Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder
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sábado, 13 de mayo de 2017

Soñando con Swansea

A los pocos meses de marcharme soñé por primera vez que regresaba a Swansea. Han pasado veinte años y todavía alguna vez sueño que regreso. El sueño, recurrente y repetitivo en su estructura, admite dos variantes. En una estoy solo e intento buscar a mis amigos de entonces. En la otra estoy acompañado (en su día por Johanna, ahora por Sonia) y ejerzo de guía de la ciudad, enseñando con entusiasmo los lugares que frecuenté durante los nueve meses que viví allí.


En ambos casos el sueño arranca con una descarga de alegría (¡Estoy en Swansea, no me lo puedo creer!) y termina con un punto de amargura. Sí, estuve en Swansea, pero por poco tiempo. Lo que dura un sueño.

Nunca he soñado que regresaba a Helsinki. Ni tan siquiera como pesadilla. Me pregunto por qué. Quiero decir, ¿por qué Swansea alimenta mis sueños desde el día en que me marché y Helsiki no?

Mi vida en Swansea era como una película amable de Ken Loach (si es que tal cosa es posible). Barrios obreros de casitas adosadas, moqueta en el suelo, olor incrustado a beans, mugre, pubs y mucho hooligan alrededor. Café irlandés, por ejemplo. O un Trainspotting (que se estrenó cuando yo vivía en Swansea) sin drogas ni trapicheos. El protagonista pasa las horas libres (muchas) en los pubs o en la calle con los amigos (nunca solo). A su casa sólo va para dormir. A veces ni eso.

En cambio mi vida en Helsinki sería una película de la nouvelle vague. Joven pareja vive en un pequeño apartamento vacío con más libros que vajilla. El protagonista no tiene medios económicos ni ocupación aparente y dedica sus muchas horas libres a pasear, leer y ver películas. Diálogos conyugales, largos planos de silecio y soliloquio (¿voz en off?).

Puestos a elegir, entre Ken Loach y Godard, me quedo sin duda con este último aunque tampoco sea santo de mi devoción. Pero lo que de verdad me apetece es la vida que tengo, que vendría a ser una película de Frank Capra o de Pixar, a medio camino entre Up, Toy Story, Rayo McQueen y Del revés, una película familiar, emocionante, rebosante de cariño y buenos sentimientos. La puedes ver muchas veces y nunca te cansas. ¡Qué bello es vivir!

Entonces, ¿por qué sigo soñando con Swansea? ¿Por qué George Bailey sueña con ser Mark Renton? No sé. Le doy vueltas y aventuro varias razones pero ninguna convincente. No consigo intuir por qué mi subconsciente me ha hecho regresar a Swansea todos estos años. 

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miércoles, 21 de octubre de 2015

Regreso al futuro

Teníamos contratadas las cenas en un restaurante céntrico, La Chaine D'or. Muy cerca había un cine de los de toda la vida, Cinéma Vox, con mucho ambiente. Cada noche sentía una sana envidia al contemplar la escena de los espectadores haciendo cola en la taquilla o tomando algo en el ambigú antes de entrar en la sala. Una estampa de otros tiempos. En Córdoba ya no quedan cines en el centro de la ciudad. El último en cerrar fue el Alkazar, donde hace muuuuchos años vi por primera vez Regreso al futuro.

Precisamente esa era la película que proyectaban en el Cinéma Vox el pasado sábado. Entre eso, los miles de kilómetros recorridos, el frío riguroso y los adornos navideños que se vendían en multitud de tiendas, me hizo sentir que era yo el que había hecho un viaje al pasado en el que se estrenó la película.

Ahora me entero de que la película ha regresado a las salas de los cines porque hoy, 21 de octubre de 2015 es el día exacto en el que Martin McFly vuela al futuro. Así que el futuro era hoy. Este es el primer futuro que alcanzo y me hace sentir un poco de vértigo. Recuerdo 1984 y las conmemoraciones orwellianas (aunque no supiera quién era Orwell ni cuál su profecía), así como 2001 y su odisea particular. Pero esos eran futuros creados antes de mi nacimiento y, por lo tanto, no me afectaban en absoluto. Es más, me parecía de lo más natural que el futuro concebido en un pasado remoto hubiera al fin llegado.

Regreso al futuro es otra cosa. Vi la película en el cine y muchas más veces después. Apodamos McFly a un amigo del colegio (porque se parecía a McFly padre de joven, no a Michael J. Fox). ¿Ya ha llegado 2015? ¿Martin McFly ha dejado de ser el modelo de adolescente guay para convertirse en padre de familia agotado por el trabajo? ¿Tan rápido? Glups.

Los medios de comunicación están celebrando el día de Regreso al futuro haciendo una lista de los aciertos y fallos que la película tiene acerca de los avances tecnológicos que disfrutaríamos en 2015. Sí, existe la videoconferencia. No, no existen los coches voladores. Sí, no, sí, no... Hasta el USA Today ha salido hoy con la portada con la que aparece en la película:


Y hablando de periódicos, ¿quién me hubiera dicho a mí hace 30 años que el día en que Martin McFly aterrizase en el futuro el periódico de mi ciudad publicaría unas declaraciones mías? La coincidencia me hubiera parecido más increíble que los patinetes voladores.

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lunes, 3 de agosto de 2015

Dormir en la mina


La primera mina que visité no se parecía en nada a la idea que yo tenía de lo que era una mina, inspirada en los desgraciados sucesos que periódicamente se hacen hueco en las noticias y en películas británicas como Brassed Off! o Billy Elliot. En los últimos años del siglo XX las películas sobre mineros y el cierre de las minas crearon un subgénero dentro del cine social. El cine español se apuntó a la moda con Antonio Resines en el papel de minero que protesta por el cierre en Pídele cuentas al rey. Lo extraño es que Ken Loach dejara pasar esa oportunidad. El tema le iba como anillo al dedo.

El caso es que la mina de Wieliczka, cerca de Cracovia, es todo lo contrario a lo imaginado. Por lo pronto se extrae sal y no carbón o cualquier otro mineral peligroso o contaminante. Al parecer, según nos explicó el guía, respirar aquel aire subterráneo cargado de partículas salinas es estupendo para la salud. Los mineros, unos privilegiados. Especialmente en la época del rey Vladislao, quien, en agradecimiento a la riqueza que le proporcionaba la mina, concedió a los mineros que una parte de su paga fuera en especie, todo un detalle considerando el valor que tenía la sal en los siglos XIV y XV. Nada de obreros explotados. Trabajadores cualificados y reconocidos.
Tampoco el trabajo debía ser tan duro, habida cuenta de que en sus ratos libres los mineros se dedicaban a esculpir estatuas de sal dentro de la mina, realizando pequeñas capillas a lo largo de las galerías (ya se sabe lo religiosos que son los polacos). Te tiene que gustar mucho tu trabajo de minero para realizar por devoción y amor al arte esta catedral subterránea:


La segunda mina que visité sí se ajustaba a mi idea canónica. Fue hace cinco años, en el museo de la minería de Asturias, que incluía una visita guiada a una mina de carbón en el subsuelo del propio museo. Tanto el museo como la visita a la mina merecen la pena por separado, pero la experiencia conjunta es impactante. Recuerdo pocos museos, de temas en principio ajenos a mi interés, que me hayan gustado tanto y en los que haya disfrutado tanto. Si alguna vez pasáis por Sama-Langreo no lo dejéis de visitar.

Entrada a la mina Agrupa Vicenta en La Unión

Esta mañana, aprovechando el primer día del verano en que no ha hecho un calor insoportable, hemos visitado el parque minero de La Unión. De camino le explicamos a Héctor qué es una mina (¿te acuerdas de ese episodio de Geronimo Stilton en que...? ¿y de ese episodio de Tom y Jerry en que...?) y le contamos que ya fuimos a ver una cuando él tenía cuatro meses.
- Yo te llevaba en una mochila para bebés y te quedaste dormido nada más entrar en la mina. Hasta que no salimos no te despertaste.

Hoy quien se ha dormido en la mina ha sido Pedro. Le costó coger la postura por culpa del casco obligatorio pero enseguida noté su peso. La diferencia es que Pedro tiene dieciocho meses, pesa un quintal y lo llevaba en brazos, nada de mochila portabebé. Uff. Pero ha merecido la pena. Aunque creo que no lo hubiera disfrutado tando de no haber visitado antes el museo y la mina asturianos.
La sierra minera de Cartagena es rica en minerales (más de doscientos) pero pobre en calidad. En la mina Agrupa Vicenta se extraía pirita y el porcentaje de mineral era de un 8% de la piedra, un porcentaje muy bajo. La pirita es un material duro y por eso las galerías de la mina no necesitaban ser reforzadas con vigas para evitar desprendimientos. El techo se sujeta con pilares de roca no perforada. La ausencia de vigas hace que la mina parezca una gruta natural (en eso se parece a la de Cracovia)


La mina consta de cinco niveles pero, tras su abandono, el último nivel se inundó por la capa freática y se ha formado un lago rojo. El guía nos informa que el color rojo no se debe tanto al óxido del hierro (la pirita está compuesta por hierro y azufre casi a partes iguales), como a una bacteria que se alimenta del azufre y que los científicos de la NASA creen causante de que Marte tenga ese color. Podrían promocionar la mina con el siguiente eslogan: en este lugar murciano hay un lago marciano.


El guía también nos cuenta la estrecha relación entre el trabajo en las minas de la zona y el cante jondo. Sabíamos del festival internacional del Cante de las Minas, lo que desconocíamos es que el letrista de coplas tan conocidas como La bien pagá, Mi jaca o Soy minero nació en La Unión.

Pedro se despierta a la salida de la mina, cuando le quitamos el casco. Antes de regresar, Sonia quiere enseñarnos la cercana playa de Portmán, a la que acudía con su familia cuando era una adolescente. El día está nublado y el paisaje que atravesamos parece sacado de una serie de fotografías de Sebastiao Salgado. Génesis marciana.


Ahora, cuando rodee la sierra minera para ir a la playa contemplaré otro paisaje. Imposible ver las lomas desérticas y no recordar que entre Cabo de Palos y Cartagena hay registradas más de dos mil minas. Imposible olvidar Marte. Tengo ganas de conocer Riotinto.

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lunes, 20 de julio de 2015

La semana de Bob Dylan

Es la razón por la que nos quedamos en Córdoba a pesar de la riada de calor que llevamos soportando hace días y a pesar de que mis suegros clamaban por sus nietos, a quienes no veían desde Navidad. Estuvimos esperando a Bob Dylan. Hace once años ya pasó por aquí, embarcado en esa gira perpetua en la que vive. En aquella ocasión no me apunté. Y me alegré maliciosamente cuando leí las críticas negativas de los conciertos de aquel verano. "Eso ya lo sabía yo".


Cuando tenía 21 años compré un CD recopilatorio de canciones de Bob Dylan. Lo hice siguiendo la pista de Mr. Tambourine Man, canción que se mencionaba en una película que había visto en el cine unos días antes. Vivía en el extranjero y era una época de descubrimientos, incluidos los musicales. Había dejado en casa todas mis cintas para obligarme a escuchar cosas nuevas (me limitaba a rock español, Beatles y poco más). Y qué mejor que empezar por los clásicos. Como no tenía idea ni criterio me dejaba llevar por referencias cinematográficas y literarias. En esa misma tienda de segunda mano compré otro CD recopilatorio, en este caso de Lou Reed, tras leer El Jinete Polaco. Ahora que lo pienso, lo raro es que no comprara nada de The Doors. Imagino que no tenían.

El caso es que escuché el CD de Bob Dylan y no pude con él. ¡Esa voz! Ya digo que era una época de descubrimientos y no entraba en mi cabeza dedicar algo de tiempo a lo que no me gustara de inmediato (esa filosofía la mantengo, aunque matizada. A veces doy una segunda o tercera oportunidad si creo que merece la pena). De manera que guardé el CD como un souvenir de aquel año, sin escucharlo jamás.


Hace poco escribía Muñoz Molina en su blog acerca de la influencia que tuvo el cine en su educación musical. Para mí ha sido importantísimo. El primer disco de jazz que compré fue la banda sonora de Acordes y desacuerdos, seguido de la banda sonora de El talento de Mr. Ripley... y así podría seguir hasta afirmar que el primer disco de Bob Dylan que compré y escuché fue la banda sonora de Chicos prodigiosos. Sólo tres de las trece canciones son de Dylan. Y sólo una, Things have changed, me gustaba cuando lo compré. De hecho, las otras dos canciones, Not dark yet y Buckets of rain, eran las únicas que no me gustaban y si podía las saltaba con el reproductor. Pero el disco era muy bueno y no siempre tenía el botón del reproductor a mano. Así que escuchándolas una y otra vez, primero dejaron de molestarme y después incluso empezaron a agradarme.

En otoño de 2005 confluyeron dos sucesos que me acercaron definitivamente a Dylan: empecé a salir con Sonia y se estrenó del documental No direction home dirigido por Martin Scorcese. Yo no sabía nada de la vida (y obra) de Bob Dylan. Tampoco tenía interés en conocerla. Vi el documental por casualidad, porque lo emitieron por Canal+ un fin de semana que pasé en casa de mis padres. Había leído buenas críticas y era de Scorcese. Parecía un buen plan. Me encantó tanto la película (que se me hizo corta a pesar de durar 3 horas y media) como la historia que contaba. Me encantó el personaje de Bob Dylan. Admiré su genio y su valentía (aunque su voz...). Y me sorprendió comprobar que Like a rolling stone estaba incluida en el disco recopilatorio que me había comprado diez años antes. Había escuchado la canción sin percatarme de su grandeza. La tenía en un disco y ni siquiera era consciente de ello. Hasta ese momento.

Sonia me pidió que le grabara algunos de los discos que tenía en el apartamento de Azuqueca. De entre todos, el que más puso en esos primeros meses fue la banda sonora de Chicos prodigiosos. La música de Bob Dylan nos acompañó desde el inicio de nuestra relación. Tres años más tarde, cuando nos instalamos en Córdoba, descubrió el disco-souvenir de Dylan y lo rescató de la segunda fila de la estantería. A ella le gustó desde el primer momento. Vimos el documental de Scorcese… e incluso le regalé el libro de Greil Marcus Like a rolling Stone. Bob Dylan en la encrucijada.

Sonia dice que le gusta Bob Dylan gracias a mí (a mis discos más bien). Yo tengo claro que me gusta Bob Dylan gracias a ella. No sólo porque ha sido ella quien ha puesto mis discos, sino porque Sonia trajo consigo Radio3, San Javier y tanta buena música que ha educado mi oido y me ha permitido disfrutar de la voz de Dylan (sí, sí, de la voz también).


Así que no dudamos en asistir al concierto de Bob Dylan en Córdoba. A pesar de su precio (sesenta euros, el equivalente a cuatro conciertos de San Javier), a pesar de que suponía retrasar el viaje a Cartagena, a pesar del mal sabor de boca que dejó en 2004 (¡y ahora es once años más viejo!), a pesar del vídeo The night we called it a day con que promociona su último disco, a pesar de todo eso y más, Sonia fue a por las entradas el primer día que se pusieron a la venta.

Como sabíamos que Dylan no se recrea en sus viejas canciones, compramos el último disco, el de las versiones de Sinatra (no está disponible en Spotify). La primera vez que lo escuchamos nos dio la risa imaginando el conciertazo. Pero poco a poco nos fue enganchando. Dura 35 minutos y es ideal para ponerlo al finalizar el día, cuando los niños están (por fin) dormidos y nos sentamos un rato en el salón para leer y charlar. Cuando ya creíamos estar preparados para el concierto llegó Dylan a España y nos pilló con el paso cambiado.

He leído todo lo que he encontrado sobre esta última visita. Opiniones, valoraciones, reportajes, crónicas, reseñas de los conciertos de Barcelona, Zaragoza, Madrid, Granada, Córdoba y San Sebastián. Tras el concierto de Barcelona me hice una playlist de los temas que iba a tocar. Y para nuestro asombro, sólo dos eran del último disco. La mayoría eran del anterior, Tempest. En cuatro días nos pusimos a tono gracias al uso intensivo de Spotify. La verdad es que el nuevo repertorio estaba por encima de nuestras expectativas. También las críticas de los periódicos, mayoritariamente favorables (en realidad unánimemente favorables en lo referente a la música; algunos periodistas criticaban el carácter huraño del cantante y su negativa a cantar sus canciones más conocidas o a que le hagan fotos. Estos periodistas creen que Dylan es un cascarrabias que se deleita fastidiando a la gente). Los dos textos que, en mi opinión, mejor representan la realidad del Bob Dylan actual son los firmados por Fernando Navarro en El País y Manuel Alberto P. en El Independiente de Granada. Recomiendo su lectura.

Fotografía del concierto de Córdoba. Tomada de aquí.

A las diez en punto sonó un gong y salieron los músicos al escenario. Era emocionante verlo tan cerca, a escasos diez metros (conté once cabezas entre Dylan y nosotros, con una visión central como la de la imagen). Se me puso la piel de gallina cuando, sin más presentación ni anuncio (aunque ya sabía que era la primera canción que toca en los conciertos), sonó Things have changed.
A worried man with a worried mind 
No one in front of me and nothing behind 
There’s a woman on my lap and she’s drinking champagne
Got white skin, got assassin’s eyes 
I’m looking up into the sapphire-tinted skies 
I’m well dressed, waiting on the last train 


Yo siempré entendí there´s a woman on my left. Pasé mi brazo por la cintura de Sonia. Tantas veces escuchamos la canción desde que nos conocimos. Ese momento fue mágico y el concierto magnífico.

No entiendo la polémica que hay en los medios en torno a la figura de Dylan. No entiendo que haya gente que se queje porque no cante sus primeros éxitos. Cualquiera, a estas alturas de su carrera, sabe que no lo hace y no lo va a hacer. ¿Qué sentido tiene comprar una entrada cara y sentirse después decepcionado porque no ha tocado Like a rolling stone o porque canta fatal? Es la misma voz de siempre. Creo que la polémica se origina porque hay gente que se gasta el dinero para ver a Bob Dylan (porque es un mito, porque es famoso, porque vaya usted a saber la razón...). Pasados cinco minutos de concierto ya lo tienen visto (objetivo cumplido) y les quedan todavía dos horas para escucharlo. Es la penitencia para poder presumir de haber visto a Bob Dylan. No todos los grandes de la música popular son igual de accesibles. Louis Armstrong llega con más facilidad que Miles Davis. La música de los Beatles, al menos parte de ella, le gusta a cualquiera (y esto no es ningún menoscabo. Habla un beatlemaníaco de pro) cosa que no sucede con la de Bob Dylan. Yo he necesitado veinte años y a Sonia para educar mi oido y aprender a disfrutarla.

La última canción del concierto fue Love Sick. No la conocía hace tres semanas y ahora me viene a la mente con insistencia. He tardado en subirme al carro, casi me lo pierdo, pero voy camino de convertirme en otro dylaniano más.


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sábado, 13 de julio de 2013

¿A quién se lo agradezco?

Hace unos días me enteré de cómo se llamaba uno de los socios fundadores de la librería ocho y medio. Muere Jesús Robles, librero de cine - titulaba el periódico. Veo la foto que acompaña la noticia y sí, me suena su cara, aunque creo que nunca me atendió.


Recuerdo perfectamente el momento en que me enteré de la existencia de ocho y medio. Fue hace diez años (¡madre mía!), en el caluroso mes de junio de 2003. Me llamaron de la Delegación de Educación de Guadalajara para hacer una sustitución en un instituto de Azuqueca de Henares. Tomé posesión el día 2 de junio cuando todo el trabajo está prácticamente hecho (anda que hoy en día, con la crisis, van a mandar a un sustituto en esas fechas). Tenía mucho tiempo libre y pasaba casi todas las tardes  y fines de semana en Madrid, como un turista al que encima le pagan dinero. Fue un mes de descubrimientos: el botánico, PhotoEspaña, la Feria del libro... Fue en la Feria donde supe de ocho y medio. La primera vez que fui a la Feria me paré en cada uno de sus estands. Aquello parecía el milagro del pan y los peces pero con libros. Libros y más libros. Aunque, a decir verdad, pocas sorpresas (si descontamos el respingo que di cuando vi a Blas Piñar detrás de un mostrador dispuesto a firmar no se qué panfleto). Hasta que llegué a un estand repleto de libros de cine, muchos en inglés. Librería ocho y medio. ¿Existe una librería especializada en libros de cine? Sí. ¿Dónde se encuentra? Aquí en Madrid, en la calle Martín de los Heros.


Tuve que buscar en el plano dónde estaba Martín de los Heros (Sí señores, hace diez años yo me movía por Madrid con un plano callejero, la prehistoria tecnológica). Quién me hubiera dicho que no iba a olvidar el nombre de esa calle. Yo, que tengo una fastidiosa facilidad para olvidar nombres. Fueron tantas visitas, tantos paseos. Primero solo, luego con Sonia. No sólo la librería: los cines, la plaza de España...

He leído todo lo que se ha publicado sobre Jesús Robles a raíz de su muerte. Así me he enterado, por ejemplo, de que hacía años que ya no tenían estand en la Feria del libro: ¿Debemos los libreros y editores acercarnos al encuentro de los lectores (queda fatal decir clientes, el mundo del libro esta lleno de eufemismos)? ¿No sería mejor que en lugar de esta especie de peregrinación anual al Rocío ( a veces el calor del Retiro le  convierte en polvorientos caminos), centráramos nuestros esfuerzos en que la gente descubriera nuestras librerías?  ¿La librería de su barrio, de su ciudad? ¿No sería mejor que descubrieran la comodidad y el placer de pasar un rato, en un lugar climatizado, sin  la megafonía anunciando firmas como un mantra, escogiendo un libro, sentándose a hojearlo, sin nadie te moleste? ¿Poder escoger en vez de una selección  que tienes que hacer entrar en una caseta de 4x 2 metros,  metros y metros de estantería, agradablemente clasificados, por temas, alfabéticamente, y en un número infinitamente mayor?


Me hubiera gustado felicitar a Jesús Robles porque no he conocido ninguna librería tan acogedora y en la que fuera tan agradable pasar un rato como la suya. Ninguna con tanto gusto para decorar el escaparate y el interior. Era un placer entrar aunque fuera sólo cinco minutos mientras hacías tiempo para que empezara la película en alguno de los cines de alrededor.  Me habría gustado decirle que utilizamos una de las pegatinas con el logotipo de la librería para distinguir nuestra maleta. En definitiva, me habría gustado agradecerle el esfuerzo por sacar adelante un espacio que hacía la vida más agradable a los que pasábamos por allí.

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Cada vez soy más consciente de que la comodidad del mundo en el que vivo se debe al trabajo de mucha gente. Alguna conocida, la mayoría no. A muchos les puedes dar las gracias, a otros tantos no. Antes pensaba que el agradecimiento al trabajo estaba en el salario. Si un médico me curaba, era su obligación. Para eso le pagan. Últimamente siento que debo agradecer tantas cosas y a tanta gente que no doy abasto. Por ejemplo a la segunda persona por la derecha de la siguiente foto:


Ese señor, cuyo nombre desconozco (y que me temo no aparecerá en la prensa cuando fallezca), es el responsable del Festival de Jazz de San Javier. Desde hace seis veranos, lo veo coger el micrófono y anunciar los conciertos de la noche. Recuerdo sus palabras en al primer concierto de la edición del año pasado: Buenas noches, queridos amigos, bienvenidos un año más al Festival Internacional de Jazz de San Javier. Este año, a pesar de la que está cayendo, a pesar de los temores sobre el futuro del festival, hemos reunido un gran cartel... La crisis se está llevando muchas cosas por delante pero no el Festival de Jazz de San Javier.


Tras la presentación el hombre sale discretamente del backstage y se sienta junto a su familia para disfrutar del concierto. El miércoles estaba entusiasmado con John Pizzarelli. Esta persona disfruta con la música que nos ofrece. Está claro que es el alma mater del festival, el apasionado del jazz que un día fue capaz de liar a unos y a otros para montar un festival de altísima calidad en una pequeña localidad murciana. Gracias a él hemos escuchado en directo a Keb Mo, John Hiatt, Dana Fuchs, Luis Salinas, Wynton Marsalis (dos veces), Madeleine Peyroux, Marcus Miller, Ann Hampton Callaway y Asleep at the Wheel entre otros. Poco a poco se va educando el oido y, aparte de los buenos ratos que pasamos en los conciertos, voy ampliando mis horizontes musicales. Todo ello a un precio de risa. La entrada para el doble concierto de este miércoles (Jon Batiste y John Pizzarelli) costaba quince euros.

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Pero si hay alguien a quien debo eterno agradecimiento por horas y horas de disfrute, desde hace más de diez años, y especialmente en una época en la que atravesé alguna dificultad, es a la persona responsable de que la Filmoteca de Andalucía se estableciera en Córdoba (y no en Sevilla, como casi todos los organismos públicos dependientes de la Junta. O en Málaga o en Granada, donde caen más migajas que aquí, la única capital andaluza que nunca ha sido gobernada por el partido que ostenta el poder regional desde siempre). Recientemente la Filmoteca ha abierto salas de proyección en Granada, Almería y Sevilla. Pero en Córdoba llevamos veinte años de filmoteca y que nos quiten lo bailao.

Ciclos de cine coreano, polaco, alemán (ay, qué dolor de cabeza), mexicano, holandés, israelí, marroquí... Sam Peckinpah, Godard, Truffaut, Ford, Buñuel completo, Lubitch... El viaje de Shihiro, Together, Karakter, Nanuck, el esquimal, El buscavidas, América, América, el ciclo de películas mudas con música de piano en directo, The iron horse... Dogma 95, los viernes estreno, Michael Winterbottom, Amores perros, Senderos de gloria y muchas, muchas más. Todo en versión original, of course. Alguna semana hubo en la que fui a la filmoteca todos los días (de lunes a viernes, entonces no proyectaban películas los sábados). Solo casi siempre. Con Johanna alguna vez, con mi madre más veces y en los últimos años con Sonia (el ciclo de Sam Peckpinpah nos lo pimplamos los dos). El precio de la entrada no ha subido desde la primera vez que entré: 150 pesetas (ahora 90 céntimos de euro). El bono de diez entradas costaba mil pesetas (ahora seis euros). ¿A quién le agradezco todo eso?