Cita



El momento de la verdad nunca llega, el momento de la verdad nunca se va.
Ramón Eder

miércoles, 21 de octubre de 2015

Regreso al futuro

Teníamos contratadas las cenas en un restaurante céntrico, La Chaine D'or. Muy cerca había un cine de los de toda la vida, Cinéma Vox, con mucho ambiente. Cada noche sentía una sana envidia al contemplar la escena de los espectadores haciendo cola en la taquilla o tomando algo en el ambigú antes de entrar en la sala. Una estampa de otros tiempos. En Córdoba ya no quedan cines en el centro de la ciudad. El último en cerrar fue el Alkazar, donde hace muuuuchos años vi por primera vez Regreso al futuro.

Precisamente esa era la película que proyectaban en el Cinéma Vox el pasado sábado. Entre eso, los miles de kilómetros recorridos, el frío riguroso y los adornos navideños que se vendían en multitud de tiendas, me hizo sentir que era yo el que había hecho un viaje al pasado en el que se estrenó la película.

Ahora me entero de que la película ha regresado a las salas de los cines porque hoy, 21 de octubre de 2015 es el día exacto en el que Martin McFly vuela al futuro. Así que el futuro era hoy. Este es el primer futuro que alcanzo y me hace sentir un poco de vértigo. Recuerdo 1984 y las conmemoraciones orwellianas (aunque no supiera quién era Orwell ni cuál su profecía), así como 2001 y su odisea particular. Pero esos eran futuros creados antes de mi nacimiento y, por lo tanto, no me afectaban en absoluto. Es más, me parecía de lo más natural que el futuro concebido en un pasado remoto hubiera al fin llegado.

Regreso al futuro es otra cosa. Vi la película en el cine y muchas más veces después. Apodamos McFly a un amigo del colegio (porque se parecía a McFly padre de joven, no a Michael J. Fox). ¿Ya ha llegado 2015? ¿Martin McFly ha dejado de ser el modelo de adolescente guay para convertirse en padre de familia agotado por el trabajo? ¿Tan rápido? Glups.

Los medios de comunicación están celebrando el día de Regreso al futuro haciendo una lista de los aciertos y fallos que la película tiene acerca de los avances tecnológicos que disfrutaríamos en 2015. Sí, existe la videoconferencia. No, no existen los coches voladores. Sí, no, sí, no... Hasta el USA Today ha salido hoy con la portada con la que aparece en la película:


Y hablando de periódicos, ¿quién me hubiera dicho a mí hace 30 años que el día en que Martin McFly aterrizase en el futuro el periódico de mi ciudad publicaría unas declaraciones mías? La coincidencia me hubiera parecido más increíble que los patinetes voladores.

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martes, 13 de octubre de 2015

Comentarios perdidos

Ayer escribí un comentario en el blog de AMM pero se perdió en el limbo de internet. Ni siquiera en el purgatorio de los condenados a moderación. Missing. Como no es la primera vez que me pasa, tuve la precaución de copiar el comentario antes de enviarlo. Al ver que la publicación no se consumaba intenté enviarlo de nuevo mediante un copia/pega, con el resultado de que la plataforma Wordpress me advirtiera de que el comentario estaba duplicado y, por lo tanto, lo desestimaba. ¿Alguien me lo explica?

En fin, que lo publico aquí, que para eso tengo un blog. Sería conveniente leer primero el último artículo de AMM en Babelia. A partir de ahí:


Gaspard, es posible que el europeísmo sea una emoción. Pero el antieuropeísmo es otra, yo diría que incluso de más intensidad. Votar no a Europa es fácil. Casi todo el mundo vota en contra de algo, muy poca gente vota a favor. Los catalanes que quieren la independencia a lo mejor creen votar sí a un Estado nuevo pero lo que de verdad desean es votar no a un Estado viejo. Muchos electores votan a X simplemente porque no soportan a Y. ¡Qué viene la derecha-facha! ¡Qué viene el frente bolivariano! Votadme a mí para que no ganen los otros.

No hay, en tal sentido, demos europeo, no hay un pueblo europeo. Y por mucho que la vulgara europeísta lo repita, no va a ser jamás verdad. (...)los pueblos de cada Estado-nación -que es la única forma posible de demos y el único marco potencial de democracia.
Un poco categórica la afirmación, ¿no? Las sociedades evolucionan. El Estado-nación tampoco será el fin de la historia. Seguro que la UE y el euro tienen grandes deficiencias. Como toda obra humana. Como la democracia yanqui, la británica, la suiza o cualquier otra que se ponga como ejemplo. Bienvenidas las críticas que sirven para mejorar. Pero me parece mezquino y cínico no valorar los méritos, que también son llamativos.

A su estilo provocador, creo que Zacarías está en lo cierto. Los ciudadanos valoraríamos más las instituciones europeas si las conociéramos mejor. Hay un gran déficit de educación (otro). Yo intento aportar mi granito de arena. En los últimos cuatro cursos he participado con un grupo de alumnos en el concurso Euroscola que convoca el Parlamento Europeo. El año pasado lo ganamos. Aquí se puede ver nuestro proyecto:
http://trassierrascola.blogspot.com.es/

Y como consecuencia de ello dentro de pocas horas partimos hacia Estrasburgo, donde el día jueves 15 celebraremos una sesión en el Parlamento con estudiantes de otros países. Nuevos ciudadanos europeos.


Aprovecharé el largo trayecto para leer el texto de Manent.

lunes, 31 de agosto de 2015

Oliver Sacks

No por anunciada me ha resultado menos triste la muerte de Oliver Sacks. La lectura de Un antropólogo en Marte cambió mi forma de ver la vida. La mejoró. Creo que es el libro que más veces he recomendado (la última vez a una compañera en la cena de graduación de este año, cuando todavía no sabía que Oliver Sacks se estaba muriendo) y más veces he prestado o regalado. Fue un auténtico deslumbramiento. Si no lo habéis leído ya estáis tardando.

Lo compré por 1400 pesetas (todavía está el precio escrito a lápiz en la primera hoja) en la librería Anaquel. La contraportada me pareció interesante y recordé haber leído algún comentario elogioso por parte de Rosa Montero. Era una época en la que yo compraba muchos libros por impulso. Gran parte de ellos están todavía pendientes de lectura. Afortunadamente no el de Oliver Sacks. Lo leí de inmediato. Supongo que empecé a hojearlo y luego ya no pude parar. Fue en verano de 2001 y el libro arrojó luz en un momento de gran pesar e incertidumbre de mi vida. Así comienza el prefacio:
Estoy escribiendo con la mano izquierda aunque, soy irremediablemente diestro. Hace un mes me operaron el hombro derecho, y en este momento no me dejan ni puedo utilizar la mano derecha. Escribo con lentitud y torpeza, pero con más soltura y naturalidad a medida que pasan los días. Me adapto, aprendo continuamente, y no sólo a escribir con la mano izquierda, sino también a realizar otras muchas actividades: también me he vuelto habilidoso, prensil, con los dedos de los pies, para compensar el hecho de tener un brazo en cabestrillo. Cuando me inmovilizaron el brazo anduve con cierto desequilibrio durante unos días, pero ahora camino de manera distinta, he descubierto un nuevo equilibrio. Desarrollo pautas de comportamiento distintas, hábitos distintos..., una identidad distinta podríamos decir, al menos en esta esfera concreta.
Han pasado catorce años y todavía recuerdo las siete historias que relata el libro, especialmente El caso del pintor ciego al color, Vida de un cirujano y Ver y no ver (visto y no visto diría Muñoz Molina). Me sorprende encontrar entre las páginas de mi ejemplar un boletín de notas de un alumno de mi tutoría del curso 2004-2005. Ah, sí, le presté el libro a una compañera de aquel año que había trabajado en un psiquiátrico.


El tío Tungsteno es el tercer libro que leí de Oliver Sacks. Lo compré en junio de 2003 en un estand de la Feria del Libro de Madrid. 17.50 € (el precio a lápiz, etc). Eran mis primeros días como profesor de instituto y mi situación económica tras año y medio en paro dejaba que desear. Así que me prometí a mí mismo que sólo compraría dos libros en la Feria. Una novela de John Irving y las memorias infantiles de Oliver Sacks fueron mi elección.
El día que compré El tío Tungsteno firmaba Rosa Montero en una de las casetas de la Feria. Acababa de publicar La loca de la casa (libro que leí más tarde y en mi opinión el mejor, con diferencia, de su autora). Yo ya había comprado mis dos libros así que se me ocurrió que podría pedirle que me firmara el de Oliver Sacks. Al fin y al cabo conocí a Oliver Sacks gracias a ella. Imagino que le gustaría saber que sus recomendaciones tienen eco. Al llegar a la caseta donde firmaba vi a Rosa Montero y a cinco o seis personas que esperaban haciendo cola. De repente me sentí ridículo y me alejé de allí.
Leí el libro ese mismo verano durante las semanas que pasé en Polonia. Me sorprende encontrar ahora entre sus páginas dos carteles de cine con tamaño de postal: Porozmawiaj z nia (Hable con ella) y I twoja matke tez (Y tu mamá también). ¿Cómo llegaron aquí? Por más que me esfuerzo no consigo recordarlo. La única película que vi en el cine en Bialystock fue Las horas, esa en la que Nicole Kidman interpreta a Virginia Woolf. Abro una página al azar:
Durante los años treinta,  mi madre abandonó la medicina general y pasó a dedicarse a la ginecología y la obstetricia. Nada había que le gustará más que un parto complicado - que un bebé se presentara de brazo, o de nalgas-  con una conclusión satisfactoria. Pero de vez en cuando traía a casa fetos malformados: anencefálicos, con unos ojos saltones en lo alto de sus cabezas aplanadas y sin cerebro, o con espina bífida, en los que toda la médula espinal y el encéfalo estaban a la vista. Algunos había nacido muertos, y a otros mi madre y la comadrona los había ahogado en silencio al nacer ("como un gatito", dijo una vez), pues les parecía que si vivían no tendrían ninguna vida consciente o mental. Deseosa de que yo aprendiera anatomía y medicina, diseccionó para mí varios de esos fetos, y aunque sólo tenía once años, insistió en que yo también diseccionara. Creo que jamás se dio cuenta de lo mucho que eso me afectaba, y probablemente imaginó que sentía el mismo entusiasmo que ella. Aunque yo, de manera natural, había diseccionado por mi cuenta lombrices, ranas y mi pulpo, la disección de fetos humanos me llenaba de repugnancia. Mi madre a menudo me contaba que, siendo yo bebé, le había preocupado el crecimiento de mi cráneo, temiendo que las fontanelas se hubieran cerrado demasiado pronto, y que, a consecuencia de ello, me transformara en un idiota microcefálico. De este modo, vi en esos fetos lo que (en mi imaginación) yo también podía haber sido, lo cual hacía que me fuera más difícil distanciarme de ellos, e incrementaba mi horror.
En El tío Tungsteno Sacks no sólo recuerda los acontecimientos de su infancia sino que nos hace partícipes de su amor por la Química. De su mano conocemos la historia de los elementos y descubrimos la tabla periódica como si nos la presentaran por primera vez. Si no leí más libros de Química aquel año fue porque en el horizonte tenía las oposiciones y debía estudiar Matemáticas. No hay tiempo para todo. Pero desde que lo leí he fantaseado con colocar una tabla periódica en la pared del despacho. Quizás lo haga ahora. Para recordar de qué estamos hechos. Para recordar a Oliver Sacks.


El segundo libro que leí de Sacks fue Con una sola pierna. También es autobiográfico. Relata el accidente que tuvo caminando por una montaña noruega en el que se rompió una pierna. Estaba solo en un paraje solitario y sin poder caminar ni comunicarse con nadie.
Nunca me había sentido tan solo, tan perdido, tan abandonado, tan absolutamente privado de ayuda. No había caído en la cuenta hasta entonces de lo aterradora y peligrosamente solo que estaba. Cuando subía retozando monte arriba no me había sentido "solo" (nunca me siento solo cuando lo paso bien). No me había sentido solo mientras examinaba mi lesión (y me di cuenta del alivio que había sido aquella "clase" imaginaria). Pero, de pronto, me asaltaba la conciencia aterradora de mi soledad.
"Qué bien se está aquí", pensé para mí. "Podría descansar un poco..., quizás me viniera bien echar un sueñecito."
El presunto sonido de esta voz interior suave e insinuante me despertó de pronto, me despejó y me alarmó muchísimo. Aquel no era un lugar agradable para descansar y dormir un poco. La sugerencia era peligrosísima y me llenó de horror, pero su tono suave y seductor me acunaba.
"No", me dije con fiereza. "Quien habla es la muerte... con su voz de sirena más dulce y mortífera. ¡No la escuches ahora! ¡No la escuches nunca! Tienes que seguir, te guste o no. No puedes descansar aquí..., no puedes descansar en ningún sitio. Tienes que hallar un ritmo que puedas mantener y debes mantenerlo sin parar"
Esta voz buena, esta voz de "vida", me animó y me dio fuerzas. Cesó el temblor y también el desfallecimiento. Me puse en marcha una vez más y no volví a desfallecer.
Y vinieron entonces en mi ayuda la melodía, el ritmo y la música. Antes de cruzar el arroyo, había avanzado a base de músculos, moviéndome a base de fuerza, con mis brazos, muy vigorosos. Ahora digamos que avanzaba a base de música. No era algo que yo me imaginase. Me sucedió.
Al final, ya lo sabemos, Oliver Sacks no murió ese día. Se convirtió en un convaleciente con una pierna rota. Había atravesado el espejo y de ser un doctor que trata a pacientes se transformó en un paciente tratado por doctores. Un mal paciente, impaciente, tozudo. La rehabilitación fue complicada y de eso trata el libro.
Hojeo mi ejemplar y no encuentro ninguna sorpresa entre sus páginas. No recuerdo dónde ni cuándo lo compré. 14.42 € fue su precio. Está escrito a lápiz. Todavía se puede leer, borrado, el precio anterior: 2400 pesetas. La equivalencia es exacta (un euro = 166 pesetas) por lo que intuyo que lo compré y lo leí en 2002, recién instaurado el euro. Tres libros en tres años. 2001, Un antropólogo en Marte; 2002, Con una sola pierna; 2003, El tío Tungsteno. ¿Qué pasó después? Seguí comprando sus libros (creo que tengo todos los que han sido traducidos) pero no encontré el momento de leerlos. He leído historias sueltas de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y comencé Diario de Oaxaca cuando vivía en Cuenca (ver imagen) pero me pudo la botánica.

Encontré la flor tirada en el suelo. Llevaba el libro en la mochila. Me gustó la coincidencia de tonalidades y realicé esta composición en
la plaza Mayor de Cuenca. Era mi época de fotógrafo artista.
Cuando estuvimos en Nueva York busqué la casa de Oliver Sacks en Horatio street. Una calle agradable entre Chelsea y el Village. Curioseé por los buzones pero no di con su nombre. En el improbable caso de haberlo encontrado me hubiera hecho una foto en su portal. Mi intención no iba más allá.

Lo bueno de los escritores es que nunca mueren mientras tengamos a disposición sus libros. Siento la muerte de Oliver Sacks pero sé que todavía tiene mucho que contarme y enseñarme. Ahí están en la estantería Despertares, Los ojos de la mente, Musicofilia, La isla de los ciegos al color... su autobiografía que próximamente será publicada en español. Por no hablar de las relecturas. Ganas me están entrando de volver a leer El tío Tungsteno tras hojearlo para escribir esta entrada. Hace dos años mencioné en este blog un artículo que publicaba Oliver Sacks a punto de cumplir ochenta (el año de mercurio, que es el elemento número ochenta de la tabla periódica). Ojalá llegue yo a mercurio, plomo, polonio e incluso uranio con las mismas ganas. Si llego me seguiré acordando de Oliver Sacks.
A los 80 se cierne sobre uno el espectro de la demencia o del infarto. Un tercio de mis contemporáneos están muertos, y muchos más se ven atrapados en existencias trágicas y mínimas, con graves dolencias físicas o mentales. A los 80 las marcas de la decadencia son más que aparentes. Las reacciones se han vuelto más lentas, los nombres se te escapan con más frecuencia y hay que administrar las energías pero, con todo, uno se encuentra muchas veces pletórico y lleno de vida, y nada “viejo”. Tal vez, con suerte, llegue, más o menos intacto, a cumplir algunos años más, y se me conceda la libertad de amar y de trabajar, las dos cosas más importantes de la vida, como insistía Freud.
Cuando me llegue la hora, espero poder morir en plena acción, como Francis Crick. Cuando le dijeron, a los 85 años, que tenía un cáncer mortal, hizo una breve pausa, miró al techo, y pronunció: “Todo lo que tiene un principio tiene que tener un final”, y procedió a seguir pensando en lo que le tenía ocupado antes. Cuando murió, a los 88, seguía completamente entregado a su trabajo más creativo.
Mi padre, que vivió hasta los 94, dijo muchas veces que sus 80 años habían sido una de las décadas en las que más había disfrutado en su vida. Sentía, como estoy empezando a sentir yo ahora, no un encogimiento, sino una ampliación de la vida y de la perspectiva mental. Uno tiene una larga experiencia de la vida, y no solo de la propia, sino también de la de los demás. Hemos visto triunfos y tragedias, ascensos y declives, revoluciones y guerras, grandes logros y también profundas ambigüedades. Hemos visto el surgimiento de grandes teorías, para luego ver cómo los hechos obstinados las derribaban. Uno es más consciente de que todo es pasajero, y también, posiblemente, más consciente de la belleza. A los 80 años uno puede tener una mirada amplia, y una sensación vívida, vivida, de la historia que no era posible tener con menos edad. Yo soy capaz de imaginar, de sentir en los huesos, lo que supone un siglo, cosa que no podía hacer cuando tenía 40 años, o 60. No pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor manera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados, libres para explorar lo que deseemos, y para unir los pensamientos y las emociones de toda una vida. Tengo ganas de tener 80 años.

viernes, 28 de agosto de 2015

Somos profesores, no...

Somos profesores, no cuidadores, psicólogos, mediadores, educadores, misioneros, actores, payasos, animadores, confesores, policías, inspectores, bomberos, informáticos... Yo soy profesor de matemáticas. Se supone que me pagan para que enseñe matemáticas no para que cuide a niños mientras sus padres trabajan, ni para que los lleve de excursión a Isla Mágica, ni para orientarles acerca de sus conflictos personales, ni para resolver peleas entre adolescentes, ni para enseñarles que no se tira la basura al suelo, ni para entretenerles con gracietas, ni para escuchar sus problemas familiares, ni para vigilar que los alumnos no salten la valla, ni para investigar quién le ha robado la calculadora a Mengano, ni para diseñar un plan de autoprotección para el centro, ni para arreglar los ordenadores que se averían, ni para...



Pennac se centra sólo en el modelo de niño-cliente:

Hasta donde puedo recordar, cuando los profesores jóvenes se sienten desalentados por una clase, se quejan de no haber sido formados para ello. El «ello» de hoy, perfectamente real, abarca campos tan variados como la mala educación de los niños por la agonizante familia, los daños culturales vinculados al paro y a la exclusión, la subsiguiente pérdida de los valores cívicos, la violencia en algunos centros, las disparidades lingüísticas, el regreso de lo religioso, y también la televisión, los juegos electrónicos, en resumen, todo lo que alimenta, más o menos, el diagnóstico social que nos sirven cada mañana los primeros boletines informativos. Del «No nos han formado para ello» al «No estamos aquí para eso», hay un solo paso que puede expresarse así: «Nosotros, los profesores, no estamos aquí para resolver dentro de la escuela los problemas sociales que impiden la transmisión del saber; no es nuestro oficio. Que nos adjudiquen un número suficiente de vigilantes, de educadores, de asistentes sociales, de psicólogos, en resumen, de especialistas de todo género y podremos enseñar seriamente las materias que tantos años hemos pasado estudiando».
Uno de los elementos del «ello», para el que el joven profesor de hoy no está preparado, es el cara a cara con una clase de niños clientes. Es cierto que él lo fue y que sus propios hijos lo son, pero en esta clase él es el profesor. Como profesor no siente la deuda de amor que conmueve su corazón de padre. El alumno no es un hijo deseado como para que se deshagan de gratitud los miembros del cuerpo docente. Estamos en la escuela, en el colegio, en el instituto, no en familia, no en unos grandes almacenes: no se satisfacen deseos superficiales por medio de regalos, se satisfacen necesidades fundamentales por medio de obligaciones. Necesidades de instruirse tanto más difíciles de colmar cuanto, antes, hay que despertarlas. Dura tarea para el profesor, este conflicto entre los deseos y las necesidades. Y dolorosa perspectiva para el joven cliente tener que preocuparse por sus necesidades en detrimento de sus deseos: vaciarse la cabeza para formarse el espíritu. Desengancharse para conectarse al saber, trocar la pseudoubicuidad de las máquinas por la universalidad de los conocimientos, olvidar los relucientes chirimbolos para asimilar abstracciones invisibles. Y tener que pagar esos conocimientos escolares cuando la satisfacción de los deseos, en cambio, no le compromete a nada. Pues, paradoja de la enseñanza gratuita heredada de Jules Ferry, la escuela de la República sigue siendo hoy el último lugar de la sociedad de mercado donde el niño cliente tiene que pagar con su persona, ceder al toma y daca: saber a cambio de trabajo, conocimientos a cambio de esfuerzo, el acceso a la universalidad a cambio del ejercicio solitario de la reflexión, una vaga promesa de porvenir a cambio de una plena presencia escolar, eso es lo que la escuela le exige.
Si el buen alumno, apoyándose en su aptitud para poner las cosas en su sitio, da por buena esta situación, ¿por qué va a aceptarla el zoquete? ¿Por qué va a cambiar su estatuto de madurez comercial por una posición de alumno obediente, que le parece infantilizante? ¿Por qué va a pagar la escuela en una sociedad donde algunos sucedáneos de conocimiento le son ofrecidos gratuitamente, de la mañana a la noche, en forma de sensaciones e intercambios? Por muy zoquete que sea en clase, ¿no se siente dueño del universo cuando, encerrado en su habitación, está sentado ante su consola? Y chateando hasta la madrugada, ¿no tiene la sensación de comunicarse con la tierra entera? ¿No le procura su teclado el acceso a todos los conocimientos que sus deseos solicitan? ¿Sus combates contra los ejércitos virtuales no le proporcionan una vida palpitante? ¿Por qué iba a cambiar esa posición central por un pupitre en el aula? ¿Por qué va a soportar los juicios reprobadores de unos adultos inclinados sobre su boletín trimestral cuando, encerrado a cal y canto en su habitación, separado de los suyos y de la escuela, reina?
No cabe duda, si el zoquete que fui hubiera nacido hace unos quince años y si su madre no hubiera cedido a sus menores deseos, habría desvalijado la caja familiar, pero esta vez para hacerse regalos a sí mismo. Se habría procurado el último grito en material de evasión, se habría dejado aspirar por su pantalla, se habría diluido en ella para surfear en el espacio-tiempo, sin obligación ni límite, sin horario y sin horizonte, habría chateado sin fin y sin propósito alguno con otros como él mismo. Habría adorado esta época que, aunque no garantice porvenir alguno a sus malos alumnos, es pródiga en máquinas que les permiten abolir el presente. Habría sido la presa ideal para una sociedad que logra esta proeza: fabricar jóvenes obesos desencarnándolos.

Yo hace tiempo que asumí que gran parte de mi trabajo no consistía en enseñar matemáticas. En algunos grupos, no en todos, las matemáticas son la excusa para intentar que los alumnos aprendan a estar tranquilos, adquieran hábitos mínimos de trabajo y de educación: no gritar, respetar el turno de palabra. Que asuman alguna responsabilidad sobre las consecuencias de sus actos. Que sean conscientes de que sí, que son capaces de aprender pero para eso deben trabajar. A los alumnos del barrio el instituto les sirve para cubrir necesidades básicas que deberían atender la familia o, en su defecto, otros servicios sociales. No es tanto un centro de enseñanza como de educación social. Esa es la realidad. Con eso trabajamos.

El problema (o uno de ellos) es que la Administración no admite que existan centros así. Sí, vale, somos un centro de compensatoria. ¿Y en qué se traduce eso? Pues en que tenemos tres profesores extras de apoyo. Con esa ridiculez pretenden que consigamos los objetivos pedagógicos que marca la ley. Si de verdad queremos que estos chavales tengan futuro se debe invertir muchísimos más recursos. A mí no me importa ser profesor, educador, psicólogo, confesor, policía, animador, burócrata e incluso payaso. La única función que no asumo es la de inspector. No pienso investigar quién le quitó la calculadora a Mengano. Me niego. Pero ni asumiendo todos esos roles se puede trabajar con una falta de recursos absoluta. Alumnos con tantas necesidades sin atender requieren grupos muy reducidos. Sólo así se puede tener alguna perspectiva de éxito.

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Entre todos la mataron

Es fácil, extremadamente fácil, encontrar culpables:

Sí, al escuchar el zumbido de nuestra colmena pedagógica, en cuanto nos desalentamos, nuestra pasión nos impulsa primero a buscar culpables. El sistema educativo parece, por otra parte, estructurado para que cada cual pueda designar cómodamente al suyo:
—Pero ¿en el parvulario no les han enseñado a comportarse? –pregunta el maestro de escuela ante unos chiquillos inquietos como bolas del «flipper».
—Pero ¿qué han hecho en primaria? –maldice el profesor de secundaria al recibir a sus alumnos, a quienes considera iletrados.
—¿Alguien puede decirme qué han aprendido hasta ahora? –exclama el profesor de instituto ante la propensión de sus alumnos a expresarse sin vocabulario.
—¿Realmente han ido al instituto? –se pregunta el profe de facultad al corregir sus primeros exámenes.
—¡Explíquenme qué coño hacen en la universidad! –berrea el industrial ante sus jóvenes empleados.
—La universidad forma exactamente lo que su sistema desea –responde un empleado, no tan tonto–: ¡esclavos incultos y clientes ciegos! Las grandes escuelas formatean a sus capataces, perdón, sus «ejecutivos», y sus accionistas hacen girar la manivela de los dividendos.
—Fracaso familiar –deplora el Ministerio de Educación Nacional.
—La escuela ya no es lo que era –lamenta la familia.
Y a ello se añaden los procesos internos de toda institución que se respete. La eterna disputa de los antiguos y los modernos, por ejemplo:
—¡Qué vergüenza esos «pedagogos estupidizantes»! –aúllan los «republicanos», martillo de la demagogia.
—¡Abajo los republicanos elitistas! –responden los pedagogos en nombre de la evolución democrática.
—¡Los sindicatos agarrotan la maquinaria! –acusan los funcionarios del ministerio.
—¡Permanecemos atentos! –responden los sindicatos.
—¡Semejante porcentaje de iletrados no se veía en mis tiempos! –deplora la vieja guardia.
—En sus tiempos, el colegio solo admitía a consejos de administración con pantalones cortos –se burla el guasón–, eran buenos tiempos, ¿no es cierto?
—¡Este mocoso es el vivo retrato de su madre! –fulmina el enojado padre.
—Si hubieras sido algo más severo con él, no estaríamos así –responde la madre ofendida.
—¿Cómo trabajar con semejante atmósfera familiar? –se lamenta el adolescente deprimido al oído del profesor comprensivo.
Hasta el propio zoquete que, tras haber practicado una metódica ferocidad para enviar a su profesor a tratarse en el hospital de una larga depresión nerviosa, es el primero que te cuenta santurronamente:
—Al señor Fulano le faltaba autoridad.

Yo encuentro más culpables: los medios de comunicación, un sistema laboral con horarios que impiden a los padres tener contacto con sus hijos... ¿Hay solución? ¿Esto tiene arreglo? Habría que poner a taaanta gente de acuerdo. Gente por lo demás encantada de estar en desacuerdo, convencida de que su simplista visión de la realidad es la correcta.

Seguimos hablando de este libro

La de bobadas que habrá soltado mi generación sobre los rituales considerados corno muestra de ciega sumisión, las notas envilecedoras, el dictado reaccionario, el cálculo mental embrutecedor, la memorización de los textos infantilizante, ese tipo de proclamas.
Sucede con la pedagogía como con todo lo demás: en cuanto dejamos de reflexionar sobre casos particulares (pero, en este campo, todos los casos son particulares), para regular nuestros actos, buscamos la sombra de la buena doctrina, la protección de la autoridad competente, la caución del decreto, el cheque en blanco ideológico. Luego nos plantamos sobre certezas que nada hace vacilar, ni tan siquiera el desmentido cotidiano de la realidad.

Mis convicciones sobre lo que está bien y lo que está mal en mi trabajo han evolucionado con los años. Aunque la evolución es paulatina podríamos distinguir tres etapas: lo que yo pensaba de la enseñanza antes de trabajar como profesor; lo que yo pensaba antes de trabajar en mi actual centro; y lo que pienso ahora. ¿Y qué pienso ahora? Uff. Hoy una cosa y mañana otra. Como dijo aquel, sólo sé que no sé nada. Lo que sirve para un grupo de alumnos no sirve para otro. Lo que sirve para Fulano no sirve para Setano. Una cosa tengo clara: la enseñanza se basa en las relaciones personales (del profesor con los alumnos, de los alumnos entre sí, de los profesores entre sí, de las familas con los alumnos, de las familias con los profesores, de...) y cada persona debe ser atendida y evaluada en su individualidad. Imagino que algo parecido le ocurre a los médicos con sus pacientes. Dos personas que tienen la misma enfermedad son dos enfermos distintos, cada uno con sus reacciones y necesidades personales. Requieren distintos tratamientos. Educar, enseñar, es un arte no una ciencia, aunque existan algunas técnicas pedagógicas cuyo conocimiento y puesta en práctica sea de utilidad. En cada caso hay que descubrir cuál es el mejor camino. Para eso hay que tener en cuenta también el carácter del profesor. Mi manera de enseñar va ligada a mi carácter personal. Profesores distintos enseñan de manera distinta, ni mejor ni peor, no puede ser de otra forma. Digamos que la tarea del profesor es descubrir cuál es la mejor manera, partiendo de su carácter y personalidad, de enseñar a este grupo de alumnos en particular. Cada relación profesor-alumnos tendrá matices distintos y producirá diferentes procesos de enseñanza-aprendizaje (mira que intento no utilizar la jerga pedagógica, pero a veces se cuela).
¿Mandar tareas es bueno o malo? Pues depende.
¿Enseñar operaciones combinadas de números enteros con paréntesis en primero de la ESO es adecuado o no? Pues depende.
Aunque al final, claro, tienes un objetivo ineludible a alcanzar: que los alumnos adquieran los conocimientos mínimos que les sirvan para continuar sus estudios con garantía de éxito.

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miércoles, 26 de agosto de 2015

Apología del internado

Daniel Pennac fue rescatado (de su zoquetería) en un internado. Tal vez por ello achaca al internado cualidades pedagógicas que sorprenden a los que asociamos a esa palabra connotaciones siniestras (internado: cárcel para adolescentes rebeldes). Veamos sus argumentos:

La cuestión de saber si fui «feliz» al estar interno es bastante secundaria. Digamos que la condición de interno me fue infinitamente más soportable que la de externo. Es difícil explicar a los padres de hoy las ventajas del internado, pues lo contemplan como un penal. A su modo de ver, mandar allí a los hijos supone un abandono de la paternidad. Solo con mencionar la posibilidad de un año de internado, pasas a ser un monstruo retrógrado, defensor de la prisión para zoquetes. Es inútil explicar que uno mismo ha sobrevivido a ello, de inmediato te oponen el argumento de que era otra época: «Sí, pero en aquellos tiempos se trataba a los chiquillos con mano dura».
Hoy, que hemos inventado el amor paterno, la cuestión del internado se ha convertido en un tema tabú, salvo como amenaza, lo que demuestra que no se considera una solución.


En este colegio estuvo interno Mario Vargas Llosa. Su terrible experiencia le sirvió para escribir La ciudad y los perros

No hace falta decir que no ha hecho los deberes. A primera hora tiene una clase de matemáticas y los ejercicios de mates son de los que no están hechos. Entonces pueden pasar tres cosas: o no ha hecho los ejercicios porque estaba ocupado en otra cosa (de juerga con los colegas, o viendo una peli sanguinaria en el vídeo de su habitación cerrada a cal y canto...), o se ha dejado caer en la cama bajo el peso del agotamiento y se ha sumido en el olvido, con una oleada de música aullando en el cráneo, o –y es la hipótesis más optimista– durante una o dos horas ha intentado hacer sus ejercicios, pero no lo ha conseguido. En los tres casos mencionados, a falta de deberes, nuestro externo debe proporcionar una justificación a su profesor. Ahora bien, la explicación más difícil de dar en estas condiciones es la verdad pura y simple: «Señor, señora, no he hecho los deberes porque he pasado buena parte de la noche en el ciberespacio, combatiendo a los soldados del mal, a los que por lo demás he exterminado del primero al último, pueden creerme», «Señora, señor, siento mucho no haber hecho los deberes pero ayer noche caí bajo el peso de un aplastante embotamiento, me era imposible mover el meñique, apenas tuve fuerzas para calzarme los cascos».
La verdad tiene aquí el inconveniente de la confesión: «No he hecho mi trabajo», lo que supone una sanción inmediata. Nuestro externo preferirá una versión institucionalmente más presentable. Por ejemplo: «Como mis padres están divorciados, olvidé los deberes en casa de mi padre antes de regresar a casa de mamá». En otras palabras una mentira. Por su lado, el profesor prefiere a menudo esta verdad arreglada a una confesión en exceso abrupta que cuestionaría su autoridad. Se evita así el choque frontal, al alumno y al profesor les parece bien ese diplomático paso a dos. Por lo que a la nota se refiere, la tarifa es conocida: tarea no entregada, cero.
El caso del externo que ha intentado, valerosamente aunque en vano, hacer sus deberes, no es muy distinto. También él entra en clase cargando con una verdad difícilmente aceptable: «Señor, dediqué ayer dos horas a no hacer sus deberes. No, no, no hice otra cosa, me senté ante la mesa de trabajo, saqué el cuaderno, leí el enunciado y, durante dos horas, me sumí en un estado de pasmo matemático, una parálisis mental de la que solo salí al oír que mi madre me llamaba para la cena. Ya lo ve usted, no he hecho los deberes pero les dediqué dos horas. Después de cenar era demasiado tarde, me aguardaba una nueva sesión de catalepsia: los ejercicios de inglés». «Si escucharas más en clase, comprenderías los enunciados», puede objetar (y con razón) el profesor.
Para evitar esta humillación pública, también nuestro externo preferirá una presentación diplomática de los hechos: «Estaba leyendo el enunciado cuando estalló la caldera».
Y así sucesivamente, de la mañana a la noche, de materia en materia, de profesor en profesor, día tras día, en un exponencial de la mentira que desemboca en el famoso «¡Ha sido por mi madre!... ¡Ha muerto!», de François Truffaut.
Tras esa jornada pasada mintiendo en el centro escolar, la primera pregunta que nuestro mal externo escuchará al volver a casa es el invariable:
—Bueno, ¿cómo te ha ido hoy?
—Muy bien.
Nueva mentira.
Que también exige ser sazonada con una pizca de verdad:
—En historia, la profe me ha preguntado por mil quinientos quince, le he contestado que Marignan, ¡y se ha quedado muy contenta! (Así la cosa aguantará hasta mañana.)
Pero mañana también llega y las jornadas se repiten, y nuestro externo prosigue sus idas y sus venidas entre la escuela y la familia, y toda su energía mental se agota tejiendo una sutil red de pseudocoherencia entre las mentiras proferidas en la escuela y sus medias verdades servidas a la familia, entre las explicaciones proporcionadas a unos y las justificaciones presentadas a otros, entre las descripciones de los profesores que hace a los padres y las alusiones a los problemas familiares que vierte al oído de los profesores, con una pizca de verdad en las unas y las otras, siempre, pues esa gente acabará encontrándose, padres y profesores, es inevitable, y hay que pensar en ese encuentro, perfeccionar sin cesar la ficción verdadera que será el menú de esa entrevista. Esta actividad mental moviliza una energía que no puede compararse con el esfuerzo que necesita el buen alumno para hacer bien los deberes. Nuestro mal externo se agota. Aun que lo quisiera (y esporádicamente lo quiere), no tendría ya fuerza alguna para ponerse a trabajar realmente. La ficción en la que chapotea le mantiene prisionero en otra parte, en algún lugar entre la escuela que debe combatir y la familia a la que debe tranquilizar, en una tercera y angustiante dimensión donde el papel que corresponde a la imaginación consiste en tapar las innumerables brechas por las que puede brotar la realidad en sus más temidos aspectos: mentira descubierta, cólera de unos, pesar de otros, acusaciones, sanciones, expulsión tal vez, ensimismamiento, culpabilidad impotente, humillación, taciturno deleite: Tienen razón, soy nulo, nulo, nulo.
Soy una nulidad.


Los cuatrocientos golpes. ¡Qué gran película!

Las razones por las que profesores y padres dejan pasar a veces esas mentiras, o se hacen cómplices de ellas, son demasiado numerosas para ser discutidas. ¿Cuántas trolas diarias en cuatro o cinco clases de treinta y cinco alumnos?, puede preguntarse legítimamente un profesor. ¿De dónde sacar el tiempo necesario para esa investigación? ¿Soy, por otra parte, un investigador? ¿En el plano de la educación moral debo sustituir a la familia? Y, en caso afirmativo, ¿dentro de qué límites? Y así sucesivamente, una letanía de preguntas cada una de las cuales es un día u otro objeto de apasionada discusión entre colegas.

Pero hay otra razón por la que el profesor ignora esas mentiras. Una razón más oculta que, si accediese a la clara conciencia, vendría a ser más o menos así: este muchacho es la encarnación de mi propio fracaso profesional. No consigo hacerle progresar, ni hacerle trabajar, apenas si consigo hacerle venir a clase, y además solo estoy seguro de su mera presencia física.
Afortunadamente, apenas entrevisto, este cuestionamiento personal es combatido por gran cantidad de argumentos aceptables: fracaso con este, de acuerdo, pero lo consigo con muchos otros. ¡A fin de cuentas no es culpa mía que el muchacho haya pasado de curso! ¿Qué le enseñaron mis predecesores? ¿Solo debe cuestionarse el colegio? ¿En qué piensan los padres? ¿Alguien imagina, acaso, que con los recursos que tengo y mis horarios puedo hacerle recuperar semejante retraso?
Otras tantas preguntas que, apelando al pasado del alumno, a su familia, a los colegas, a la propia institución, nos permiten redactar con plena conciencia la anotación más frecuente en los boletines escolares: Le falta base (¡y la he encontrado incluso en un boletín de un curso preparatorio!). Dicho de otro modo: patata caliente.

Patata caliente sobre todo para los padres. No dejan de hacerla saltar de una mano a otra. Las mentiras cotidianas del muchacho les agotan: mentiras por omisión, fabulaciones, explicaciones exageradamente detalladas, justificaciones anticipadas: «De hecho, lo que ha ocurrido...».
Hasta las narices ya, buen número de padres fingen aceptar esas fábulas, en primer lugar para calmar momentáneamente su propia angustia (pues la pizca de verdad —Marignan, 1515— desempeña el papel de aspirina), en segundo lugar para preservar la atmósfera familiar para que la cena no se convierta en un drama, esta noche no, por favor, esta noche no, para retrasar la prueba de la confesión que les desgarra el corazón a todos. En resumen, para aplazar el momento en que se evaluará sin verdadera sorpresa la magnitud del desastre escolar cuando lleguen las notas del trimestre, maquilladas con mayor o menor destreza por el principal interesado, que no le quita ojo al buzón familiar.

Hasta Bart Simpson pasa un mal trago con el boletín. No es tan pasota como aparenta.

Al limitar las idas y venidas entre la escuela y la familia, la condición de interno tiene sobre la de externo la ventaja de instalar a nuestro alumno en dos temporalidades distintas: la escuela del lunes por la mañana al viernes por la tarde, la familia durante los fines de semana. Un grupo de interlocutores durante cinco días laborables, el otro durante dos días festivos (que recuperan la posibilidad de volver a ser dos días de fiesta). La realidad escolar por un lado, la realidad familiar por el otro. Dormirse sin tener que tranquilizar a los padres con la mentira del día, despertar sin tener que inventarse excusas por el trabajo no hecho, puesto que ya lo hizo en el estudio vespertino, en el mejor de los casos ayudado por un supervisor o un profesor. Descanso mental, en suma; una energía recuperada que tiene posibilidades de ser invertida en el trabajo escolar. Es bastante para propulsar al zoquete hasta los primeros puestos de la clase? Al menos supone darle una oportunidad de vivir el presente corno tal. Ahora bien, el individuo se construye en la conciencia de su presente, no huyendo de él.
Y aquí finaliza mi elogio del internado.
Ah, sí, de todas formas, para aterrorizar a todo el mundo añadiré, puesto que yo mismo enseñé en ellos, que los mejores internados son aquellos en los que los profesores también están internos. Disponibles a cualquier hora, en caso de S.O.S.

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Alguna vez he pensado, antes incluso de leer a Pennac, que la única solución para los chavales del barrio sería estudiar en internados. Alejarlos de sus familias (o de sus no-familias) y del entorno callejero en el que viven. Tener rutinas, horarios, alimentos, atención. No tener peleas, falta de recursos, malos ejemplos... No se trata de retirar la patria potestad, no llego tan lejos. Tuve una compañera, estupenda profesora muy comprometida con los alumnos y que ahora milita en Podemos, que pensaba que los padres deberían pasar un examen de "responsabilidad paterna" para poder mantener la custodia de sus hijos. ¿Y quién decidiría si un padre es apto o no? ¿Tú? Uff.
El internado es un término medio. Los chavales estarían alejados cinco días de su ambiente, protegidos, cuidados, atendidos. Y el fin de semana lo pasarían en el barrio de manera que no perderían los vínculos afectivos con sus familias. Los casos más graves (que no escasean) podrían quedarse en el internado durante el fin de semana. 
Esto nunca va a ocurrir. A nadie le importa los chavales de estos barrios y es impensable dedicar tantos recursos para ofrecerles un futuro más allá de los patios y el mercadillo.


martes, 25 de agosto de 2015

El presente de encarnación y los horarios

Daniel Pennac tiene la palabra:

Nuestros «malos alumnos» (de los que se dice que no tienen porvenir) nunca van solos a la escuela. Lo que entra en clase es una cebolla: unas capas de pesadumbre, de miedo, de inquietud, de rencor, de cólera, de deseos insatisfechos, de furiosas renuncias acumuladas sobre un fondo de vergonzoso pasado, de presente amenazador, de futuro condenado. Miradlos, aquí llegan, con el cuerpo a medio hacer y su familia a cuestas en la mochila. En realidad, la clase solo puede empezar cuando dejan el fardo en el suelo y la cebolla ha sido pelada. Es difícil de explicar, pero a menudo solo basta una mirada, una palabra amable, una frase de adulto confiado, claro y estable, para disolver esos pesares, aliviar esos espíritus, instalarlos en un presente rigurosamente indicativo
Naturalmente el beneficio será provisional, la cebolla se recompondrá a la salida y sin duda mañana habrá que empezar de nuevo. Pero enseñar es eso: volver a empezar hasta nuestra necesaria desaparición como profesor. Si fracasamos en instalar a nuestros alumnos en el presente de indicativo de nuestra clase, si nuestro saber y el gusto de llevarlo a la práctica no arraigan en esos chicos y chicas, en el sentido botánico del término, su existencia se tambaleará sobre los cimientos de una carencia indefinida. Está claro que no habremos sido los únicos en excavar aquellas galerías o en no haber sabido colmarlas, pero esas mujeres y esos hombres habrán pasado uno o más años de su juventud aquí sentados ante nosotros. Y todo un año de escolaridad fastidiado no es cualquier cosa: es la eternidad en un jarro de cristal.

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Habría que inventar un tiempo especial para el aprendizaje. El presente de encarnación, por ejemplo. ¡Estoy aquí, en esta clase, y comprendo por fin! ¡Ya está! Mi cerebro se difunde por mi cuerpo: se encarna. Cuando no es así, cuando no comprendo nada, me deshago allí mismo, me desintegro en ese tiempo que no pasa, acabo hecho polvo y el menor soplo me disemina. Pero para que el conocimiento tenga alguna posibilidad de encarnarse en el presente de un curso, es necesario dejar de blandir el pasado como una vergüenza y el porvenir como un castigo.


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Su presencia en clase... No es cómodo para esos chicos y chicas aportar cincuenta y cinco minutos de concentración en cinco o seis clases sucesivas, según esa distribución tan especial que la escuela hace del tiempo. ¡Menudo rompecabezas la distribución del tiempo! Reparto de las clases, de las materias, de las horas, de los alumnos, en función del número de aulas, de la constitución de grupos parciales, del número de materias optativas, de la disponibilidad de los laboratorios, de los incompatibles deseos del profesor de esto y la profesora de aquello...  —Cincuenta y cinco minutos de francés —les explicaba yo a mis alumnos— son una horita con su propio nacimiento, su parte media y su final, una vida entera, en suma. Eso es hablar por hablar, habrían podido responderme, una vida de literatura que enlaza con una vida de matemáticas, que a su vez enlaza con toda una existencia de historia, que te propulsa sin razón alguna a otra vida, inglesa en ese caso, o alemana, o química, o musical... ¡Son un montón de reencarnaciones en una sola jornada! ¡Y sin lógica alguna! Vuestra distribución del tiempo es Alicia en el país de las maravillas: tomas el té en casa de la liebre de marzo y te encuentras, sin transición, jugando al cróquet con la reina de corazones. Una jornada pasada en la coctelera de Lewis Carroll, privada de lo maravilloso, es toda una gimnasia. Y, por añadidura, la cosa se da aires de rigor. Un absoluto cajón de sastre podado como un jardín a la francesa, bosquecillo de cincuenta y cinco minutos tras bosquecillo de cincuenta y cinco minutos. Solo la jornada de un psicoanalista y el salami del charcutero pueden cortarse en rodajas tan iguales. ¡Y todas las semanas del año! El azar sin la sorpresa, ¡el colmo! Mi trabajo consiste en hacer que mis alumnos sientan que existen gramaticalmente durante esos cincuenta y cinco minutos. Para lograrlo, no debe perderse de vista que las horas no se parecen: las horas de la mañana no son las de la tarde; las horas del despertar, las horas de la digestión, las que preceden al recreo, las que le siguen, todas son distintas. Y la hora que viene tras la clase de mates no es como la que sigue a la de gimnasia... Estas diferencias no tienen demasiada incidencia en la atención de los buenos alumnos. Estos gozan de una bendita facultad: cambiar de piel de buen grado, en el momento adecuado, en el lugar adecuado, pasar del adolescente revoltoso al alumno atento, del enamorado rechazado al empollón concentrado, del juguetón al estudioso, del allá al aquí, del pasado al presente, de las matemáticas a la literatura... Su velocidad de encarnación es lo que distingue a los buenos alumnos de los alumnos con problemas. Estos, como les reprochan sus profesores, están a menudo en otra parte. Se liberan con mayor dificultad de la hora precedente, se arrastran por un recuerdo o se proyectan en un deseo cualquiera de otra cosa. Su silla es un trampolín que les lanza fuera de la clase en cuanto se sientan en ella. Eso si no se duermen. Si lo que espero es su plena presencia mental, necesito ayudarles a instalarse en mi clase. ¿Los medios de conseguirlo? Eso se aprende sobre todo a la larga y con la práctica. Una sola certeza, la presencia de mis alumnos depende estrechamente de la mía: de mi presencia en la clase entera y en cada individuo en particular, de mi presencia también en mi materia, de mi presencia física, intelectual y mental, durante los cincuenta y cinco minutos.

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¡Oh el penoso recuerdo de las clases en las que yo no estaba presente! Cómo sentía que mis alumnos flotaban, aquellos días, tranquilamente a la deriva mientras yo intentaba reavivar mis fuerzas. Aquella sensación de perder la clase... No estoy, ellos no están, nos hemos largado. Sin embargo, la hora transcurre. Desempeño el papel de quien está dando una clase, ellos fingen que escuchan. Qué seria está nuestra jeta común, bla bla bla por un lado, garabatos por el otro, tal vez un inspector se sentiría satisfecho; siempre que la tienda parezca abierta... Pero yo no estoy allí, diantre, hoy no estoy allí, estoy en otra parte. Lo que digo no se encarna, les importa un pimiento lo que están oyendo. Ni preguntas ni respuestas. Me repliego tras la clase magistral. ¡Qué desmesurada energía dilapido entonces para que tomen esa ridícula brizna de saber! Estoy a cien leguas de Voltaire, de Rousseau, de Diderot, de esta clase, de ese jaleo, de esa situación, me esfuerzo para reducir la distancia pero no hay modo, estoy tan lejos de mi materia como de mi clase. No soy el profesor, soy el guarda del museo, guío mecánicamente una visita obligatoria. Esas horas frustradas me dejaban abatido. Salía de mi clase agotado y furioso. Un furor que mis alumnos corrían el riesgo de pagar durante todo el día, pues no hay nadie más dispuesto a echarte una buena bronca que un profesor descontento consigo mismo. Cuidado, mocosos, intentad pasar desapercibidos, vuestro profe se ha puesto una mala nota y el primero que pase le servirá. Por no hablar de la corrección de vuestros exámenes , esta noche, en casa. Un dominio donde la fatiga y la mala conciencia no son buenas consejeras. Pero no, no, nada de exámenes esta noche, y nada de tele, nada de salir, ¡a la cama! La primera cualidad de un profesor es el sueño. El buen profesor es el que se acuesta temprano. 

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¿Qué hacer cuando todos los alumnos de la clase cargan con pesados fardos? Muuuy pesados. 
- ¿Por qué no viniste ayer a clase, fulano?
- Porque acompañamos a mi padre que lo metían en la cárcel.
Mejor no preguntar la razón del ingreso. ¿Cómo conseguir el presente de encarnación en grupos así?

Con lo que no estoy de acuerdo es con el último extracto. Son muchas veces las que yo estoy plenamente presente en la clase y aún así siento que mis alumnos flotan tranquilamente a la deriva, haciendo como que escuchan, fingiendo que les interesa, garabateando el cuaderno. Lo intento de una manera u otra y al final me enfado. Claro que me enfado. Pero no me siendo descontento conmigo mismo. Yo lo he intentado poniendo mi mejor esfuerzo. Siento que mi trabajo es inútil (al menos está siendo inútil ese día) y eso me pone furioso.

Yo nunca corrijo cuando estoy cansado. A veces he tardado más de dos semanas en entregar unas notas. ¿Profe, cuándo vas a corregir? Hasta que no se acuestan los niños no puedo. ¿De verdad quieres que corrija tu examen a las once de la noche, agotado y sin paciencia? Mejor, por el bien de ambos, que no sea así. Además me gusta corregir todos los exámenes de un tirón (para ser homogéneo en los criterios), es decir que necesito tiempo y estar descansado. A veces pasan semanas hasta que concurren estas dos circunstancias.

La primera cualidad de un profesor es el sueño. ¡Qué gran verdad! Cuando Héctor o Pedro pasan una mala noche qué difícil es dar clase al día siguiente. La gente no sabe la energía que es necesaria para dar una clase si quiere uno estar presente en ella, encarnado, en palabras de Pennac.

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lunes, 24 de agosto de 2015

Mal de escuela

Voy a hablar de un libro que leí hace tres años y hubiera preferido no haber leído. El autor es Daniel Pennac y el título "Mal de escuela". Lo compré por impulso. Me gustó lo poco que hojeé en la librería y recordaba un artículo laudatorio de Fernando Savater:
El libro de Pennac tiene muchas cosas valientes y de interés. Por ejemplo, ahora que tanta lata nos dan con que la educación es propiedad de los padres, su defensa del papel de la escuela: "Todo lo malo que se cuenta de la escuela nos oculta los numerosos niños a los que ha salvado de las taras, de los prejuicios, de la abulia, de la ignorancia, de la estupidez, de la avidez, de la inmovilidad o del fatalismo de las familias". Y también su reivindicación del papel singular e inexcusable de los buenos maestros, más importante que los planes de estudio, la tolerancia de los pedagogos progres o la exigencia de disciplina de los autoritarios para rescatar al zoquete de su condición de tal: "Basta un profesor -¡uno sólo!- para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás".
Como cualquiera que conoce de lo que está hablando, sea conservador o revolucionario (excluyendo a Jacques Ranciére), Pennac describe el proceso educativo como el choque más o menos violento del saber con la ignorancia. O si se prefiere, del relativo saber con la relativa ignorancia. Esa pugna siempre encierra esfuerzo: "La idea de que pueda enseñarse sin dificultad proviene de una representación etérea del alumno". La sociedad puede obstaculizar la labor de los profesores o retribuirla mal, pero no puede convertirla en un proceso fácil, automatizado. El alumno que no quiere aprender, que se aburre en clase, que piensa en otras cosas, que no comprende las razones por las que se le priva de su ocio y sus diversiones, no es un caso imposible, sino normal. La chiripa es el alumno que no desea más que aprender, que ruega que le enseñen, que se interesa por toda disciplina intelectual: los hay, pero no se puede confiar en su aparición ni exigirlos como no se puede dar por hecho que hallaremos tréboles de cuatro hojas. Pennac avisa a sus colegas profesores: el caso normal es el cancre, el zoquete y no el empollón. Y el buen profesor no es el que se impacienta ante los zoquetes o culpa al universo (o al gobierno de turno) por producirlos, sino quien tiene el sentido de la ignorancia, es decir, quien mejor posee "la aptitud de concebir el estado del que ignora lo que uno sabe". Por eso quizá los ex zoquetes lleguen a ser mejores maestros que los que fueron sabios desde pequeñitos.
La educación es irremediable, no en el sentido de que no tenga arreglo sino porque siempre se deberá enfrentar a otras enseñanzas: las de la calle, las de los más bribones, las de quienes obtienen éxito fácil o resplandor fatuo en los medios de comunicación. Nadie se queda sin aprender, lo importante es saber quién va a enseñar y qué se va a enseñar. Y la pregunta que nos hacemos quienes no queremos que enseñen los peores es: ¿llegaremos a tiempo? -
Daniel Pennac fue un zoquete en la escuela, para su pesar y el de su familia. Un zoquete sin fundamento histórico, sin razón sociológica, sin desamor: un zoquete en sí. Un zoquete arquetipo. Una unidad de medida. Sin embargo, gracias al trabajo de tres o cuatro profesores el zoquete Pennac vio la luz y no sólo consiguió terminar sus estudios medios sino que cursó con éxito y provecho una carrera universitaria para terminar regresando al lugar del crimen, ahora como profesor de literatura.

—Si lo que escribe usted de su zoquetería es cierto –podrían objetarme–, ¡esa metamorfosis es un auténtico misterio!
En efecto, como para no creérselo. Por lo demás, es el destino del zoquete: nunca le creen. Mientras es un zoquete le acusan de disfrazar su viciosa pereza con cómodas lamentaciones: «¡No nos vengas con historias y trabaja!». Y cuando su situación social demuestra que lo ha conseguido, sospechan que está alardeando: «¿Que había sido usted un zoquete? ¡Vamos, vamos, está alardeando!». Lo cierto es que, a posteriori, las orejas de burro se llevan de buena gana. Son incluso una condecoración que algunos se atribuyen en sociedad. Te distingue de aquellos cuyo único mérito fue seguir las trilladas sendas del saber. El Gotha pulula de antiguos zoquetes heroicos. Escuchamos a esos listillos en los salones, por las ondas, hablando de sus sinsabores escolares como de hazañas de la resistencia. Yo solo me creo estas palabras si percibo en ellas el sonido apagado del dolor. Pues aunque a veces uno sane de su zoquetería, las heridas que nos infligió nunca cicatrizan por completo. Aquella infancia no fue divertida, y recordarla tampoco lo es. Resulta imposible presumir de ella. Como si el antiguo asmático se enorgulleciera de haber creído, mil veces, que iba a morir asfixiado. Por ello, el zoquete que se ha librado no desea que le compadezcan, en absoluto, lo que quiere es olvidar, eso es todo, no pensar más en aquella vergüenza. Y además sabe, en lo más hondo de sí mismo, que muy bien habría podido no lograrlo. A fin de cuentas, los zoquetes para toda la vida son los más numerosos. Yo siempre he tenido la sensación de ser un superviviente.


Es un libro ameno, con conocimiento de lo que se habla y muy bien escrito. Recomendable cien por cien. Entonces, ¿por qué preferiría no haberlo leído? Ufff. Es largo de explicar. Primero que hable Pennac:

Anuncio a Bernard que pienso escribir un libro sobre la escuela; no sobre la escuela que cambia en la sociedad que cambia, como ha cambiado este río, sino, en pleno meollo de ese incesante trastorno, precisamente sobre lo que no cambia, en una permanencia de la que nunca oigo hablar: el dolor compartido del zoquete, sus padres y sus profesores, la interacción de esos pesares de escuela.

(continuará)

jueves, 20 de agosto de 2015

Última tarde en Cartagena

Hemos quedado a las nueve para cenar en el pescaito, que así llamamos a un pequeño bar situado en el club náutico Santa Lucía, rodeado de barcos de pesca, junto a la lonja del mismo nombre. El cielo está nublado y tengo la impresión de que hace más calor en el piso que en la calle. Héctor ha vomitado al levantarse de la siesta. No parece que sea un virus ni que le haya sentado mal la comida. Pensamos que es una mezcla de excitación y agotamiento. Mañana nos espera un viaje de cinco horas. Tal vez sea mejor olvidarnos del pescaito.

Le digo a Sonia que me voy a dar un paseo y aprovecho para comprar el pan para los bocadillos del viaje. Que ella observe la evolución de Héctor y decida si vamos o no a cenar. Faltan más de dos horas para las nueve y me llevo a Pedro conmigo. En la calle hace menos calor que en el piso pero más de lo que prometía desde la ventana. Bochornazo.

Bajo por la Alameda a ratos jugando con Pedro y a ratos abstraídos ambos. No sé en qué pensará Pedro. Observa las palmeras, los coches que pasan, los pájaros (aunque las palomas no le llaman tanto la atención como las gaviotas). Yo voy haciendo un resumen mental de las semanas pasadas en Cartagena. Y me sale la pulsión estadístico-contable innata en mí:
  • Veintinueve noches fuera de casa
  • Quince mañanas en la playa
  • Trece banderas verdes y dos amarillas
  • Ninguna medusa (increíble)
  • Once toques de paleta consecutivos entre Héctor y yo.
  • Tres mil ciento setenta y cinco kilómetros
  • Cuatro conciertos en San Javier. Ninguno con Sonia.
  • Dos lecturas simultáneas pero ninguna completada.
  • Ningún percance, ningún accidente, ninguna enfermedad.
  • Dos camisas, unos vaqueros y unos zapatos en las rebajas.
  • Dos libros (uno en Cartagena y otro en Valencia)
  • He visto muy bien a María José, a Lolo, a Vanessa, a Nani...
Al final de la Alameda entro en un supermercado a por pan.
PAN, PAAN, PAAAAN - grita Pedro al ver su alimento preferido. Consigo distraerlo y pagar sin tener que darle ningún trozo (prefiero dejar ese recurso para más adelante. todavía falta tiempo para la cena y aún no sé si hemos de regresar a casa o continuar hasta el pescaito). Me apetece proseguir el paseo hasta el puerto y luego regresar o hacer tiempo hasta las nueve, dependiendo de lo que Sonia decida. Me siento afortunado y tengo la corazonada de que voy a ver un submarino de la armada entrando por el puerto. Sólo dos veces en mi vida he visto ese espectáculo. La primera vez estaba sentado con Sonia en una terraza y fue toda una impresión. Esa ballena metálica desplazándose por el agua. La segunda vez ya estaba Héctor y corrimos hasta el extremo de la dársena para verlo pasar desde más cerca. El niño chico era yo.

La segunda vez llevaba encima la cámara de fotos

Desde la plaza de España (al final de la Alameda) hasta el puerto todas las calles principales son peatonales. Casi mil metros concedidos a los peatones en desagravio al imperio del coche que domina el resto de la urbe. Siguiendo mi estadística personal caigo en la cuenta de que es la primera vez en veintinueve días que piso el centro de la ciudad. No me extraña. No hay nada en él que compense soportar el calor de este verano. Desde hace unos años la comunidad de Murcia permite la libertad de horarios comerciales. Los grandes almacenes (sí, esos) y las tiendas del centro comercial que hay en las afueras (sí, todas esas en las que piensas) abren los 365 días del año. Eso, más que la propia crisis, ha supuesto el cierre de todos los comercios locales que había en el centro. ¿Qué pequeño comerciante puede competir en esas circunstancias? Hace diez años en el centro de Cartagena podías encontrar librerías, tiendas de discos, de instrumentos musicales, cafeterías de toda la vida... Ahora sólo quedan franquicias, tiendas de ropa baratija (bikinis a 1.99 €, anuncia el escaparate) y cafeterías-pizzerías. En la tarde de un sábado caluroso de agosto todo el mundo está en la playa (en la Manga) o en su casa. Enfilo la calle del Carmen sin atisbar un alma. Pero todas las tiendas están abiertas debido al demencial horario que ya he comentado.

De repente una pareja llama mi atención y no porque sean las primeras personas que me encuentro desde que dejé la avenida. La mujer va en bikini con un kafkán encima que no evita ver que va en bikini. El hombre, en comparación, parece ir de etiqueta: pantalón corto deportivo, camiseta playera y chanclas. Me río al imaginar lo que diría el ilustre cartagenero Pérez-Reverte ante semejante estampa. ¿De dónde han salido estos dos si no hay ninguna playa cerca? ¡De un crucero!

Enfectivamente, la pareja playera era la avanzadilla del crucero. Al llegar a las Puertas de Murcia ya se notaba el ambiente. Y toda la calle Mayor, hasta llegar al Ayuntamiento, estaba llena de turistas que dejaban su dinero en los comercios-franquicia y en las cafeterías-pizzerías. Bueno, pensé, si no veo submarinos al menos veré un crucero. Este verano hemos visto dos desde el coche, el segundo espectacular. Me alegraba poder ver uno con calma, paseando por el embarcadero. Con un poco de suerte lo vería zarpar aunque, viendo el movimiento de la muchedumbre (hacia el centro, no hacia el puerto) daba la impresión de que acababa de atracar.

foto tomada de aquí
Mi gozo en un pozo. Pasé el Ayuntamiento y el monumento a los héroes de Cavite y en el embarcadero sólo se veía el casco naranja del buque de salvamento marítimo Clara Campoamor, que de tan visto ha perdido injustamente la capacidad de asombrar. Algún día lo echaré de menos pero hoy esperaba algo que se saliera de lo cotidiano. Si no hay crucero, ¿de dónde ha salido toda esta gente? ¿será posible que Cartagena tenga turismo? ¿esto es la recuperación económica? No conseguí salir de mi pasmo hasta que lo vi: en el muelle principal sí que había un crucero, el más pequeño que he visto en mi vida. Yo esperaba una ciudad flotante y me encontré con esto:

Lo más pequeño que se despacha en cruceros. En su origen fue un buque de exploración soviético.
Estaba dándole vueltas a la cabeza sobre el turismo de cruceros y su impacto en la ciudad cuando por fin sucedió lo que mi suegro llevaba anunciando más de una semana: la gota fría. Miro a Pedro, que se toca la cabeza sorprendido por el impacto de los goterones. Corrí a buscar refugio en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática, que se encuentra allí mismo, en el puerto. Los sábados por la tarde la entrada es gratuita, así que decidí hacer una pequeña visita hasta que escampase o viniesen a recogernos. Conozco el museo: es pequeño, agradable y didáctico. Hemos venido con Héctor algunas veces. La última para contemplar el tesoro de Nuestra Señora de las Mercedes que se expone aquí tras el largo litigio entre el gobierno español y la empresa estadounidense que lo extrajo del mar. Según vamos bajando la rampa de entrada me entra la curiosidad. ¿Cuántos cruceristas me encontraré allí? Apuesto a que muchos menos que en las cafeterías-pizzerías del centro. Y eso que está más cerca, es gratis y puedes ver y aprender cosas interesantes, especialmente para alguien que viaja en barco.

Conté los visitantes que había en el museo: 53 por libre y 25 en un grupo con guía. 78 en total. Y no tenían pinta de venir en el crucero. De hecho la guía daba las explicaciones en español y el crucero, según me he informado en internet, tiene clientela exclusivamente británica, hasta el punto de que la moneda de uso en el barco es la libra, no el euro. Otra evidencia que reafirma mi nefasta opinión del turismo de cruceros y su influencia en las ciudades con puerto.
Tras satisfacer mi curiosidad me acerqué a la pequeña pero estupenda tienda del museo donde le pude comprar a Héctor los libros que no vendían en el Oceanografic.























Pedro se estaba impacientando y había dejado de llover (la gota fría no fue tal). Salimos al puerto a contemplar los barcos y, sobre todo, las gaviotas. Ohhh, OOhhhhh, OOOhhhhhh, iba señalando todas las que veía. Paseamos un rato por el embarcadero. La vista de Cartagena desde el puerto es magnífica: las montañas que rodean la ciudad, la muralla de Carlos III, el parque Torres, los edificios de Marina, las majestuosas higueras australianas... y según vas girando la cabeza el astillero, los muelles, las palmeras, los barcos, el mar. Sorprende que nadie pasee por aquí (salvo los que se bajan de los barcos). Me encanta este lugar. Podría quedar sentado horas en un banco dejando pasar el tiempo.

De camino al pescaito hago recuento de todos los barcos que hemos visto esta tarde: crucero, salvamento marítimo, fragatas militares (en el muelle de la Curra), enormes cargueros y pequeños veleros, yates, barco turístico, catamarán, barco-restaurante, pesqueros, embarcaciones de recreo, patrullera de la guardia civil... Todo en un margen de mil quinientos metros. Sólo faltó el submarino.


sábado, 8 de agosto de 2015

Perros y tiburones

En uno de los escasos paneles informativos que hay en el oceanográfico se puede leer: Los perros causan más muertes de personas al año que los tiburones. Héctor reclama mi atención y no me puedo parar a comprobar si algún texto complementa y explica el llamativo titular. Pero lo dudo. La Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia es el primer lugar de interés que visito primero como hijo y en una segunda ocasión como padre. En marzo de 2004 me trajeron mis padres a verlo. La principal razón que nos ha hecho visitarlo ahora es Héctor. El verano pasado disfrutó de lo lindo en la Casa de los Peces de La Coruña.

Once años después la experiencia ha sido muy parecida. El oceanográfico, impresionante; el museo, decepcionante; el conjunto arquitectónico, llamativo. En el fondo de eso se trata, de llamar la atención. Igual que la frase de los perros y los tiburones. Cuando vine con mis padres el museo llevaba poco tiempo abierto. Daba la impresión de que no habían tenido tiempo de rellenarlo. Mucho edificio para tan poco contenido. Sigue igual. De las tres plantas que consta el museo, la segunda es un conjunto de paneles con textos y fotografías sobre varios científicos galardonados con el premio Nóbel. Tal cual. En los tiempos de internet y wikipedia, ¿quién va a perder un minuto en esas instalaciones? Me recuerda a las exposiciones que se hacen en el pasillo del instituto con los trabajos de los alumnos:

Jean Dausset, premio Nóbel de medicina, fruto de su sagacidad investigadora, en 1958, descubrió en la superficie de los glóbulos blancos unas pequeñas estructuras químicas dispuestas en forma de antena, capaces de provocar la aparición de un anticuerpo que se fija en ellas específicamente; este antígeno, que denominó Mac, fue el primero aislado en el sistema HLA (Human Leucocyte Antigen). Ello le hizo deducir la importancia capital de estos antígenos en la defensa del organismo contra toda agresión exterior o interior, basándose en la capacidad de distinguir entre constituyentes propios del individuo y de lo extraño a él... (todo copiado/pegado de la wikipedia sin necesidad de leerlo y mucho menos entenderlo). Menganito, alumno de 4º A.

La Ciudad de las Artes y las Ciencias es, ante todo, un parque temático. Su interés por el arte y la ciencia es tangencial. Fueron la excusa para gastar un dineral en un parque temático de titularidad pública. ¿Cómo se explica que en una Ciudad así no exista una librería especializada en arte y ciencia? Un buen museo científico (El Museo de la Evolución Humana, por ejemplo) tiene siempre una buena librería (o sección de libros, dentro de la tienda del museo) para quien quiera profundizar en algún aspecto contemplado en la visita. Por mucho nombre rimbombante, si no existe vocación pedagógica no hay museo científico que valga. Lo que queda es espectáculo circense (animales exóticos) y atracciones de feria (espejos deformantes, magia "científica"...). Ojo, a mucha honra del circo y de la feria. Pero que no nos vendan gato por liebre. La liebre es espectacular y atractiva sin necesidad de que la dignifiquen presentándola como gato.


En la imagen se puede observar la última atracción del parque. Waterballs. Al menos ya no se molestan en disimular. Podrían haberla denominado La esfera y los fluidos para darle un toque científico al divertimento.

Los perros causan más muertes de personas al año que los tiburones. Teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de la humanidad se pasa la vida sin tener ningún contacto directo con tiburones... lo sorprendente sería lo contrario. Se puede sustituir perro por cualquier otra causa y la frase seguiría siendo cierta. Los charcos causan más muertes de personas al año que los tiburones. ¡Terror a los charcos! Los ciervos causan más muertes de personas al año que los tiburones (por accidentes de tráfico). ¡Cuidado con los ciervos, tan inocentes que parecen! Ya puestos a impactar, los padres causan más muertes de personas al año que los tiburones. Si quieres ver a una fiera ahí la tienes, te lleva de la mano. Suerte que los niños sólo tienen ojos para los tiburones y no leen las cuatro frases que decoran la pared.

Merece la pena visitar el oceanográfico (no así el museo, ni el resto de la Ciudad). Es divertido, asombroso, entretenido, curioso. Lo pasamos bien. No aprendimos nada.


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lunes, 3 de agosto de 2015

Dormir en la mina


La primera mina que visité no se parecía en nada a la idea que yo tenía de lo que era una mina, inspirada en los desgraciados sucesos que periódicamente se hacen hueco en las noticias y en películas británicas como Brassed Off! o Billy Elliot. En los últimos años del siglo XX las películas sobre mineros y el cierre de las minas crearon un subgénero dentro del cine social. El cine español se apuntó a la moda con Antonio Resines en el papel de minero que protesta por el cierre en Pídele cuentas al rey. Lo extraño es que Ken Loach dejara pasar esa oportunidad. El tema le iba como anillo al dedo.

El caso es que la mina de Wieliczka, cerca de Cracovia, es todo lo contrario a lo imaginado. Por lo pronto se extrae sal y no carbón o cualquier otro mineral peligroso o contaminante. Al parecer, según nos explicó el guía, respirar aquel aire subterráneo cargado de partículas salinas es estupendo para la salud. Los mineros, unos privilegiados. Especialmente en la época del rey Vladislao, quien, en agradecimiento a la riqueza que le proporcionaba la mina, concedió a los mineros que una parte de su paga fuera en especie, todo un detalle considerando el valor que tenía la sal en los siglos XIV y XV. Nada de obreros explotados. Trabajadores cualificados y reconocidos.
Tampoco el trabajo debía ser tan duro, habida cuenta de que en sus ratos libres los mineros se dedicaban a esculpir estatuas de sal dentro de la mina, realizando pequeñas capillas a lo largo de las galerías (ya se sabe lo religiosos que son los polacos). Te tiene que gustar mucho tu trabajo de minero para realizar por devoción y amor al arte esta catedral subterránea:


La segunda mina que visité sí se ajustaba a mi idea canónica. Fue hace cinco años, en el museo de la minería de Asturias, que incluía una visita guiada a una mina de carbón en el subsuelo del propio museo. Tanto el museo como la visita a la mina merecen la pena por separado, pero la experiencia conjunta es impactante. Recuerdo pocos museos, de temas en principio ajenos a mi interés, que me hayan gustado tanto y en los que haya disfrutado tanto. Si alguna vez pasáis por Sama-Langreo no lo dejéis de visitar.

Entrada a la mina Agrupa Vicenta en La Unión

Esta mañana, aprovechando el primer día del verano en que no ha hecho un calor insoportable, hemos visitado el parque minero de La Unión. De camino le explicamos a Héctor qué es una mina (¿te acuerdas de ese episodio de Geronimo Stilton en que...? ¿y de ese episodio de Tom y Jerry en que...?) y le contamos que ya fuimos a ver una cuando él tenía cuatro meses.
- Yo te llevaba en una mochila para bebés y te quedaste dormido nada más entrar en la mina. Hasta que no salimos no te despertaste.

Hoy quien se ha dormido en la mina ha sido Pedro. Le costó coger la postura por culpa del casco obligatorio pero enseguida noté su peso. La diferencia es que Pedro tiene dieciocho meses, pesa un quintal y lo llevaba en brazos, nada de mochila portabebé. Uff. Pero ha merecido la pena. Aunque creo que no lo hubiera disfrutado tando de no haber visitado antes el museo y la mina asturianos.
La sierra minera de Cartagena es rica en minerales (más de doscientos) pero pobre en calidad. En la mina Agrupa Vicenta se extraía pirita y el porcentaje de mineral era de un 8% de la piedra, un porcentaje muy bajo. La pirita es un material duro y por eso las galerías de la mina no necesitaban ser reforzadas con vigas para evitar desprendimientos. El techo se sujeta con pilares de roca no perforada. La ausencia de vigas hace que la mina parezca una gruta natural (en eso se parece a la de Cracovia)


La mina consta de cinco niveles pero, tras su abandono, el último nivel se inundó por la capa freática y se ha formado un lago rojo. El guía nos informa que el color rojo no se debe tanto al óxido del hierro (la pirita está compuesta por hierro y azufre casi a partes iguales), como a una bacteria que se alimenta del azufre y que los científicos de la NASA creen causante de que Marte tenga ese color. Podrían promocionar la mina con el siguiente eslogan: en este lugar murciano hay un lago marciano.


El guía también nos cuenta la estrecha relación entre el trabajo en las minas de la zona y el cante jondo. Sabíamos del festival internacional del Cante de las Minas, lo que desconocíamos es que el letrista de coplas tan conocidas como La bien pagá, Mi jaca o Soy minero nació en La Unión.

Pedro se despierta a la salida de la mina, cuando le quitamos el casco. Antes de regresar, Sonia quiere enseñarnos la cercana playa de Portmán, a la que acudía con su familia cuando era una adolescente. El día está nublado y el paisaje que atravesamos parece sacado de una serie de fotografías de Sebastiao Salgado. Génesis marciana.


Ahora, cuando rodee la sierra minera para ir a la playa contemplaré otro paisaje. Imposible ver las lomas desérticas y no recordar que entre Cabo de Palos y Cartagena hay registradas más de dos mil minas. Imposible olvidar Marte. Tengo ganas de conocer Riotinto.

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sábado, 1 de agosto de 2015

Una ruina de diez años

El miércoles fuimos Sonia, Héctor y yo al cine a ver Del revés, la última de Pixar. Cada vez que voy al cine (en 2015 sólo dos veces) me gana la melancolía. No puedo evitar pensar que estoy asistiendo a los estertores del mayor espectáculo del siglo XX. Y me apena la pérdida de uno de mis rituales más apreciados. No estoy hablando de ver películas sino de ir al cine, sentarse en la butaca, ver la película, rumiarla de camino a casa o comentarla tomando algo con la persona querida.

Han cerrado las salas a las que me gustaba ir en Córdoba (primero el Cine Santa Rosa, luego todos los demás), Alcalá de Henares (Cisneros), Málaga, Guadalajara, Cuenca e incluso Madrid (cines Luna, donde vi El bosque y Collateral, por ejemplo). Ir al cine dando un paseo es privilegio de los habitantes de las grandes capitales. En provincias hay que coger el coche para llegar a algún Centro Comercial y de Ocio situado en las afueras. Y no quieras ver la película en versión original. Snob, que eres un snob.

Si hay una ciudad capaz de reforzar las sensaciones de fin de época y degeneración urbana esa es Cartagena. Aquí, al peatón ni agua. Todo por y para los coches. Dado el paisaje desértico que la rodea, cualquiera diría que estamos en Nuevo México (USA) y no en Nueva Cartago, a la orilla del Mediterráneo. La semana pasada escribí un comentario en el blog Arquitectamos locos afirmando que Cartagena es la ciudad más inhóspita de cuantas he habitado. Y todavía no había ido al cine al Parque Comercial y de Ocio Mandarache.


El Parque ocupa una superficie de 54000 metros cuadrados, poco menos que una quinta parte del centro histórico de la ciudad. Se inauguró en septiembre de 2006 y costó 35 millones de euros. Nueve años después, todo ese terreno y todo ese dinero han fructificado en una oferta de servicios que se limita a un cine de doce salas y a un gimnasio. No es que el resto de locales estén cerrados. Es peor: están abandonados. Ahí están los carteles de la bolera, de la hamburguesería, del supermercado... con una decrepitud post-apocalíptica que hace pensar que cerraron las puertas hace décadas cuando lo cierto es que todavía no ha pasado una desde que se inauguraron.


Documentándome para esta entrada, me entero de que hace un mes se desplomaron varias vigas del centro comercial. ¿Qué opinaría Albert Speer sobre estas ruinas de una década? ¿Y qué opinan los ciudadanos de Cartagena y sus representantes en el Ayuntamiento sobre esta ciudad que están creando?

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lunes, 27 de julio de 2015

Sillón Poäng

Esta tarde se fue Héctor a casa de su tía Vanessa a merendar, ver una película y jugar (los juegos se los llevó él. Ahora que ha instalado la máquina de aire acondicionado, lo único que le falta a la casa de la tía Vanessa son juguetes). El resto de la familia estábamos invitados a cenar.

Héctor nos recibió excitadísimo. A Pedro sólo hay que darle suelo para que acelere y recorra la casa de un lado a otro a toda pastilla, buscando qué agarrar, qué empujar, qué tirar y qué arrastrar (encontró una maleta que se prestaba a todo eso y más). Poco a poco se fueron tranquilizando (a Pedro lo cercamos entre Sonia y yo) y disfrutamos de una cena la mar de agradable.

Al finalizar me senté en el sillón Poäng. Ese sillón estuvo en nuestro salón varios años, hasta que Sonia se encaprichó de la mecedora que ahora ocupa su lugar. Coincidió que compramos la mecedora al tiempo que Vanessa compró su piso y ahora el sillón Poäng está aquí, en Cartagena.


Héctor, ¿sabes que yo te dormía la siesta en este sillón hasta que cumpliste tres años? Te mecía y cuando te quedabas dormido te llevaba a la cuna (luego cama). Le pido a Sonia que nos haga una foto. Héctor se acurruca entre mis brazos exactamente igual que cuando era más pequeño. A pesar de su estatura, se encoge y acomoda su cuerpo al mío y al sillón. Se nota que es tarde y está cansado. Seguro que si me pongo a mecerlo se duerme. Recuerdo que el motivo por el cual dejé de dormirlo no fue otro que el cambio del sillón por la mecedora, tan bonita como incómoda.

Le pido a Sonia que me haga otra foto con Pedro. Intento acomodarlo pero no hay manera. Se despereza, se estira, me lanza una mirada de protesta a la vez que intenta zafarse y finalmente, ante mi insistencia, se pone a llorar con todas sus fuerzas (que son muchas). A Pedro no lo duermo en brazos desde poco después de cumplir la cuarentena. No se deja. Es una batalla con un único perdedor: mi espalda. Durante un tiempo lo dormimos meciéndolo en el cochecito, pero tras una dolorosa tendinitis en el codo producida por el movimiento repetitivo también abandoné esa táctica. La única manera de que Pedro se duerma (solo) es agotándolo. Ponerlo en el suelo y dejar que ese niño recorra la casa, se suba a los sofás, agarre y empuje, hasta que su cuerpecito de año y medio dé síntomas de cansancio (suele ocurrir cuando tú llevas un buen rato para el arrastre). Entonces bañito, cena y biberón. Si hay suerte con el biberón se le cierran los ojos y a la cuna. Si no hay suerte, al parque, a seguir escalando por las paredes hasta que el cuerpo aguante.

Qué diferentes son.