Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder
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sábado, 13 de mayo de 2017

Soñando con Swansea

A los pocos meses de marcharme soñé por primera vez que regresaba a Swansea. Han pasado veinte años y todavía alguna vez sueño que regreso. El sueño, recurrente y repetitivo en su estructura, admite dos variantes. En una estoy solo e intento buscar a mis amigos de entonces. En la otra estoy acompañado (en su día por Johanna, ahora por Sonia) y ejerzo de guía de la ciudad, enseñando con entusiasmo los lugares que frecuenté durante los nueve meses que viví allí.


En ambos casos el sueño arranca con una descarga de alegría (¡Estoy en Swansea, no me lo puedo creer!) y termina con un punto de amargura. Sí, estuve en Swansea, pero por poco tiempo. Lo que dura un sueño.

Nunca he soñado que regresaba a Helsinki. Ni tan siquiera como pesadilla. Me pregunto por qué. Quiero decir, ¿por qué Swansea alimenta mis sueños desde el día en que me marché y Helsiki no?

Mi vida en Swansea era como una película amable de Ken Loach (si es que tal cosa es posible). Barrios obreros de casitas adosadas, moqueta en el suelo, olor incrustado a beans, mugre, pubs y mucho hooligan alrededor. Café irlandés, por ejemplo. O un Trainspotting (que se estrenó cuando yo vivía en Swansea) sin drogas ni trapicheos. El protagonista pasa las horas libres (muchas) en los pubs o en la calle con los amigos (nunca solo). A su casa sólo va para dormir. A veces ni eso.

En cambio mi vida en Helsinki sería una película de la nouvelle vague. Joven pareja vive en un pequeño apartamento vacío con más libros que vajilla. El protagonista no tiene medios económicos ni ocupación aparente y dedica sus muchas horas libres a pasear, leer y ver películas. Diálogos conyugales, largos planos de silecio y soliloquio (¿voz en off?).

Puestos a elegir, entre Ken Loach y Godard, me quedo sin duda con este último aunque tampoco sea santo de mi devoción. Pero lo que de verdad me apetece es la vida que tengo, que vendría a ser una película de Frank Capra o de Pixar, a medio camino entre Up, Toy Story, Rayo McQueen y Del revés, una película familiar, emocionante, rebosante de cariño y buenos sentimientos. La puedes ver muchas veces y nunca te cansas. ¡Qué bello es vivir!

Entonces, ¿por qué sigo soñando con Swansea? ¿Por qué George Bailey sueña con ser Mark Renton? No sé. Le doy vueltas y aventuro varias razones pero ninguna convincente. No consigo intuir por qué mi subconsciente me ha hecho regresar a Swansea todos estos años. 

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lunes, 31 de agosto de 2015

Oliver Sacks

No por anunciada me ha resultado menos triste la muerte de Oliver Sacks. La lectura de Un antropólogo en Marte cambió mi forma de ver la vida. La mejoró. Creo que es el libro que más veces he recomendado (la última vez a una compañera en la cena de graduación de este año, cuando todavía no sabía que Oliver Sacks se estaba muriendo) y más veces he prestado o regalado. Fue un auténtico deslumbramiento. Si no lo habéis leído ya estáis tardando.

Lo compré por 1400 pesetas (todavía está el precio escrito a lápiz en la primera hoja) en la librería Anaquel. La contraportada me pareció interesante y recordé haber leído algún comentario elogioso por parte de Rosa Montero. Era una época en la que yo compraba muchos libros por impulso. Gran parte de ellos están todavía pendientes de lectura. Afortunadamente no el de Oliver Sacks. Lo leí de inmediato. Supongo que empecé a hojearlo y luego ya no pude parar. Fue en verano de 2001 y el libro arrojó luz en un momento de gran pesar e incertidumbre de mi vida. Así comienza el prefacio:
Estoy escribiendo con la mano izquierda aunque, soy irremediablemente diestro. Hace un mes me operaron el hombro derecho, y en este momento no me dejan ni puedo utilizar la mano derecha. Escribo con lentitud y torpeza, pero con más soltura y naturalidad a medida que pasan los días. Me adapto, aprendo continuamente, y no sólo a escribir con la mano izquierda, sino también a realizar otras muchas actividades: también me he vuelto habilidoso, prensil, con los dedos de los pies, para compensar el hecho de tener un brazo en cabestrillo. Cuando me inmovilizaron el brazo anduve con cierto desequilibrio durante unos días, pero ahora camino de manera distinta, he descubierto un nuevo equilibrio. Desarrollo pautas de comportamiento distintas, hábitos distintos..., una identidad distinta podríamos decir, al menos en esta esfera concreta.
Han pasado catorce años y todavía recuerdo las siete historias que relata el libro, especialmente El caso del pintor ciego al color, Vida de un cirujano y Ver y no ver (visto y no visto diría Muñoz Molina). Me sorprende encontrar entre las páginas de mi ejemplar un boletín de notas de un alumno de mi tutoría del curso 2004-2005. Ah, sí, le presté el libro a una compañera de aquel año que había trabajado en un psiquiátrico.


El tío Tungsteno es el tercer libro que leí de Oliver Sacks. Lo compré en junio de 2003 en un estand de la Feria del Libro de Madrid. 17.50 € (el precio a lápiz, etc). Eran mis primeros días como profesor de instituto y mi situación económica tras año y medio en paro dejaba que desear. Así que me prometí a mí mismo que sólo compraría dos libros en la Feria. Una novela de John Irving y las memorias infantiles de Oliver Sacks fueron mi elección.
El día que compré El tío Tungsteno firmaba Rosa Montero en una de las casetas de la Feria. Acababa de publicar La loca de la casa (libro que leí más tarde y en mi opinión el mejor, con diferencia, de su autora). Yo ya había comprado mis dos libros así que se me ocurrió que podría pedirle que me firmara el de Oliver Sacks. Al fin y al cabo conocí a Oliver Sacks gracias a ella. Imagino que le gustaría saber que sus recomendaciones tienen eco. Al llegar a la caseta donde firmaba vi a Rosa Montero y a cinco o seis personas que esperaban haciendo cola. De repente me sentí ridículo y me alejé de allí.
Leí el libro ese mismo verano durante las semanas que pasé en Polonia. Me sorprende encontrar ahora entre sus páginas dos carteles de cine con tamaño de postal: Porozmawiaj z nia (Hable con ella) y I twoja matke tez (Y tu mamá también). ¿Cómo llegaron aquí? Por más que me esfuerzo no consigo recordarlo. La única película que vi en el cine en Bialystock fue Las horas, esa en la que Nicole Kidman interpreta a Virginia Woolf. Abro una página al azar:
Durante los años treinta,  mi madre abandonó la medicina general y pasó a dedicarse a la ginecología y la obstetricia. Nada había que le gustará más que un parto complicado - que un bebé se presentara de brazo, o de nalgas-  con una conclusión satisfactoria. Pero de vez en cuando traía a casa fetos malformados: anencefálicos, con unos ojos saltones en lo alto de sus cabezas aplanadas y sin cerebro, o con espina bífida, en los que toda la médula espinal y el encéfalo estaban a la vista. Algunos había nacido muertos, y a otros mi madre y la comadrona los había ahogado en silencio al nacer ("como un gatito", dijo una vez), pues les parecía que si vivían no tendrían ninguna vida consciente o mental. Deseosa de que yo aprendiera anatomía y medicina, diseccionó para mí varios de esos fetos, y aunque sólo tenía once años, insistió en que yo también diseccionara. Creo que jamás se dio cuenta de lo mucho que eso me afectaba, y probablemente imaginó que sentía el mismo entusiasmo que ella. Aunque yo, de manera natural, había diseccionado por mi cuenta lombrices, ranas y mi pulpo, la disección de fetos humanos me llenaba de repugnancia. Mi madre a menudo me contaba que, siendo yo bebé, le había preocupado el crecimiento de mi cráneo, temiendo que las fontanelas se hubieran cerrado demasiado pronto, y que, a consecuencia de ello, me transformara en un idiota microcefálico. De este modo, vi en esos fetos lo que (en mi imaginación) yo también podía haber sido, lo cual hacía que me fuera más difícil distanciarme de ellos, e incrementaba mi horror.
En El tío Tungsteno Sacks no sólo recuerda los acontecimientos de su infancia sino que nos hace partícipes de su amor por la Química. De su mano conocemos la historia de los elementos y descubrimos la tabla periódica como si nos la presentaran por primera vez. Si no leí más libros de Química aquel año fue porque en el horizonte tenía las oposiciones y debía estudiar Matemáticas. No hay tiempo para todo. Pero desde que lo leí he fantaseado con colocar una tabla periódica en la pared del despacho. Quizás lo haga ahora. Para recordar de qué estamos hechos. Para recordar a Oliver Sacks.


El segundo libro que leí de Sacks fue Con una sola pierna. También es autobiográfico. Relata el accidente que tuvo caminando por una montaña noruega en el que se rompió una pierna. Estaba solo en un paraje solitario y sin poder caminar ni comunicarse con nadie.
Nunca me había sentido tan solo, tan perdido, tan abandonado, tan absolutamente privado de ayuda. No había caído en la cuenta hasta entonces de lo aterradora y peligrosamente solo que estaba. Cuando subía retozando monte arriba no me había sentido "solo" (nunca me siento solo cuando lo paso bien). No me había sentido solo mientras examinaba mi lesión (y me di cuenta del alivio que había sido aquella "clase" imaginaria). Pero, de pronto, me asaltaba la conciencia aterradora de mi soledad.
"Qué bien se está aquí", pensé para mí. "Podría descansar un poco..., quizás me viniera bien echar un sueñecito."
El presunto sonido de esta voz interior suave e insinuante me despertó de pronto, me despejó y me alarmó muchísimo. Aquel no era un lugar agradable para descansar y dormir un poco. La sugerencia era peligrosísima y me llenó de horror, pero su tono suave y seductor me acunaba.
"No", me dije con fiereza. "Quien habla es la muerte... con su voz de sirena más dulce y mortífera. ¡No la escuches ahora! ¡No la escuches nunca! Tienes que seguir, te guste o no. No puedes descansar aquí..., no puedes descansar en ningún sitio. Tienes que hallar un ritmo que puedas mantener y debes mantenerlo sin parar"
Esta voz buena, esta voz de "vida", me animó y me dio fuerzas. Cesó el temblor y también el desfallecimiento. Me puse en marcha una vez más y no volví a desfallecer.
Y vinieron entonces en mi ayuda la melodía, el ritmo y la música. Antes de cruzar el arroyo, había avanzado a base de músculos, moviéndome a base de fuerza, con mis brazos, muy vigorosos. Ahora digamos que avanzaba a base de música. No era algo que yo me imaginase. Me sucedió.
Al final, ya lo sabemos, Oliver Sacks no murió ese día. Se convirtió en un convaleciente con una pierna rota. Había atravesado el espejo y de ser un doctor que trata a pacientes se transformó en un paciente tratado por doctores. Un mal paciente, impaciente, tozudo. La rehabilitación fue complicada y de eso trata el libro.
Hojeo mi ejemplar y no encuentro ninguna sorpresa entre sus páginas. No recuerdo dónde ni cuándo lo compré. 14.42 € fue su precio. Está escrito a lápiz. Todavía se puede leer, borrado, el precio anterior: 2400 pesetas. La equivalencia es exacta (un euro = 166 pesetas) por lo que intuyo que lo compré y lo leí en 2002, recién instaurado el euro. Tres libros en tres años. 2001, Un antropólogo en Marte; 2002, Con una sola pierna; 2003, El tío Tungsteno. ¿Qué pasó después? Seguí comprando sus libros (creo que tengo todos los que han sido traducidos) pero no encontré el momento de leerlos. He leído historias sueltas de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y comencé Diario de Oaxaca cuando vivía en Cuenca (ver imagen) pero me pudo la botánica.

Encontré la flor tirada en el suelo. Llevaba el libro en la mochila. Me gustó la coincidencia de tonalidades y realicé esta composición en
la plaza Mayor de Cuenca. Era mi época de fotógrafo artista.
Cuando estuvimos en Nueva York busqué la casa de Oliver Sacks en Horatio street. Una calle agradable entre Chelsea y el Village. Curioseé por los buzones pero no di con su nombre. En el improbable caso de haberlo encontrado me hubiera hecho una foto en su portal. Mi intención no iba más allá.

Lo bueno de los escritores es que nunca mueren mientras tengamos a disposición sus libros. Siento la muerte de Oliver Sacks pero sé que todavía tiene mucho que contarme y enseñarme. Ahí están en la estantería Despertares, Los ojos de la mente, Musicofilia, La isla de los ciegos al color... su autobiografía que próximamente será publicada en español. Por no hablar de las relecturas. Ganas me están entrando de volver a leer El tío Tungsteno tras hojearlo para escribir esta entrada. Hace dos años mencioné en este blog un artículo que publicaba Oliver Sacks a punto de cumplir ochenta (el año de mercurio, que es el elemento número ochenta de la tabla periódica). Ojalá llegue yo a mercurio, plomo, polonio e incluso uranio con las mismas ganas. Si llego me seguiré acordando de Oliver Sacks.
A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un tercio de mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y nada “viejo”. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más importantes de la vida, como insistía Freud.
Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve pausa, miró al techo, y pronunció: “Todo lo que tiene un principio tiene que tener un final”, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo.
Mi padre, que vivió hasta los 94, dijo muchas veces que sus 80 años habían sido una de las décadas en las que más había disfrutado en su vida. Sentía, como estoy empezando a sentir yo ahora, no un encogimiento, sino una ampliación de la vida y de la perspectiva mental. Uno tiene una larga experiencia de la vida, y no solo de la propia, sino también de la de los demás. Hemos visto triunfos y tragedias, ascensos y declives, revoluciones y guerras, grandes logros y también profundas ambigüedades. Hemos visto el surgimiento de grandes teorías, para luego ver cómo los hechos obstinados las derribaban. Uno es más consciente de que todo es pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que no era posible tener con menos edad. Yo soy capaz de imaginar, de sentir en los huesos, lo que supone un siglo, cosa que no podía hacer cuando tenía 40 años, o 60. No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados, libres para explorar lo que deseemos, y para unir los pensamientos y las emociones de toda una vida. Tengo ganas de tener 80 años.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Buenas razones

Seguro que los psicólogos han puesto nombre a la maravillosa capacidad de la mente humana para, ante cualquier conflicto o disputa, elaborar convincentes razones que demuestran que lo más justo y conveniente para todos es, qué casualidad, justo lo que más nos conviene a nosotros.

En mis tiempos de interino, cuando era el último mono en los departamentos de Matemáticas, y me quedaba con los grupos que nadie había querido (los más difíciles), mi mente desarrolló la teoría de la experiencia. Según esta teoría, las autoridades educativas deberían obligar a los profesores con más experiencia, y se supone más valía, a dar clase en los grupos con más dificultades, al tiempo que los profesores novatos iban adquiriendo habilidades docentes con los grupos más fáciles, donde se concentran los buenos estudiantes. Al fin y al cabo un buen estudiante aprende a pesar de su profesor. En cambio un chaval con carencias (cognitivas, familiares, sociales... hay de tantos tipos) necesita más la ayuda de un buen profesional para salir adelante. Un mal profesor hace más daño a un mal estudiante que a uno bueno. Y a la inversa. Un buen profesor hace más bien a un mal estudiante que a uno bueno. En ningún hospital asignarían los pacientes más complicados a un médico recién licenciado y sin experiencia. Creo que sólo compartí esta teoría con un amigo, interino también, que me dio completamente la razón.

Ahora que comienza mi duodécimo curso como profesor, el octavo como funcionario de carrera y el quinto en mi actual centro, manejo otras teorías. Igualmente convincentes. Antes de desgranarlas debo aclarar que trabajo en un instituto calificado "de especial dificultad" por la Consejería de Educación. Muchos de nuestros alumnos, sobre todo en los primeros cursos de la ESO, padecen graves problemas familiares, socioeconómicos o de exclusión social. He trabajado en siete institutos antes que este y en ninguno encontré la cantidad y diversidad de chavales con problemas graves que hay aquí. Un ejemplo cualquiera del año pasado, en 1º ESO:
- ¿Por qué no viniste ayer a clase?
- Porque fuimos a recoger a mi padre, que salía de la cárcel.
Aquí conté cómo me fue con uno de estos grupos en mi primer año. Ahora la situación es peor porque hay menos profesores de apoyo y los pocos que hay se tienen que repartir entre más alumnos ya que han abierto una línea más (hemos pasado de 75 a 100 alumnos en esos niveles). Eso sin contar con que la crisis ha empeorado la de por sí precaria situación en que se encuentran las familias de estos alumnos.
Así la cosa, este año a la hora de repartirnos los grupos y ver que los más difíciles recaían en los profesores recién llegados, Pepito Grillo vino a recordarme la teoría de la experiencia. Y otra parte de mi mente tardó apenas un par de minutos en  pergeñar una réplica convincente.


Argumento nº 1 o Teoría de la excepcionalidad. Según este argumento, la teoría de la experiencia es válida únicamente en centros educativos convencionales, con alumnos convencionales que responden a estímulos convencionales. ¿De qué me sirven mis años de experiencia cuando entro en una clase de 1º ESO con 18 o 19 alumnos, la mitad de los cuales no se saben las tablas de multiplicar y prácticamente ninguno es capaz de comprender un texto sencillo? Eso por no hablar de la falta de cualquier tipo de hábito que facilite el aprendizaje. ¿De qué me sirven mis años enseñando Matemáticas si el único objetivo factible en el aula es que los alumnos se mantengan sentados y sin pelearse?

Argumento nº 2 o Teoría de la personalidad. A veces es posible tener éxito con estos grupos, crear un clima de trabajo en clase y hacer que los alumnos progresen. Yo me siento satisfecho de lo que conseguimos hace cuatro años en 2º B o el año pasado en el PCPI. Pero, a diferencia de los grupos convencionales, con este tipo de alumnado tener éxito con un grupo no es garantía de que lo vayas a tener con otro de similares características. Hay que empezar siempre de cero, sin mapa ni brújula.
Escribió Tolstoi que todas las familias felices se parecen entre sí; mientras que las infelices son desgraciadas en su propia manera. Algo parecido sucede en la escuela. Los grupos de alumnos convencionales son muy parecidos entre sí. Las actividades y la metodología que funciona en un grupo convencional de 3º ESO, suelen funcionar igualmente bien en cualquier otro grupo (convencional) de 3º ESO. Es por ello que en este tipo de grupos puedes planificar el trabajo con ciertas garantías e ir perfeccionando el proceso incorporando los hallazgos que suceden cada año.
En cambio, los hallazgos y los éxitos en grupos con alumnos difíciles no los puedes incorporar a tu bagaje personal, puesto que esa actividad, esa manera de trabajar que funcionó con aquel grupo no va a funcionar con ninguno otro. Proponer a los alumnos de 2º ESO que compongan un rap para aprenderse la lección funcionó en 2º B hace cuatro años, pero no se me ocurriría plantearlo en otro grupo. No al menos, hasta ganarme su confianza y diría que su afecto, que es la clave del éxito con estos alumnos. Y ahora llegamos al quid de la teoría de la personalidad: hay profesores que por su carácter, por su carisma e incluso por su físico conectan mejor con estos alumnos que otros. Yo he visto a compañeros resolver una situación conflictiva y desagradable con una broma o soltando una barbaridad. Y los alumnos, gallitos ellos, venirse abajo ante la broma o el improperio. Pero para que esto dé resultado uno debe poseer la gracia de soltar la broma o la barbaridad adecuada y el carisma y la ascendencia sobre los alumnos para que estos la acepten y la acaten. Y no todos poseemos esa gracia. Es más, diría que muy pocos la poseen.
No es cuestión de ser mejor o peor profesional sino de tener determinado carácter y porte. Por esto mismo las mujeres tienen más dificultades a la hora de ganarse a estos grupos que los hombres. Son alumnos (y alumnas) extremadamente machistas y no aceptan de buen grado que una tía venga a decirles lo que tienen que hacer. Vamos, faltaría más. A ellos.

Conclusión de las dos teorías anteriores: la Consejería de Educación debería seleccionar personal especializado en trabajar con estos grupos. Profesionales que tengan la personalidad, la formación y la vocación necesaria para atender bien a estos alumnos. Volviendo a la metáfora del hospital. No es concebible que a un pediatra lo pongan de buenas a primeras a atender urgencias de traumatología.

Bueno, vale - consiente Pepito Grillo -. Me has demostrado que los profesores recién llegados no están, a priori, menos capacitados que tú para impartir clase en los grupos más difíciles. Ninguno estáis suficientemente preparados porque no es vuestra especialidad, depende del carácter de cada cual, etc, etc. ¿Pero no deberías quedarte tú con alguno de estos cursos? Al fin y al cabo, a igualdad de incompetencia, tú ya conoces el centro y has tenido trato con muchos de estos alumnos. ¿No supone esto una ventaja?
Rápidamente mi mente se saca de la manga el argumento nº 3 o Teoría de la ilusión.


En una actividad como la enseñanza es imprescindible tener ilusión. Especialmente al comienzo de cada curso uno debe creer que, como el personaje de la viñeta, va a ser capaz de vencer todas las resistencias y conseguir que los alumnos se involucren en el trabajo. Pero es difícil ilusionarse cuando entras el primer día de clase y ves las caras de los mismos alumnos que hace tan solo unos meses diste por imposibles. Voy a poner un ejemplo de esta misma semana. En 2º A, un grupo formado por buenos alumnos en el que han incluido dos repetidores para no saturar de sospechosos habituales los grupos con más necesidades. A uno de los repetidores lo conozco sólo de vista. Al otro, llamémosle José, lo padecí el año pasado en el Refuerzo de Matemáticas, mi peor experiencia como docente. No sé cuántas veces lo tuve que expulsar de clase. Unas pocas.
Este año, el primer día de clase, le suena el móvil. Lo mandé directamente a Jefatura. Eso no lo habría hecho nunca con un alumno desconocido. Es más, tengo alumnos en 1º ESO con una actitud desafiante y un comportamiento mucho peor que el de José. Ni los he expulsado, ni los he amonestado, ni siquiera les he puesto un negativo. ¿Por qué? Porque todavía estoy en la fase en que me hago la ilusión de que puedo ganármelos. Intento halagarlos, engañarlos, convencerlos... lo mismo que intenté con José el año pasado.
Está claro que ni José ni yo nos hacemos ilusión el uno al otro. Así sólo queda el camino de los partes y las expulsiones. Mejor le hubiera venido a José tener un profesor nuevo. Alguien que, al menos por unos días, mantuviera la ilusión de poder abrir esa caja fuerte. Y quién sabe, lo mismo tenía éxito. Al fin y al cabo, con estos alumnos, influye mucho la química personal (vease teoría de la personalidad).
En definitiva, que después de unos años dando grupos difíciles (horroroso el Refuerzo del año pasado), ya es hora de que vengan caras nuevas e ilusionadas a tomar el relevo.

¿Qué nombre le darán los psicólogos?

sábado, 24 de agosto de 2013

Volando con Kapuscinski

Ayer estuvimos cuatro horas. Hoy voy preparado para esperar el rato que haga falta, incluso a pasar la noche si finalmente ingresan a Lolo. Llevo bocadillo, agua y lectura. Tras el triaje Lolo es atendido de inmediato y trasladado a una sala de observación donde sólo puede acompañarlo un familiar (y siempre que no haya muchos pacientes). Así que me quedo solo. Hablo por teléfono con Sonia y con mis padres. Los mantengo al tanto de las novedades. Pero pronto deja de haber novedades. Sólo cabe esperar. Abro el libro que he traído: Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinski.

Los dos libros que he leído de Kapuscinski me encantaron. El primero, Ébano, fue un descubrimiento de primer orden. Uno de los libros que más impacto me han causado. Enseguida leí Un día más con vida, que también me gustó aunque ya no existiera el factor sorpresa. Pero por una razón inexplicable, ahí quedó la cosa. Seguí comprando (o me regalaban) libros de Kapuscinski pero han tenido que pasar casi diez años para encontrar el momento de retomarlo.

El comienzo del libro me ha decepcionado (¿Tal vez fuera ese el temor inconsciente? ¿que ningún otro libro podría estar a la altura de Ébano?). La voz de Kapuscinski parecía otra, más autoconsciente, más protagonista en primera persona, más diario personal que reportaje. No lo he comprobado, pero creo que Viajes con Heródoto fue el último libro que escribió, cuando ya era un autor reconocido y premiado internacionalmente. Poco a poco he dejado de pensar y me he sumergido en la historia.
Recibí el billete de vuelta: Nueva Delhi — Kabul — Moscú — Varsovia. Aterricé en Kabul cuando se ponía el sol. Un cielo rosa intenso, casi violeta, lanzaba sus últimos destellos sobre las montañas, de un azul oscuro, que rodean el valle. El día declinaba, sumiéndose en un silencio profundo, absoluto: era el silencio del paisaje, de la tierra, del mundo, un silencio que nada era capaz de alterar, ni la campanilla prendida al cuello de un asno, ni el menudo trote de un rebaño de ovejas que pasaba junto al barracón del aeropuerto.

Me retuvo la policía porque no tenía visado. No podían mandarme de vuelta porque el avión que me había traído había despegado enseguida y en la pista no se veía aparato alguno. Después de debatir y preguntarse qué hacer conmigo, se marcharon a la ciudad. Sólo se quedaron dos personas: yo y el vigilante del aeropuerto. Era un hombre macizo, enorme, de anchos hombros y una barba negra azabache, la mirada amable y una sonrisa apenas esbozada, tímida. Llevaba un abrigo militar largo y una desvencijada metralleta Mauser.

Oscureció en un abrir y cerrar de ojos y la temperatura cayó en picado. Empecé a tiritar porque, viniendo de los trópicos, iba en mangas de camisa. El vigilante trajo unos troncos, un poco de leña menuda, otro poco de hierba seca y encendió una hoguera en la pista. Me dio su abrigo, y él mismo se envolvió en una oscura manta de lana de camello que le llegaba hasta los ojos. Permanecimos sentados uno frente al otro sin decir palabra, nada sucedía a nuestro alrededor, a lo lejos se oía el canto de los grillos y luego, más lejos aún, rugió el motor de un coche.

Por la mañana aparecieron los policías, acompañados por un hombre mayor. Era un comerciante que compraba en Kabul algodón para las fábricas textiles de Lódz. El señor Bielas, que así se llamaba, prometió ocuparse de mi visado; ya llevaba allí un tiempo y tenía contactos. En efecto, no sólo me consiguió un visado, sino que también me acogió en su chalet, contento porque no viviría solo.

Kabul: polvo y más polvo. En el valle donde está situada la ciudad soplan unos vientos que traen nubes de arena de los desiertos vecinos. Todo lo cubre llenando todos los resquicios una suspensión pardusca, grisácea, que se posa sobre la tierra sólo cuando el viento se calma y el aire se vuelve transparente, cristalinamente diáfano.
Al caer la noche, las calles adquieren un aspecto enigmático, como si se convirtieran en escenario de algún misterio improvisado y espontáneo. Pues la oscuridad reinante sólo la disipan las pálidas llamas de las lamparillas que arden en los puestos de venta al aire libre y las linternas y antorchas cuyo brillo inseguro y tembloroso alumbra las pobres mercancías y demás baratijas que los vendedores exponen directamente sobre el suelo, ya sobre el pavimento, ya sobre el umbral de una casa. Entre estas filas de trémulos reflejos se deslizan en silencio las personas, unas figuras tapadas de pies a cabeza e impelidas por el frío y el viento.

Cuando el avión de Moscú empezó a descender para tomar tierra en Varsovia, mi vecino tembló, asió con las manos los brazos del asiento y cerró los ojos. Tenía un rostro gris, demacrado y surcado por profundas arrugas. Un traje barato y gastado por años de almacenaje colgaba holgado sobre su enjuta y huesuda silueta. Lo escruté con una mirada discreta, de soslayo. Vi cómo por sus mejillas empezaban a deslizarse algunas lágrimas. Y al cabo de unos instantes oí un estallido de llanto, ahogado pero llanto más allá de toda duda.
—Lo siento —se disculpó ante mí—. Lo siento. Pero no creí que de verdad volvería.
Era diciembre de 1956. No cesaba el reguero de personas que regresaban de los gulags.

Fin del capítulo. Levanto la vista del libro y las imágenes de lo recién leído se mezclan con otras que me vienen a la cabeza de Un día más con vida y Ébano. Qué vida la de Kapuscinski. Y qué poco casa su peripecia aventurera con su imagen de funcionario puntilloso.


Los asientos de plástico alineados, las grandes cristaleras, las personas que van y vienen... Tardo en salir de la ensoñación en que Kapuscinski me ha sumergido y cuando lo hago me sorprendo de no estar en la sala de espera de un aeropuerto, sino en la de un hospital.

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sábado, 8 de octubre de 2011

Otro prejuicio

He leído algunos libros que tratan sobre la formación de prejuicios y estereotipos. El último, sin ir más lejos, el de José Antonio Marina que comenté aquí hace poco. Es un tema que me interesa como herramienta para intentar comprender mejor a los demás y a mí mismo. Procuro estar alerta ante mis propios prejuicios, identificarlos, razonarlos y neutralizarlos.

Esta tarea me resulta relativamente fácil con los prejucios sociales que he podido asimilar con los años. Cuando el prejucio o el estereotipo lo he adquirido por influencia de mi entorno no me cuesta trabajo desprenderme de él.

Lo difícil es desprenderse de un prejuicio personal que uno ha ido desarrollando a saber por qué causas. Un ejemplo, ¿por qué me cae tan mal Carlos Fuentes? Lo único que sé de él es que es un escritor mexicano al que se suele incluir en el llamado boom latinoamericano. No conozco su biografía, no conozco su obra, no recuerdo haber leído ni haberlo escuchado en ninguna entrevista, tampoco recuerdo ningún hecho que justifique ni siquiera remotamente mi disposición de ánimo hacia su persona.

Hace trece años, cuando vivía en Barcelona y todavía no había desarrollado este prejuicio, empecé a leer "gringo viejo", una de sus novelas más famosas, aunque solo sea porque tuvo una adaptación cinematográfica en la que Gregory Peck interpretaba el personaje basado en Ambrose Bierce, periodista y escritor norteamericano que había descubierto hacía poco tiempo y que me parecía fascinante.


En 1913, con 71 años cumplidos, Bierce cruzó la frontera mexicana para unirse al ejército de Pancho Villa (se supone que como observador, a su edad no estaba para combatir). Poco antes dejó escrito a un familiar: Adiós. Si oyes que he sido colocado contra un muro de piedra mexicano y me han fusilado hasta convertirme en harapos, por favor, entiende que yo pienso que esa es una manera muy buena de salir de esta vida. Supera a la ancianidad, a la enfermedad, o a la caída por las escaleras de la bodega. Ser un gringo en México. ¡Ah, eso sí es eutanasia! Al poco se le perdió la pista y ya no se supo nada de él. Ese final desconocido es el que novela Carlos Fuentes en "gringo viejo".

El libro no me gustó y lo dejé en los primeros capítulos. Pero eso no es motivo para que me desagrade Carlos Fuentes. Lo peor es que por mucho que lo identifique y lo razone el prejuicio sigue ahí, no consigo neutralizarlo. Es más, me reafirmo muy gustosamente en él. Esta tarde enciendo la televisión y en la 2 hay una especie de miscelánea cultural, un programa titulado "Miradas 2". De repente aparece Carlos Fuentes y dice lo siguiente referido a su último libro: representa a todas las mujeres del pasado, a las que no conocí, y a todas las mujeres del futuro, a las que no voy a conocer. Claro, y yo me pregunto ¿qué pasa con las mujeres del presente? ¿las conoce a todas? Ay, qué mal me cae.

No sé, a lo mejor a vosotros no os da esa misma impresión. Podéis escucharlo en este vídeo, a partir de del minuto 10:30.
http://www.rtve.es/alacarta/videos/miradas-2/miradas-2-08-10-11/1218553/

A pesar de todo no desisto en mi lucha contra el prejuicio. Me ha entrado curiosidad y voy a intentar de nuevo leer "gringo viejo". Veremos qué ocurre trece años después.




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