Me quedé de piedra cuando me di cuenta de lo que había hecho. Estaba en la cama, tumbado, leyendo un ensayo escrito por Bruno Bettelheim. Es un libro de pasta blanda y formato pequeño. Una edición de bolsillo con letra diminuta en exceso.
Absorto en la lectura, voy recorriendo las líneas del texto a golpes de vista hasta llegar al final de la página. En ese momento acerco el dedo índice de la mano derecha y pulso la página levemente. No ocurre nada y es entonces cuando me doy cuenta de lo que ha pasado. Y no me lo puedo creer.
Sólo he leido tres novelas y un ensayo en el libro electrónico desde que me lo regalaron en el mes de febrero. Tanto las novelas como el ensayo eran de poca extensión. ¿Cómo es posible que con tan escasa experiencia mi cerebro haya automatizado de tal manera el nuevo mecanismo de lectura? Centenares de libros leidos, treinta años pasando la hoja de papel y, tras apenas una semana de uso intensivo del libro electrónico, el cerebro intenta reproducir el nuevo mecanismo de lectura en un libro de los de toda la vida. No lo hubiera podido creer.
Moraleja: el libro electrónico es comodísimo.
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