los niños, el día de su cumpleaños, regalen un pequeño detalle al resto de la clase: un lápiz, un puzzle, un cuento... Creí que, como Héctor había faltado dos días, se había perdido el regalito de Carlos y ahora se lo iba a dar. Pero la sorpresa fue real. Lo que le entregó Carlos fue un sobre, sellado, con el nombre de Héctor escrito con letra infantil. Dentro del sobre una invitación para una fiesta de cumpleaños. La segunda invitación en una semana. Se ha abierto la veda de las fiestas de cumpleaños y nos ha pillado totalmente desprevenidos.
¿Podéis venir mañana por la tarde? - Mientras Héctor abre el sobre, la mamá de Carlos me indica dónde y cuando se celebra el cumpleaños. En un bar que hay junto a la puerta del colegio y un parque infantil (toda esa zona, incluida la calle de acceso al colegio, es peatonal).

Tenemos 24 horas para comprarle un regalo a Carlos. Todavía no salgo de mi asombro al recordar el cumpleaños de P. ¿Qué tipo de regalo espera recibir la familia de un niño que va a cumplir cuatro años e invita a más de media clase a una fiesta? No tenemos ni idea. Sonia y yo parecemos marcianos en este tipo de asuntos. Hablo con mi hermana, que ya tiene experiencia en fiestas de cumpleaños, y me da una idea: un click de playmobil. Es pequeño, no es barato pero tampoco caro (entre 8 y 12 euros) y da igual que ya tenga porque a un niño nunca le sobra un click (al menos, a mi no me sobraban de chico). Esa tarde salgo a comprarlo. Un policía en moto.


Esta vez sí que creo haber acertado. Además, no preveo que Carlos se vaya a llevar el saco de juguetes que obtuvo P. Mi razonamiento es el siguiente. Los vecinos de mi residencial tienen una posición económica muy desahogada. De hecho se podría decir que dentro de nuestro residencial nosotros estaríamos en el nivel más bajo de renta y patrimonio. Hay una diferencia abismal entre los vecinos que compraron el piso sobre plano (antes de la crisis) y los vecinos, menos, que compramos el piso ya construido, en plena crisis y con la constructora a punto de ser embargada por el banco.
En cambio, el colegio al que acude Héctor está situado en una barriada de lo que antes se llamaba "clase trabajadora" y antes aún "clase obrera". Y aunque con el tiempo la barriada se ha visto rodeada de residenciales "de lujo", muy pocas familias de estas nuevas viviendas llevan a sus hijos a los colegios de la barriada. Prefieren llevarlos a colegios concertados de la sierra (o privados, mejor).
Es decir, que de entre las familias de la clase de Héctor, nosotros estaríamos en el nivel más alto de renta y patrimonio. Es posible que los padres del colegio sean tan insensatos (desde mi punto de vista) como mis vecinos, pero al menos donde no llegue la sensatez se impondrá la economía y el límite presupuestario. Eso es lo que yo pensaba.

Esta vez fue Sonia la que acompañó a Héctor y yo me quedé en casa con Pedro. He conseguido convencerla de que a las fiestas de cumpleaños del cole vaya siempre ella (si sólo van a ir mamás, ¿qué pinto yo allí?). Por segunda vez, Héctor tiene que dejar la fiesta antes de que acabe. Los recojo en coche porque tenemos cita desde hace semanas para ponerle la vacuna contra la gripe (está en grupo de riesgo por padecer asma infantil). Se suben al coche y siento el impulso de preguntar por los detalles del cumpleaños pero contengo mi curiosidad hasta el momento en que Sonia y yo estemos a solas.
- ¿Quién fue?
- La mayoría de la clase.
- ¿Y qué tal los regalos?
- Muy buenos. Ropa de marca (mayoral)...
Vamos, lo mismo que en el cumpleaños de P.

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Han pasado tres semanas y no hemos vuelto a recibir ninguna invitación de cumpleaños. Nos asustamos demasiado pronto, intuyendo el comienzo de una vorágine sin fin. Además, todavía faltan cuatro meses para que Héctor cumpla cinco años. Ya veremos si hacemos alguna "fiesta" con los amigos del cole y bajo qué condiciones. Ahora ya no pienso en ello.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Cumpleaños (1ª parte)

Desde que salí de casa de mis padres he vivido en ocho pisos o apartamentos antes de este. Recuerdo el nombre de cada una de las calles pero sólo el nombre de un vecino, el presidente de la comunidad en la que vivíamos antes de mudarnos aquí. No es que haya olvidado los nombres de los demás vecinos, es que nunca llegué a conocerlos o a memorizarlos. Ahora es distinto. Conozco el nombre de la mayoría de vecinos de mi escalera (12 pisos) e incluso el de muchos vecinos que viven en otros bloques del residencial. Es lo que tiene la piscina comunitaria y el hecho de ser propietario y no un mero inquilino temporal.

El otro día me crucé con uno de los vecinos cuyo nombre conozco. También el de su hijo, que va al mismo colegio que Héctor, a un curso superior.
- Hola, ¿qué tal? - saludo a la vez me voy despidiendo con alguna frase intrascendente.
- Oye, una cosa. El domingo vamos a celebrar el cumpleaños de P. y queríamos invitar a Héctor. ¿Podéis venir?
- Sí, claro. - No estaba preparado para que invitasen a Héctor a un cumpleaños. No tan pronto. Al menos sé que se va a poner muy contento con la invitación, siempre se alegra cuando ve a este vecino, ya sea en la piscina, en el parque o camino del cole.
Intercambiamos números de teléfono, por si surgiera algún imprevisto, y nos despedimos.

Faltan cinco días para el cumpleaños de P. y tenemos una tarea: comprarle un regalo. Me parece ridículo comprarle un juguete a un niño que no conocemos sólo porque ha invitado a Héctor a su fiesta de cumpleaños. Una invitación que, por otro lado, podría no haberse producido de no habernos encontrado casualmente en el portal. En mi opinión, asistir a la fiesta de cumpleaños de un amiguito es el mejor regalo que le puedes hacer porque sin invitados no hay fiesta. Asistir al cumpleaños es, en el fondo, regalarle una parte de la fiesta al homenajeado. Es un gran regalo y debería ser el único regalo. Pero sé que casi nadie piensa así y también sé que esta familia espera que los invitados acudan con algún regalo y sería una descortesía aceptar la invitación e incumplir esta regla no escrita (que son las más coercitivas de todas, precisamente por no estar escritas).

¿Qué le compramos a P. si no sabemos nada de sus gustos? ¿Y qué presupuesto destinamos al regalo? Un detalle, que no cueste mucho ni ocupe mucho pero que resulte atractivo. Algo que a Héctor le hiciera ilusión que le regalaran. ¡Un cuento! Aprovechamos que está la feria del libro de ocasión para comprar un cuento precioso por cinco euros. A Héctor le compramos otro parecido. Sonia lo envuelve con un papel de regalo de superhéroes que teníamos en casa. ¡Qué buen regalo! ¡Qué suerte hemos tenido!

La fiesta de cumpleaños se celebraba en un parque público situado en otro barrio. Héctor y yo llegamos puntuales (Sonia y Pedro se quedan en casa), es decir, llegamos los primeros. Cuando P. nos ve, corre hacia nosotros:
- ¡Héctor, Héctor, Héctor! - grita al acercarse. Y yo me alegro de haber venido a pesar de mis reticencias.
- Héctor, ¿me has traído un regalo? - Ay, si yo te contase.
- ¿Qué es? ¿un videojuego? - Frío, frío.
Justo cuando Héctor le entrega el regalo llegan otros niños invitados a la fiesta. Son todos vecinos del residencial y vienen corriendo abrazados a grandes paquetes. P. devuelve a Héctor el regalo sin abrir y acude al nuevo reclamo. Se oyen los gritos de los niños:
- ¡Esto cuesta 100 euros! - Presume uno al hacer entrega de su paquete. Miro a Héctor, que no sabe qué hacer con el regalo devuelto, y pienso que la tarde se va a hacer larga y que mis peores expectativas se van a cumplir.
Cuando me acerco a donde están los niños alucino con los regalos que han hecho. Un helicóptero eléctrico, una caja grande con clicks de playmobil (no alcanzo a distinguir el tema)... todos regalos no de 100 euros, pero sí de 40 o más. ¡Hay tal cantidad de regalos caros! Si añadimos los regalos que le habrán hecho a P. sus padres y demás familiares, puedo afirmar sin error que P. ha recibido en un día más juguetes de los que acumula Héctor en cuatro años de vida.


El resto de la fiesta es un déjà vu del verano pero sin piscina. Los adultos formando el corro vecinal (a ver quién es la guapa que consigue que su marido la acompañe a primark un viernes por la tarde - y qué es primark, me pregunto yo sin abrir la boca) mientras los niños corretean sin ton ni son por el parque. Nos marchamos justo tras soplar las velas porque Héctor se encontraba mal. Había empezado a encontrarse mal antes del cumpleaños pero cualquiera lo dejaba sin su primera fiesta (primos aparte). El lunes y el martes no pudo ir al cole.

Continuará...

La piscina comunitaria

Vivimos en un residencial con piscina comunitaria. Nosotros la frecuentamos muy poco ya que pasamos gran parte del verano fuera de Córdoba y, cuando estamos en casa, solemos ir a bañarnos a otra piscina a la que acuden mis padres y mi hermana. Cuando bajamos lo hacemos a instancias de Héctor. "Papá, hay niños en la piscina", informa insistente con la cara pegada a la ventana del salón, desde donde tiene una vista privilegiada. "Sí papá, hay dos bebés en la piscina pequeña y tres niños y una niña en la piscina grande" detalla antes de rematar "papá, ¿vamos a la piscina?".

Son pocos los vecinos sin niños que bajan a la piscina comunitaria. Sólo recuerdo a dos, un vecino y una vecina que viven solos y que parece no molestarles en exceso el bullicio infantil. Tampoco hay adolescentes ni gente joven. Sólo hay hombres y mujeres de entre treinta y cuarenta años con sus críos pequeños. Las madres se sientan en sus butacas y forman un corro en el que se tiran horas y horas charlando y bromeando. No se bañan ni por recomendación. Así haga cuarenta grados. Los padres sí se zambullen de vez en cuando pero terminan integrándose en el corro de butacas. Nunca he visto a una madre o a un padre jugar con sus hijos. Los adultos en su corro y los chavales a corretear libres por el ridículo espacio de césped que rodea a la piscina.

Sonia y yo somos los raros. Saludamos y nos colocamos a una distancia lo suficiente como para no escuchar la conversación circular. En cualquier caso, da igual donde nos coloquemos porque apenas estamos en el césped el tiempo de quitarnos las camisetas, darnos una ducha y meternos en el agua. Y lo que es más raro todavía, pasamos todo el tiempo jugando con Héctor.

Eso era antes. Este verano hemos bajado sólo una o dos veces los cuatro. Habitualmente uno (Sonia) se quedaba en casa con Pedro y el otro (yo) bajaba para que Héctor se diera un baño. Nada más bajar, Héctor, se aproxima a los niños de su edad para jugar con ellos, pero más pronto que tarde viene a buscarme para que juegue con él. No me extraña porque los vecinos no juegan a nada. Son muy pequeños y no están acostumbrados a jugar solos. No tienen imaginación, o al menos eso es lo que me parece observándolos. Ni siquiera se comunican entre sí. Están juntos pero es como si cada niño estuviera solo.

Me alegra de que Héctor sea diferente y al mismo tiempo me inquieta. Yo estoy acostumbrado a ser raro pero no me gustaría que mi hijo fuera raro ni se sintiera así. Lo que me gustaría es que los demás niños fueran como Héctor. Insisto en que juegue con los vecinitos pero temo que un día me pregunte: "¿Y tú por qué no te sientas con los demás papás?". Porque me aburren. Prefiero mil veces estar solo antes que en el corro vecinal. Y prefiero jugar con Héctor antes que estar solo. Pues eso mismo. Al final jugamos los dos y nos lo pasamos pipa. A veces algún que otro niño se une a nuestro juego y me retiro a un discreto segundo plano. Salgo siempre de la piscina con la sensación de ser un perro verde pero con el alivio de pensar que Héctor todavía no nota ni le afecta esa diferencia.

Alguna vez he bajado solo a última hora de la tarde, cuando ya no queda nadie dentro del agua, para darme un baño relajante. Al final del verano, estaba haciendo el muerto cuando cayó una pelota a mi lado. Se acercó un niño de la edad de Héctor a pedírmela. Se la devolví y la tiró al agua otra vez.
- ¿Jugamos?
- No. Estoy descansando.
- ¿Por qué tu hijo siempre está jugando contigo?
- Porque le gusta.
Y adopté nuevamente la postura de muerto para dar por concluida la conversación.

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lunes, 13 de octubre de 2014

El mejor "no puente"

Hoy se cumplen diez años. El 12 de octubre de 2004 cayó en martes. El lunes 11, en contra de lo que marca la tradición, fue día lectivo en el IES Profesor Domínguez Ortiz, un instituto plagado de profesores interinos procedentes de todos los puntos cardinales. Veníamos de Valencia, de Ciudad Real, de Albacete, de Murcia, de Jaén, de Cantabria, de Salamanca, de Madrid, del alto Tajo, de Córdoba... El "no puente" fastidió una de las pocas oportunidades de regresar a casa que se presentaban durante el curso a los que vivíamos más lejos. Pero incluso los que tenían a sus familiares y amigos más cerca no sabían qué hacer con ese imprevisto martes festivo. Tampoco a ellos les merecía la pena el viaje para un día.

No sé de dónde surgió la iniciativa. Supongo que fue idea de Juan lo de quedar para pasar el día en Alcalá de Henares aprovechando que las calles estaban ocupadas por un mercado medieval (en estos diez años los mercados medievales han proliferado como setas en otoño. Sin ir más lejos, este verano nos topamos con uno en Ferrol, pero en aquel momento era toda una novedad, hasta el punto de que yo pensé que era una tradición alcalaína). Aquella mañana nos juntamos un grupo considerable de compañeros. El éxito de la convocatoria se debió a lo cansino que puede ser Juan a la hora de promover actividades lúdico-festivas y a que no teníamos nada mejor que hacer. Rondábamos la treintena (año arriba, año abajo) y no teníamos más obligaciones que las laborales. Vivíamos solos, de alquiler, sin raíces pero con mucha ilusión. Estábamos encantados de estar allí, en aquel trabajo, en aquel pueblo dormitorio de Madrid con estación de cercanías, junto a la A-2, en pleno corredor del Henares.

Hizo un día soleado y agradable. Visitamos la Universidad de Alcalá con su impresionante fachada, el claustro, el salón donde entregan el premio Cervantes o la capilla donde está la tumba del cardenal Cisneros. Luego tomamos unas cervezas en El Indalo con sus correspondientes tapas y paseamos por la ciudad. Alcalá de Henares es una de las ciudades más acogedoras que conozco para dar un paseo. Aunque es posible que mi juicio sea parcial. He disfrutado tanto paseando por sus calles.


Esto pudiera parecer una entrada nostálgica y no lo es. Es cierto que echo de menos a los amigos que conocí aquel día de hace diez años y a los que no veo desde hace mucho. El whatsapp es una consolación muy menor. También echo de menos los paseos por Alcalá y por Madrid. Siempre recuerdo el cielo de Madrid (que para mí es el cielo de Azuqueca) cuando la calina blanquea y difumina el horizonte en el valle del Guadalquivir. Soy consciente de que es muy difícil que se vuelva a repetir un curso como aquel, en el que el trabajo formaba parte de la diversión. Cada día acudía al instituto como quien acude a un club social que ofrece una seguridad y una sorpresa. La seguridad de que me iba a encontrar con cualquiera de ese grupo maravilloso que se formó (Antonio, Lourdes, Eugenia, Lorenzo, Ángel, Juan, Sonia, Mª Ángeles, Fernando, Eva...) y pasar un buen rato en la sala de profesores o en la cafetería (es el único instituto en el que he frecuentado la cafetería de todos los que he trabajado). La sorpresa del plan que se podía gestar a lo largo del día: ir al cine, de excursión, a Guadalajara...

Todo lo anterior es cierto, pero la verdadera razón de esta entrada es que hoy se cumplen diez años del primer recuerdo que conservo de Sonia. En ese primer paseo por las calles de Alcalá hubo un momento en que nos emparejamos, ya de regreso a la estación. Lo que me dijo en aquella conversación callejera se me quedó grabado. El aniversario de este recuerdo imposibilita cualquier tipo de nostalgia. Sí, fueron muy buenos tiempos. Pero estos son todavía mejores. Con Sonia, con Héctor, con Pedro, con mi familia en un sentido más amplio. Cada día sigue ofreciendo una seguridad y una sorpresa. La sorpresa de hoy ha sido que hemos montado a Pedro en los columpios por primera vez. Estaba radiante de contento. Héctor empujaba el columpio imbuido en su papel de hermano mayor. Ha sido un momento mágico. Otro 12 de octubre inolvidable.

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viernes, 4 de julio de 2014

Tránsitos

Hoy ha sido el primer día de vacaciones. Es raro no sentir la presión agobiante del trabajo pendiente. Para no mentir, me he sentado un rato al ordenardor y he diseñado el examen de septiembre de un grupo que me faltaba. Pero ya está, es lo único que me quedaba por hacer. Bueno, tampoco. Mañana me paso por el instituto a imprimir los exámenes y guardarlos en un sobre... que se abrirá el dos de septiembre. Eso sí que será lo último.

La sensación de estar de vacaciones se redobla con este verano nórdico que estamos disfrutando. Parece mentira ver el cielo azul y no blanco; nubes y brisa fresca en lugar de viento sahariano. Es difícil creer que uno está en Córdoba. No cuesta nada imaginarse en Bruselas, Zurich, Bialystok... o Santoña si no queremos volar tan alto.

El final del curso. El comienzo de las vacaciones. El tiempo no se detiene. Hoy monté la cuna para Pedro y desmonté la minicuna. Mientras guardaba las piezas en la caja sostuve un rato el colchón. Tan pequeño y liviano que la palabra le viene grande. Ni siquiera colchoneta. Más bien almohadilla, como las que se utilizaban en las plazas de toros y en los estadios de fútbol para hacer más cómodo el asiento. Sobre esta especie de almohadilla han dormido Alba, Adrián, Héctor y ahora Pedro en sus primeros meses de vida. ¿Qué será de ella? Es bonito heredar las cosas y reutilizar los objetos, especialmente cuando conoces la historia del objeto y a sus antiguos propietarios. Me apena un poco que el futuro dormilón que descanse en la minicuna desconozca la existencia de sus cuatro primeros moradores.

Foto de la minicuna realizada por Héctor en uno de los descuidos en los que coge la cámara.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Quinoterapia

Últimamente el jurado del premio Príncipe de Asturias está sembrado. Tras Muñoz Molina le ha tocado el turno a Quino. No soy aficionado al cómic ni a los tebeos pero tengo en la estantería casi todo lo publicado por Quino (no sé si falta algo, creo que no). Sus viñetas me han acompañado desde que con nueve años leí por primera vez el libro de Mafalda que había en casa. Con el tiempo lo leí tantas veces que me sabía las historias de memoria. Es posible que Felipe fuera mi primer héroe de ficción.


Ya de jovencito mi madre me regaló un libro de Quino "para adultos". Vamos, que no salían Mafalda y sus amigos. Se trataba de Hombres de bolsillo. Ese fue el primero. Posteriormente me fue regalando todos los demás. El caso es que tengo tan interiorizado el mundo Quino que son muchas las veces que asocio sus viñetas a acontecimientos que observo o me suceden.

Por ejemplo ayer. Recojo a Héctor del colegio y mientras caminamos hacia el coche me dice que quiere una tortuga. "Papá, ¿me compras una tortuga?". Es la primera vez que Héctor pide que le compremos algo. Me informa de que la tortuga de Pablo, un amiguito de su clase, ha muerto. También Rafael Aguado tiene una tortuga en casa. Está muy contento y no para de hablar. Yo le escucho y me acuerdo de alguien más que cuida de un tortuga.


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jueves, 25 de julio de 2013

Arqueólogos y arquitectos

Hoy estaba nublado cuando llegamos a la playa. Sonia y yo queríamos dar un paseo. Hector no, claro. A él le debe resultar incomprensible esa manía que tienen sus padres de ponerse a andar en lugar de jugar con la arena o nadar en el agua. Una pérdida de tiempo. Se conforma cuando le decimos que vamos a recoger conchas. Ah, vale. Ahora el paseo tiene un propósito. Y se lo toma en serio. Empieza con pequeñas conchas y al poco amplía la recolección a piedras de diverso tamaño, una pluma de gaviota e incluso, de no habérselo prohibido, un pajarillo muerto. En cambio no se siente atraido por los desperdicios humanos: pasa de colillas, papelitos o bolsas de plástico (también es cierto que hoy se veía menos basura que otros días). Así dimos un señor paseo y regresamos a la sombrilla con el cubo cargado de tesoros, acalorados (las nubes se habían dispersado) y deseando darnos un buen baño.

Sentado bajo la sombrilla, observo jugar a Héctor. Enseguida se deshizo de la pluma, lanzándola lejos. Clasificó los objetos en tres grupos: conchas, piedras de pizarra, resto de piedras. Se quedó con las piedras de pizarra y las ordenó en fila según diversos criterios, alguno obvio (por tamaño) pero la mayoría no. Siguió haciendo combinaciones con las piedras hasta que las apiló una encima de otra para después tumbar la torre. Entonces, cuando parecía que las piedras ya no daban más de sí, seleccionó una de ellas (creo que la más grande) y la enterró un par de metros más allá. Marcó el lugar con una señal y fue a por su pala. Y así se entretuvo unos minutos más: enterrando y desenterrando la piedra. Parece un arqueólogo, pensé.


A arqueólogos o a arquitectos. A eso juegan los niños en la playa. Los hay que prefieren construir intrincadas fortalezas (arquitectos) y los hay que prefieren cavar agujeros o buscar y clasificar objetos (arqueólogos). Pienso en mi infancia y creo que fui más arqueólogo que arquitecto, más de cavar que de levantar, antes espeleólogo que escalador, más de viajar al centro de la tierra que a la luna, mejor bucear que volar.
- ¿En qué piensas? - pregunta Sonia.
- En nada.

Supuse que arquitectura y arqueología eran palabras con la misma raíz, algo relacionado con la tierra. Pero me equivoqué. Según la wikipedia, el término "arquitectura" proviene del griego αρχ (arch, cuyo significado es ‘jefe’, ‘quien tiene el mando’), y τεκτων (tekton, es decir, ‘constructor’ o ‘carpintero’). "Arqueología" viene del griego «ἀρχαίος» archaios, viejo o antiguo, y «λόγος» logos, ciencia o estudio. No hay significado oculto. Las palabras se parecen por casualidad.

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martes, 11 de septiembre de 2012

Good Morning!!

Desde que Héctor duerme en su nueva cama tiene la costumbre de despertarnos cada mañana. Lo habitual es que se acerque a uno de nosotros y nos de un beso. A veces trae consigo a su mono y es el mono el que nos da el beso de buenos días. La primera vez que me despertó con un beso, la emoción y la sorpresa compensaron el madrugón (despertarse a las ocho, ocho y media como muy tarde, en vacaciones lo considero "madrugón").

Esta mañana se ha despertado más temprano de lo habitual. Todavía no había amanecido completamente y la casa estaba a oscuras. No lo sentí llegar, no sé si hizo algún intento de darnos un beso antes de comprobar que estábamos profundamente dormidos. Desorientado, tardé unos instantes en darme cuenta de que ese ruido que me despertaba era Héctor a los pies de nuestra cama imitando el canto del gallo.



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viernes, 18 de mayo de 2012

Morir de éxito


Este pasado domingo finalizó el concurso anual de patios, que desde siempre ha sido la excusa perfecta para disfrutar de la ciudad. En los últimos años el Ayuntamiento ha hecho un esfuerzo para promocionar el concurso de cara al turismo: suplementos en los periódicos, noticias en los telediarios (hubo un año en el que Matías Prats presentó el telediaro de Antena 3 desde un patio del palacio de Viana) y un sinfín de iniciativas con el objetivo de atraer visitantes. Dentro de esta campaña, el año pasado se presentó la candidatura de los patios para que fueran proclamados por la UNESCO patrimonio inmaterial de la humanidad y formar parte de ese selecto grupo de hitos culturales (267 en este momento) junto al flamenco, el tango, el fado, los castells, la dieta mediterránea, el misterio de Elche, la caligrafía china y la ópera tibetana, por mencionar unos pocos ejemplos; pero en el que no están incluidos ni el jazz ni la música pop, ni el cine, ni los Juegos Olímpicos, ni la declaración de los derechos humanos, ni ninguna manifestación cultural proveniente de Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Irlanda, Chile, Alemania, Polonia, Suiza, Finlandia, Suecia, Noruega, Australia y la mayoría de países africanos, por citar algunas de las regiones que por lo visto son yermas en cuanto a patrimonio inmaterial de la humanidad.

Tengo mucho cariño al concurso de patios. Me trae recuerdos entrañables. De la infancia, cuando mis padres nos llevaban a mi hermana y a mí a visitarlos. ("mamá, ¿en este patio hay pozo?"). De mi primera juventud, cuando no vivía en Córdoba y al regresar por estas fechas me sorprendía lo bonita que era. Es una ciudad única. Sonia siempre recuerda que la primera vez que visitó Córdoba fue con motivo del concurso de patios. Eso fue hace siete años. ¿Quién le hubiera dicho entonces que se instalaría en la ciudad y que tendría un hijo cordobés?

Cada año son más los turistas que acuden a la ciudad en el mes de mayo. Tanta promoción ha dado resultado. Al principio no era difícil esquivar a la masa de visitantes. Bastaba con evitar el barrio de San Basilio, el más cercano a la judería y a la Mezquita, durante el fin de semana. Posteriormente la prevención se hizo extensible a toda la semana; San Basilio estaba siempre abarrotado pero no me importaba. Mis patios preferidos son los situados en el entorno de Santa Marina y San Agustín, desde la plaza Colón a las Costanillas en un paseo placentero y ligeramente nostálgico.

Este año, al iniciar el recorrido habitual, me llevé la agradable sorpresa de que la "Casa de paso" participaba por vez primera en el concurso, aunque sólo la parte que daba a la calle Chaparro. Hacía años, lustros, tal vez incluso dos décadas que no entraba en un espacio que había sido mágico en mi infancia. Cuando era chico no perdía ocasión de atravesar la Casa Paso (así la llamábamos, omitiendo la preposición). Desde la Lagunilla a la calle Chaparro cada vez que iba a Almacenes Blanco y desde la calle Chaparro a la plaza de la Lagunilla de vuelta a casa. Me gustaba imaginar que si alguna vez me perseguía un bandido yo sólo tenía que dirigirme a la Casa Paso para darle el esquinazo. Mi perseguidor se quedaría en la puerta esperando a que volviera a salir, creyéndome acorralado en un callejón sin salida. El pobre no sospecharía que había una salida "oculta" por la que el héroe (es decir, yo) se alejaba tranquilamente hacia su casa. Estoy hablando de un tiempo en el que era habitual que niños de ocho años anduvieran solos por las calles. Ahora vivimos en otro mundo.

Me emocioné al entrar en la Casa Paso. Me hubiera gustado contarle a Sonia algunos de los recuerdos que se agolpaban en mi mente, que me hiciera una foto con Héctor, pero no fue posible. ¡Había tanta gente! Y todos con nuestra cámara de fotos en ristre. Una marea de turistas nos fue acompañando por el camino. No había forma de esquivarlos. Lo intenté, a la desesperada, en los patios más recónditos. Nada, ahí estaban, con uno de tantos planos en los que señalan las rutas para no perderse ningún patio, un ejército reemplazando a otro, no dejando espacio sin ocupar. No me lo podía creer. Era un miércoles laborable, a las seis y media de la tarde, con más de 35 ºC, ¿de dónde había salido toda esa masa de gente?


El año pasado la UNESCO desestimó la candidatura de los patios a ser nombrados patrimonio inmaterial de la humanidad. Este hecho, sumado a la gran decepción de perder la capitalidad europea 2016 a manos de San Sebastián, fue tomado como una humillación por parte de muchos conciudadanos. Se creó un sentimiento de agravio ("Córdoba no recibe lo que se merece") alentado por las instituciones y los medios de comunicación locales. La reacción al presunto agravio ha sido una hinchazón de patioterismo. Se van a enterar esos señores de la UNESCO de lo que vale un patio.

Por primera vez los vecinos de algunos patios han editado un pequeño folleto para que los visitantes se lo lleven de recuerdo. Algunos patios incluso tienen blog propio. El díptico de la casa paso dedica un 40 % de su espacio a publicidad. El resto se distribuye entre dos fotografías y una caja con un texto explicando la historia de la casa en español y su correspondiente traducción en inglés.

También los periódicos locales han competido por editar el suplemento gratuito más completo, indicando rutas, anécdotas, novedades, contextualizando la importancia histórica de este patrimonio inmaterial al mimo tiempo que daban consejos sobre dónde parar a tomar un refrigerio. El diario ABC, en su edición local, ha llegado incluso más lejos: ha organizado un concurso de patios paralelo al oficial y un concurso de fotografías sobre el mismo tema. El resultado ha sido todo un éxito:


Es la primera vez que he visto grupos organizados con guía incorporado que va detallando las características de cada patio. Aunque es más habitual encontrarse con grupos sin guía andando por las calles en busca de patios. Me recuerdan aquel aforismo de Wagensberg: "He visto un compacto de turistas recorriendo un museo sin que el grupo perdiera del todo la forma del autocar que les ha llevado hasta allí". La diferencia es que los museos están diseñados para albergar grupos de turistas y los patios están diseñados para el solaz y disfrute de a lo sumo dos o tres familias. Más pronto que tarde la estructura del grupo turístico salta por los aires atascada en el primer patio que encuentran y en el que, aunque actúan como si no se dieran cuenta, no caben todos a la vez. Entre bromas, chistes en voz alta y empujones la mitad del grupo, que está dentro, pugna por salir mientras que la otra mitad pugna por entrar. Y así de patio en patio. Y a más de 35 ºC.

¿Quién puede disfrutar de un patio en esas circunstancias? ¿cómo apreciar el sonido de la fuente entre tantas voces? El descenso térmico que provoca el microclima del patio, y que es una de esas cualidades inmateriales dignas de mención, es combatido con éxito por la masa sofocante de cuerpos sudorosos.

Dice el periódico que los patios han recibido un millón doscientas mil visistas durante los doce días que dura el concurso. Aun admitiendo que la cifra pueda estar sobredimensionada no deja de ser una barbaridad. Pero me sorprende que nadie dé la voz de alarma. Salvo contadas excepciones todo el mundo parece estar encantado con el éxito obtenido. Sí hombre, ha costado lo suyo, pero por fin en el mundo exterior empiezan a apreciar lo que valen los patios. A ver si el año que viene llegamos a los dos millones de turistas.

Me temo que el concurso de patios ya nunca será lo que fue. Quién sabe, tal vez la situación actual sea preferible. No está la economía cordobesa para desperdiciar fuentes de ingresos. Yo me veo como un abuelo cebolleta prematuro recordando los buenos viejos tiempos en los que se podía pasear tranquilamente por la ciudad y disfrutarla en todo su esplendor sin agobios, a tu aire, sin rutas preestablecidas ni riadas de personas por las estrechas callejuelas del centro.

En estos días se celebra en París el Festival Internacional de la Diversidad Cultural por el Dialogo y el Desarrollo de la UNESCO 2012. Córdoba es la ciudad española invitada y su correspondiente estand tiene forma de patio. Dice el alcalde que este año es casi seguro que la UNESCO incluirá a los patios en la lista del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad y que esto supondrá un aumento de turistas estimado en un 40 %. Resultará paradójico que la UNESCO reconozca las cualidades inmateriales de los patios cordobeses favoreciendo de ese modo su sacrificio en el altar de la ocupación hostelera.

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lunes, 1 de agosto de 2011

Tiene sueño

Habrá miles de teorías. Con tanto psicólogo, psiquiatra, neurólogo, pediatra y demás expertos viviendo a costa del desarrollo infantil hay una teoría para cada tontería. Entre toda la morralla me gustaría encontrar la buena. La razón, si es que se ha descubierto o al menos intuido, de que a los bebés les cueste dormirse aunque estén muertos de sueño.

Sé que hay prácticas para "enseñar" a dormir a los niños. El Dr. Estivill se ha hecho rico popularizando una eficaz técnica basada en el conductismo. He leído su libro y no me convence. Prefiero domir al niño antes que "enseñarle" a dormir.

No recuerdo ahora la teoría del Dr. Estivill de por qué los niños no saben dormirse solos, pero me pareció disparatada y sin fundamento. Sí recuerdo la teoría del Dr. González: a los niños no hay que enseñarles a dormir, duermen cuando y cuanto necesitan. Pero tampoco contesta a mi pregunta.

Héctor tiene sueño. Está muy cansado. Bosteza y te mira con una sonrisa de medio borracho. En el momento previo a dormirse se suele poner muy cariñoso. Te da todos los besos que le pidas. ¿Otro mua? MUA
Le das el elefantito o el osito para que lo muerda, lo meces un poco sobre tu regazo en el sillón y al poco tiempo se queda dormido. Lo depositas en la cuna y hasta mañana.

Otro escenario: Héctor tiene sueño. Está muy cansado. Bosteza y te mira con una sonrisa de medio borracho. En el momento previo a dormirse se suele poner muy cariñoso. Te da todos los besos que le pidas. ¿Otro mua? MUA
Lo llevas a su habitación, lo depositas en la cuna con mucho cariño, le das el elefantito o el osito para que lo muerda, le das las buenas noches y te despides de él hasta mañana. A los cinco minutos, si no antes, Héctor está de pie en la cuna llamándote a gritos. Te acercas, lo vuelves a colocar, cierra los ojos casi con desesperación cuando le das a morder el elefantito y, según vas saliendo de la habitación, notas como ya se va incorporando. A veces se pone de pie con los ojos semicerrados. El proceso se repite varias veces hasta que Héctor se queda sin fuerzas para levantarse una vez más. Hasta mañana.

Tanto en un caso como en el otro siempre me pregunto lo mismo. Si tiene tanto sueño, ¿por qué no puede simplemente cerrar los ojos y dormirse?





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