Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder

martes, 31 de diciembre de 2013

El cuento de los clavos

Hace unos pocos años, un 31 de diciembre, a estas horas de la tarde, mientras me arreglaba para la cena escuché por la radio un cuento que me gustó mucho. Todos los 31 de diciembre por la tarde, en los momentos previos a la vorágine, recuerdo el cuento. Esta es una versión parecida (pero peor) que he encontrado:
Érase una vez un joven que tenía un carácter agrio y violento. Pero confiaba en su padre y le dijo que le ayudara a controlarlo. El padre le dio un paquete de clavos y le dijo: - “Mira, hijo, cada vez que pierdas la paciencia y el control de ti mismo, cada vez que hieras a alguien de palabra o de obra, clava un clavo de éstos detrás de la puerta de tu habitación.” El primer día, el muchacho clavó 37 clavos detrás de la puerta. Las semanas que siguieron, a medida que aprendía a controlar su genio, clavaba cada vez menos clavos en la puerta. Finalmente llegó el momento en que logró controlar su temperamento durante todo el día. Después de informar a su padre del éxito de su tarea de autocontrol, éste le sugirió que arrancara un clavo cada día que consiguiera hacer una buena acción. Los días pasaron y el joven pudo por fin anunciar a su padre que no quedaban más clavos que arrancar de su puerta. El padre lo llevó hasta la puerta y allí le dijo: - “Has trabajado duro, hijo mío, pero mira todos esos hoyos en la puerta. Nunca será nueva; nunca será la misma de antes. Siempre guardará las señales de los clavos. Cada vez que descargas tu negatividad sobre el que está a tu lado, le haces una herida. Y, aunque le pidas luego perdón, le dejas una cicatriz como ésas que ves ahí.
Héctor está impaciente por irse a casa de los abuelos. De modo que el cuento queda así. El año que viene intentaré escribir la versión que recuerdo (ahí va otro propósito de año nuevo). Esta es la entrada número 100 de este blog.

Feliz 2014 

 


jueves, 19 de diciembre de 2013

Contemplando la espalda

—¿Han notado ustedes que, en todas las descripciones que han hecho, hay un elemento singular de semejanza? Cada uno de ustedes ve el Domingo de un modo diferente, pero todos coinciden en que sólo pueden compararlo con el mismo universo. Bull lo compara con la tierra en primavera. Gogol con el sol a mediodía. Al Secretario le recuerda el informe protoplasma, y al Inspector el desamparo de las selvas vírgenes. El Profesor dice que es como un cambiante paisaje. Es raro todo esto; pero todavía es más raro que yo también tenga del Presidente una idea extravagante, y a mí también me parezca comparable con el mundo. 
(...)
—Cuando vi por primera vez al Domingo —continuó Syme— sólo le vi la espalda; y cuando le vi la espalda, comprendí que era el hombre más malo del mundo. Su cuello, sus hombros, eran brutales como los de un dios simiesco. Su cabeza tenía cierta inclinación, propia, más que de hombre, de buey. Y al instante se me ocurrió que aquello no era un hombre, sino una bestia vestida de hombre.
(...)
—Y aquí viene lo más curioso —continuó Syme—. Yo había visto su espalda desde la calle, estando él sentado en el balcón. Entré al hotel, y cogiendo al Presidente por el otro lado, le vi la cara a plena luz. Su cara me asustó como asusta a todos. Pero no por brutal, no por perversa. Me asustó, al contrario, por su hermosura, por su bondad. (...) Era como la cara de un antiguo arcángel que distribuyera la justicia después de un heroico combate. En sus ojos había risa; en su boca, honor y tristeza. Eran los mismos cabellos blancos, el mismo torso robusto que acababa yo de ver desde la calle enfundado en el traje gris. Pero si por detrás me pareció un animal, por delante me pareció un dios.
(...)
—Desde entonces —continuó Syme como monologando— ése es también el misterio del mundo. Al ver las horribles espaldas me parece que la noble cara es una máscara. Al ver, aunque sea un instante, la cara, la espalda me parece una simple burla. El mal es tan malo, que, junto a él, el bien parece un mero accidente; el bien es tan bueno, que, junto a él, hasta el mal resulta explicable.
El hombre que fue Jueves (G. K. Chesterton)

Terapia de grupo inesperada

No pensaba acudir a la sesión de evaluación de 2ºC. La materia que imparto (Refuerzo de matemáticas) no es evaluable (la nota “no cuenta”) y los alumnos que tengo no trabajan nada. Sólo son dos horas a la semana pero me tienen amargado. Cambié de idea y me alegré.

Profesora de Lengua: Llevo veinte años dando clase y es la primera vez que me pesa venir a trabajar. Parezco una niña que no quiere ir a la escuela. Pero es que pienso en estos alumnos y me dan ganas de salir corriendo.

Profesora de Religión (sólo una hora a la semana con el grupo): Me voy a la cama con mal cuerpo pensando que tengo clase con ellos al día siguiente.

Qué alivio saber que no soy el único que se siente impotente, inútil y frustrado. Qué alivio constatar que yo no tengo la culpa. Porque lo peor de dar clase a estos chavales no es lo pesado de las dos horas que compartes con ellos, ni la sensación de que tu trabajo no sirve para nada, sino el come-come posterior. ¿Soy demasiado antipático? ¿Debería ser más flexible? ¿Por qué no funciona nada de lo que intento? ¿Qué puedo/debo hacer?...


Propuestas de mejora

Desde el curso pasado los profesores de las asignaturas en las que suspendan más de un 50% de los alumnos deben redactar un informe en el que:
  1. Se analicen las causas del alto porcentaje de suspensos.
  2. Se propongan unas medidas para mejorar el rendimiento durante el próximo trimestre.
En la asignatura de Matemáticas de 1º de bachillerato científico hay un 73% de suspensos. Debo redactar un informe. Causas del fracaso (a grandes rasgos):
  • Porcentaje de alumnos que faltan a clase con mucha frecuencia (casi no asisten): 10%
  • Porcentaje de alumnos que no estudiaron Matemáticas B (es la asignatura de 4º ESO que deben cursar los estudiantes que posteriormente quieran elegir el bachillerato científico): 33%
  • Porcentaje de alumnos que obtuvieron el título de la ESO con las matemáticas suspensas: 23%
  • Porcentaje de alumnos nuevos en el centro: 80%
  • Porcentaje de alumnos con más de cuatro suspensos en esta evaluación: 57%
Para que nos hagamos una idea de la situación: Todos los alumnos que estudiaron Matemáticas B el curso pasado y no han cambiado de centro aprueban la asignatura. No parece descabellado pensar que las causas del alto índice de suspensos son: el absentismo, el periodo de adaptación a un nuevo instituto y la falta de conocimientos mínimos para afrontar con éxito el bachillerato científico debido, entre otras razones, a no haber cursado el itinerario recomendado. Propuestas de mejora:
  • Los alumnos deben asistir a clase. Noooooooooooo. El cumplimiento de esta medida no depende del profesor así que no se debe incluir en el informe.
  • Sería recomendable que los alumnos que quieran cursar el bachillerato científico estudien y aprueben la asignatura de Matemáticas B en 4º ESO. Noooooooooooo. Eso es segregar y marginar.
  • Los alumnos con falta de conocimientos deben trabajar más en su casa y realizar el trabajo que no hicieron en su día para poder recuperar y alcanzar los objetivos de la asignatura. Que noooooooooooooo, que no te enteras. Eso tampoco depende del profesor.
Entonces, ¿qué propuestas puedo incluir para mejorar el rendimiento? Sólo las que afecten al trabajo del profesor. Las referidas a la metodología de las clases y al sistema de evaluación. Para el servicio de inspección el asunto no admite dudas: da igual las causas, el único que puede y debe mejorar en su trabajo para revertir la situación es el profesor.
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Este trimestre no hago más que contemplar la espalda de la enseñanza. Me he sentido como un bombero en un incendio forestal. Me he sorprendido sopesando cambiar de centro, soñando que hacía un trabajo de oficina, lejos de las aulas. Si lo tuviera que resumir en una frase: siento que lo que hago no sirve para nada.

Espero que a la vuelta de vacaciones me encuentre con la cara de la enseñanza. Sé que existe. La recuerdo. Pero este año me está resultando esquiva.

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domingo, 13 de octubre de 2013

Pedro y el blog

El jueves nos enteramos de que íbamos a tener otro niño. Si hubiera sido niña se habría llamado Luna. Un par de días o tres antes de saber que estaba embarazada, la noche del 22 de junio, Sonia contempló la super luna y decidió que ese era el nombre que le gustaría para una niña. Cuando supo de su embarazo me propuso un trato: si es niña le ponemos Luna, si es niño lo eliges tú.

Pues es niño y no tenía nombre. Lo importante es que todo va como debe ir, según nos informó la ginecóloga. Esa tarde estuve pensando en nombres para la criatura. En principio no tenía prisa por buscarle uno, pero tras varias semanas llamándola Lunita se me hacía raro dejar de tener un nombre con el que referirnos a ella.

Pedro. Es un nombre que ya me gustaba para Héctor. Sonia da el visto bueno. Consulto listas de nombres por si acaso. Hay algunos nombres que parecen más bonitos pero no me imagino llamando así a mi hijo. A mi hijo lo imagino Pedro.

Pedro y Héctor. Héctor y Pedro. Dos sílabas. Las mismas dos vocales en el mismo orden. Comparten más de la mitad de los fonemas. Dos nombres muy diferentes pero con un importante sustrato común. Igual que espero sean los hermanos.

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Hoy ha venido mi familia a comer a casa para celebrar mi santo y le hemos dado la noticia. No quería dársela por teléfono y menos aún que se enterasen a través del blog. Por esa razón me quedé con las ganas de escribir esta entrada el jueves por la noche.

Es curioso esto de tener un blog y de que te puedan leer. Nunca pensé que tuviera repercusiones prácticas más allá de pasar un rato entretenido pensando sobre lo que voy a escribir. Mi hermana me ha regalado el libro La invención del Big Bang, de Jean-Pierre Luminet. Está claro que el blog es algo más que un soliloquio.

lunes, 7 de octubre de 2013

Así lo hacen

Una de las causas más irritantes del mal funcionamiento del sistema educativo español es la falta de voluntad política para diseñar un sistema sensato y estable. A nuestros dirigentes les encanta legislar sobre el tema. Ningún presidente de gobierno deja pasar la oportunidad de imponer su propia ley orgánica de educación. Subrayo el determinante porque, efectivamente, son sus leyes. No se redactan teniendo en cuenta las necesidades de los ciudadanos y la realidad social. No señor. Las leyes se promulgan para contentar al sector más ideologizado (¿idiotizado?) de cada bando. La realidad no cuenta. Sólo la propaganda y los eslóganes de ideología barata.

El otro día, queriendo confirmar esta noticia publicada por El Mundo, entré en la página del Congreso de los Diputados. En ella se pueden descargar y leer los diarios de sesiones de todas las comisiones, incluida la de Educación. Yo esperaba encontrar una discusión pragmática y práctica sobre las enmiendas presentadas a la futura nueva ley, un debate en el que se analizaran los pros y los contras de cada medida con datos y experiencias constatadas. Bueno, tal vez no esperaba tanto. Pero lo que seguro no esperaba era encontrarme con un concurso de monólogos a cual más alejado de la realidad sobre la que van a legislar. Para que os hagáis una idea copio el inicio de cada intervención (las negritas son mías):

El señor ÁLVAREZ SOSTRES (Grupo mixto): Señorías, sin más entro en materia porque el tiempo apremia. Esta es la primera sesión de la Comisión de Educación para debatir el texto de la Lomce, estamos en unos momentos transcendentales para la educación española y para nuestro país. Voy a tratar de exponer mis observaciones en forma de enmiendas al proyecto, más allá de que en fase de ponencia se me haya aceptado alguna. En el propio preámbulo de la norma que aquí nos trae en forma de exposición de motivos se incide en que el sistema escolar influye poderosamente en la transformación de la sociedad. Es cierto que la escuela no tiene exclusivamente esta función, porque en realidad es una tarea que tiene la sociedad civil con una vocación universalizadora. Hasta el punto que sin la sociedad civil no habría transformación educativa.
Tras las sucesivas normas educativas de los últimos treinta años y en medio de una profunda crisis económica y de valores, no podemos despreciar la ocasión que significa cambiar y apuntalar el marco normativo y, en su caso, revisar los soportes, la distribución de volúmenes y el propio decorado de algunas habitaciones del edificio escolar, que inevitablemente se deteriora con el transcurso del tiempo o luce de una forma que puede ser perfectamente revisable por los legisladores y gestores educativos. Nadie —y menos en nuestro país— puede desperdiciar el talento de los ciudadanos, en su caso el de los alumnos, porque significa la base del desarrollo económico y social del país. Por eso los objetivos contemplados en esta revisión de la legislación escolar deberían o bien ser cuestionados parcial o totalmente, pero con alternativas de manera explícita y concreta por las fuerzas políticas, o bien ser asumidos por las fuerzas políticas explícitamente. (¿Me lo explican? Menos mal que el tiempo apremia porque es difícil utilizar más palabras para decir menos.)
La señora PÉREZ FERNÁNDEZ (grupo mixto): Señorías, hemos presentado un grupo de enmiendas a este bloque que estamos debatiendo y las centramos fundamentalmente en las competencias autonómicas que, desde nuestro punto de vista —y según plantea la modificación de la ley que propone el Grupo Popular—, se disminuyen con respecto a lo que tenemos en la actualidad, lo cual, a nuestro juicio, para comunidades autónomas como Galicia, que en cuestiones del currículo y en lo que afecta a la lengua, representa que las competencias que se tienen actualmente se vean muy mermadas.
La señora SÁNCHEZ ROBLES (Grupo parlamentario vasco): Señorías, el debate a la totalidad del pasado 16 de julio, con 11 enmiendas a la devolución del proyecto de ley orgánica para la mejora de la calidad educativa, ha
puesto de manifiesto que este proyecto de ley supone un ataque a la igualdad de oportunidades y un retroceso en la equidad y en la calidad de la educación. Asimismo conlleva una clara transgresión de las competencias de las comunidades autónomas, llegando incluso en algunos casos a la alteración del sistema lingüístico educativo. Por otra parte, ha sido elaborado con la oposición manifiesta de la comunidad educativa. Varios grupos parlamentarios entendemos que determinadas leyes, entre otras las relativas al sistema educativo, necesitan de una amplia transversalidad de carácter ideológico. Precisamente esta virtud es la que les otorga perdurabilidad, cualidad absolutamente deseable en esta materia. (Al menos Sánchez Robles sabe expresarse, lo que parece ser una rareza entre nuestros representantes. Además, en el resto de su intervención defiende medidas concretas, no vaguedades mitineras).
El señor MARTÍNEZ GORRIARÁN: La verdad es que cuanto más profundizamos en este debate más desconcertante me resulta, tanto que hay momentos en los que me he perdido por completo y no sé exactamente qué es lo que estamos discutiendo y para qué. Esto no deja de ser paradójico en una ley tan importante como es la de educación, uno de cuyos objetivos tendría que ser la claridad. Nos encontramos con un proyecto de ley —ya lo comentado otras veces pero supongo que hay que volver a repetirlo— que es en realidad una corrección parcial de la LOE, que a su vez fue corrección parcial de la Logse. En nuestra opinión, esta ley, en vez simplificar y de ser más clara, más comprensible y, por tanto, más fácil de desarrollar reglamentariamente, parece un reglamento, que entra en cuestiones de detalle, improcedentes en una ley orgánica, y crea una complicada estratificación de leyes que remiten unas a otras. El resultado es una ley de una complejidad que no tiene que ver con sus objetivos políticos ni educativos, sino con su propia gestación y con los objetivos que quiere conseguir el Gobierno, que no me parece que sean precisamente los de la educación, porque cada vez se ha ido alejando más una cosa de la otra. (Ole, ole y ole. Este señor sí me representa. No podría estar más de acuerdo).

La señora GARCÍA ÁLVAREZ (Izquierda plural): Señorías, faltar a la verdad, mentir en el Parlamento, sede de la representación ciudadana, es un hecho grave, muy grave. Por eso, al inicio de mi intervención quiero, como grupo parlamentario, renovar el compromiso que, junto con otras fuerzas parlamentarias, suscribimos el pasado agosto. Nosotros y nosotras, hombres y mujeres que integramos el Grupo de La Izquierda Plural, cuando adquirimos un compromiso con la ciudadanía lo hacemos con todas las consecuencias y no vamos a defraudarles ni a engañarles. El debate de las once enmiendas de totalidad al proyecto de ley orgánica para la mejora de la calidad educativa puso de manifiesto que este proyecto de ley suponía un ataque a la igualdad de oportunidades y un retroceso en la equidad y en la calidad de la educación pública. Conlleva asimismo una clara transgresión de las competencias de las comunidades autónomas, llegando incluso en algunos casos a la alteración del sistema lingüístico educativo. Por otra parte, ha sido elaborado con la oposición manifiesta de la comunidad educativa. La gran mayoría de los grupos parlamentarios entendemos que determinadas leyes, entre otras las relativas al sistema educativo público, necesitan de una amplia transversalidad de carácter ideológico. Es precisamente esta virtud la que les otorga perdurabilidad, cualidad absolutamente deseable en esta materia. Iniciamos la recta final de la tramitación del proyecto de ley orgánica para la mejora de la calidad educativa, que probablemente concluirá con los únicos votos del grupo parlamentario que apoya al Gobierno, despreciando el diálogo y la búsqueda del consenso necesario con el resto de fuerzas políticas, por lo que este proyecto de ley del Gobierno no puede ser en ningún caso la ley que necesita el sistema educativo público, que necesita el sistema educativo español. Por todo ello, la mayoría de los grupos parlamentarios, en este caso el grupo de La Izquierda Plural, hemos acordado que en el primer periodo de sesiones de la próxima legislatura procederemos a derogar la Lomce y a paralizar de forma inmediata su aplicación y trabajaremos todos juntos para elaborar una nueva ley que cuente con el máximo consenso parlamentario y de la comunidad educativa. (¡No han parido la nueva ley y los hombres y mujeres de Izquierda Plural ya amenazan con la siguiente!)

¿Para qué seguir? Quién quiera entrar más en detalle puede consultar la sesión completa en esta dirección:
 http://www.congreso.es/public_oficiales/L10/CONG/DS/CO/DSCD-10-CO-405.PDF

Hasta el blog se desconfigura con tanto desvarío. La charlatanería desborda los márgenes habituales. Dejémoslo aquí.

martes, 1 de octubre de 2013

¿Cómo explicar lo inimaginable?

La ciencia contemporánea ya no nos da imágenes que se puedan representar; el mundo que nos abre está mas allá de toda imagen posible.
Así comienza Italo Calvino el prólogo a su libro Memoria del mundo y otras Cosmicómicas. Yo voy más lejos y opino que el mundo que nos descubre la ciencia está más allá de toda imaginación posible. Al menos sobrepasa mi capacidad de imaginación. He recordado el libro de Calvino al preparar el material con el que voy a intentar explicar en clase el origen del universo.


¿Cómo explicar la teoría del Big Bang si ni yo mismo la comprendo? Puedo enunciarla como un dogma de fe. El universo se originó de esta forma porque lo dicen los científicos. Y hasta que los científicos cambien de opinión esto es lo que se debe saber para aprobar los exámenes de naturales.

¿Hay alguien capaz de imaginar esa sigularidad inicial en la que estaba todo concentrado antes de que el universo existiera? Mi imaginación es capaz de aceptar la no existencia de espacio, pero ¿y el tiempo? Me resulta imposible imaginar/aceptar la no existencia de tiempo. ¿La singularidad no tuvo duración?

Es fácil comprender a quienes hace dos mil años se negaban a aceptar que la Tierra es redonda. También a los que hace cuatro siglos negaban que la Tierra se mueve. ¿Cómo aceptar que nos movemos a una velocidad de 1200 km/h rotando sobre nuestro eje o a más de 100.000 km/h en nuestro trayecto alrededor del Sol sin que notemos nada de nada? Lo extraño, si lo pensamos bien, es aceptar cosas que no se comprenden ni se imaginan.

El hecho de que la teoría del Big Bang haya sido comúnmente acepatada por el conjunto de la población, en apenas unas décadas y sin controversia alguna, me parece un avance extraordinario en el desarrollo humano. La ciencia y los científicos han alcanzado tal prestigio que han suplantado a los profetas a la hora de explicarnos la realidad en la que vivimos y de aventurar el futuro que nos espera. Ya no hace falta que seamos capaces de comprender las demostraciones científicas. Harían falta horas, tal vez meses de estudio para tratar de comprenderlas. No hay tiempo ni voluntad. Si lo ha publicado Science o Nature es suficiente. Palabra de científico.

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Esto es lo que sucede cuando a uno le ponen a dar clases de una materia que no es su especialidad. Me molesta no comprender lo que explico (en este caso no lo explico, lo enuncio). En el fondo me molesta no saber de tantas cosas...

Naturalmente que estábamos todos allí -dijo el viejo Qfwfq-, ¿y dónde bamos a estar, si no? Que pudiese haber espacio, nadie lo sabía todavía. Y el tiempo, ídem: ¿qué quieren que hiciéramos con el tiempo, allí apretados como sardinas?
He dicho "apretados como sardinas" por usar una imagen literaria: en realidad no había espacio, ni siquiera para estar apretados. Cada punto de nosotros coincidía con cada punto de los demás en un punto único que era aquel donde estábamos todos...
Italo Calvino. Todo en un punto.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Apaga y vámonos

1.- EL RETO

Este año tengo siete horas lectivas a la semana con un curso de 2º PCPI. Son las siglas del llamado Programa de Cualificación Profesional Inicial, anteriormente conocido como Programa de Garantía Social. Este programa se creó para ofrecer algún tipo de salida a los chavales que no quieren estudiar. Se pretende que al menos adquieran unas herramientas básicas para poder integrarse provechosamente en la sociedad (de ahí el nombre original). El PCPI consta de dos cursos. En el primero se adquieren competencias profesionales muy básicas en campos como la jardinería, la albañilería, etc. En el fondo se trata de tener entretenidos a los chavales (en la calle están peor) y confiar en que alguno aprenda algo y le sea de utilidad. Al finalizar el curso le dan un certificado.
Los que aprueben pueden matricularse en un segundo curso. Aquí ya no hay competencia profesional alguna. En el segundo curso lo que se enseña es matemáticas, biología, lengua, inglés, física y química, sociales, tecnología... a un nivel muy básico (entre 1º y 2º de la ESO). El título de PCPI es equivalente al de graduado en ESO.
Como podéis imaginar los alumnos de PCPI no son fáciles. Es más, con frecuencia son delincuentes o predelincuentes. El año pasado teníamos a dos internos en un centro de menores por delitos graves.

Pues bien, este año tengo siete horas con ellos. Les debo enseñar algo de Matemáticas, Biología y Geología. Lo peor es que de las siete horas, dos son los viernes a última. Es decir, las peores horas de la semana (los viernes después del recreo cuesta una barbaridad dar clase: los alumnos están cansados y alterados. Sin olvidar que tú también arrastras el cansancio de toda la semana) con los almunos más difíciles.

2.- LA IDEA

El aula tiene un proyector fijado al techo. El instituto cuenta con diez carritos con diez ordenadores portátiles cada uno. Los carritos están repartidos entre las plantas de los dos edificios. En la planta donde se encuentra el PCPI hay un carrito. Lo reservo con suficiente antelación.
La idea es dedicar las dos horas de los viernes a que los alumnos realicen prezis sobre los contenidos de los temas científicos que estemos tratando: el universo, la atmósfera... Una vez más, con este tipo de chavales, el objetivo básico es mantenerlos entretenidos. Si de rebote aprenden algo, mejor que mejor.
El primer viernes lo dedicaríamos a aprender qué es un prezi (¿o una prezi? ¿a qué genero pertenece prezi?). Mi intención era que se registrasen en la página y que realizaran un prezi básico en el que se incluyera un vídeo, una imagen, un listado y un link. Este es el prezi que yo hice a modo de ejemplo y para aprender (es de verdad mi primer prezi):

3.- LA EJECUCIÓN

Los viernes tengo mi primera clase a las 11.45. Llegué al instituto con dos horas de antelación porque tenía mucho trabajo pendiente. Lo primero que hago es comprobar que el carrito de los ordenadores está correctamente reservado (es la primera vez que lo reservo y se hace mediante un programa on-line). Bien, está reservado. El problema es que de los diez supuestos ordenadores que contiene el carrito sólo hay cinco disponibles. ¿Y el resto? Seguro que hay una buena explicación, pero no me interesa. Lo que yo necesito es tener diez ordenadores (uno para cada dos alumnos) a las 12.45 en el aula del PCPI. Reservo un carrito de otra planta. Menos mal que hay ascensor. Entre los dos suman diez ordenadores (ni uno más).

Empieza la clase. Reparto los ordenadores. Segundo problema: no va internet. En el centro hay dos redes wifi: Andared, que es la red que la Consejería de Educación mantiene en todos los centros, a la que están conectados por defecto todos los portátiles, y que en esos momentos no funciona; y otra red de menor potencia que el centro ha contratado de modo particular y que, afortunadamente, llega con calidad al aula del PCPI. Los alumnos me piden la clave de esta red. No se la puedo dar (luego la utilizan para conectarse con sus móviles y colapsan la atribución de líneas). Así que voy mesa por mesa conectando cada ordenador a internet.

Ya estamos todos conectados. Se registran en prezi.com... y a la mitad les solicitan una actualización del Adobe Flash Player para poder visualizar la página y trabajar con prezi. No podemos actualizar porque no estamos autorizados a modificar los equipos. A esas alturas ya me sale humo de la cabeza. Parece que los alumnos que no tienen problemas para visualizar la aplicación están utilizando el sistema operativo A (al encender el ordenador puedes elegir entre dos sistemas) y el navegador B. Venga, todos los que tengan problemas a reiniciar y a entrar primero en A y luego en B.

Mientras tanto intento encender el proyector para conectarlo a mi ordenador y de este modo explicar más fácilmente el proceso para crear un prezi. ¿Pero dónde está el mando a distancia? No está. Me tengo que subir a una mesa y encenderlo manualmente. Vale. Ahora enchufo el cable de salida al puerto de mi portatil y.... agua. El proyector no detecta ninguna entrada de vídeo. Aaaahh. En ese momento maldigo la hora en que se me ocurrió meterme en berengenales lúdico-didácticos. Los alumnos cada vez están más impacientes y revoltosos, falta más de una hora para terminar la clase y no tengo plan B.

Recojo los ordenadores y sobrepasamos la interminable hora fingiendo que resolvemos problemas de aritmética. Toca el timbre y me voy a casa agotado, frustrado y cabreado. Me tienta la idea de no volver a coger un ordenador en todo el año, de no resolver ningún problema matemático tampoco. Dedicar el tiempo a dictar apuntes, realizar ejercicios de matemáticas mecánicos y poner exámenes cada dos por tres. Vamos, en convertirme en un maestro de los sesenta.

Pero como soy un iluso y ya han pasado dos días, ahora pienso que bueno, que no hay que tomárselo a la tremenda, que seguro que los problemas técnicos tienen fácil solución y este viernes nos va a salir una buena clase. A veces autoengañarse es la única manera de acudir al trabajo con ánimo.

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lunes, 9 de septiembre de 2013

El reparto (I)

Cada año, antes de comenzar el curso, hay que proceder al reparto de grupos entre los miembros del  departamento. Quién va a dar el nocturno, quién el bachillerato científico, quién el de sociales, quién el PCPI... y así hasta completar todos los niveles y todos los grupos. En cierto sentido es uno de los momentos más importantes del año ya que dependiendo de los grupos que te toquen vas a trabajar más a o menos a gusto durante los próximos nueve meses. Tal vez por eso hay profesores que acuden al reparto con el cuchillo entre los dientes y no es infrecuente los casos de peleas, disgustos y llantos (literales) tras las la reunión de marras.

Hasta hace bien poco se resolvía el asunto tirando de jerarquía. Durante lustros las autoridades educativas ofertaban muchas menos plazas de profesores de las necesarias. Un ejemplo: la Junta de Andalucía no ofertó NINGUNA plaza de profesor de la especialidad Biología y Geología desde el año 2000 hasta el 2008. Estó originó que se fuera creando una bolsa cada vez mayor de profesores interinos lo que suponía una doble ventaja para las autoridades educativas: primero; los interinos no tenían plaza por lo que estaban sujetos a movilidad geográfica; y segundo, salían más baratos que un funcionario de carrera ya que hasta el año 2007, tras una sentencia judicial que obligó a pagar trienios a los interinos, no se les reconocía los complementos por antigüedad. Un interino con 18 años de experiencia podía cobrar 500 euros menos al mes que un funcionario de carrera con los mismos años de servicio. Sí, han leído bien. Menudo dineral que se ahorraba la Junta en salarios por el simple procedimiento de no convocar las plazas necesarias. ¡Y en ese tiempo no se hablaba de recortes en Educación!

A efectos del reparto, los interinos eran una bendición para el sistema de castas establecido en los departamentos. La casta superior la formaban una especie en extinción: los catedráticos de instituto (ese sería el tema de otra entrada). Le seguirían los funcionarios de carrera con destino en el centro. En tercer lugar vendrían los funcionarios de carrera sin destino en el centro (desplazados o "en expectativa de obtener plaza"). Y por último los parias del departamento: los interinos. Cuantos más interinos en el departamento mejor vivían los funcionarios de carrera. Como suele ocurrir en los sistemas de castas, los que se encuentran en el escalafón inferior realizan los trabajos más ingratos (se les asignaban los grupos menos apetecibles) y reciben menos salario. El abuso de la casta dominante llegó a un punto en el que la Junta se vio obligada a legislar el reparto de los grupos, estableciendo el sistema que entre los profesores se conoce con el nombre de la rueda. La Orden 9-9-1997 indicaba lo siguiente:
1. Cada Departamento celebrará en la primera quincena del mes de septiembre una reunión para distribuir entre el profesorado las áreas, materias, módulos profesionales, ámbitos, cursos y grupos que lo componen, procurando el acuerdo de todos sus miembros y respetando en todo caso los criterios pedagógicos fijados por el Claustro de Profesores.
2. En caso de no existir acuerdo entre los componentes del Departamento en la distribución de cursos, grupos, áreas, materias, módulos profesionales y ámbitos, los profesores y profesoras que estén en ese momento en el Centro elegirán según el orden y procedimiento que se establece a continuación.
3. El orden de elección será el siguiente: a) Profesorado de Enseñanza Secundaria con la condición de catedrático con destino definitivo en el Centro. b) Profesorado de Enseñanza Secundaria, profesores técnicos de Formación Profesional, profesores integrados en el cuerpo a extinguir de ITEM y maestros, con destino definitivo en el Centro. c) Otros profesores.
4. Dentro de cada apartado a), b) y c) anteriores, la prioridad en la elección vendrá determinada por la antigüedad en el cuerpo al que pertenece el profesorado, y de existir empate por la antigüedad en el Centro.
5. El procedimiento a seguir será el que se describe a continuación: El profesor o profesora a quien corresponda de acuerdo con el orden anteriormente establecido, elegirá un grupo de alumnos del área, materia, módulo profesional, ámbito, turno y curso que desee impartir preferentemente. A continuación lo hará el profesor o profesora siguiente, y así sucesivamente hasta completar una primera ronda entre el profesorado del Departamento presente en este acto. Finalizada la primera ronda, se procederá a realizar otras sucesivas hasta que todos los profesores y profesoras completen su horario lectivo o se hayan asignado todas las áreas, materias, módulos profesionales, ámbitos, grupos y cursos que correspondan.
Hay que reconocerle al legislador la buena voluntad con la que intenta pacificar el ambiente e introducir algo de sensatez y sobre todo de equidad en el reparto. Pero es muy difícil, si no imposible, conseguir con una simple Orden de la Consejería que la gente se comporte con sensatez y compañerismo. Además, la rueda es inviable. Me explico. Cada profesor debe impartir 20 horas lectivas a la semana (hasta hace dos años eran 18). Algunos profesores cuentan con reducción horaria por diferentes motivos (2 horas para los mayores de 55 años, 3 horas para los jefes de departamento, x horas para los coordinadores de proyectos, x horas para los representantes sindicales, x horas para los que ocupan puesto directivo...). En el reparto todos debemos cuadrar nuestras horas hasta sumar un total de veinte incluyendo reducciones quien las tenga. Y es imposible cuadrar si se aplica una rueda tal y como establece la Orden 9-9-1997. ¡Imposible!
Veamos un ejemplo. Este año dispongo de tres horas de reducción por jefatura de departamento. Es decir, me quedan 17 horas lectivas disponibles hasta completar mi horario. La inmensa mayoría de materias que imparte el departamento de Matemáticas constan de cuatro horas semanales. Pues bien, yo no puedo completar mi horario únicamente con estas materias (que es lo que me gustaría y lo que elegiría en una hipotética rueda) porque 17 no es múltiplo de 4. Y en una situación parecida se encuentran los demás miembros del departamento.


En definitiva, que la Orden 9-9-1997, a pesar de sus buenas intenciones, no solucionó los problemas del reparto sino que incluso los agravó. Es lo que sucede cuando la ley pide un imposible. Los grupos se seguían repartiendo a la antigua usanza pero con la diferencia de que ahora los agraviados no se conformaban tan fácilmente. Exigían la rueda, amenazaban con denuncias por incumplir la ley... juraban odio eterno al compañero. En vista del lío que se había montado con la rueda, la Junta decidió cortar por lo sano. En una nueva Orden (20-8-2010) estableció lo siguiente:
Los departamentos de coordinación didáctica propondrán a la dirección del instituto la distribución entre el profesorado de las materias, módulos, ámbitos, cursos, grupos y, en su caso, turnos que tengan encomendados, de acuerdo con el horario, la asignación de tutorías y las directrices establecidas por el equipo directivo, atendiendo a criterios pedagógicos y respetando, en todo caso, la atribución de docencia que corresponde a cada una de las especialidades del profesorado de conformidad con la normativa vigente. En la elaboración de la propuesta se procurará el acuerdo de todo el profesorado del departamento. En el caso de que el departamento no elabore la correspondiente propuesta, corresponderá a la dirección del instituto la asignación de las enseñanzas, oída la persona titular de la jefatura del departamento.
El legislador, harto de líos, vino a decir: señores, pónganse de acuerdo como las personas adultas y sensatas que se supone que son (al fin y al cabo en sus manos está la formación de nuestros jóvenes). Y si no son capaces de llegar a un acuerdo, si insisten en comportarse como niños chicos incapaces de no pelearse y que necesitan a un adulto que imponga la solución, entonces aguantense con lo que decida el director. En esa estamos. El próximo día contaré mi experiencia en los repartos (muy buena) y la solución que yo daría a este conflicto.

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jueves, 5 de septiembre de 2013

Al otro lado

Después de diez años reuniéndome con los padres de los alumnos de mi tutoría al comienzo de cada curso, ahora se me hace extraño ser el padre que acude a la reunión convocada por la maestra de su hijo. Es como estar al otro lado del espejo. Observando a la maestra reconozco el nerviosismo de los momentos previos, cuando da la hora de comienzo y pides cinco minutos de cortersía para los padres rezagados. Esos minutos son incomodísimos, los padres ya sentados, observándote, y tú aparentando revisar el guión que tienes preparado, saliendo al pasillo una o dos veces a la espera de algún asistente más.

Aprovecho esos instantes para observar de reojo al resto de madres y padres, imaginando cómo serán sus hijos, los niños con los que Héctor va a crecer los próximos nueve años si no sucede nada imprevisto. La maestra rompe el hielo pasando lista en voz alta (yo lo que hago es pasar una hoja para que los asistentes apunten su nombre, el de sus hijos y algún otro dato de interés). Como era de esperar parece más tranquila según avanza en sus explicaciones.

Siempre he creído que los padres acuden a estas reuniones por dos motivos: para informarse (de las normas de funcionamieto del centro, de la programación que van a seguir sus hijos, etc.) y para darse a conocer al tutor. Sí, así de equivocado estaba. He tenido que pasar al otro lado para caer en la obviedad de que los padres no vienen a que yo los conozca sino a conocerme a mí, a examinar qué tipo de persona va a velar por sus hijos mientras estén en el instituto.

La maestra de Héctor ha superado con éxito el examen. Este curso, por primera vez desde que empecé a trabajar en la enseñanza, no voy a ser tutor.


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miércoles, 4 de septiembre de 2013

Vuelta al cole

Una de las ventajas de esta profesión es que la reincorporación tras las vacaciones es paulatina. Los dos primeros días los dedicas básicamente a saludar a los compañeros mientras vigilas a los alumnos que se examinan de la prueba extraordinaria. Las pieles morenas, los besos, los apretones de mano,  las sonrisas y las conversaciones amistosas contrastan con las caras de cansancio y las prisas con las que nos despedimos en junio. Es un hecho científico: las vacaciones son buenas para la salud. Salta a la vista.

Ahora, después de las evaluaciones extraordinarias, todavía quedan unos días de transición hasta el verdadero comienzo del curso. Días para hacer cábalas y negociar con los compañeros de departamento los cursos que cada uno quiere impartir (casi más importante es saber lo que no quieres impartir). Días para tirar tanto papel acumulado en el curso anterior y dejar espacio para el que vamos a acumular en los próximos meses.

Días para preparar las clases y las fichas que vamos a utilizar en las primeras semanas de curso. Pero todavía no, que no sabemos qué grupos nos tocan. El viernes se incorporan dos nuevas profesoras de matemáticas. Ese día, cuando estemos todos, haremos el reparto. Mientras tanto tengo la impresión de que sigo de vacaciones (aunque ayer estuve en el instituto desde las 8.30 hasta las 13.00 y de 16.00 a 22.30. Pero la mayor parte de tiempo la dediqué a saludos y conversaciones gratas).

miércoles, 28 de agosto de 2013

Diálogo socrático

- Papá, no lo sabo.

- Se dice no lo sé.

- ¡Y yo tampoco! - exclama, feliz de comprobar que no es el único que no sabe.


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domingo, 25 de agosto de 2013

Laplace y la lotería (y II)

Decíamos ayer... que la mayoría de las personas tienen dificultades para comprender o para intuir conceptos básicos de Probabilidad. Hay una excepción: la regla de Laplace. Cuando al diseñar un examen incluyo un problema en el que haya que aplicar la regla de Laplace sé que estoy regalando puntos, ya que todos los alumnos van a ser capaces de resolverlo sin ninguna dificultad. ¡Son problemas tan sencillos!

La última evidencia en este sentido la han proporcionado las pruebas de acceso a ciclos de grado superior. En la pasada convocatoria del mes de junio formé parte de un tribunal. Me tocó corregir las pruebas de Matemáticas. El examen se dividía en cuatro partes cada una de las cuales puntuaba sobre 2.5. En este enlace podéis ver la prueba de la parte común (incluye Lengua, Matemáticas e Idioma extranjero. El examen de Matemáticas va de la página 5 a la 8). Estas son las conclusiones tras corregir unos cien exámenes:
  • 1ª parte. Problema sencillo de álgebra (con conocimientos muy básicos de geometría) y ejercicio de notación científica. Una o dos personas saben resolver el problema. Pocas más lo medio plantean con algo de lógica. La práctica totalidad de aspirantes dejan el problema en blanco o lo resuelven de manera disparatada o saliéndose por los cerros de Úbeda.
  • 2ª parte. Ejercicio de interpretación de gráficas. Muy sencillo. Casi todos los aspirantes saben resolver alguno de los tres primeros apartados. Achaco muchos de los fallos al desconocimiento de la duración de un partido de fútbol (aunque parezca mentira, no a todo el mundo le gusta el fútbol). El apartado D requiere conocimientos básicos de geometría analítica y sólo una o dos personas lo resuelven correctamente.
  • 3ª parte. Miscelánea de preguntas, algunas muy sencillas, de trigonometría, teorema de Pitágoras, proporcionalidad y representación de intervalos. La mitad de los aspirantes no saben resolver ninguna de las preguntas. Ninguno es capaz de resolver todas correctamente. Hay muchos con dos respuestas correctas.
  • 4ª parte. Un problema de probabilidad que se resuelve con la regla de Laplace (salvo el apartado A, que requiere unos conocimientos teóricos muy básicos). Prácticamente todos los aspirantes tienen algún apartado bien. Muchos responden correctamente todos. Con diferencia, es la pregunta en la que más puntuación obtienen la mayoría de los aspirantes. Más incluso que en la interpretación de gráficas (también extremadamente sencilla).
En resumen, pocos problemas hay más fáciles en Matemáticas de enseñanza secundaria que los que se resuelven con la regla de Laplace. De hecho, siempre he pensado que la regla de Laplace es una perogrullada y nunca he comprendido que para descubrir semejante Mediterráneo hubiera sido necesaria una de las mentes más brillantes del siglo de las luces.

Recordé la cita de Whitehead. Tal vez se pudiera aplicar a este caso. Es posible que la regla de Laplace sea una de esas operaciones importantes que sabemos realizar sin ni siquiera darnos cuenta de ello. La aportación de Laplace no sería una perogrullada sino un avance cualitativo en la comprensión del mundo que nos rodea.

No debe ser casualidad que Pierre Simon Laplace (1749 - 1827) fuese contemporáneo al auge de los juegos de azar y a la creación de la Lotería. Según la wikipedia, en Francia la lotería se creó en 1776. Un poco antes, en 1763, Carlos III importó de Napoles la idea de un sorteo de lotería. La lotería moderna, tal cual la conocemos, nació en Cádiz en 1811 para aportar fondos a la Hacienda Pública que quedó resentida por la Guerra de la Independencia. Todos conocemos el éxito social que ha tenido la Lotería, al menos en España. ¿Será por eso que somos tan buenos aplicando la regla de Laplace? ¿Tendrá razón Bruno Bettelheim y los juegos de azar nos enseñan lecciones importantes de Probabilidad? Yo sigo pensando que no, pero ya no lo tengo tan claro.

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Laplace y la lotería (I)

Por tercer verano consecutivo retomo la lectura de No hay padres perfectos. Es un libro tan interesante como denso. La edición de bolsillo que tengo consta de quinientas páginas de letra diminuta. Cada párrafo te hace pensar y, claro, a las dos semanas uno se agota de tanto pensar (en lo mismo) y deja el libro en la mesita de noche... hasta el próximo verano. Esta tarde la divagación ha tomado derroteros profesionales. Todo empezó con la lectura de este párrafo:

Hoy en día, tanto en las ciencias sociales como en las físicas, algunos de los problemas más complejos se resuelven por medio del análisis estadístico. Debido a que comparar la probabilidad de un acontecimiento con lo que realmente ocurre nos ayuda a comprender los fenómenos, lo que el joven aprenda sobre la probabilidad estadística gracias a los juegos de azar tiene mucho valor. En amplios campos de la vida, el éxito o el fracaso depende por entero de si se es capaz de tener un concepto realista de las reglas de la probabilidad, y los juegos de azar pueden enseñarles a los niños lecciones importantes acerca de dichas reglas. El niño que participe concienzudamente en tales juegos aprenderá bien esas lecciones.

Con la Probabilidad hemos topado. Mi rama favorita de las Matemáticas. Y, para mi sorpresa, un tema que a los alumnos se les suele atragantar desde el principio. ¿Qué pasa? ¿Mis alumnos no han jugado a la oca, al parchís o al cinquillo?

Casi todos comprenden, de una manera intuitiva, que la probabilidad de que salga el número cinco al lanzar un dado no trucado es de un sexto. O que la probabilidad de que salga un número par es de un medio (tres de seis). Hasta ahí, bien. Pero pocos o ninguno son capaces de comprender intuitivamente que el número de resultados posibles (sucesos elementales) al lanzar dos monedas al aire es cuatro y no tres. Para un chaval de quince años, al lanzar dos monedas al aire sólo pueden ocurrir tres cosas: que las dos monedas salgan cara, que las dos monedas salgan cruz o que una salga cara y la otra cruz. Pocos o ninguno caen en la cuenta de que este último caso en realidad son dos: que la primera moneda salga cara y la segunda cruz, o que la primera salga cruz y la segunda cara. Lo entienden mejor si les dices que las monedas son distintas. Por ejemplo, una moneda de 50 céntimos y otra de 20 céntimos. Así es más fácil intuir que puede ocurrir que en la moneda de 50 salga cruz y en la de 20 cara o viceversa. Son dos casos (sucesos) diferentes. Pero incluso comprendiendo esto último, todavía hay muchos alumnos que no comprenden que si las dos monedas son (aparentemente) iguales también son dos sucesos diferentes. Lo aceptan y lo aprenden porque se lo digo yo, que soy su profesor y les voy a examinar, pero están muy lejos de comprenderlo. Si en lugar de dos monedas lanzamos dos dados (36 sucesos elementales), ápaga y vámonos. Y tres dados (216 sucesos elementales) ya ni se plantea.

Otro problema básico y que no es comprendido por muchos alumnos es el de la probabilidad de la unión de dos sucesos. Me explico. Supongamos que existe una cantidad conocida de personas. El número de trabajadores de una empresa, por ejemplo. Se conoce el número de mujeres y el número de hombres que forman la plantilla. También se conoce el número de fumadores tanto de hombres como de mujeres. Se sortea una cesta de Navidad entres los trabajadores de la empresa.

Los alumnos no tienen especial dificultad en hallar la probabilidad de que la persona afortunada sea mujer; o la probabidad de que sea fumador. Tampoco tienen excesiva dificultad en hallar la probabilidad de que el premio se lo lleve una mujer fumadora (que tenga ambas características, esta sería la probabilidad de la intersección). El problema se presenta cuando se les pregunta por la probabilidad de que la persona seleccionada sea mujer o fume, es decir, que cumpla al menos una de las dos características (la probabilidad de la unión). La mayoría de los alumnos no es capaz de distinguir entre la probabilidad de la unión (que sea mujer o fume) y la probabilidad de la intersección (que sea mujer y fume). Dan siempre como resultado la probabilidad de la intersección. Otros alumnos (menos) sí son conscientes de la diferencia pero aún así dan un resultado erróneo porque suman, entre los casos favorables, a todas las mujeres y a todos los fumadores, sin darse cuenta de que están sumando dos veces a las mujeres fumadoras (primero como personas de sexo femenino y luego como pesonas que fuman). Son muy pocos alumnos los que de manera intuitiva responden bien a este tipo de preguntas.

También es muy común la incomprensión de que el suceso seguro tiene probabilidad uno. En sucesos independientes, la probabilidad de lo ya ocurrido o de lo que resulta seguro no influye en el resultado del experimento. La mayoría de los alumnos están convencidos de que es imposible que el próximo gordo de la lotería de Navidad sea el número 76058. Es imposible que el mismo número salga dos años consecutivos. Los más moderados asumen que es posible pero que es más dificil (menos probable) que salga ese número a cualquier otro. Es lo que se conoce como falacia del jugador y está muy bien explicado en la Wikipedia.

En definitiva, que mi primera impresión al leer la opinión de Bruno Bettelheim fue de completo desacuerdo. He puesto tres ejemplos, pero podría poner muchos más. Mi experiencia docente me hace pensar que la mayoría de las personas, no importa cuánto hayan jugado de niños al parchís o a las cartas, son incapaces de comprender intuitivamente problemas básicos de Probabilidad. Excepto la regla de Laplace.

Tirando de Laplace empecé a argumentar en mi contra y, si bien no he cambiado de opinión, me han surgido dudas razonables. ¡Qué difícil es estar seguro de algo!

sábado, 24 de agosto de 2013

Volando con Kapuscinski

Ayer estuvimos cuatro horas. Hoy voy preparado para esperar el rato que haga falta, incluso a pasar la noche si finalmente ingresan a Lolo. Llevo bocadillo, agua y lectura. Tras el triaje Lolo es atendido de inmediato y trasladado a una sala de observación donde sólo puede acompañarlo un familiar (y siempre que no haya muchos pacientes). Así que me quedo solo. Hablo por teléfono con Sonia y con mis padres. Los mantengo al tanto de las novedades. Pero pronto deja de haber novedades. Sólo cabe esperar. Abro el libro que he traído: Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinski.

Los dos libros que he leído de Kapuscinski me encantaron. El primero, Ébano, fue un descubrimiento de primer orden. Uno de los libros que más impacto me han causado. Enseguida leí Un día más con vida, que también me gustó aunque ya no existiera el factor sorpresa. Pero por una razón inexplicable, ahí quedó la cosa. Seguí comprando (o me regalaban) libros de Kapuscinski pero han tenido que pasar casi diez años para encontrar el momento de retomarlo.

El comienzo del libro me ha decepcionado (¿Tal vez fuera ese el temor inconsciente? ¿que ningún otro libro podría estar a la altura de Ébano?). La voz de Kapuscinski parecía otra, más autoconsciente, más protagonista en primera persona, más diario personal que reportaje. No lo he comprobado, pero creo que Viajes con Heródoto fue el último libro que escribió, cuando ya era un autor reconocido y premiado internacionalmente. Poco a poco he dejado de pensar y me he sumergido en la historia.
Recibí el billete de vuelta: Nueva Delhi — Kabul — Moscú — Varsovia. Aterricé en Kabul cuando se ponía el sol. Un cielo rosa intenso, casi violeta, lanzaba sus últimos destellos sobre las montañas, de un azul oscuro, que rodean el valle. El día declinaba, sumiéndose en un silencio profundo, absoluto: era el silencio del paisaje, de la tierra, del mundo, un silencio que nada era capaz de alterar, ni la campanilla prendida al cuello de un asno, ni el menudo trote de un rebaño de ovejas que pasaba junto al barracón del aeropuerto.

Me retuvo la policía porque no tenía visado. No podían mandarme de vuelta porque el avión que me había traído había despegado enseguida y en la pista no se veía aparato alguno. Después de debatir y preguntarse qué hacer conmigo, se marcharon a la ciudad. Sólo se quedaron dos personas: yo y el vigilante del aeropuerto. Era un hombre macizo, enorme, de anchos hombros y una barba negra azabache, la mirada amable y una sonrisa apenas esbozada, tímida. Llevaba un abrigo militar largo y una desvencijada metralleta Mauser.

Oscureció en un abrir y cerrar de ojos y la temperatura cayó en picado. Empecé a tiritar porque, viniendo de los trópicos, iba en mangas de camisa. El vigilante trajo unos troncos, un poco de leña menuda, otro poco de hierba seca y encendió una hoguera en la pista. Me dio su abrigo, y él mismo se envolvió en una oscura manta de lana de camello que le llegaba hasta los ojos. Permanecimos sentados uno frente al otro sin decir palabra, nada sucedía a nuestro alrededor, a lo lejos se oía el canto de los grillos y luego, más lejos aún, rugió el motor de un coche.

Por la mañana aparecieron los policías, acompañados por un hombre mayor. Era un comerciante que compraba en Kabul algodón para las fábricas textiles de Lódz. El señor Bielas, que así se llamaba, prometió ocuparse de mi visado; ya llevaba allí un tiempo y tenía contactos. En efecto, no sólo me consiguió un visado, sino que también me acogió en su chalet, contento porque no viviría solo.

Kabul: polvo y más polvo. En el valle donde está situada la ciudad soplan unos vientos que traen nubes de arena de los desiertos vecinos. Todo lo cubre llenando todos los resquicios una suspensión pardusca, grisácea, que se posa sobre la tierra sólo cuando el viento se calma y el aire se vuelve transparente, cristalinamente diáfano.
Al caer la noche, las calles adquieren un aspecto enigmático, como si se convirtieran en escenario de algún misterio improvisado y espontáneo. Pues la oscuridad reinante sólo la disipan las pálidas llamas de las lamparillas que arden en los puestos de venta al aire libre y las linternas y antorchas cuyo brillo inseguro y tembloroso alumbra las pobres mercancías y demás baratijas que los vendedores exponen directamente sobre el suelo, ya sobre el pavimento, ya sobre el umbral de una casa. Entre estas filas de trémulos reflejos se deslizan en silencio las personas, unas figuras tapadas de pies a cabeza e impelidas por el frío y el viento.

Cuando el avión de Moscú empezó a descender para tomar tierra en Varsovia, mi vecino tembló, asió con las manos los brazos del asiento y cerró los ojos. Tenía un rostro gris, demacrado y surcado por profundas arrugas. Un traje barato y gastado por años de almacenaje colgaba holgado sobre su enjuta y huesuda silueta. Lo escruté con una mirada discreta, de soslayo. Vi cómo por sus mejillas empezaban a deslizarse algunas lágrimas. Y al cabo de unos instantes oí un estallido de llanto, ahogado pero llanto más allá de toda duda.
—Lo siento —se disculpó ante mí—. Lo siento. Pero no creí que de verdad volvería.
Era diciembre de 1956. No cesaba el reguero de personas que regresaban de los gulags.

Fin del capítulo. Levanto la vista del libro y las imágenes de lo recién leído se mezclan con otras que me vienen a la cabeza de Un día más con vida y Ébano. Qué vida la de Kapuscinski. Y qué poco casa su peripecia aventurera con su imagen de funcionario puntilloso.


Los asientos de plástico alineados, las grandes cristaleras, las personas que van y vienen... Tardo en salir de la ensoñación en que Kapuscinski me ha sumergido y cuando lo hago me sorprendo de no estar en la sala de espera de un aeropuerto, sino en la de un hospital.

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martes, 13 de agosto de 2013

Doce semanas y un día

Creíamos que la ecografía era mañana, que lo de hoy era una prueba (un cribado, según el volante) para detectar el riesgo de que el bebé tuviera síndrome de Down. Primero nos atendió una enfermera que, al tiempo que le hacía preguntas a Sonia para completar el historial (fecha de la última regla, número de embarazos, etc.), recalcaba que el resultado del cribado no servía como diagnóstico sino para determinar poblaciones de riesgo. Sonia tuvo que firmar un par de documentos dando su consentimiento, “aunque no supone ningún riesgo”, apostilló la enfermera. Lo que no nos aclaró es en qué consistía la prueba en sí.

Así que entramos en la consulta más bien intrigados. A mí me indicaron una silla donde sentarme (“desde ahí verá mejor el monitor”) y a Sonia la camilla en la que debía tumbarse. La prueba misteriosa era una ecografía. Y en un suspiro teníamos en pantalla a la criatura. Al principio muy borrosa. El ojo clínico del doctor veía cosas que para nosotros pasaban desapercibidas. Nos lo fue describiendo: aquí se ve una pierna, esto es la mandíbula…

La criatura no paraba quieta. Daba vueltas y se ponía de espaldas. El doctor tuvo que agitar el vientre de Sonia con el transductor para que cambiara de posición y poder completar el estudio. Se quedaba callado unos instantes, supongo que concentrado en intentar determinar algún dato relevante. En esos momentos me entraba la inquietud de si estaba viendo algo anómalo y se lo callaba hasta estar seguro. Aunque no soy una persona propensa a los miedos a veces te asaltan por sorpresa.

Todo bien. Al concluir la ecografía, el médico introdujo algunos datos en el ordenador y éste emitió su veredicto: riesgo bajo. Nos marchamos emocionados con lo que habíamos visto y muy contentos con el resultado.

jueves, 25 de julio de 2013

Arqueólogos y arquitectos

Hoy estaba nublado cuando llegamos a la playa. Sonia y yo queríamos dar un paseo. Hector no, claro. A él le debe resultar incomprensible esa manía que tienen sus padres de ponerse a andar en lugar de jugar con la arena o nadar en el agua. Una pérdida de tiempo. Se conforma cuando le decimos que vamos a recoger conchas. Ah, vale. Ahora el paseo tiene un propósito. Y se lo toma en serio. Empieza con pequeñas conchas y al poco amplía la recolección a piedras de diverso tamaño, una pluma de gaviota e incluso, de no habérselo prohibido, un pajarillo muerto. En cambio no se siente atraido por los desperdicios humanos: pasa de colillas, papelitos o bolsas de plástico (también es cierto que hoy se veía menos basura que otros días). Así dimos un señor paseo y regresamos a la sombrilla con el cubo cargado de tesoros, acalorados (las nubes se habían dispersado) y deseando darnos un buen baño.

Sentado bajo la sombrilla, observo jugar a Héctor. Enseguida se deshizo de la pluma, lanzándola lejos. Clasificó los objetos en tres grupos: conchas, piedras de pizarra, resto de piedras. Se quedó con las piedras de pizarra y las ordenó en fila según diversos criterios, alguno obvio (por tamaño) pero la mayoría no. Siguió haciendo combinaciones con las piedras hasta que las apiló una encima de otra para después tumbar la torre. Entonces, cuando parecía que las piedras ya no daban más de sí, seleccionó una de ellas (creo que la más grande) y la enterró un par de metros más allá. Marcó el lugar con una señal y fue a por su pala. Y así se entretuvo unos minutos más: enterrando y desenterrando la piedra. Parece un arqueólogo, pensé.


A arqueólogos o a arquitectos. A eso juegan los niños en la playa. Los hay que prefieren construir intrincadas fortalezas (arquitectos) y los hay que prefieren cavar agujeros o buscar y clasificar objetos (arqueólogos). Pienso en mi infancia y creo que fui más arqueólogo que arquitecto, más de cavar que de levantar, antes espeleólogo que escalador, más de viajar al centro de la tierra que a la luna, mejor bucear que volar.
- ¿En qué piensas? - pregunta Sonia.
- En nada.

Supuse que arquitectura y arqueología eran palabras con la misma raíz, algo relacionado con la tierra. Pero me equivoqué. Según la wikipedia, el término "arquitectura" proviene del griego αρχ (arch, cuyo significado es ‘jefe’, ‘quien tiene el mando’), y τεκτων (tekton, es decir, ‘constructor’ o ‘carpintero’). "Arqueología" viene del griego «ἀρχαίος» archaios, viejo o antiguo, y «λόγος» logos, ciencia o estudio. No hay significado oculto. Las palabras se parecen por casualidad.

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domingo, 21 de julio de 2013

Nothing compares to her


Es raro encontrar a alguien de mi generación que no sepa quién es Sinead O´Connor. Ese gran reconocimiento contrasta con lo poco que se sabe de ella. Apenas dos cosas: que es la intérprete de una canción que ya en su día me parecía empalagosa (el vídeo es un icono de finales de los ochenta) y que es un poco excéntrica, por decirlo suavemente (pocos olvidan su actuación en Saturday night live, cuando rompió en directo una fotografía de Juan Pablo II). Así que no sabíamos qué esperar del concierto de anoche. Las canciones de su último disco, How About I Be Me (And You Be You?, no están mal. La más pegadiza es una alegre composición con aires Hare Krishna que bien podría haber firmado Sir Paul (así llamamos familiarmente a Paul McCartney).


Con estos antecedentes no me sorprendió demasiado cuando apareció en el escenario vestida de negro con alzacuellos y un gran cruzifijo colgado del cuello, como un clérigo protestante. Aunque lo que de verdad parecía era una camisa parda, una cabeza rapada en el peor significado del término. Esas gafas negras, esa agresividad airada con la que cantaba, incluso las canciones supuestamente alegres (tuvo palabras de agradecimiento para Van Morrison. Por la forma en que las pronunciaba cualquiera diría que lo que deseaba era propinarle un puñetazo). No había manera de conectar el recuerdo de aquella chica guapa y dulce con el presente punk-fascista que tenía ante mis ojos. Mayor aún era la disonancia entre lo que estaba escuchando (una estupenda voz femenina acompañada por una buena banda) y lo que estaba viendo.


Daba un poco de pena. Es la misma agresividad que encuentras en algunos adolescentes inadaptados. Una agresividad que nace del sufrimiento. Dedicó una canción a su hija (nunca habría imaginado que tuviera hijos) y a partir de ahí empezó a relajarse un poco. Cantó a capela In this heart, transportándonos a una iglesia de un recóndito pueblo irlandés. La audiencia estaba entregada, especialmente la colonia extranjera. "We love you". Eso pareció terminar de tranquilizarla. Incluso se permitió bromear con los que la interpelaban entre canción y canción.

- Show us your beautiful eyes.
- Do you want to see my ass? (dandose la vuelta y amagando con bajarse los pantalones). I wear sunglasses because I´m very shy. Besides, my eyes can´t sing.... My ass can.

Estaba claro que Sinead O´Connor era otra. El resto del concierto no tuvo asomo de agresividad. Se la veía contenta, sonriendo al presentar a la banda, introduciendo al público cada canción (cosa que no había hecho en el inicio, cuando parecía cantar para un muro que la oprimía). La primera parte del concierto duró sesenta minutos exactos.

Tras la pequeña pausa de rigor, la cantante se presentó sin banda y sin gafas. Acompañada únicamente de su guitarra nos informa (casi disculpándose) que va a cantar unos temas de su album favorito: Theology. Fueron tres canciones o, mejor dicho, tres oraciones. La melodía no era gran cosa, pero la interpretación fue emocionante. La última canción del concierto, sin guitarra, con los brazos extendidos, mirando al cielo, la dedicó a las personas que están esperando un hijo.


Good night. Sweet dreams - se despidió. En ese momento parecía feliz. Yo no sabía si acababa de asistir a un concierto memorable o a una terapia musical.

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sábado, 13 de julio de 2013

¿A quién se lo agradezco?

Hace unos días me enteré de cómo se llamaba uno de los socios fundadores de la librería ocho y medio. Muere Jesús Robles, librero de cine - titulaba el periódico. Veo la foto que acompaña la noticia y sí, me suena su cara, aunque creo que nunca me atendió.


Recuerdo perfectamente el momento en que me enteré de la existencia de ocho y medio. Fue hace diez años (¡madre mía!), en el caluroso mes de junio de 2003. Me llamaron de la Delegación de Educación de Guadalajara para hacer una sustitución en un instituto de Azuqueca de Henares. Tomé posesión el día 2 de junio cuando todo el trabajo está prácticamente hecho (anda que hoy en día, con la crisis, van a mandar a un sustituto en esas fechas). Tenía mucho tiempo libre y pasaba casi todas las tardes  y fines de semana en Madrid, como un turista al que encima le pagan dinero. Fue un mes de descubrimientos: el botánico, PhotoEspaña, la Feria del libro... Fue en la Feria donde supe de ocho y medio. La primera vez que fui a la Feria me paré en cada uno de sus estands. Aquello parecía el milagro del pan y los peces pero con libros. Libros y más libros. Aunque, a decir verdad, pocas sorpresas (si descontamos el respingo que di cuando vi a Blas Piñar detrás de un mostrador dispuesto a firmar no se qué panfleto). Hasta que llegué a un estand repleto de libros de cine, muchos en inglés. Librería ocho y medio. ¿Existe una librería especializada en libros de cine? Sí. ¿Dónde se encuentra? Aquí en Madrid, en la calle Martín de los Heros.


Tuve que buscar en el plano dónde estaba Martín de los Heros (Sí señores, hace diez años yo me movía por Madrid con un plano callejero, la prehistoria tecnológica). Quién me hubiera dicho que no iba a olvidar el nombre de esa calle. Yo, que tengo una fastidiosa facilidad para olvidar nombres. Fueron tantas visitas, tantos paseos. Primero solo, luego con Sonia. No sólo la librería: los cines, la plaza de España...

He leído todo lo que se ha publicado sobre Jesús Robles a raíz de su muerte. Así me he enterado, por ejemplo, de que hacía años que ya no tenían estand en la Feria del libro: ¿Debemos los libreros y editores acercarnos al encuentro de los lectores (queda fatal decir clientes, el mundo del libro esta lleno de eufemismos)? ¿No sería mejor que en lugar de esta especie de peregrinación anual al Rocío ( a veces el calor del Retiro le  convierte en polvorientos caminos), centráramos nuestros esfuerzos en que la gente descubriera nuestras librerías?  ¿La librería de su barrio, de su ciudad? ¿No sería mejor que descubrieran la comodidad y el placer de pasar un rato, en un lugar climatizado, sin  la megafonía anunciando firmas como un mantra, escogiendo un libro, sentándose a hojearlo, sin nadie te moleste? ¿Poder escoger en vez de una selección  que tienes que hacer entrar en una caseta de 4x 2 metros,  metros y metros de estantería, agradablemente clasificados, por temas, alfabéticamente, y en un número infinitamente mayor?


Me hubiera gustado felicitar a Jesús Robles porque no he conocido ninguna librería tan acogedora y en la que fuera tan agradable pasar un rato como la suya. Ninguna con tanto gusto para decorar el escaparate y el interior. Era un placer entrar aunque fuera sólo cinco minutos mientras hacías tiempo para que empezara la película en alguno de los cines de alrededor.  Me habría gustado decirle que utilizamos una de las pegatinas con el logotipo de la librería para distinguir nuestra maleta. En definitiva, me habría gustado agradecerle el esfuerzo por sacar adelante un espacio que hacía la vida más agradable a los que pasábamos por allí.

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Cada vez soy más consciente de que la comodidad del mundo en el que vivo se debe al trabajo de mucha gente. Alguna conocida, la mayoría no. A muchos les puedes dar las gracias, a otros tantos no. Antes pensaba que el agradecimiento al trabajo estaba en el salario. Si un médico me curaba, era su obligación. Para eso le pagan. Últimamente siento que debo agradecer tantas cosas y a tanta gente que no doy abasto. Por ejemplo a la segunda persona por la derecha de la siguiente foto:


Ese señor, cuyo nombre desconozco (y que me temo no aparecerá en la prensa cuando fallezca), es el responsable del Festival de Jazz de San Javier. Desde hace seis veranos, lo veo coger el micrófono y anunciar los conciertos de la noche. Recuerdo sus palabras en al primer concierto de la edición del año pasado: Buenas noches, queridos amigos, bienvenidos un año más al Festival Internacional de Jazz de San Javier. Este año, a pesar de la que está cayendo, a pesar de los temores sobre el futuro del festival, hemos reunido un gran cartel... La crisis se está llevando muchas cosas por delante pero no el Festival de Jazz de San Javier.


Tras la presentación el hombre sale discretamente del backstage y se sienta junto a su familia para disfrutar del concierto. El miércoles estaba entusiasmado con John Pizzarelli. Esta persona disfruta con la música que nos ofrece. Está claro que es el alma mater del festival, el apasionado del jazz que un día fue capaz de liar a unos y a otros para montar un festival de altísima calidad en una pequeña localidad murciana. Gracias a él hemos escuchado en directo a Keb Mo, John Hiatt, Dana Fuchs, Luis Salinas, Wynton Marsalis (dos veces), Madeleine Peyroux, Marcus Miller, Ann Hampton Callaway y Asleep at the Wheel entre otros. Poco a poco se va educando el oido y, aparte de los buenos ratos que pasamos en los conciertos, voy ampliando mis horizontes musicales. Todo ello a un precio de risa. La entrada para el doble concierto de este miércoles (Jon Batiste y John Pizzarelli) costaba quince euros.

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Pero si hay alguien a quien debo eterno agradecimiento por horas y horas de disfrute, desde hace más de diez años, y especialmente en una época en la que atravesé alguna dificultad, es a la persona responsable de que la Filmoteca de Andalucía se estableciera en Córdoba (y no en Sevilla, como casi todos los organismos públicos dependientes de la Junta. O en Málaga o en Granada, donde caen más migajas que aquí, la única capital andaluza que nunca ha sido gobernada por el partido que ostenta el poder regional desde siempre). Recientemente la Filmoteca ha abierto salas de proyección en Granada, Almería y Sevilla. Pero en Córdoba llevamos veinte años de filmoteca y que nos quiten lo bailao.

Ciclos de cine coreano, polaco, alemán (ay, qué dolor de cabeza), mexicano, holandés, israelí, marroquí... Sam Peckinpah, Godard, Truffaut, Ford, Buñuel completo, Lubitch... El viaje de Shihiro, Together, Karakter, Nanuck, el esquimal, El buscavidas, América, América, el ciclo de películas mudas con música de piano en directo, The iron horse... Dogma 95, los viernes estreno, Michael Winterbottom, Amores perros, Senderos de gloria y muchas, muchas más. Todo en versión original, of course. Alguna semana hubo en la que fui a la filmoteca todos los días (de lunes a viernes, entonces no proyectaban películas los sábados). Solo casi siempre. Con Johanna alguna vez, con mi madre más veces y en los últimos años con Sonia (el ciclo de Sam Peckpinpah nos lo pimplamos los dos). El precio de la entrada no ha subido desde la primera vez que entré: 150 pesetas (ahora 90 céntimos de euro). El bono de diez entradas costaba mil pesetas (ahora seis euros). ¿A quién le agradezco todo eso?



domingo, 26 de mayo de 2013

Madrid-Cuenca

Tres horas y veintitrés minutos. Eso es lo que, oficialmente, tarda el tren regional en realizar el trayecto entre Madrid y Cuenca. En realidad tarda mucho más. Más de tres horas y media para recorrer una distancia de 180 km en la que no hay que superar ningún accidente geográfico relevante. Esa es la realidad del sistema ferroviario español oculta y sepultada por el AVE.


El AVE, que gran invento. Desde hace poco menos de tres años se puede viajar a Cuenca en trenes AVE. Tardan cincuenta minutos en recorrer los 140 km de distancia entre las dos ciudades. El progreso. La cantidad de horas de sopor, aburrimiento y desesperación que me habría ahorrado si hubiera existido esta línea cuando yo vivía en Cuenca.


No recuerdo viajes más pesados. No podía leer porque el tren traqueteaba como una diligencia. El paisaje era monótono y además en invierno oscurecía antes de llegar a Aranjuez, así que poco paisaje podía ver. Pasado Tarancón las vías del tren transcurrían junto a la carretera. En un momento dado se podía ver una señal indicando Cuenca 50. ¡Y todavía quedaba más de una hora en aquella cafetera andante! Desesperación.


Las paradas inexplicables. El viaje estaba salpicado de paradas a pesar de que sólo atravesaba tres municipios reconocibles: Aranjuez, Ocaña y Tarancón. A eso había que añadir una serie de pedanías tales como Noblejas o Santa Cruz de la Zarza en las que rara vez se subía o bajaba algún viajero. Y luego estaban las paradas inexplicables, que eran la mayoría. De repente el tren se paraba junto a una casa (¿estación?) en medio de ninguna parte. Nada ocurría. Nadie salía de la casa a saludarnos. Tras diez minutos el tren reanuda el traqueteo.


Con tanta parada en ninguna parte y un absoluto desprecio por la puntualidad, para el viajero era imposible hacerse una idea de en qué punto del trayecto se encontraba y cuánto faltaba para llegar al destino o a la siguiente etapa del viaje. Sí, el viaje era tan largo que se podía dividir en tres etapas:
  • Etapa 1: Madrid - Ocaña. Dejando atrás la civilización.














  • Etapa 2: Ocaña - Tarancón. Empieza el paisaje pintoresco. Todavía mantengo el ánimo.
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  • Etapa 3: Tarancón - Cuenca. La desesperación. Ya no sé cómo acomodarme en el asiento ni qué hacer para distraerme. No me queda ni el consuelo de observar o escuchar a los demás pasajeros porque el tren va vacío. Con frecuencia soy la única persona en el vagón, lo que acentúa aún más la sensación de castigo. O de destierro. Sí, es eso: me siento desterrado en Cuenca, ese horror de pueblo.

 













Es curioso que no recuerde los viajes en sentido inverso. Hago memoria y no me viene ninguna imagen, ninguna anécdota, nada que mencionar de los desplazamientos Cuenca - Madrid.

Ahora el Ministerio de Fomento ha decidido suprimir, entre otras muchas líneas, el regional que hacía servicio entre Madrid y Valencia. Es deficitario, dicen. Al Estado le cuesta más de cuatro millones de euros anuales mantener una línea con poco más de ciento quince mil viajeros al año. El Estado pierde casi treinta y cinco euros por cada viajero que toma ese tren. A mí me parece poco. Deberían regalar al menos cien euros a los valientes que se atrevan con las más de seis horas y veinte minutos (tiempo oficial, en realidad supera las siete horas) que dura el trayecto completo. Siete horas en recorrer trescientos kilómetros. Y todavía habrá quien se extrañe de que el servicio sea deficitario.

España es el primer país europeo (el segundo del mundo) con mayor longitud de líneas de alta velocidad en servicio. De Madrid a Cuenca el AVE tarda cincuenta minutos. De Madrid a Valencia tarda una hora y cuarenta minutos. ¿Para qué sirve el regional? ¿Para qué necesitamos líneas ferroviarias que enlacen municipios que no sean capitales de provincia? Estuve dos años trabajando en El Carpio. Yo vivía a cinco minutos andando de la estación de trenes de Córdoba. El instituto de El Carpio está situado frente a la (inútil) estación de trenes del pueblo. En cualquier país europeo yo hubiera podido acudir en tren a mi trabajo. Lamentablemente en El Carpio no para el AVE, lo que en España viene a ser sinónimo de que no para ningún tren. No es incompatible estar a la cabeza en líneas de alta velocidad y a la cola en calidad del sistema ferroviario. ¿Qué es lo más importante?


¿No hubiera sido más sensato invertir el dinero del AVE Madrid-Valencia en reformar y mejorar la línea existente? Prefiero tardar una hora y media en llegar a Cuenca y tres horas en llegar a Valencia (poco menos del doble de lo que tarda el AVE, pero menos de la mitad de lo que tarda el regional) y tener la posibilidad de seguir parando en municipios como Ocaña y Tarancón. Además con un billete más asequible y, en el caso de Cuenca, parando en una estación céntrica, no en una nueva estación a cinco kilómetros de la ciudad (la estación del AVE de Guadalajara también está en las afueras).

Dentro de muy poco, ninguna joven podrá despedir a su novio en la estación de Tarancón. Y bien que lo siento.




sábado, 27 de abril de 2013

Aeropuerto de Frankfurt

Tengo la impresión, acentuada por el cansancio, de que el aeropuerto de Frankfurt desborda cualquier límite. Da igual el pasillo y la dirección que decida enfilar, es todo una sucesión periódica e infinita de salas de embarque, controles de acceso, tiendas caras, locales de comida poco apetecible, cintas transportadoras que aligeran el paso de los viajeros, paneles informativos y señales indicadoras. Me aburro y cambio de planta en busca de otro pasillo que sólo se diferencia del anterior en el nombre. Pasillo B, pasillo A. Ni lo intento con los dos restantes, el pasillo C y el Z. Me sorprende el salto alfabético A, B, C, Z. ¿Una pizca de desorden en un universo terriblemente monótono y ordenado? Podría acercarme al pasillo Z y comprobar si posee alguna característica que haga honor a su distinción. Todavía quedan más de cuatro horas para que despegue nuestro vuelo.

Pero estoy cansado y me desanima imaginar las innumerables salas de espera que debo de atravesar antes de llegar a Z. Busco un lugar tranquilo y me siento a leer. No consigo mantener la concentración más de dos párrafos seguidos. La cabeza se me va a otro sitio. Pienso en Álvaro y Javier. Me vienen flashes de esta mañana:

- ¿Quién es?
- Javier, soy Eduardo. ¿Os queda mucho? Ya está aquí el taxi que nos lleva al aeropuerto.
- ... Pero...¿qué hora es?
- No bromees y bajad ya.
- No es broma, Eduardo, que...
- Déjate de pegos -le interrumpo-. Bajad ya que vamos a llegar tarde.

Verlos aparecer por la puerta del ascensor, con las maletas y tres o cuatro bolsas de plástico en la mano. Las caras desencajadas, nerviosos y medio zombis. No era broma.

En el taxi, al llegar al aeropuerto de Vilna:
- Álvaro, ¿y la cámara?
- No la tengo, Javi.
- Tío, ¿dondé está?
La cámara no está en el taxi. Álvaro cree que se la ha dejado en la recepción del hotel. Tantas bolsas de plástico en la mano. Los dos están convencidos de que Álvaro llevaba la cámara colgada al hombro cuando dejaron la habitación.

Hablamos con el chófer. Dentro de quince minutos tiene que recoger a otro huesped para traerlo al aeropuerto. Si encuentra la cámara, nos la trae. Mientras podemos ir facturando. Entro en el aeropuerto y busco en los paneles informativos el número de mostrador al que debemos dirigirnos.
- ¿Dónde está Álvaro?
- Se ha ido con el chófer a buscar la cámara.
Faltan setenta minutos para que salga nuestro vuelo. Javier y yo facturamos.

Veinticinco minutos más tarde aparece Álvaro con la cámara (estaba en la habitación) y un ataque de nervios. Javier está incluso más nervioso. Es el resultado de dos noches seguidas sin dormir.
¿Qué vais a hacer con todas esas bolsas de plástico? No atinan a abrir la cremallera de la maleta de mano.

A media hora de que salga el vuelo por fin estamos preparados para pasar el control. A Javier lo registran con detenimiento. Álvaro tarda una barbaridad en despojarse de todos sus abalorios. Se le olvida sacar el portátil de la maleta y tiene que volver a pasarla por el escaner. Llegamos a la puerta de embarque justo en el momento en que se abre. Menos mal que el aeropuerto de Vilna es pequeño.

Me arrepiento de haberlos dejado marchar, de no haber impuesto mi autoridad. Querían hacer una visita express a Frankfurt al igual que hicimos en Copenhague. Intenté disuadirlos. Primero les dije que yo no me apuntaba, confiando que eso los disuadiría. Después intenté convencerlos: ¿no veis lo grande que es el aeropuerto? Esto no es una pequeña capital como Copenhague donde las distancias son manejables y las horas cunden. Aquí vais a dedicar prácticamente todo el tiempo en los desplazamientos. No vais a ver nada. Finalmente intenté meterles miedo: como no habéis conseguido perder el primer avión lo vais a intentar de nuevo con el segundo. Cuando se marchaban les advertí: sois mayores de edad (28 y 24), entiendo que os hacéis responsables de vuestra decisión, si llegáis tarde os quedáis solos en Frankfurt.

Ahora temo que se presente la odiada tesitura. ¿De verdad sería capaz de dejarlos en tierra? ¿Por qué no me habré negado más explícitamente? De este modo su desobediencia (en el caso de que me desobedecieran, cosa que no creo) me liberaría de cualquier responsabilidad. Pero me parecía ridículo negarle a adultos un permiso que, por otra parte, ni siquiera me estaban pidiendo. Con la edad de Álvaro yo estaba casado y había vivido tres años de mi vida en el extranjero. Con la edad de Javier yo estaba divorciado y ya era profesor.

Me vienen más flashes. En Copenhague, hace una semana, esperando el tren que nos lleve de regreso al aeropuerto:
- Eduardo, ¿estás seguro de que este es el andén?
- Sí, mira el panel.
- ¿Por qué no preguntamos a alguien? - y pregunta a otro turista más perdido que él-.
...
- Venid, que han cambiado la vía por la que pasa el tren.
- Espera, vamos a preguntar.
- Seguidme.
- ¿Pero a qué andén vamos?
- Tú sigue a los daneses, que ellos saben a donde van.
Subo por las escaleras mecánicas, cambio de andén y cuando miro para atrás no los encuentro. ¿Dónde se han metido? De repente los veo en el andén de enfrente todavía intentando preguntar a otros turistas por donde pasa el tren hacia el aeropuerto. Les grito. Tengo que correr, volver a subir y bajar las escaleras, llevármelos casi a la fuerza y coger el tren por los pelos. ¿Estás seguro? ¿estás seguro? ¿estás seguro? Que sí, joder.

También me viene a la memoria aquella vez que Sonia y yo estuvimos a punto de quedarnos tirados en Berlín por no entender el funcionamiento del tren de cercanías a partir de ciertas horas de la noche. Berlín, Alemania. Igual que Frankfurt. Me parece que no van a llegar a tiempo. ¿Qué haré?

Una visión me saca del ensimismamiento. Es Álvaro que se acerca hacia mí. Compruebo en el reloj que todavía faltan dos horas y media para la salida del vuelo.
- ¿Qué haces aquí? ¿Al final no habéis ido?
- No, hemos preguntado y nos han dicho que no merecía la pena para tan poco tiempo.
- Me alegro. ¿Y qué habéis estado haciendo en estas dos horas?
- Buscándote, que tienes el móvil apagado.
- Pues me parece un milagro que me hayáis encontrado en este laberinto.