Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder

sábado, 7 de octubre de 2017

Dándole al molino

Emocionado por la irrupción de mis antiguos coblogueros me animo a participar en el blogamm. Le tomo la palabra a Sap y redacto un comentario que, en el momento de ser enviado, se pierde en limbo del ciberespacio. Maldición. Lo he vuelto a enviar, con otra dirección de correo, y se ha quedado a la espera de moderación. Ya me ocurrió hace dos años, precisamente en el tiempo en que transcurre la anécdota que cuento hoy. Reproduzco aquí el comentario y añado un par de imágenes para ilustrarlo.

Muchas gracias, Maese Nicolás, por la difusión. Me has hecho rejuvenecer cinco o seis años resucitando a Eduardo Suomi.
:-)

Sap, 
Si tú me dices ven.... vengo e intento explicar mi punto de vista.
Yo también querría aprender catalán si me instalase en Cataluña. Quizás no en el minuto 5, ni en el minuto 10, ni en el 15 pero sí a medio plazo. Otra cosa es que, conociéndome, sepa que posiblemente nunca llegase a dominarlo. Porque no tengo facilidad para los idiomas y me da pereza estudiarlos. Es un defecto, lo sé. No me enorgullezco de él, sólo lo constato. He vivido largos períodos de tiempo en el extranjero comunicándome en inglés. Veo todas las series y películas en VO y utilizo este idioma en el trabajo (no para dar clase, aunque podría). Pues bien, a pesar de tanto tiempo de práctica intensiva, escribo y hablo peor que el ínclito JB Toshack cuando se atrevía con el castellano.  Envidio a las personas que aprenden idiomas como hobby. Estoy casado con una de ellas (y estuve casado con otra que también). 

Hace dos años, en octubre de 2015, participé en una jornada Euroscola en el Parlamento Europeo de Estrasburgo. Asistíamos los alumnos y profesores ganadores del concurso Euroscola en cada país de la UE. Los estudiantes hacían de eurodiputados, reuniéndose en comisiones, presentando conclusiones y votando resoluciones sobre varios asuntos. Para probar el sistema de votación se hizo una pregunta a los alumnos-diputados. Algo así como (hablo de memoria):
¿Es mejor instaurar un idioma oficial en la UE o es preferible mantener los 24 idiomas oficiales?
Una inmensa mayoría de estudiantes votó por mantener los 24 idiomas. Los profesores no teníamos voz ni voto en la sesión pero, si me hubieran dado la oportunidad, habría votado sin duda por un único idioma oficial.

Actualmente coordino un proyecto Erasmus+ con centros educativos de Finlandia, Italia, Croacia y Letonia. ¿En qué idioma nos comunicamos? En inglés, que no es la lengua materna de ninguno de los participantes. Debo de ser muy insensible pero no entiendo los argumentos de Diego Ariza y otros respecto a que un ciudadano debe ser atendido (por el médico) en su lengua materna. Yo creo que debe ser atendido en una lengua que entienda. Si el ciudadano entiende varias lenguas, pues en cualquiera de ellas puede ser atendido. Yo he ido al dentista (en Finlandia), me han atendido en inglés y lo único que he sentido es un gran alivio porque me quitaran el dolor de muelas.

Creo que se debe facilitar a (todos) los ciudadanos el ejercicio de sus derechos. En mi caso, que soy ciudadano español y europeo, entiendo que esta facilidad pasa por establecer un idioma que todos deban conocer. Está bien que me interese por el catalán si me establezco en Cataluña, y si al cabo de dos años me mudo a Donosti pues me interesaré por el euskera y más tarde por el gallego cuando recale en el pueblo de mi suegra. Pero lo que no creo que se deba exigir es aprenderlos. Me gustaría saber cuánta gente habla español, catalán, euskera, valenciano y balear (Ignoro si el valenciano y el balear difieren del catalán mucho/poco/nada. Lamento la ignorancia). Actualmente esos pocos ciudadanos, si es que existe alguno, son los únicos que se pueden mover por todo el territorio nacional y ejercer sus derechos sin merma.

En un futuro utópico yo querría lo mismo para Europa. Un idioma oficial. Me gustaría que fuese el inglés. Pero me daría igual cualquier otro. Uno. Que todos estemos obligados a aprenderlo. Que podamos comunicarnos estemos en Riga, Urbino, Estrasburgo, Murcia o Lisboa.

Termino que me enrollo. En aquella jornada de Euroscola, antes de ejercer como eurodiputados por un día, un par de alumnos de cada instituto subieron a la tribuna para presentar su centro escolar. Había servicio de traducción simultánea para quien lo necesitara. Los traductores estaban en sus puestos. Los profesores, sentados en la última fila, teníamos una visión global de todo el hemiciclo. Desde allí observé como, salvo los nuestros, ningún estudiante hacía uso de los auriculares. Todas las presentaciones fueron en inglés salvo dos. Una fue la del instituto británico, que tuvo la deferencia de hacer la presentación en francés (porque estábamos en Francia o por corresponder al esfuerzo de los demás alumnos por hablar en una lengua no materna). Fue el único momento en el que tuve que acudir a los traductores. Para la otra presentación que no fue en inglés no necesité traducción. En la tribuna estaban dos de mis alumnos. En realidad ex-alumnos. Habíamos ganado el concurso con un proyecto que hicimos en 2º de bachillerato del curso anterior. En esos momentos ya estaban en la universidad. No hubo manera de convencerlos de que hicieran la presentación en inglés. Lo intenté hasta la noche de antes. Entendí su decisión porque, tristemente, su nivel de inglés era pésimo y no se sentían nada seguros (leyendo el texto). Además, estaban en su derecho a hablar en español (para eso estaban los traductores). Pero los italianos también tenían derecho a hablar en italiano y no lo hicieron. Ni los finlandeses hablaron en finés o sueco. Ni... Los únicos que utilizaron su lengua materna para comunicarse fueron, aparte de nosotros, los irlandeses.
Sentí una vergüenza íntima cuando vi que el hemiciclo entero se ponía los auriculares para poder entender a los españoles. E insisto en que comprendí y respeté su decisión. Pobres víctimas de nuestro sistema educativo y del doblaje.

Pero lo que no entiendo, y por eso cuento esta anécdota, es a los que, conociendo un idioma común, se empeñan en utilizar otro que desconoce la mayoría o alguno de los receptores. Lo que a mí me gustaría, y sé que es una ingenuidad, es que los idiomas se "despolitizaran". Que simplemente se utilizara el sentido común, la cortesía y la eficiencia. Y por supuesto que, quienes disfrutan aprendiendo idiomas, que continúen disfrutando con su afición, una de las más nobles que puedo imaginar.

Después de este tocho seguro que ya no vuelves a pedir que participe.
;-)


viernes, 6 de octubre de 2017

1999, any zero

En los años 90 Barcelona era el no va más de la modernidad en la península Ibérica. Así lo creía yo, muy en sintonía con lo que escribe Ramón González Férriz en este artículo. Barcelona era más europea, menos caótica, más hospitalaria, menos agresiva, más abierta al mundo que ninguna otra gran capital (sobre todo que la capital). Madrid era sinónimo de atasco en la M30; Barcelona, de racionalidad urbana con su Ensanche y obras olímpicas. Entre Pasqual Maragall y Álvarez del Manzano no había color.


Sí, es verdad, estaba todo el asunto del nacionalismo catalán. Pero, desde mi óptica, se trataba de un un problema sobredimensionado y utilizado con meros fines electorales. Al fin y al cabo, el PP, que tanto criticó la política lingüística de la Generalitat, no tuvo reparo en implantar su propia inmersión lingüística en otras comunidades bajo su gobierno (Galicia y Valencia, por ejemplo). Y los mismos que saludaban desde el balcón a quienes gritaban Pujol, enano, habla castellano a las pocas semanas confesaban hablar catalán en círculos íntimos. Al único intelectual "de izquierdas" que recuerdo criticar los desmanes del nacionalismo catalán en aquellos años es Félix de Azúa (Savater, el pobre, ya tenía suficiente trabajo con el vasco, que llevaba de premio una banda de asesinos y secuestradores). Ya un poco más tarde empecé a leer a Arcadi Espada. Pero tanto a Azúa como a Espada e incluso al Savater articulista les puede con frecuencia su altivez. Escriben de maravilla y son elocuentes en sus razonamientos pero, a veces, dan la impresión de forzar los argumentos un poco más de la cuenta con el único objetivo de dejar en evidencia el (bajo) nivel intelectual de quienes opinan lo contrario. Se gustan demasiado y esto les resta un punto de credibilidad.

Mi creencia era que, como los tumores, había nacionalismos malignos y otros benignos y el catalán se encontraba en esta segunda categoría. Y, en todo caso, los nacionalistas vivían en la Cataluña rural, como se encargaban de repetir siempre los analistas políticos. Barcelona era, repito, pura modernidad, apertura y vanguardia cultural. Por eso, cuando Johanna y yo decidimos buscar nuestro futuro en España (descartando Finlandia, Reino Unido y alguna otra opción que barajamos), elegimos la capital catalana como el lugar ideal. Llegamos a la estación de Sants a finales de septiembre de 1999 tras viajar toda la noche en tren y un taxi nos llevó a la pensión que teníamos reservada por una semana. Pensamos que sería tiempo sufiente para encontrar un apartamento de alquiler. Éramos ingenuos y optimistas. También afortunados, porque antes de que finalizara tan breve plazo encontramos apartamento (Calle Rocafort 146) y Johanna empleo (gracias a la ayuda de mi primo Quico). Para mayor suerte, en una ciudad tan grande, el puesto de trabajo de Johanna estaba en la calle Numancia a menos de 15 minutos andando de nuestra nueva casa. Unos pocos minutos más, caminado en dirección contraria, y llegábamos a la plaza de Cataluña. La plaza de España estaba a la vuelta de la esquina. Es posible que me equivoque pero creo recordar que el precio del alquiler era de 54.000 pesetas mensuales (tal vez 64.000. No más, eso seguro). En aquella época, previa al boom inmobiliario y a Airbnb, era posible alquilar un apartamento céntrico y decente para los jóvenes que iniciábamos nuestra andadura.

Llegamos en septiembre de 1999 y nos marchamos en febrero de 2000. Recibimos el nuevo milenio en la plaza de Cataluña, rodeados de turistas extranjeros (la mayoría italianos), disfrutando de un espectáculo asombroso de la Fura dels Baus. No duramos mucho en Barcelona. No fue por culpa de la ciudad. Éramos nosotros. Pero en esos cuatro meses largos, en los que tuve tiempo de sobra para pasear y para mirar la ciudad con ojos golosos, vi cosas que nunca hubiera imaginado. Algunas las llegué a poner por escrito en un cuaderno que conservo. Esto es del jueves 14 de octubre de 1999:
Hemos aterrizado en la ciudad condal en plena recta final de la campaña electoral al parlamento autonómico [Fueron las últimas elecciones de Pujol y las primeras de Maragall. Ganó este último en votos pero obtuvo más escaños el primero]. Lamentablemente no he tenido tiempo de seguirla.(...)
A pesar de mi momentánea desconexión sobre lo que pasa en el mundo
[no teníamos televisión ni acceso a internet. Tampoco comprábamos la prensa], he sido testigo de un acontecimiento que merece figurar en la antología del disparate nacionalista. Sucedió en la festividad del Pilar, día de la hispanidad. Al partido de los verds se le ocurrió celebrar, junto al monumento a Colón, un acto de desagravio para con los pueblos suramericanos que fueron conquistados y sometidos al "yugo colonial español". Para ello invitaron a representantes de los colectivos de inmigrantes y otras asociaciones relacionadas con latinoamérica. La práctica totalidad de asistentes al acto eran hispanoparlantes y sólo unos pocos entendían el catalán. A ninguna persona de bien se le escapa que la escasa implantación de los idiomas precolombinos en la actualidad se debe al feroz imperialismo español. Por eso, al llegar la hora de los discursos, la candidata del partido declinó utilizar el "idioma de los opresores". Con ello evitó herir las susceptibilidades históricas de los presentes. Lo de menos es que los destinatarios de estos honores y miramientos no pudieran entender lo que sin duda fue un emocionante alegato contra la abyecta corona española y sus funestos fines. Otra vez será.
Me pregunto que habrán hecho, sentido, pensado esta semana los niños de la foto
 Muy cerca de nuestro apartamento, en la plaza Joan Miró, había una pequeña biblioteca muy agradable, rodeada de agua y con grandes ventanales que dejaban entrar la luz y la vista del parque. Cuando entré la primera vez me llevé una gran sorpresa al descubrir que muchos títulos estaban traducidos al catalán...... del español. Comprendo perfectamente que haya lectores que prefieran leer a Dickens, Pennac o Kapuscinski en catalán antes que en español. Al fin y al cabo se trata de traducciones necesarias por la dificultad (o directa incapacidad) de entender el inglés, el francés o el polaco. Puestos a traducir que se haga en el idioma que más me gusta. Vale. Bien.
Pero no me cabe en la cabeza que existan lectores que, siendo capaces de comunicarse perfectamente en castellano, prefieran leer una traducción al catalán de obras de Marías, Savater o Mendoza. A lo mejor es una tontería, pero para mí fue un jarro de agua fría en la idea cosmopolita y moderna que tenía de Barcelona. Me parece el colmo del aldeanismo.


De esto no me acordaba. Lo escribí el jueves 28 de octubre de 1999 (se ve que los jueves tenía más tiempo libre):
Esta mañana una compañera de trabajo ha recriminado a Johanna que no esté aprendiendo catalán. "No te vas a integrar si no lo aprendes. Es una pena, porque nosotros somos catalanoparlantes. Pero bueno, a ti te hablaré en castellano".
El olvido se debe a que no fui yo quien sufrió la descortesía. Pero recuerdo lo alterada que vino Johanna de la oficina. Trabajaba en una de las sedes centrales del Deutche Bank, en el departamento de contratos si no recuerdo mal. El banco alemán estaba domiciliado en Barcelona. Había al menos tres sedes con oficinas centrales: una en la calle Numancia, otra en Sant Cugat del Valles y otra en la Diagonal. En su trabajo Johanna no mantenía ningún tipo de contacto con clientes (que en todo caso serían todos los clientes españoles, puesto que, repito, trabajaba en la sede central del banco. No había otro departamento como el suyo en Madrid ni en ninguna otra ciudad española).
En la entrevista de trabajo, mantenida en español, no se hizo mención en ningún momento que hablar catalán fuese un requisito para obtener el puesto. Todos los documentos, todas las instrucciones, el único idioma de trabajo en esas oficinas era el castellano.
No sé cuántos idiomas hablaba la compañera maleducada y borde. Johanna, en esa época, dominaba perfectamente el finés, el sueco, el inglés y el español. Y no tengo duda de que, si nos hubiésemos quedado a vivir allí, también habría aprendido catalán. Le gustaban mucho los idiomas (aunque ahora recuerdo que el catalán no le hacía gracia porque decía que sonaba como el ruso. Muchos finlandeses, Johanna entre ellos, padecen rusofobia en mayor o menor grado). Yo lo hubiera tenido más complicado porque me da mucha pereza estudiar un idioma. Me pasó en Helsinki, donde apenas mejoraba mi finés porque en todas partes me comunicaba sin problemas en inglés. Y nadie me espetó nunca una frase de ese estilo. Nadie me recriminó nunca tener que utilizar el inglés para que yo pudiera entender y participar en la conversación.
Hace cinco meses regresé a Finlandia con motivo de un proyecto Erasmus+ del que soy coordinador. Estuve una semana realizando actividades en un instituto de una pequeña localidad a 20 km de Helsinki. Un mismo edificio, con algunas instalaciones comunes (comedor, hall, pistas deportivas...) y otras no (laboratorios, aulas, salas de reuniones) albergaba a los dos institutos del pueblo: el sueco-parlante (nuestro socio en el proyecto) y el finés-parlante. He ahí un ejemplo claro de bilingüismo respetando los derechos de todos los ciudadanos incluidas las minorías (en este caso los suecos). Las familias suecas tienen derecho a que sus hijos estudien en sueco y no por eso dejan de aprender finés (imposible, están inmersos en ella y la asignatura de finés tiene mucha carga horaria). Las familias finlandesas tienen derecho a que sus hijos estudien en finés y no por eso dejan de aprender sueco (mucha carga horaria). ¿Dónde está la segregación si además comparten instalaciones?
En Cataluña, se quiera o no reconocer, la política lingüística no está al servicio de los derechos ciudadanos sino de la "integración" social. El objetivo es conseguir que las familias hispanoparlantes alcancen la condición de ciudadanos catalanes mediante la asunción del credo nacionalista. Hay que estar muy ciego para no reconocer que hay catalanes de 1ª (o catalanes a secas) y catalanes de 2ª (estos realmente no son considerados catalanes. Son gente de paso). Aquello de todos somos iguales pero algunos somos más iguales que otros. Es lo que estaba implícito en la conversación que tanto alteró a Johanna. Verás, tú crees que somos iguales porque eres ciudadana de la UE, con permiso de residencia, hablas perfectamente una de las dos lenguas oficiales, tienes un buen trabajo... Pues no, estás equivocada. Para que seamos iguales, para alcanzar la ciudadanía plena debes hablar catalán (primer paso para pensar como un buen catalán).

Comedor y sala de usos múltiples que comparten el instituto finés-parlante y el  sueco-parlante de Sipoo/Sibbo
Durante mis paseos por Barcelona, aparte de carteles electorales, me encontraba con otros en los que se veía un convoy de carros de combate desfilando por la Diagonal con la siguiente leyenda en rojo:
1939 BARCELONA ANY ZERO    història gràfica de´l ocupació de la ciutat
Anunciaba una exposición en el Museu D´Història de la Ciutat con motivo del cuarenta aniversario de la entrada de las tropas franquistas en Barcelona. En 1999 todavía no estaba de moda la recuperación de la memoria histórica y nadie conocía al diputado Rodríguez Zapatero que pocos meses después sería nombrado secretario general del PSOE (con el apoyo del PSC). El museo de historia de Barcelona fue, pues, uno de los pioneros en la "recuperación" de la memoria histórica en su versión más perversa, la que podríamos llamar historia-ficción al servicio de una ideología. Yo tenía muy reciente la lectura de cuatro libros que abarcaban el meollo de la cuestión:
  • La república española y la guerra civil de Gabriel Jackson. Me encantó. Lo leí sufriendo por el desenlace de los acontecimientos aun sabiendo el final de antemano. Pensé mucho en mi abuelo. En mis abuelos. Me apenaba desconocer tanto de sus vidas.
  • Causas de la guerra de España de Manuel Azaña con prólogo de Gabriel Jackson. Son 11 artículos escritos en Collonges-sous-Saléve en 1939.
  • Franco de Paul Preston. También me gustó pero no fue una lectura agradable. Me obligué a leer un capítulo diario como quien toma una medicina necesaria.
  •  Los españoles en guerra de Manuel Azaña con prólogo de Antonio Machado. Contiene los cuatro discursos oficiales pronunciados por el presidente de la República durante la guerra civil. Se imprimió por primera vez en Barcelona en enero de 1939, bajo el cuidado de su autor. 
Podría añadir algún otro libro más a la lista (las memorias de Francisco Ayala, por ejemplo) pero no merece la pena. Sólo quiero recalcar que, sin ser ningún experto ni historiador, tampoco era un completo ignorante de lo acontecido en esa triste época histórica.


Nunca imaginé que una institución pública pudiera programar una exposición tan sectaria y manipuladora como la que me encontré en la Casa Padellás. En ningún lugar, pero menos aún en Barcelona. Por Dios, pero si hasta el mismo Gabriel Jackson había elegido esta ciudad para retirarse a vivir tras su jubilación. ¿Cómo es que ningún intelectual se había manifestado denunciando el timo?
Cualquier visitante que desconociera la historia de la guerra civil saldría de la exposición convencido de que la guerra consistió en una invasión del ejército dictatorial español para acabar con las instituciones democráticas catalanas. Todas las imágenes, todos los documentos (terroríficas las condenas a muerte) recreaban una única secuencia: reuniones pacíficas de asambleas y grupos políticos nacionalistas, noticias sobre la declaración de independencia, guerra (únicamente en territorio catalán) y posterior represión (ídem). Todas las víctimas eran demócratas catalanes. Los causantes de las matanzas: fascistas españoles.
Ninguna contextualización. No fue una guerra de españoles contra españoles sino de españoles contra catalanes. No existían matanzas fuera de Cataluña. Madrid no fue ocupada por ningún ejército vencedor. No hubo masacres en la carretera de Málaga a Almería, ni en Badajoz, ni...

Alguien podría argumentar, siendo muy naif, que el Museo de Historia de Barcelona se limitaba a exponer lo sucedido en la ciudad por tratarse de un mueso de historia local. Pero no es verdad. Primero porque la muestra exponía los acontecimientos sucedidos en toda Cataluña, no sólo en su capital. Y segundo, lo que es infinítamente peor, porque ocultaba todo lo relacionado con las instituciones republicanas españolas. Las brigadas internacionales no se despidieron con un desfile en Barcelona. Es conocido que las brigadas vinieron a auxiliar a la República Española, no a la Generalitat de Cataluña. Tampoco Barcelona fue la última sede del gobierno republicano español antes de partir al exilio. Entre otras razones porque en el Museo de Historia de Barcelona no hay señal de que existieran demócratas españoles (no catalanes, se entiende) ni que tuvieran que exiliarse al final de la guerra. El último discurso de don Manuel Azaña como presidente de la República Española no fue en el Ayuntamiento de Barcelona... Y así podríamos seguir con la lista. Vergonzoso. Escribí un comentario indignado en el libro de visitas y me marché con mal sabor de boca.


Lo que está sucediendo estos días me está dejando algo peor que un mal sabor de boca. Rabia, tristeza y preocupación en proporciones variables según el momento. Rabia por tener que presenciar actuaciones de una irresponsabilidad criminal por parte de quienes deberían preocuparse por el bienestar de los ciudadanos y lo único que persiguen es enfrentarlos. Tristeza por todo. Preocupación porque ya no hay solución buena (yo no la veo) y la deriva puede ser terrible (esperemos que no).

También tengo la sensación incómoda de haberme dejado engañar. De no haber querido ver lo que saltaba a la vista. Leo la prensa, veo las noticias y todo me recuerda a los meses que viví en Barcelona. El escalofriante artículo de Isabel Coixet publicado el martes tiene su correspondiente reflejo en otro que publicó Arcadi Espada en diciembre de 1999.

Es difícil poner una fecha en la que comienzan los movimientos sociales. Pero para mí 1999 es el any zero del procés.
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sábado, 13 de mayo de 2017

Soñando con Swansea

A los pocos meses de marcharme soñé por primera vez que regresaba a Swansea. Han pasado veinte años y todavía alguna vez sueño que regreso. El sueño, recurrente y repetitivo en su estructura, admite dos variantes. En una estoy solo e intento buscar a mis amigos de entonces. En la otra estoy acompañado (en su día por Johanna, ahora por Sonia) y ejerzo de guía de la ciudad, enseñando con entusiasmo los lugares que frecuenté durante los nueve meses que viví allí.


En ambos casos el sueño arranca con una descarga de alegría (¡Estoy en Swansea, no me lo puedo creer!) y termina con un punto de amargura. Sí, estuve en Swansea, pero por poco tiempo. Lo que dura un sueño.

Nunca he soñado que regresaba a Helsinki. Ni tan siquiera como pesadilla. Me pregunto por qué. Quiero decir, ¿por qué Swansea alimenta mis sueños desde el día en que me marché y Helsiki no?

Mi vida en Swansea era como una película amable de Ken Loach (si es que tal cosa es posible). Barrios obreros de casitas adosadas, moqueta en el suelo, olor incrustado a beans, mugre, pubs y mucho hooligan alrededor. Café irlandés, por ejemplo. O un Trainspotting (que se estrenó cuando yo vivía en Swansea) sin drogas ni trapicheos. El protagonista pasa las horas libres (muchas) en los pubs o en la calle con los amigos (nunca solo). A su casa sólo va para dormir. A veces ni eso.

En cambio mi vida en Helsinki sería una película de la nouvelle vague. Joven pareja vive en un pequeño apartamento vacío con más libros que vajilla. El protagonista no tiene medios económicos ni ocupación aparente y dedica sus muchas horas libres a pasear, leer y ver películas. Diálogos conyugales, largos planos de silecio y soliloquio (¿voz en off?).

Puestos a elegir, entre Ken Loach y Godard, me quedo sin duda con este último aunque tampoco sea santo de mi devoción. Pero lo que de verdad me apetece es la vida que tengo, que vendría a ser una película de Frank Capra o de Pixar, a medio camino entre Up, Toy Story, Rayo McQueen y Del revés, una película familiar, emocionante, rebosante de cariño y buenos sentimientos. La puedes ver muchas veces y nunca te cansas. ¡Qué bello es vivir!

Entonces, ¿por qué sigo soñando con Swansea? ¿Por qué George Bailey sueña con ser Mark Renton? No sé. Le doy vueltas y aventuro varias razones pero ninguna convincente. No consigo intuir por qué mi subconsciente me ha hecho regresar a Swansea todos estos años. 

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lunes, 12 de diciembre de 2016

La semana de Luka Doncic

Para los aficionados al baloncesto esta ha sido sin duda la semana de Luka Doncic. No hay más que leer los tres titulares que le ha dedicado la sección deportiva de El País para comprobarlo:
Los seguidores del Real Madrid Baloncesto nos movemos entre el éxtasis por el juego del chaval (y del equipo), la sorpresa continua ante las maravillas que es capaz de hacer a sus años y la nostalgia anticipada por su previsible marcha a la NBA en cuanto tenga la edad mínima para ello. La poderosa liga estadounidense hará que la carrera de Doncic en el primer equipo del Madrid sea flor de un día ¡Pero qué flor! Vean una pequeña muestra. Partido de Euroliga empatado a poco menos de dos minutos para el final y esto es lo que ocurre:


Supongo que el sentimiento de nostalgia que me inspira Luka Doncic tiene que ver con el recuerdo de Raúl, un alumno al que le di clase hace dos años en 4º ESO. Es de 1999, la quinta de Doncic. De hecho compartieron habitación en una residencia cuando jugaban en las categorías inferiores del Real Madrid, uno al fútbol y el otro al baloncesto. Un día, a raíz de un comentario sobre la NBA, surgió este diálogo:

- Maestro, a tí lo que te gusta es el baloncesto, ¿no?
- Sí.
- ¿Y de qué equipo eres?
- Del Real Madrid y de los Boston Celtics
- ¿Sabes quién es Luka Doncic?
- Me suena su nombre. Es un chavalín de la cantera del Madrid que dicen que es un figura. ¿Es ese? Nunca lo he visto jugar.
- Sí. Yo lo conozco, compartíamos habitación en la residencia.
- ¿Y es tan bueno como dicen?
- Buahh, es un crack. A mí me regaló sus zapatillas.
- Qué detalle.
- Es que firmó con XXXX (marca deportiva) y a mí me regaló las antiguas.

Y por esos derroteros siguió la conversación. A Raúl le gustaba sacar a relucir su pasado en la cantera del Madrid. Con quince años ya tenía un pasado de futura promesa. Ese año jugaba en la cantera del Córdoba, el anterior había jugado en la del Málaga, el anterior en la del Madrid... y hasta ahí llegan mis conocimientos. Desde luego la trayectoria no parecía muy prometedora pero le otorgaba un halo de estrella entre sus compañeros. Y eso que no era el único futbolista de la clase. Había otros tres alumnos que también jugaban en las categorías inferiores del Córdoba. Los cuatro se alojaban en una residencia pública regentada por la Junta de Andalucía cercana al instituto.

Cuando llegó el mes de septiembre del curso siguiente (el año pasado) sólo dos de los cuatro futbolistas se matricularon para bachillerato. Ninguno era Raúl. Pregunté por él, si había decidido estudiar en otro instituto, o tal vez un ciclo formativo, o quizás lo había fichado un equipo de otra provincia... Nada de eso. Se había matriculado en el instituto de su pueblo y estaba sin equipo.

Me impactó la noticia. No sé si la decisión fue voluntaria o impuesta. Volver con dieciséis años al pueblo. Tiene que ser duro. O no, a lo mejor es un inmenso alivio. En cualquier caso no puedo disociar a Doncic de Raúl. Imagino a este último viendo por la tele a su antiguo compañero de habitación triunfar a lo grande. ¿Qué se sentirá? ¿Cuántos raules hacen falta para que surja un Doncic?

Piti Hurtado ha preparado este vídeo para homenajear a la joven estrella eslovena. De fondo suena Alphaville cantando forever young. Nada más apropiado. Cuando nos lleguen los ecos de sus hazañas en la NBA recordaremos que nosotros lo vimos crecer, recordaremos las perlas que nos está regalando a diario esta temporada, lo recordaremos tal y como es ahora: forever young. ¿Hay alguien capaz de ver este vídeo y no sentir nostalgia?

lunes, 25 de enero de 2016

El sexo asignado

Ha llegado un alumno nuevo al instituto. Debería decir una alumna. Alguien que nació siendo varón y ahora es (o va camino de ser) mujer. La semana pasada, estando yo de guardia en el "aula de reflexión" (eufemismo para referirse a la sala de expulsados), la conocí. Entró bruscamente para devolver las llaves del baño de las chicas. Ni un "buenos días" que echarse a la boca. A pesar de sufrirla a diario nunca me acostumbraré a la mala educación imperante entre los alumnos.

En esta ocasión también yo me quedé sin palabras. Antes de que pudiera reaccionar ("buenos días, ¿no?") ya se había marchado. Reconozco que me impactó su pinta almodovariana. ¿De dónde ha salido esta? ¿A qué clase va? Tampoco tuve demasiado tiempo para seguir preguntándome este tipo de cuestiones porque de eso se encargaron los sospechosos habituales que tenía a mi cargo "reflexionando".

- Maestro, ¿eso qué es un tío o una tía?
- Es un tío porque se llama XXXXX
- Pero quiere que la llamen YYYYY

Desde mi puesto de guardia pude ver como XXXXYYYY entraba en 2º D. Madre mía. Si sobrevive a ese grupo de bandarras estará curada de espantos para el resto de su vida. A su favor cuenta con sus maneras desafiantes. El modo en el que entró a devolver las llaves del baño de chicas dejaba claro que era YYYYY pero que si indagaban en sus partes podía ser más XXXXX que cualquier de los allí presentes, los más chulos del pasillo.

Con tanto trabajo que tengo había olvidado el episodio. Hasta que esta tarde he recibido un correo de la coordinadora del plan de igualdad del centro. Nos informa de la existencia de un protocolo de actuación sobre identidad de género en el sistema educativo andaluz. Si alguien tiene curiosidad por conocerlo sólo tiene que buscar en el BOJA número 96 de 21 de mayo de 2015 el Anexo VIII de la Orden de 28 de abril de 2015 por la que se adoptan medidas para la promoción de la convivencia en los centros docentes sostenidos con fondos públicos. Me ahorro la búsqueda porque la coordinadora adjunta en el correo el protocolo en cuestión. Se trata de un documento de cinco páginas escrito en la jerga farragosa de siempre y que, a efectos prácticos, sirve para bien poco. Un ejemplo:
Cuando el tutor o tutora de un grupo, o cualquier miembro del equipo educativo del centro, observe en un alumno o una alumna menor de edad de manera reiterada y prolongada la presencia de conductas que manifiesten una identidad de género no coincidente con el sexo asignado al nacer, lo comunicará al equipo directivo del centro, el cual propondrá a la familia o representantes legales una entrevista con el profesorado que ejerce la tutoría, a la que podrá asistir el profesional de la orientación educativa en el centro, en la que se informará de los hechos observados, los recursos existentes en el ámbito educativo y externos al mismo, y la posibilidad de iniciar un proceso para identificar las necesidades educativas y determinar las posibles actuaciones a desarrollar en el centro, con el consentimiento expreso de la familia o representantes legales del alumno o alumna.
En ningún momento el legislador tuvo la necesidad de utilizar un punto seguido. ¿Para qué, si existen las oraciones subordinadas y las subsubsubordinadas? Nada de lo que asombrarse. Con esta claridad de expresión y de ideas se rige el sistema educativo andaluz. Entre tanta palabrería inane destaca la expresión el sexo asignado al nacer. ¿Asignado? No sé, no soy lingüista pero tengo la impresión de que el verbo asignar requiere de un sujeto consciente. ¿Dios?

No deliremos. Mejor terminar con un clásico de Los burros. La inconfundible voz de Manolo García cantando mi novia se llamaba Ramón.


miércoles, 21 de octubre de 2015

Regreso al futuro

Teníamos contratadas las cenas en un restaurante céntrico, La Chaine D'or. Muy cerca había un cine de los de toda la vida, Cinéma Vox, con mucho ambiente. Cada noche sentía una sana envidia al contemplar la escena de los espectadores haciendo cola en la taquilla o tomando algo en el ambigú antes de entrar en la sala. Una estampa de otros tiempos. En Córdoba ya no quedan cines en el centro de la ciudad. El último en cerrar fue el Alkazar, donde hace muuuuchos años vi por primera vez Regreso al futuro.

Precisamente esa era la película que proyectaban en el Cinéma Vox el pasado sábado. Entre eso, los miles de kilómetros recorridos, el frío riguroso y los adornos navideños que se vendían en multitud de tiendas, me hizo sentir que era yo el que había hecho un viaje al pasado en el que se estrenó la película.

Ahora me entero de que la película ha regresado a las salas de los cines porque hoy, 21 de octubre de 2015 es el día exacto en el que Martin McFly vuela al futuro. Así que el futuro era hoy. Este es el primer futuro que alcanzo y me hace sentir un poco de vértigo. Recuerdo 1984 y las conmemoraciones orwellianas (aunque no supiera quién era Orwell ni cuál su profecía), así como 2001 y su odisea particular. Pero esos eran futuros creados antes de mi nacimiento y, por lo tanto, no me afectaban en absoluto. Es más, me parecía de lo más natural que el futuro concebido en un pasado remoto hubiera al fin llegado.

Regreso al futuro es otra cosa. Vi la película en el cine y muchas más veces después. Apodamos McFly a un amigo del colegio (porque se parecía a McFly padre de joven, no a Michael J. Fox). ¿Ya ha llegado 2015? ¿Martin McFly ha dejado de ser el modelo de adolescente guay para convertirse en padre de familia agotado por el trabajo? ¿Tan rápido? Glups.

Los medios de comunicación están celebrando el día de Regreso al futuro haciendo una lista de los aciertos y fallos que la película tiene acerca de los avances tecnológicos que disfrutaríamos en 2015. Sí, existe la videoconferencia. No, no existen los coches voladores. Sí, no, sí, no... Hasta el USA Today ha salido hoy con la portada con la que aparece en la película:


Y hablando de periódicos, ¿quién me hubiera dicho a mí hace 30 años que el día en que Martin McFly aterrizase en el futuro el periódico de mi ciudad publicaría unas declaraciones mías? La coincidencia me hubiera parecido más increíble que los patinetes voladores.

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martes, 13 de octubre de 2015

Comentarios perdidos

Ayer escribí un comentario en el blog de AMM pero se perdió en el limbo de internet. Ni siquiera en el purgatorio de los condenados a moderación. Missing. Como no es la primera vez que me pasa, tuve la precaución de copiar el comentario antes de enviarlo. Al ver que la publicación no se consumaba intenté enviarlo de nuevo mediante un copia/pega, con el resultado de que la plataforma Wordpress me advirtiera de que el comentario estaba duplicado y, por lo tanto, lo desestimaba. ¿Alguien me lo explica?

En fin, que lo publico aquí, que para eso tengo un blog. Sería conveniente leer primero el último artículo de AMM en Babelia. A partir de ahí:


Gaspard, es posible que el europeísmo sea una emoción. Pero el antieuropeísmo es otra, yo diría que incluso de más intensidad. Votar no a Europa es fácil. Casi todo el mundo vota en contra de algo, muy poca gente vota a favor. Los catalanes que quieren la independencia a lo mejor creen votar sí a un Estado nuevo pero lo que de verdad desean es votar no a un Estado viejo. Muchos electores votan a X simplemente porque no soportan a Y. ¡Qué viene la derecha-facha! ¡Qué viene el frente bolivariano! Votadme a mí para que no ganen los otros.

No hay, en tal sentido, demos europeo, no hay un pueblo europeo. Y por mucho que la vulgara europeísta lo repita, no va a ser jamás verdad. (...)los pueblos de cada Estado-nación -que es la única forma posible de demos y el único marco potencial de democracia.
Un poco categórica la afirmación, ¿no? Las sociedades evolucionan. El Estado-nación tampoco será el fin de la historia. Seguro que la UE y el euro tienen grandes deficiencias. Como toda obra humana. Como la democracia yanqui, la británica, la suiza o cualquier otra que se ponga como ejemplo. Bienvenidas las críticas que sirven para mejorar. Pero me parece mezquino y cínico no valorar los méritos, que también son llamativos.

A su estilo provocador, creo que Zacarías está en lo cierto. Los ciudadanos valoraríamos más las instituciones europeas si las conociéramos mejor. Hay un gran déficit de educación (otro). Yo intento aportar mi granito de arena. En los últimos cuatro cursos he participado con un grupo de alumnos en el concurso Euroscola que convoca el Parlamento Europeo. El año pasado lo ganamos. Aquí se puede ver nuestro proyecto:
http://trassierrascola.blogspot.com.es/

Y como consecuencia de ello dentro de pocas horas partimos hacia Estrasburgo, donde el día jueves 15 celebraremos una sesión en el Parlamento con estudiantes de otros países. Nuevos ciudadanos europeos.


Aprovecharé el largo trayecto para leer el texto de Manent.

lunes, 31 de agosto de 2015

Oliver Sacks

No por anunciada me ha resultado menos triste la muerte de Oliver Sacks. La lectura de Un antropólogo en Marte cambió mi forma de ver la vida. La mejoró. Creo que es el libro que más veces he recomendado (la última vez a una compañera en la cena de graduación de este año, cuando todavía no sabía que Oliver Sacks se estaba muriendo) y más veces he prestado o regalado. Fue un auténtico deslumbramiento. Si no lo habéis leído ya estáis tardando.

Lo compré por 1400 pesetas (todavía está el precio escrito a lápiz en la primera hoja) en la librería Anaquel. La contraportada me pareció interesante y recordé haber leído algún comentario elogioso por parte de Rosa Montero. Era una época en la que yo compraba muchos libros por impulso. Gran parte de ellos están todavía pendientes de lectura. Afortunadamente no el de Oliver Sacks. Lo leí de inmediato. Supongo que empecé a hojearlo y luego ya no pude parar. Fue en verano de 2001 y el libro arrojó luz en un momento de gran pesar e incertidumbre de mi vida. Así comienza el prefacio:
Estoy escribiendo con la mano izquierda aunque, soy irremediablemente diestro. Hace un mes me operaron el hombro derecho, y en este momento no me dejan ni puedo utilizar la mano derecha. Escribo con lentitud y torpeza, pero con más soltura y naturalidad a medida que pasan los días. Me adapto, aprendo continuamente, y no sólo a escribir con la mano izquierda, sino también a realizar otras muchas actividades: también me he vuelto habilidoso, prensil, con los dedos de los pies, para compensar el hecho de tener un brazo en cabestrillo. Cuando me inmovilizaron el brazo anduve con cierto desequilibrio durante unos días, pero ahora camino de manera distinta, he descubierto un nuevo equilibrio. Desarrollo pautas de comportamiento distintas, hábitos distintos..., una identidad distinta podríamos decir, al menos en esta esfera concreta.
Han pasado catorce años y todavía recuerdo las siete historias que relata el libro, especialmente El caso del pintor ciego al color, Vida de un cirujano y Ver y no ver (visto y no visto diría Muñoz Molina). Me sorprende encontrar entre las páginas de mi ejemplar un boletín de notas de un alumno de mi tutoría del curso 2004-2005. Ah, sí, le presté el libro a una compañera de aquel año que había trabajado en un psiquiátrico.


El tío Tungsteno es el tercer libro que leí de Oliver Sacks. Lo compré en junio de 2003 en un estand de la Feria del Libro de Madrid. 17.50 € (el precio a lápiz, etc). Eran mis primeros días como profesor de instituto y mi situación económica tras año y medio en paro dejaba que desear. Así que me prometí a mí mismo que sólo compraría dos libros en la Feria. Una novela de John Irving y las memorias infantiles de Oliver Sacks fueron mi elección.
El día que compré El tío Tungsteno firmaba Rosa Montero en una de las casetas de la Feria. Acababa de publicar La loca de la casa (libro que leí más tarde y en mi opinión el mejor, con diferencia, de su autora). Yo ya había comprado mis dos libros así que se me ocurrió que podría pedirle que me firmara el de Oliver Sacks. Al fin y al cabo conocí a Oliver Sacks gracias a ella. Imagino que le gustaría saber que sus recomendaciones tienen eco. Al llegar a la caseta donde firmaba vi a Rosa Montero y a cinco o seis personas que esperaban haciendo cola. De repente me sentí ridículo y me alejé de allí.
Leí el libro ese mismo verano durante las semanas que pasé en Polonia. Me sorprende encontrar ahora entre sus páginas dos carteles de cine con tamaño de postal: Porozmawiaj z nia (Hable con ella) y I twoja matke tez (Y tu mamá también). ¿Cómo llegaron aquí? Por más que me esfuerzo no consigo recordarlo. La única película que vi en el cine en Bialystock fue Las horas, esa en la que Nicole Kidman interpreta a Virginia Woolf. Abro una página al azar:
Durante los años treinta,  mi madre abandonó la medicina general y pasó a dedicarse a la ginecología y la obstetricia. Nada había que le gustará más que un parto complicado - que un bebé se presentara de brazo, o de nalgas-  con una conclusión satisfactoria. Pero de vez en cuando traía a casa fetos malformados: anencefálicos, con unos ojos saltones en lo alto de sus cabezas aplanadas y sin cerebro, o con espina bífida, en los que toda la médula espinal y el encéfalo estaban a la vista. Algunos había nacido muertos, y a otros mi madre y la comadrona los había ahogado en silencio al nacer ("como un gatito", dijo una vez), pues les parecía que si vivían no tendrían ninguna vida consciente o mental. Deseosa de que yo aprendiera anatomía y medicina, diseccionó para mí varios de esos fetos, y aunque sólo tenía once años, insistió en que yo también diseccionara. Creo que jamás se dio cuenta de lo mucho que eso me afectaba, y probablemente imaginó que sentía el mismo entusiasmo que ella. Aunque yo, de manera natural, había diseccionado por mi cuenta lombrices, ranas y mi pulpo, la disección de fetos humanos me llenaba de repugnancia. Mi madre a menudo me contaba que, siendo yo bebé, le había preocupado el crecimiento de mi cráneo, temiendo que las fontanelas se hubieran cerrado demasiado pronto, y que, a consecuencia de ello, me transformara en un idiota microcefálico. De este modo, vi en esos fetos lo que (en mi imaginación) yo también podía haber sido, lo cual hacía que me fuera más difícil distanciarme de ellos, e incrementaba mi horror.
En El tío Tungsteno Sacks no sólo recuerda los acontecimientos de su infancia sino que nos hace partícipes de su amor por la Química. De su mano conocemos la historia de los elementos y descubrimos la tabla periódica como si nos la presentaran por primera vez. Si no leí más libros de Química aquel año fue porque en el horizonte tenía las oposiciones y debía estudiar Matemáticas. No hay tiempo para todo. Pero desde que lo leí he fantaseado con colocar una tabla periódica en la pared del despacho. Quizás lo haga ahora. Para recordar de qué estamos hechos. Para recordar a Oliver Sacks.


El segundo libro que leí de Sacks fue Con una sola pierna. También es autobiográfico. Relata el accidente que tuvo caminando por una montaña noruega en el que se rompió una pierna. Estaba solo en un paraje solitario y sin poder caminar ni comunicarse con nadie.
Nunca me había sentido tan solo, tan perdido, tan abandonado, tan absolutamente privado de ayuda. No había caído en la cuenta hasta entonces de lo aterradora y peligrosamente solo que estaba. Cuando subía retozando monte arriba no me había sentido "solo" (nunca me siento solo cuando lo paso bien). No me había sentido solo mientras examinaba mi lesión (y me di cuenta del alivio que había sido aquella "clase" imaginaria). Pero, de pronto, me asaltaba la conciencia aterradora de mi soledad.
"Qué bien se está aquí", pensé para mí. "Podría descansar un poco..., quizás me viniera bien echar un sueñecito."
El presunto sonido de esta voz interior suave e insinuante me despertó de pronto, me despejó y me alarmó muchísimo. Aquel no era un lugar agradable para descansar y dormir un poco. La sugerencia era peligrosísima y me llenó de horror, pero su tono suave y seductor me acunaba.
"No", me dije con fiereza. "Quien habla es la muerte... con su voz de sirena más dulce y mortífera. ¡No la escuches ahora! ¡No la escuches nunca! Tienes que seguir, te guste o no. No puedes descansar aquí..., no puedes descansar en ningún sitio. Tienes que hallar un ritmo que puedas mantener y debes mantenerlo sin parar"
Esta voz buena, esta voz de "vida", me animó y me dio fuerzas. Cesó el temblor y también el desfallecimiento. Me puse en marcha una vez más y no volví a desfallecer.
Y vinieron entonces en mi ayuda la melodía, el ritmo y la música. Antes de cruzar el arroyo, había avanzado a base de músculos, moviéndome a base de fuerza, con mis brazos, muy vigorosos. Ahora digamos que avanzaba a base de música. No era algo que yo me imaginase. Me sucedió.
Al final, ya lo sabemos, Oliver Sacks no murió ese día. Se convirtió en un convaleciente con una pierna rota. Había atravesado el espejo y de ser un doctor que trata a pacientes se transformó en un paciente tratado por doctores. Un mal paciente, impaciente, tozudo. La rehabilitación fue complicada y de eso trata el libro.
Hojeo mi ejemplar y no encuentro ninguna sorpresa entre sus páginas. No recuerdo dónde ni cuándo lo compré. 14.42 € fue su precio. Está escrito a lápiz. Todavía se puede leer, borrado, el precio anterior: 2400 pesetas. La equivalencia es exacta (un euro = 166 pesetas) por lo que intuyo que lo compré y lo leí en 2002, recién instaurado el euro. Tres libros en tres años. 2001, Un antropólogo en Marte; 2002, Con una sola pierna; 2003, El tío Tungsteno. ¿Qué pasó después? Seguí comprando sus libros (creo que tengo todos los que han sido traducidos) pero no encontré el momento de leerlos. He leído historias sueltas de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y comencé Diario de Oaxaca cuando vivía en Cuenca (ver imagen) pero me pudo la botánica.

Encontré la flor tirada en el suelo. Llevaba el libro en la mochila. Me gustó la coincidencia de tonalidades y realicé esta composición en
la plaza Mayor de Cuenca. Era mi época de fotógrafo artista.
Cuando estuvimos en Nueva York busqué la casa de Oliver Sacks en Horatio street. Una calle agradable entre Chelsea y el Village. Curioseé por los buzones pero no di con su nombre. En el improbable caso de haberlo encontrado me hubiera hecho una foto en su portal. Mi intención no iba más allá.

Lo bueno de los escritores es que nunca mueren mientras tengamos a disposición sus libros. Siento la muerte de Oliver Sacks pero sé que todavía tiene mucho que contarme y enseñarme. Ahí están en la estantería Despertares, Los ojos de la mente, Musicofilia, La isla de los ciegos al color... su autobiografía que próximamente será publicada en español. Por no hablar de las relecturas. Ganas me están entrando de volver a leer El tío Tungsteno tras hojearlo para escribir esta entrada. Hace dos años mencioné en este blog un artículo que publicaba Oliver Sacks a punto de cumplir ochenta (el año de mercurio, que es el elemento número ochenta de la tabla periódica). Ojalá llegue yo a mercurio, plomo, polonio e incluso uranio con las mismas ganas. Si llego me seguiré acordando de Oliver Sacks.
A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un tercio de mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y nada “viejo”. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más importantes de la vida, como insistía Freud.
Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve pausa, miró al techo, y pronunció: “Todo lo que tiene un principio tiene que tener un final”, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo.
Mi padre, que vivió hasta los 94, dijo muchas veces que sus 80 años habían sido una de las décadas en las que más había disfrutado en su vida. Sentía, como estoy empezando a sentir yo ahora, no un encogimiento, sino una ampliación de la vida y de la perspectiva mental. Uno tiene una larga experiencia de la vida, y no solo de la propia, sino también de la de los demás. Hemos visto triunfos y tragedias, ascensos y declives, revoluciones y guerras, grandes logros y también profundas ambigüedades. Hemos visto el surgimiento de grandes teorías, para luego ver cómo los hechos obstinados las derribaban. Uno es más consciente de que todo es pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que no era posible tener con menos edad. Yo soy capaz de imaginar, de sentir en los huesos, lo que supone un siglo, cosa que no podía hacer cuando tenía 40 años, o 60. No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados, libres para explorar lo que deseemos, y para unir los pensamientos y las emociones de toda una vida. Tengo ganas de tener 80 años.

viernes, 28 de agosto de 2015

Somos profesores, no...

Somos profesores, no cuidadores, psicólogos, mediadores, educadores, misioneros, actores, payasos, animadores, confesores, policías, inspectores, bomberos, informáticos... Yo soy profesor de matemáticas. Se supone que me pagan para que enseñe matemáticas no para que cuide a niños mientras sus padres trabajan, ni para que los lleve de excursión a Isla Mágica, ni para orientarles acerca de sus conflictos personales, ni para resolver peleas entre adolescentes, ni para enseñarles que no se tira la basura al suelo, ni para entretenerles con gracietas, ni para escuchar sus problemas familiares, ni para vigilar que los alumnos no salten la valla, ni para investigar quién le ha robado la calculadora a Mengano, ni para diseñar un plan de autoprotección para el centro, ni para arreglar los ordenadores que se averían, ni para...



Pennac se centra sólo en el modelo de niño-cliente:

Hasta donde puedo recordar, cuando los profesores jóvenes se sienten desalentados por una clase, se quejan de no haber sido formados para ello. El «ello» de hoy, perfectamente real, abarca campos tan variados como la mala educación de los niños por la agonizante familia, los daños culturales vinculados al paro y a la exclusión, la subsiguiente pérdida de los valores cívicos, la violencia en algunos centros, las disparidades lingüísticas, el regreso de lo religioso, y también la televisión, los juegos electrónicos, en resumen, todo lo que alimenta, más o menos, el diagnóstico social que nos sirven cada mañana los primeros boletines informativos. Del «No nos han formado para ello» al «No estamos aquí para eso», hay un solo paso que puede expresarse así: «Nosotros, los profesores, no estamos aquí para resolver dentro de la escuela los problemas sociales que impiden la transmisión del saber; no es nuestro oficio. Que nos adjudiquen un número suficiente de vigilantes, de educadores, de asistentes sociales, de psicólogos, en resumen, de especialistas de todo género y podremos enseñar seriamente las materias que tantos años hemos pasado estudiando».
Uno de los elementos del «ello», para el que el joven profesor de hoy no está preparado, es el cara a cara con una clase de niños clientes. Es cierto que él lo fue y que sus propios hijos lo son, pero en esta clase él es el profesor. Como profesor no siente la deuda de amor que conmueve su corazón de padre. El alumno no es un hijo deseado como para que se deshagan de gratitud los miembros del cuerpo docente. Estamos en la escuela, en el colegio, en el instituto, no en familia, no en unos grandes almacenes: no se satisfacen deseos superficiales por medio de regalos, se satisfacen necesidades fundamentales por medio de obligaciones. Necesidades de instruirse tanto más difíciles de colmar cuanto, antes, hay que despertarlas. Dura tarea para el profesor, este conflicto entre los deseos y las necesidades. Y dolorosa perspectiva para el joven cliente tener que preocuparse por sus necesidades en detrimento de sus deseos: vaciarse la cabeza para formarse el espíritu. Desengancharse para conectarse al saber, trocar la pseudoubicuidad de las máquinas por la universalidad de los conocimientos, olvidar los relucientes chirimbolos para asimilar abstracciones invisibles. Y tener que pagar esos conocimientos escolares cuando la satisfacción de los deseos, en cambio, no le compromete a nada. Pues, paradoja de la enseñanza gratuita heredada de Jules Ferry, la escuela de la República sigue siendo hoy el último lugar de la sociedad de mercado donde el niño cliente tiene que pagar con su persona, ceder al toma y daca: saber a cambio de trabajo, conocimientos a cambio de esfuerzo, el acceso a la universalidad a cambio del ejercicio solitario de la reflexión, una vaga promesa de porvenir a cambio de una plena presencia escolar, eso es lo que la escuela le exige.
Si el buen alumno, apoyándose en su aptitud para poner las cosas en su sitio, da por buena esta situación, ¿por qué va a aceptarla el zoquete? ¿Por qué va a cambiar su estatuto de madurez comercial por una posición de alumno obediente, que le parece infantilizante? ¿Por qué va a pagar la escuela en una sociedad donde algunos sucedáneos de conocimiento le son ofrecidos gratuitamente, de la mañana a la noche, en forma de sensaciones e intercambios? Por muy zoquete que sea en clase, ¿no se siente dueño del universo cuando, encerrado en su habitación, está sentado ante su consola? Y chateando hasta la madrugada, ¿no tiene la sensación de comunicarse con la tierra entera? ¿No le procura su teclado el acceso a todos los conocimientos que sus deseos solicitan? ¿Sus combates contra los ejércitos virtuales no le proporcionan una vida palpitante? ¿Por qué iba a cambiar esa posición central por un pupitre en el aula? ¿Por qué va a soportar los juicios reprobadores de unos adultos inclinados sobre su boletín trimestral cuando, encerrado a cal y canto en su habitación, separado de los suyos y de la escuela, reina?
No cabe duda, si el zoquete que fui hubiera nacido hace unos quince años y si su madre no hubiera cedido a sus menores deseos, habría desvalijado la caja familiar, pero esta vez para hacerse regalos a sí mismo. Se habría procurado el último grito en material de evasión, se habría dejado aspirar por su pantalla, se habría diluido en ella para surfear en el espacio-tiempo, sin obligación ni límite, sin horario y sin horizonte, habría chateado sin fin y sin propósito alguno con otros como él mismo. Habría adorado esta época que, aunque no garantice porvenir alguno a sus malos alumnos, es pródiga en máquinas que les permiten abolir el presente. Habría sido la presa ideal para una sociedad que logra esta proeza: fabricar jóvenes obesos desencarnándolos.

Yo hace tiempo que asumí que gran parte de mi trabajo no consistía en enseñar matemáticas. En algunos grupos, no en todos, las matemáticas son la excusa para intentar que los alumnos aprendan a estar tranquilos, adquieran hábitos mínimos de trabajo y de educación: no gritar, respetar el turno de palabra. Que asuman alguna responsabilidad sobre las consecuencias de sus actos. Que sean conscientes de que sí, que son capaces de aprender pero para eso deben trabajar. A los alumnos del barrio el instituto les sirve para cubrir necesidades básicas que deberían atender la familia o, en su defecto, otros servicios sociales. No es tanto un centro de enseñanza como de educación social. Esa es la realidad. Con eso trabajamos.

El problema (o uno de ellos) es que la Administración no admite que existan centros así. Sí, vale, somos un centro de compensatoria. ¿Y en qué se traduce eso? Pues en que tenemos tres profesores extras de apoyo. Con esa ridiculez pretenden que consigamos los objetivos pedagógicos que marca la ley. Si de verdad queremos que estos chavales tengan futuro se debe invertir muchísimos más recursos. A mí no me importa ser profesor, educador, psicólogo, confesor, policía, animador, burócrata e incluso payaso. La única función que no asumo es la de inspector. No pienso investigar quién le quitó la calculadora a Mengano. Me niego. Pero ni asumiendo todos esos roles se puede trabajar con una falta de recursos absoluta. Alumnos con tantas necesidades sin atender requieren grupos muy reducidos. Sólo así se puede tener alguna perspectiva de éxito.

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Entre todos la mataron

Es fácil, extremadamente fácil, encontrar culpables:

Sí, al escuchar el zumbido de nuestra colmena pedagógica, en cuanto nos desalentamos, nuestra pasión nos impulsa primero a buscar culpables. El sistema educativo parece, por otra parte, estructurado para que cada cual pueda designar cómodamente al suyo:
—Pero ¿en el parvulario no les han enseñado a comportarse? –pregunta el maestro de escuela ante unos chiquillos inquietos como bolas del «flipper».
—Pero ¿qué han hecho en primaria? –maldice el profesor de secundaria al recibir a sus alumnos, a quienes considera iletrados.
—¿Alguien puede decirme qué han aprendido hasta ahora? –exclama el profesor de instituto ante la propensión de sus alumnos a expresarse sin vocabulario.
—¿Realmente han ido al instituto? –se pregunta el profe de facultad al corregir sus primeros exámenes.
—¡Explíquenme qué coño hacen en la universidad! –berrea el industrial ante sus jóvenes empleados.
—La universidad forma exactamente lo que su sistema desea –responde un empleado, no tan tonto–: ¡esclavos incultos y clientes ciegos! Las grandes escuelas formatean a sus capataces, perdón, sus «ejecutivos», y sus accionistas hacen girar la manivela de los dividendos.
—Fracaso familiar –deplora el Ministerio de Educación Nacional.
—La escuela ya no es lo que era –lamenta la familia.
Y a ello se añaden los procesos internos de toda institución que se respete. La eterna disputa de los antiguos y los modernos, por ejemplo:
—¡Qué vergüenza esos «pedagogos estupidizantes»! –aúllan los «republicanos», martillo de la demagogia.
—¡Abajo los republicanos elitistas! –responden los pedagogos en nombre de la evolución democrática.
—¡Los sindicatos agarrotan la maquinaria! –acusan los funcionarios del ministerio.
—¡Permanecemos atentos! –responden los sindicatos.
—¡Semejante porcentaje de iletrados no se veía en mis tiempos! –deplora la vieja guardia.
—En sus tiempos, el colegio solo admitía a consejos de administración con pantalones cortos –se burla el guasón–, eran buenos tiempos, ¿no es cierto?
—¡Este mocoso es el vivo retrato de su madre! –fulmina el enojado padre.
—Si hubieras sido algo más severo con él, no estaríamos así –responde la madre ofendida.
—¿Cómo trabajar con semejante atmósfera familiar? –se lamenta el adolescente deprimido al oído del profesor comprensivo.
Hasta el propio zoquete que, tras haber practicado una metódica ferocidad para enviar a su profesor a tratarse en el hospital de una larga depresión nerviosa, es el primero que te cuenta santurronamente:
—Al señor Fulano le faltaba autoridad.

Yo encuentro más culpables: los medios de comunicación, un sistema laboral con horarios que impiden a los padres tener contacto con sus hijos... ¿Hay solución? ¿Esto tiene arreglo? Habría que poner a taaanta gente de acuerdo. Gente por lo demás encantada de estar en desacuerdo, convencida de que su simplista visión de la realidad es la correcta.

Seguimos hablando de este libro

La de bobadas que habrá soltado mi generación sobre los rituales considerados corno muestra de ciega sumisión, las notas envilecedoras, el dictado reaccionario, el cálculo mental embrutecedor, la memorización de los textos infantilizante, ese tipo de proclamas.
Sucede con la pedagogía como con todo lo demás: en cuanto dejamos de reflexionar sobre casos particulares (pero, en este campo, todos los casos son particulares), para regular nuestros actos, buscamos la sombra de la buena doctrina, la protección de la autoridad competente, la caución del decreto, el cheque en blanco ideológico. Luego nos plantamos sobre certezas que nada hace vacilar, ni tan siquiera el desmentido cotidiano de la realidad.

Mis convicciones sobre lo que está bien y lo que está mal en mi trabajo han evolucionado con los años. Aunque la evolución es paulatina podríamos distinguir tres etapas: lo que yo pensaba de la enseñanza antes de trabajar como profesor; lo que yo pensaba antes de trabajar en mi actual centro; y lo que pienso ahora. ¿Y qué pienso ahora? Uff. Hoy una cosa y mañana otra. Como dijo aquel, sólo sé que no sé nada. Lo que sirve para un grupo de alumnos no sirve para otro. Lo que sirve para Fulano no sirve para Setano. Una cosa tengo clara: la enseñanza se basa en las relaciones personales (del profesor con los alumnos, de los alumnos entre sí, de los profesores entre sí, de las familas con los alumnos, de las familias con los profesores, de...) y cada persona debe ser atendida y evaluada en su individualidad. Imagino que algo parecido le ocurre a los médicos con sus pacientes. Dos personas que tienen la misma enfermedad son dos enfermos distintos, cada uno con sus reacciones y necesidades personales. Requieren distintos tratamientos. Educar, enseñar, es un arte no una ciencia, aunque existan algunas técnicas pedagógicas cuyo conocimiento y puesta en práctica sea de utilidad. En cada caso hay que descubrir cuál es el mejor camino. Para eso hay que tener en cuenta también el carácter del profesor. Mi manera de enseñar va ligada a mi carácter personal. Profesores distintos enseñan de manera distinta, ni mejor ni peor, no puede ser de otra forma. Digamos que la tarea del profesor es descubrir cuál es la mejor manera, partiendo de su carácter y personalidad, de enseñar a este grupo de alumnos en particular. Cada relación profesor-alumnos tendrá matices distintos y producirá diferentes procesos de enseñanza-aprendizaje (mira que intento no utilizar la jerga pedagógica, pero a veces se cuela).
¿Mandar tareas es bueno o malo? Pues depende.
¿Enseñar operaciones combinadas de números enteros con paréntesis en primero de la ESO es adecuado o no? Pues depende.
Aunque al final, claro, tienes un objetivo ineludible a alcanzar: que los alumnos adquieran los conocimientos mínimos que les sirvan para continuar sus estudios con garantía de éxito.

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miércoles, 26 de agosto de 2015

Apología del internado

Daniel Pennac fue rescatado (de su zoquetería) en un internado. Tal vez por ello achaca al internado cualidades pedagógicas que sorprenden a los que asociamos a esa palabra connotaciones siniestras (internado: cárcel para adolescentes rebeldes). Veamos sus argumentos:

La cuestión de saber si fui «feliz» al estar interno es bastante secundaria. Digamos que la condición de interno me fue infinitamente más soportable que la de externo. Es difícil explicar a los padres de hoy las ventajas del internado, pues lo contemplan como un penal. A su modo de ver, mandar allí a los hijos supone un abandono de la paternidad. Solo con mencionar la posibilidad de un año de internado, pasas a ser un monstruo retrógrado, defensor de la prisión para zoquetes. Es inútil explicar que uno mismo ha sobrevivido a ello, de inmediato te oponen el argumento de que era otra época: «Sí, pero en aquellos tiempos se trataba a los chiquillos con mano dura».
Hoy, que hemos inventado el amor paterno, la cuestión del internado se ha convertido en un tema tabú, salvo como amenaza, lo que demuestra que no se considera una solución.


En este colegio estuvo interno Mario Vargas Llosa. Su terrible experiencia le sirvió para escribir La ciudad y los perros

No hace falta decir que no ha hecho los deberes. A primera hora tiene una clase de matemáticas y los ejercicios de mates son de los que no están hechos. Entonces pueden pasar tres cosas: o no ha hecho los ejercicios porque estaba ocupado en otra cosa (de juerga con los colegas, o viendo una peli sanguinaria en el vídeo de su habitación cerrada a cal y canto...), o se ha dejado caer en la cama bajo el peso del agotamiento y se ha sumido en el olvido, con una oleada de música aullando en el cráneo, o –y es la hipótesis más optimista– durante una o dos horas ha intentado hacer sus ejercicios, pero no lo ha conseguido. En los tres casos mencionados, a falta de deberes, nuestro externo debe proporcionar una justificación a su profesor. Ahora bien, la explicación más difícil de dar en estas condiciones es la verdad pura y simple: «Señor, señora, no he hecho los deberes porque he pasado buena parte de la noche en el ciberespacio, combatiendo a los soldados del mal, a los que por lo demás he exterminado del primero al último, pueden creerme», «Señora, señor, siento mucho no haber hecho los deberes pero ayer noche caí bajo el peso de un aplastante embotamiento, me era imposible mover el meñique, apenas tuve fuerzas para calzarme los cascos».
La verdad tiene aquí el inconveniente de la confesión: «No he hecho mi trabajo», lo que supone una sanción inmediata. Nuestro externo preferirá una versión institucionalmente más presentable. Por ejemplo: «Como mis padres están divorciados, olvidé los deberes en casa de mi padre antes de regresar a casa de mamá». En otras palabras una mentira. Por su lado, el profesor prefiere a menudo esta verdad arreglada a una confesión en exceso abrupta que cuestionaría su autoridad. Se evita así el choque frontal, al alumno y al profesor les parece bien ese diplomático paso a dos. Por lo que a la nota se refiere, la tarifa es conocida: tarea no entregada, cero.
El caso del externo que ha intentado, valerosamente aunque en vano, hacer sus deberes, no es muy distinto. También él entra en clase cargando con una verdad difícilmente aceptable: «Señor, dediqué ayer dos horas a no hacer sus deberes. No, no, no hice otra cosa, me senté ante la mesa de trabajo, saqué el cuaderno, leí el enunciado y, durante dos horas, me sumí en un estado de pasmo matemático, una parálisis mental de la que solo salí al oír que mi madre me llamaba para la cena. Ya lo ve usted, no he hecho los deberes pero les dediqué dos horas. Después de cenar era demasiado tarde, me aguardaba una nueva sesión de catalepsia: los ejercicios de inglés». «Si escucharas más en clase, comprenderías los enunciados», puede objetar (y con razón) el profesor.
Para evitar esta humillación pública, también nuestro externo preferirá una presentación diplomática de los hechos: «Estaba leyendo el enunciado cuando estalló la caldera».
Y así sucesivamente, de la mañana a la noche, de materia en materia, de profesor en profesor, día tras día, en un exponencial de la mentira que desemboca en el famoso «¡Ha sido por mi madre!... ¡Ha muerto!», de François Truffaut.
Tras esa jornada pasada mintiendo en el centro escolar, la primera pregunta que nuestro mal externo escuchará al volver a casa es el invariable:
—Bueno, ¿cómo te ha ido hoy?
—Muy bien.
Nueva mentira.
Que también exige ser sazonada con una pizca de verdad:
—En historia, la profe me ha preguntado por mil quinientos quince, le he contestado que Marignan, ¡y se ha quedado muy contenta! (Así la cosa aguantará hasta mañana.)
Pero mañana también llega y las jornadas se repiten, y nuestro externo prosigue sus idas y sus venidas entre la escuela y la familia, y toda su energía mental se agota tejiendo una sutil red de pseudocoherencia entre las mentiras proferidas en la escuela y sus medias verdades servidas a la familia, entre las explicaciones proporcionadas a unos y las justificaciones presentadas a otros, entre las descripciones de los profesores que hace a los padres y las alusiones a los problemas familiares que vierte al oído de los profesores, con una pizca de verdad en las unas y las otras, siempre, pues esa gente acabará encontrándose, padres y profesores, es inevitable, y hay que pensar en ese encuentro, perfeccionar sin cesar la ficción verdadera que será el menú de esa entrevista. Esta actividad mental moviliza una energía que no puede compararse con el esfuerzo que necesita el buen alumno para hacer bien los deberes. Nuestro mal externo se agota. Aun que lo quisiera (y esporádicamente lo quiere), no tendría ya fuerza alguna para ponerse a trabajar realmente. La ficción en la que chapotea le mantiene prisionero en otra parte, en algún lugar entre la escuela que debe combatir y la familia a la que debe tranquilizar, en una tercera y angustiante dimensión donde el papel que corresponde a la imaginación consiste en tapar las innumerables brechas por las que puede brotar la realidad en sus más temidos aspectos: mentira descubierta, cólera de unos, pesar de otros, acusaciones, sanciones, expulsión tal vez, ensimismamiento, culpabilidad impotente, humillación, taciturno deleite: Tienen razón, soy nulo, nulo, nulo.
Soy una nulidad.


Los cuatrocientos golpes. ¡Qué gran película!

Las razones por las que profesores y padres dejan pasar a veces esas mentiras, o se hacen cómplices de ellas, son demasiado numerosas para ser discutidas. ¿Cuántas trolas diarias en cuatro o cinco clases de treinta y cinco alumnos?, puede preguntarse legítimamente un profesor. ¿De dónde sacar el tiempo necesario para esa investigación? ¿Soy, por otra parte, un investigador? ¿En el plano de la educación moral debo sustituir a la familia? Y, en caso afirmativo, ¿dentro de qué límites? Y así sucesivamente, una letanía de preguntas cada una de las cuales es un día u otro objeto de apasionada discusión entre colegas.

Pero hay otra razón por la que el profesor ignora esas mentiras. Una razón más oculta que, si accediese a la clara conciencia, vendría a ser más o menos así: este muchacho es la encarnación de mi propio fracaso profesional. No consigo hacerle progresar, ni hacerle trabajar, apenas si consigo hacerle venir a clase, y además solo estoy seguro de su mera presencia física.
Afortunadamente, apenas entrevisto, este cuestionamiento personal es combatido por gran cantidad de argumentos aceptables: fracaso con este, de acuerdo, pero lo consigo con muchos otros. ¡A fin de cuentas no es culpa mía que el muchacho haya pasado de curso! ¿Qué le enseñaron mis predecesores? ¿Solo debe cuestionarse el colegio? ¿En qué piensan los padres? ¿Alguien imagina, acaso, que con los recursos que tengo y mis horarios puedo hacerle recuperar semejante retraso?
Otras tantas preguntas que, apelando al pasado del alumno, a su familia, a los colegas, a la propia institución, nos permiten redactar con plena conciencia la anotación más frecuente en los boletines escolares: Le falta base (¡y la he encontrado incluso en un boletín de un curso preparatorio!). Dicho de otro modo: patata caliente.

Patata caliente sobre todo para los padres. No dejan de hacerla saltar de una mano a otra. Las mentiras cotidianas del muchacho les agotan: mentiras por omisión, fabulaciones, explicaciones exageradamente detalladas, justificaciones anticipadas: «De hecho, lo que ha ocurrido...».
Hasta las narices ya, buen número de padres fingen aceptar esas fábulas, en primer lugar para calmar momentáneamente su propia angustia (pues la pizca de verdad —Marignan, 1515— desempeña el papel de aspirina), en segundo lugar para preservar la atmósfera familiar para que la cena no se convierta en un drama, esta noche no, por favor, esta noche no, para retrasar la prueba de la confesión que les desgarra el corazón a todos. En resumen, para aplazar el momento en que se evaluará sin verdadera sorpresa la magnitud del desastre escolar cuando lleguen las notas del trimestre, maquilladas con mayor o menor destreza por el principal interesado, que no le quita ojo al buzón familiar.

Hasta Bart Simpson pasa un mal trago con el boletín. No es tan pasota como aparenta.

Al limitar las idas y venidas entre la escuela y la familia, la condición de interno tiene sobre la de externo la ventaja de instalar a nuestro alumno en dos temporalidades distintas: la escuela del lunes por la mañana al viernes por la tarde, la familia durante los fines de semana. Un grupo de interlocutores durante cinco días laborables, el otro durante dos días festivos (que recuperan la posibilidad de volver a ser dos días de fiesta). La realidad escolar por un lado, la realidad familiar por el otro. Dormirse sin tener que tranquilizar a los padres con la mentira del día, despertar sin tener que inventarse excusas por el trabajo no hecho, puesto que ya lo hizo en el estudio vespertino, en el mejor de los casos ayudado por un supervisor o un profesor. Descanso mental, en suma; una energía recuperada que tiene posibilidades de ser invertida en el trabajo escolar. Es bastante para propulsar al zoquete hasta los primeros puestos de la clase? Al menos supone darle una oportunidad de vivir el presente corno tal. Ahora bien, el individuo se construye en la conciencia de su presente, no huyendo de él.
Y aquí finaliza mi elogio del internado.
Ah, sí, de todas formas, para aterrorizar a todo el mundo añadiré, puesto que yo mismo enseñé en ellos, que los mejores internados son aquellos en los que los profesores también están internos. Disponibles a cualquier hora, en caso de S.O.S.

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Alguna vez he pensado, antes incluso de leer a Pennac, que la única solución para los chavales del barrio sería estudiar en internados. Alejarlos de sus familias (o de sus no-familias) y del entorno callejero en el que viven. Tener rutinas, horarios, alimentos, atención. No tener peleas, falta de recursos, malos ejemplos... No se trata de retirar la patria potestad, no llego tan lejos. Tuve una compañera, estupenda profesora muy comprometida con los alumnos y que ahora milita en Podemos, que pensaba que los padres deberían pasar un examen de "responsabilidad paterna" para poder mantener la custodia de sus hijos. ¿Y quién decidiría si un padre es apto o no? ¿Tú? Uff.
El internado es un término medio. Los chavales estarían alejados cinco días de su ambiente, protegidos, cuidados, atendidos. Y el fin de semana lo pasarían en el barrio de manera que no perderían los vínculos afectivos con sus familias. Los casos más graves (que no escasean) podrían quedarse en el internado durante el fin de semana. 
Esto nunca va a ocurrir. A nadie le importa los chavales de estos barrios y es impensable dedicar tantos recursos para ofrecerles un futuro más allá de los patios y el mercadillo.


martes, 25 de agosto de 2015

El presente de encarnación y los horarios

Daniel Pennac tiene la palabra:

Nuestros «malos alumnos» (de los que se dice que no tienen porvenir) nunca van solos a la escuela. Lo que entra en clase es una cebolla: unas capas de pesadumbre, de miedo, de inquietud, de rencor, de cólera, de deseos insatisfechos, de furiosas renuncias acumuladas sobre un fondo de vergonzoso pasado, de presente amenazador, de futuro condenado. Miradlos, aquí llegan, con el cuerpo a medio hacer y su familia a cuestas en la mochila. En realidad, la clase solo puede empezar cuando dejan el fardo en el suelo y la cebolla ha sido pelada. Es difícil de explicar, pero a menudo solo basta una mirada, una palabra amable, una frase de adulto confiado, claro y estable, para disolver esos pesares, aliviar esos espíritus, instalarlos en un presente rigurosamente indicativo
Naturalmente el beneficio será provisional, la cebolla se recompondrá a la salida y sin duda mañana habrá que empezar de nuevo. Pero enseñar es eso: volver a empezar hasta nuestra necesaria desaparición como profesor. Si fracasamos en instalar a nuestros alumnos en el presente de indicativo de nuestra clase, si nuestro saber y el gusto de llevarlo a la práctica no arraigan en esos chicos y chicas, en el sentido botánico del término, su existencia se tambaleará sobre los cimientos de una carencia indefinida. Está claro que no habremos sido los únicos en excavar aquellas galerías o en no haber sabido colmarlas, pero esas mujeres y esos hombres habrán pasado uno o más años de su juventud aquí sentados ante nosotros. Y todo un año de escolaridad fastidiado no es cualquier cosa: es la eternidad en un jarro de cristal.

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Habría que inventar un tiempo especial para el aprendizaje. El presente de encarnación, por ejemplo. ¡Estoy aquí, en esta clase, y comprendo por fin! ¡Ya está! Mi cerebro se difunde por mi cuerpo: se encarna. Cuando no es así, cuando no comprendo nada, me deshago allí mismo, me desintegro en ese tiempo que no pasa, acabo hecho polvo y el menor soplo me disemina. Pero para que el conocimiento tenga alguna posibilidad de encarnarse en el presente de un curso, es necesario dejar de blandir el pasado como una vergüenza y el porvenir como un castigo.


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Su presencia en clase... No es cómodo para esos chicos y chicas aportar cincuenta y cinco minutos de concentración en cinco o seis clases sucesivas, según esa distribución tan especial que la escuela hace del tiempo. ¡Menudo rompecabezas la distribución del tiempo! Reparto de las clases, de las materias, de las horas, de los alumnos, en función del número de aulas, de la constitución de grupos parciales, del número de materias optativas, de la disponibilidad de los laboratorios, de los incompatibles deseos del profesor de esto y la profesora de aquello...  —Cincuenta y cinco minutos de francés —les explicaba yo a mis alumnos— son una horita con su propio nacimiento, su parte media y su final, una vida entera, en suma. Eso es hablar por hablar, habrían podido responderme, una vida de literatura que enlaza con una vida de matemáticas, que a su vez enlaza con toda una existencia de historia, que te propulsa sin razón alguna a otra vida, inglesa en ese caso, o alemana, o química, o musical... ¡Son un montón de reencarnaciones en una sola jornada! ¡Y sin lógica alguna! Vuestra distribución del tiempo es Alicia en el país de las maravillas: tomas el té en casa de la liebre de marzo y te encuentras, sin transición, jugando al cróquet con la reina de corazones. Una jornada pasada en la coctelera de Lewis Carroll, privada de lo maravilloso, es toda una gimnasia. Y, por añadidura, la cosa se da aires de rigor. Un absoluto cajón de sastre podado como un jardín a la francesa, bosquecillo de cincuenta y cinco minutos tras bosquecillo de cincuenta y cinco minutos. Solo la jornada de un psicoanalista y el salami del charcutero pueden cortarse en rodajas tan iguales. ¡Y todas las semanas del año! El azar sin la sorpresa, ¡el colmo! Mi trabajo consiste en hacer que mis alumnos sientan que existen gramaticalmente durante esos cincuenta y cinco minutos. Para lograrlo, no debe perderse de vista que las horas no se parecen: las horas de la mañana no son las de la tarde; las horas del despertar, las horas de la digestión, las que preceden al recreo, las que le siguen, todas son distintas. Y la hora que viene tras la clase de mates no es como la que sigue a la de gimnasia... Estas diferencias no tienen demasiada incidencia en la atención de los buenos alumnos. Estos gozan de una bendita facultad: cambiar de piel de buen grado, en el momento adecuado, en el lugar adecuado, pasar del adolescente revoltoso al alumno atento, del enamorado rechazado al empollón concentrado, del juguetón al estudioso, del allá al aquí, del pasado al presente, de las matemáticas a la literatura... Su velocidad de encarnación es lo que distingue a los buenos alumnos de los alumnos con problemas. Estos, como les reprochan sus profesores, están a menudo en otra parte. Se liberan con mayor dificultad de la hora precedente, se arrastran por un recuerdo o se proyectan en un deseo cualquiera de otra cosa. Su silla es un trampolín que les lanza fuera de la clase en cuanto se sientan en ella. Eso si no se duermen. Si lo que espero es su plena presencia mental, necesito ayudarles a instalarse en mi clase. ¿Los medios de conseguirlo? Eso se aprende sobre todo a la larga y con la práctica. Una sola certeza, la presencia de mis alumnos depende estrechamente de la mía: de mi presencia en la clase entera y en cada individuo en particular, de mi presencia también en mi materia, de mi presencia física, intelectual y mental, durante los cincuenta y cinco minutos.

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¡Oh el penoso recuerdo de las clases en las que yo no estaba presente! Cómo sentía que mis alumnos flotaban, aquellos días, tranquilamente a la deriva mientras yo intentaba reavivar mis fuerzas. Aquella sensación de perder la clase... No estoy, ellos no están, nos hemos largado. Sin embargo, la hora transcurre. Desempeño el papel de quien está dando una clase, ellos fingen que escuchan. Qué seria está nuestra jeta común, bla bla bla por un lado, garabatos por el otro, tal vez un inspector se sentiría satisfecho; siempre que la tienda parezca abierta... Pero yo no estoy allí, diantre, hoy no estoy allí, estoy en otra parte. Lo que digo no se encarna, les importa un pimiento lo que están oyendo. Ni preguntas ni respuestas. Me repliego tras la clase magistral. ¡Qué desmesurada energía dilapido entonces para que tomen esa ridícula brizna de saber! Estoy a cien leguas de Voltaire, de Rousseau, de Diderot, de esta clase, de ese jaleo, de esa situación, me esfuerzo para reducir la distancia pero no hay modo, estoy tan lejos de mi materia como de mi clase. No soy el profesor, soy el guarda del museo, guío mecánicamente una visita obligatoria. Esas horas frustradas me dejaban abatido. Salía de mi clase agotado y furioso. Un furor que mis alumnos corrían el riesgo de pagar durante todo el día, pues no hay nadie más dispuesto a echarte una buena bronca que un profesor descontento consigo mismo. Cuidado, mocosos, intentad pasar desapercibidos, vuestro profe se ha puesto una mala nota y el primero que pase le servirá. Por no hablar de la corrección de vuestros exámenes , esta noche, en casa. Un dominio donde la fatiga y la mala conciencia no son buenas consejeras. Pero no, no, nada de exámenes esta noche, y nada de tele, nada de salir, ¡a la cama! La primera cualidad de un profesor es el sueño. El buen profesor es el que se acuesta temprano. 

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¿Qué hacer cuando todos los alumnos de la clase cargan con pesados fardos? Muuuy pesados. 
- ¿Por qué no viniste ayer a clase, fulano?
- Porque acompañamos a mi padre que lo metían en la cárcel.
Mejor no preguntar la razón del ingreso. ¿Cómo conseguir el presente de encarnación en grupos así?

Con lo que no estoy de acuerdo es con el último extracto. Son muchas veces las que yo estoy plenamente presente en la clase y aún así siento que mis alumnos flotan tranquilamente a la deriva, haciendo como que escuchan, fingiendo que les interesa, garabateando el cuaderno. Lo intento de una manera u otra y al final me enfado. Claro que me enfado. Pero no me siendo descontento conmigo mismo. Yo lo he intentado poniendo mi mejor esfuerzo. Siento que mi trabajo es inútil (al menos está siendo inútil ese día) y eso me pone furioso.

Yo nunca corrijo cuando estoy cansado. A veces he tardado más de dos semanas en entregar unas notas. ¿Profe, cuándo vas a corregir? Hasta que no se acuestan los niños no puedo. ¿De verdad quieres que corrija tu examen a las once de la noche, agotado y sin paciencia? Mejor, por el bien de ambos, que no sea así. Además me gusta corregir todos los exámenes de un tirón (para ser homogéneo en los criterios), es decir que necesito tiempo y estar descansado. A veces pasan semanas hasta que concurren estas dos circunstancias.

La primera cualidad de un profesor es el sueño. ¡Qué gran verdad! Cuando Héctor o Pedro pasan una mala noche qué difícil es dar clase al día siguiente. La gente no sabe la energía que es necesaria para dar una clase si quiere uno estar presente en ella, encarnado, en palabras de Pennac.

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